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Los animales, mi hermanos
Querido amigo: Me preguntaste por qué no como carne y te sorprendes de las razones de mi comportamiento. Tal vez piensas que hice un voto o alguna forma de penitencia, negándome todos los gloriosos placeres de comer carne. Recuerdas los jugosos bistecs, los suculentos pescados, las salsas extraordinariamente sabrosas, los jamones perfectamente ahumados y miles de maravillas hechas de carne, las cuales encantan a miles de paladares humanos. Por cierto, recordarás la exquisitez del pollo asado. Ahora, ya ves, rechazo todos esos placeres, y tú crees que sólo una penitencia, un voto solemne o un gran sacrificio podrían privarme de esta forma de disfrutar la vida o forzarme a sobrellevar tal renunciación. *** Estás atónito y me preguntas: «Pero, ¿por qué y para qué?» Y estás preguntándote si casi adivinaste la razón misma. Pero si ahora trato de explicarte la razón en una frase exacta, te asombrarás nuevamente de cuánto se ha apartado tu especulación de mi verdadero motivo. Escucha lo que tengo que decirte: Rehúso comer animales porque no puedo alimentarme con el sufrimiento y la muerte de otras criaturas. Lo rechazo porque he sufrido tanto que puedo sentir el dolor de los demás al recordar el mío. Me siento feliz, nadie me persigue; ¿por qué debería perseguir a otros seres o causar que se les persiga? Me siento feliz, no soy prisionero, estoy libre; ¿por qué debería causar que otras criaturas sean prisioneras y se les envíe a la cárcel? Me siento feliz, nadie me daña; ¿por qué debería dañar a otras criaturas o causar que se les dañe? Me siento feliz, nadie me hiere, nadie me mata; ¿por qué debería herir o matar a otras criaturas o causar que se les hiera o mate para mi placer y conveniencia? ¿Acaso no es natural que no provoque el mismo dolor que espero y confío nunca me sea provocado? ¿No sería injusto hacer tales cosas con el único propósito de disfrutar de un placer físico trivial a costa del sufrimiento y la muerte de otros? Estas criaturas son más pequeñas e indefensas que yo, pero ¿puedes imaginar que a un hombre razonable de sentimientos nobles le gustaría basar en esa diferencia su derecho a abusar de la debilidad y la pequeñez de otros? ¿No piensas que es el deber del más grande, del más fuerte y del superior proteger a las criaturas más débiles en vez de perseguirlas y matarlas? «Nobleza obliga». Quiero actuar de una manera noble. *** Recuerdo la terrible época de la inquisición y lamento decir que el tiempo de los tribunales de herejes no ha desaparecido todavía, que día tras día los hombres cocinan a otras criaturas que son entregadas libremente en las manos de sus torturadores. Me horroriza la idea de que tales hombres sean gente civilizada, y no bárbaros ignorantes o indígenas. Pero a pesar de todo son primitivamente civilizados, primitivamente adaptados a su medio ambiente cultural. El europeo promedio, rebosante de ideas intelectuales y discursos bellos, comete todo tipo de atrocidades, sonriendo, y no porque esté obligado a hacerlas, sino porque quiere hacerlas. No porque le falte la capacidad de reflexionar y de darse cuenta del horror de todas las crueldades que comete, ¡oh no!, sino sólo porque no quiere ver la realidad. De cualquier otra forma se sentiría apenado y preocupado en su placer. *** Es muy natural lo que la gente te dice. ¿Cómo podrían actuar de forma diferente? Los oigo hablando sobre experiencias y utilidades, y sé que ellos consideran inevitables ciertos actos relacionados con la matanza. Tal vez tuvieron éxito en convencerte. Lo adivino por tu carta. De todos modos, considerando sólo las necesidades, uno estaría de acuerdo con esas personas. Pero, ¿realmente hay tal necesidad? El argumento puede rebatirse: quizás exista una necesidad para aquellas personas que aún no han desarrollado su personalidad consciente. No los reprocho. Escribo esta carta para ti, un individuo que ya es consciente y que controla racionalmente sus impulsos, que se siente responsable interior y exteriormente de sus actos, que sabe que nuestra corte suprema reside en nuestra conciencia. No hay ninguna autoridad de apelación que lo niegue. ¿Hay alguna necesidad por la cual un hombre consciente esté motivado a matar? Cualquier persona podría afirmar que tendría el coraje de llevarlo a cabo por sus propias manos, pero obviamente es una muestra miserable de cobardía pagar a otros para que hagan el sangriento trabajo que el hombre normal rechaza con horror y consternación. Uno paga a estos sirvientes con un poco de dinero por su cruento trabajo y les compra las partes que desea del animal asesinado, de ser posible preparadas en tal forma que no recuerden ni las incómodas circunstancias, ni el animal, ni su muerte, ni el derramamiento de sangre. *** Yo creo que los hombres continuarán matándose y torturándose los unos a los otros mientras maten y torturen a los animales. Y también seguirán las guerras, pues hay que entrenar y perfeccionar la matanza, moral y técnicamente, en objetos más pequeños. No tengo ninguna razón para sentirme enojado por lo que hacen los demás, ni por los grandes ni por los pequeños actos de violencia y crueldad. Pero creo que es tiempo de sentirnos avergonzados por todos los pequeños y grandes actos de violencia y crueldad que nosotros mismos hacemos. Y ya que las batallas más pequeñas son más fáciles de ganar que las grandes, creo que debemos superar nuestras propias inclinaciones hacia la violencia y la crueldad, por más insignificantes que sean. Debemos evitarlas, o mejor aún, acabarlas de una vez y para siempre. Entonces llegará el día en que será fácil luchar e incluso sobrepasar las crueldades más grandes. Pero todos estamos aún dormidos en actitudes y costumbres heredadas, las cuales son como una salsa grasosa y jugosa que nos ayuda a tragar nuestras propias crueldades sin saborear su amargura. No intento señalar con el dedo a esto y lo otro, a personas definidas y situaciones específicas. Pienso que mi deber es sacudir mi propia conciencia con respecto a asuntos pequeños, tratar de comprender mejor a los demás, de mejorarme y ser menos egoísta. ¿Por qué debería ser imposible actuar apropiadamente en cuestiones más importantes? Este es el punto: quiero crecer en un mundo mejor donde una ley superior otorgue mayor felicidad, en un mundo nuevo donde impere el mandamiento de Dios: «Amaos los unos a los otros». Edgar Kupfer-Koberwitz Acerca del autor: Edgar Kupfer fue encarcelado en el campo de concentración de Dachau en 1940. En sus últimos 3 años tuvo un trabajo de oficina en la despensa del campo de concentración. Este trabajo le permitió escribir un diario secreto con hojas de papel y pedacitos de lápiz robados. Él enterraba sus escrituras, y cuando liberaron Dachau el 29 de abril de 1945, las recopiló de nuevo. «Los diarios de Dauchau» se publicaron en 1956. De sus notas de Dachau escribió un informe sobre el vegetarianismo que se tradujo al inglés. Una copia al carbón de este informe de 38 páginas se guarda con los diarios de Dachau originales en la Colección Especial de la Universidad de Chicago. Lo que sigue son extractos de ese informe que se imprimieron de nuevo en la posdata del libro «El vegetarianismo radical» de Mark Mathew Braunstein (1981, Panjandrum Books, Los Ángeles, California). El libro tiene por subtítulo «Una dialéctica ética y dietética» y se recomienda a todos los vegetarianos, especialmente a quienes les interese la higiene natural. |