RIMAS DE BÉCQUER
I
Yo sé un himno
gigante y extraño que anuncia en la noche del alma una aurora, y estas
páginas son de este himno cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirle,
del hombre domando el rebelde, mezquino idioma, con palabras que
fuesen a un tiempo suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar;
que no hay cifra capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh hermosa!, si,
teniendo en mis manos las tuyas, pudiera, al oído, cantártelo a solas.
II
Saete voladora
cruza arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval
sin que nadie acierte el surco
donde caer volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y no sabe
qué playa buscando va;
luz que en cercos
temblorosos
brilla, próxima a expirar,
ignorándose cuál de ellos
el
último brillará;
eso que soy yo, que al acaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde
vengo, ni a donde
mis pasos me llevarán.
III
Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
como huracán que empuja
las olas en tropel;
murmullo que en el alma
se eleva y va creciendo,
como volcán sordo
anuncia que va a arder;
deformes siluetas
de seres imposibles;
paisajes que aparecen
como a través de un tul;
colores que fundiéndose
remedan en el aire
los átomos del iris
que nadan en la luz;
ideas sin palabras,
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás;
memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría;
impulsos de llorar;
actividad nerviosa
que no
halla en qué emplearse,
sin rienda que lo guíe;
caballo volador;
locura en el espíritu
exalta y enardece;
embriaguez divina
del genio creador...
¡Tal es la inspiración!
*
Gigante voz que el caos
ordena en el cerebro,
y entre sombras hace
la luz aparecer:
brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel:
hilo de luz que en haces
los pensamientos ata;
sol que las nubes rompe
y toca en el cenit;
inteligente mano
que en un
collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir;
armonioso ritmo
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás;
cincel que el bloque muerde
la estatua modelando,
y la belleza plástica
añade a la ideal;
atmósfera en que giran
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción;
raudal en cuyas olas
su sed la fiebre apaga;
oasis que al espíritu
devuelve su vigor...
¡Tal es nuestra razón!
Con ambas siempre luche,
y de ambas vencedor
tal sólo el genio puede
a un yugo atar a las dos.
IV
No digáis que agotado su
tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira.
Podrá no haber habido poetas; pero siempre
habrá poesía
Mientras las ondas de
la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
mientras la ciencia a
descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
mientras sintamos que
se alegra el alma,
sin que los labios rías;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
mientras haya unos
ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
el laque que suspira;
mientras sentirse puedas en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
V
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.
Yo nado en el vacío,
del sol tiemblo en la hoguera,
palpito entre las sombras
y floto con las tinieblas.
Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella;
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.
Yo soy nieve en las cumbres,
soy el fuego en las arenas,
azul onda en los mares,
y espuma en las riberas.
En el laúd soy la nota,
perfume en la violeta,
fugaz llama en las tumbas,
y en las ruinas la hiedra.
Yo atrueno en el torrente,
y silbo en la centella,
y ciego en relámpago,
y rujo en la tormenta.
Yo río en los alcores,
susurro en la alta yerba,
suspiro en la onda pura,
y lloro en la hoja seca.
Yo ondulo con los átomos
del mundo que se eleva,
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.
Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arroyo
desnudas juguetean.
Yo, en bosques de corales
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.
Yo, en las cavernas cóncavas
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los gnomos
contemplo sus riquezas.
Yo busco de los siglos
las ya borradas
huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.
Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.
Yo sé de esas regiones
y do un rumor no llega,
y donde informas astros de vida
un soplo esperan.
Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa,
yo soy la ignota escala,
que el Cielo una a la Tierra.
Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.
yo, en fin, soy el espíritu,
desconocida esencia,
perfuma misterioso,
de que es vaso el poeta.
VI
Como la brisa que la sangra
orea
sobre el oscuro campo se batalla,
del bardo inglés en el horrible drama
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.
VII
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus
cuerdas,
como pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
-¡Ay! -pensé-. ¡Cuantas veces
el genio
así duerme en el fondo del alma,
que le diga: «¡Levántate y anda!
VIII
Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos
al través de una zaga de polvo
dorado e inquieto
Me parece posible arrancarme
del mísero suelo,
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho
Cuando miro de noche, en el
fondo
oscuro del cielo,
las estrellas temblar, como ardientes
pupilas de fuego.
Me parece posible a do
brillan
subir en un vuelo,
en lumbre encendido
fundirse en un beso.
