¿Qué espectáculo! ¡Qué delicia! Hemos bajado al
fondo del cráter, quizás más lejos que cualquier otro
naturalista. En realidad, fuera de Borda y Mason, ninguno ha ido
más allá del último cono. No hay mucho peligro, pero resulta
cansado por el calor y el frío; en el cráter, los vapores de
azufre nos agujereaban los trajes, mientras que nuestras manos
se entumecían, por los dos grados Réaumur.
¡Dios mío, qué sensación, en esas alturas! Encima de nosotros,
la bóveda celeste, de un color azul oscuro; a nuestros pies,
viejas riadas de lava; en nuestro alrededor, aquel escenario de
desolación...
Alexander von Humbolt (1869)