En el mar de la duda en que
bogo
ni aún sé lo que creo;
¡sin embargo, estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro!...
IX
Besa al aura que gime
blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en Occidente,
la llama en derredor del tronco ardiente por besar a la otra llama se
desliza, y hasta el sauce inclinándose a su peso, al río que lo besa,
vuelve un beso.
X
Los invisibles átomos del
aire
en derredor palpitan y se inflaman;
el cielo se deshace en rayos de oro;
la tierra se estremece alborozada.
Oigo flotando en olas de
armonía
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?
¡Es el amor el que pasa!
XI
-Yo soy ardiente, yo soy
morena, yo soy el símbolo de la pasión;
de ansia de goces mi alma está llena,
¿A mí me buscas? ─No es para ti; no.
-Mi frente es pálida; mis
trenzas de oro; puedo brindarte dichas sin fin; yo de ternura guardo
un tesoro.
¿A mí me llamas? -No; no
es a ti.
-Yo soy un sueño, un
imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy infatigable;
no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!
XII
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
las hurís del profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del océano,
y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y, sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas;
que parecen tus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro,
que al soplo del aire tiemblan.
En tu boca de rubíes
púrpura granada abierta,
que el estío convida
a apagar la sed en ella.
Y, sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
pues no lo creas;
que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
quizá, si negros o azules se tornasen,
lo sintieras.
XIII
Tu pupila es azul, y cuando
ríes,
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando
lloras,
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul, y si en su
fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
¡una perdida estrella!
XIV
Te vi un punto, y flotando
ante mis ojos la imagen de tus ojos se quedó, como la mancha oscura,
orlada en fuego, que flota y ciega si se mira el sol.
Adondequiera que la vista fijo
torno a ver tus pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada: unos ojos, los tuyos, nada
más.
De mi alcoba en el ángulo los
miro
desasidos fantásticos lucir;
cuando duermo los siento que se ciernen de par en par abiertos sobre
mí.
Yo sé que hay fuegos
fatuos, que en la noche llevan al caminante a perecer; yo me siento
arrastrado por tus ojos; pero a donde me arrastran, no lo sé.
XV
Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa y de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.
Tú, sombra aérea, que cuantas
veces
voy a tocarte te desvaneces
como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul.
En mar sin playas onda
sonante;
en el vacío cometa errante;
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.
¡Yo, que a tus ojos, en mi
agonía,
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro demente
tras la sombra, tras la hija ardiente
de una ilusión!
XVI
Si al mecer las azules
campanillas
de tu balcón
crees que suspirando pasa el viento
murmurador,
sabe que, oculto entre las verdes hojas, suspiro yo.
Si al resonar confuso a tus
espaldas
vago humor,
crees que por tu nombre te ha llamado
lejana voz,
sabe que, entre las sombras que te cercan, te llamo yo.
Si te turba medroso en la alta
noche
tu corazón
al sentir en tus labios un aliento
abrasador,
sabe que, aunque invisible, al lado tuyo respiro yo.
XVII
Hoy la tierra y los cielos me
sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...
¡Hoy creo en Dios!
XVIII
Fatigada del baile,
encendido el color, breve aliento,
apoyada en mi brazo,
del salón se detuvo en un extremo.
Entre la leve gasa
que levantaba el palpitante seno,
una flor se mecía
en compasado y dulce movimiento.
Como en cuna de nácar que
empuja el mar y que acaricia el céfiro, tal vez allí dormía al soplo
de sus labios entreabiertos.
¡Oh, quién así-pensaba-
dejar pudiera deslizarse al tiempo!
¡Oh, si las flores duermen,
qué dulcísimo sueño!
XIX
Cuando sobre el pecho inclinas
la melancólica frente,
una azucena tronchada
me pareces.
Porque al darte la pureza,
de que el símbolo celeste,
como ella te hizo Dios
de oro y nieve.
XX
Sabe, si alguna vez tus labios
rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la
mirada.
XXI
«¿Qué es poesía», dices
mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
«¿Qué es poesía? ¿Y tú me
lo preguntas?
Poesía... eres tú.»
XXII
¿Cómo vive esa rosa que has
prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora
contemplé en la tierra sobre el volcán la flor.
XXIII
Por una mirada un mundo;
por una sonrisa, un cielo,
por un beso..., ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
XXIV
Dos rojas lenguas de fuego
que a un mismo tronco enlazadas,
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama;
dos notas que del laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armoniosas se abrazan;
dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa,
y que al romper se coronan
con un penacho de plata;
dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allí en el cielo
forman una nube blanca;
dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden...,
eso son nuestras almas.
XXV
Cuando en la noche te
envuelven
las alas de tul del sueño,
y tus tendidas pestañas semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho
diera, alma mía,
cuanto poseo:
¡La luz, el aire
y el pensamiento!
Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto,
y tus labios ilumina
de una sonrisa de reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
diera, alma mía,
cuanto deseo:
¡La fama, el oro,
la gloria, el genio!
Cuando enmudece tu lengua,
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se enciendes,
y entornas tus ojos negros,
por ver entre tus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
diera, alma mía,
por cuanto espero,
¡La fe, el espíritu,
la Tierra, el Cielo!
XXVI
Voy contra mi interés al
confesarlo;
no obstante, amada mía,
pienso, cual tú, que una oda sólo es buena de un billete del Banco al
dorso escrita.
No faltará algún necio que al
oírlo
se haga cruces y diga:
«Mujer, al fin, del siglo diecinueve,
material y prosaica...» ¡Bobería!
¡Voces que hacen correr cuatro
poetas
que en invierno se embozan con la lira!
¡Ladrillos de los perros a la Luna!
Tu sabes y yo sé que en esta
vida, con genio, en muy contado quien la escribe: y con oro,
cualquiera hace poesía.
XXVII
Despierta, tiemblo al mirarte;
dormida, me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma,
yo velo mientras tú duermes.
Despierta ríes, y al reír, tus
labios
inquietos me parecen
relámpagos de grana que serpean
sobre un cielo de nieve.
Dormida, los extremos de tu
boca
pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
que deja un sol que muera...
¡Duerme!
Despierta miras, y al mirar,
tus ojos
húmedos resplandecen
como la onda azul, en cuya cresta
chispeando el sol hiere.
Al través de tus párpados,
dormida,
tranquilo fulgor viertes,
cual derrama de luz templado rayo
lámpara transparente...
¡Duerma!
Despierta hablas, y al hablar,
vibrantes
tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
se derrama a torrentes.
Dormida, en el murmullo de tu
aliento
acompasado y tenue
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende...
¡Duerme!
Sobre el corazón la mano
ha puesto porque no suene
su latido, y de la noche
turbe la calma solemne.
De tu balcón las persianas
cerré ya, porque no entre
el resplandor enojoso
de la aurora, y te despierte...
¡Duerme!
XXVIII
Cuando entre la sombra oscura
perdida una voz murmura
turbando su triste calma,
si en el fondo de mi alma
la oigo dulce resonar,
dime: ¿es que el viento en sus giros
se queja, o que tus suspiros
me hablan d amor al pasar?
Cuando en sol en mi ventana
rojo brilla a la mañana,
y mi amor tu sombra evoca,
si en mi boca de otra boca
sentir creo la impresión,
dime: ¿es que ciego delirio
o que un beso en un suspiro
me envío tu corazón?
Si en el luminoso día
y en la alta noche sombría,
si en todo cuanto rodea
al alma que te desea
te creo sentir y ver,
dime: ¿es que toco y respiro
soñando, o que en un suspiro
me das tu aliento a beber?
XXIX
Sobre la falta tenía
el libro abierto;
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros;
no veíamos las letras
ninguno, creo;
mas guardábamos entrambos
hondo silencio.
¿Cuánto duró? Ni aún entonces
pude saberlo;
sólo sé que no se oía
más que el aliento,
que apresurado escapaba
del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos a un tiempo,
y nuestros ojos se hallaron;
y sonó un beso.
Creación de Dante era el
libro,
era su Infierno.
Cuando a él bajamos los ojos,
yo dije trémulo:
«¿Comprendes ya que un poema
cabe un verso?»
Y ella respondió
encendida:
«¡Ya lo comprendo!»
XXX
Asomada a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por
otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: «¿Por qué callé aquel día?»
Y ella dirá: «¿Por qué no
lloré yo?»
XXXI
Nuestra pasión fue un trágico
sainete,
en cuya absurda fábula
lo único y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
Pero fue lo peor de aquella
historia,
que, al fin de la jornada,
a ella tocaron lágrimas y risas,
¡y a mí sólo las lágrimas!
XXXII
Pasaba arrolladora en su
hermosura,
y el paso le dejé;
un aun a mirarla me volví, y, no obstante,
algo a mi oído murmuró: «Ésa es»
¿Quién reunió la tarde a la
mañana?
Lo ignoro: sólo sé
que en una breve noche de verano
se unieron los crepúsculos y... fue.
XXXIII
Es cuestión de palabras, y, no
obstante,
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quien la culpa está.
¡Lástima que el amor un
diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!
XXXIV
Cruza callada, y son sus
movimientos
silenciosa armonía;
suenan sus pasos, y al sonar, recuerdan
del himno alado la cadencia
rítmica.
Los ojos entreabre, aquellos
ojos
tan claros como el día;
y la Tierra y el Cielo, cuanto abarcan,
arden con nueva luz en sus
pupilas.
Ríe, y su carcajada tiene
notas
del agua fugitiva;
llora, y es cada lágrima un poema
de ternura infinita.
Ella tiene luz, tiene perfume,
el calor y la línea;
la forma engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía.
¿Qué estúpida?... ¡Bah!
Mientras callando
guarde oscuro el enigma,
siempre valdrá, a mi ver,
lo que ella calla
más que lo que cualquiera otra me diga.
XXXV
¡No me admiró tu olvido!
Aunque un día,
me admiró tu cariño mucho más;
porque lo que hay en mí que vale algo,
eso... ¡ni lo pudiste sospechar!
XXXVI
Si de nuestros agravios en un
libro
se escribiese la historia,
y se borrase en nuestras almas cuanto
se borrase en sus hojas...
¡Te quiero tanto aún, dejó en
mi pecho
tu amor huellas tan ondas,
que sólo con que tú borrases una,
las borraba yo todas!
XXXVII
Antes que tú me moriré;
escondido
en las entrañas ya
el hierro llevo con que abrió tu mano
la ancha herida mortal.
Antes que tú me moriré, y mi
espíritu,
en su empeño tenaz,
sentándose a las puertas de la muerte,
allí te esperará.
Con las horas los días, con
los días
los años volarán,
y a aquella puerta llamarás al cabo...
¿Quién deja de llamar?
Entonces que tu culpa y tus
despojos
la tierra guardará,
lavándote en las ondas de la muerte
como en otro Jordán;
allí donde el murmullo de la
vida
temblando a morir va,
como la ola que a la playa viene
silenciosa a expirar;
allí donde el sepulcro que se
cierra
abre una eternidad...
¡Todo cuanto los dos hemos callado
lo tenemos que hablar!
XXXVIII
Los suspiros son aire y van al
aire.
Las lágrimas son agua y van al
mar,
Dime, mujer; cuando el amor se
olvida,
¿sabes tú adónde va?
XXXIX
¿A qué me lo decís? Lo sé: es
mudable,
es altanera y vana y caprichosa;
antes que el sentimiento de su alma,
brotará el agua de la estéril roca.
Sé que en su corazón, nido de
serpies,
no hay fibra que al amor responda:
que es una estatua inanimada; pero...
¡es tan hermosa!
XL
Su mano entre mis manos,
sus ojos entre mis ojos,
la amorosa cabeza
apoyada en mi hombro.
¡Dios sabe cuántas veces,
con paso perezoso,
hemos vagado juntos,
bajo los altos olmos
que de su casa prestan
misterio y sombra al pórtico!
Y ayer..., un año apenas
pasado como un soplo,
con qué exquisita gracia,
con qué admirable aplomo,
me dijo al presentarnos
un amigo oficioso:
«Creo que en alguna parte
he visto a usted.» ¡Ah!, bobos,
que sois de los salones
comadres de buen tono,
y andáis por allí a la caza
de galantes embrollos.
¡Qué historia habéis perdido!
¡Qué manjar tan sabroso
para ser devorado
sotto voce en un corro,
detrás del abanico
de plumas y de oro!
¡Discreta y casta Luna,
copudos y altos olmos,
paredes de su casa,
umbrales de su pórtico,
no salga de vosotros!
Callad, que por mi parte
lo he olvidado todo;
y ella..., ella..., ¡no hay máscara
semejante a su rostro!
XLI
Tu eras el huracán, y yo
la alta
torre que desafía su poder:
¡Tenías que estrellarte o abatirme!...
¡No pudo ser!
Tu eras el océano y yo la
enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡Tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo;
acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!
XLII
Cuando me lo contaron sentí el
frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la
noche;
en ira y en piedad se anegó el alma...
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué
se mata!
Pasó la nube de dolor..., con
pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias.
XLIII
Dejé la luz a un lado, y en el
borde
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil,
clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve allí? No lo
sé; al dejarme
la embriaguez horrible del dolor,
expiraba la luz y en mis balcones
reía el sol.
Ni sé tampoco en tan horribles
horas
en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.
XLIV
Como en un libro abierto
leo de tus pupilas en el fondo;
¿a qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre..., ¡y también lloro!
XLV
En la clave del arco mal
seguro,
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra del cincel rudo, campeaba
el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de
granito,
la hiedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo en que una mano
tenía un corazón.
A contemplarlo en la desierta
plaza
nos paramos los dos;
y «éste –me dijo- es el cabal emblema
de mi constante amor».
¡Ay!, es verdad lo que me
dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en
cualquier parte,
pero en el pecho no.
XLVI
Me ha herido recatándose
en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al
cuello, y por la espalda
partióme a sangra fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su
camino,
feliz, risueña, impávida; ¿y por qué?
Porque no brota sangre de la
herida...
¡Porque el muerto está en pie!
XLVII
Yo me he asomado a las
profundas simas
de la Tierra y el Cielo,
y es he visto el fin, o con los ojos
o con el pensamiento.
Mas, ¡ay!, de un corazón
llegué al abismo
y me incliné por verlo,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡tan hondo era y ten negro!
XLVIII
Como se arranca el hierro de
una herida,
su amor de las entrañas me arranqué,
aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él.
Del altar que le alcé en el
alma mía
la voluntad su imagen arrojó
y la luz de la fe en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.
Aún para combatir mi firme
empeño
viene a mi mente su visión tenaz...
¡Cuándo podré dormir en ese sueño
en que acaba el soñar!
XLIX
Alguna vez la encuentro por el
mundo
y pasa junto a mí;
y pasa sonriendo, y yo digo:
«¿cómo puede reír?»
Luego asoma a mi labio otra
sonrisa,
máscara de dolor,
y entonces pienso: «¡Acaso ella se ríe
cómo me río yo!»
L
Lo que salvaje que con
torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios,
y luego ante su
obra se arrodilla,
eso hicimos tú y yo.
Dimos formas reales a un
fantasma,
de la mente ridícula invención,
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
en su altar nuestro amor.
LI
De lo poco de vida que me
resta,
Diera con gusto los mejores años
Por saber lo que a otros
De mí has hablado.
Y esta vida mortal, y de la
eterna
Lo que me toque, si me toca algo,
Por saber lo que a solas
De mí has pensado.
LII
Olas gigantes que os rompéis
bramando
En las playas desiertas y remotas;
Envuelto entre sábanas de espuma,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que
arrebatáis
Del alto bosque las marchitas hojas;
Arrastrando en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que
rompe el rayo
y en el fuego ornáis las desprendidas hojas;
Arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme, por piedad, a
donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria...
¡Por piedad!... ¡Tengo
miedo de quebrarme
con mi dolor a solas!
LIII
Volverán las oscuras
golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
Y otra vez con el ala en sus cristales,
jugando llamarán;
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Tu hermosura y mi dicha al contemplar;
Aquellas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores abrirán;
pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
Las palabras ardientes a sonar;
Tu corazón, de su profundo sueño
Tal vez despertará;
Pero mudo y absorto y de
rodillas
Como se adora a Dios ante el altar,
Como yo te he querido..., desengáñate,
¡así no te querrán!
LIV
Cuando volvemos las fugaces
horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.
Y al fin resbala, y cae como una gota
de rocío, al pensar
que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.
LV
Entre el discorde estruendo de
la orgía
acarició mi oído,
como nota de música lejana,
el eco de un suspiro.
El eco de un suspiro que
conozco,
formado de un aliento que he bebido,
perfume de una flor que oculta crece
en un claustro sombrío.
Mi adorada de un día,
cariñosa,
«¿En qué piensas?», me dijo.
«En nada...» «¿En nada y lloras?» «Es que tengo
alegre la tristeza y triste el vino».
LVI
Hoy como ayer, mañana como
hoy,
y ¡siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno,
y ¡andar..., andar!
Moviéndose a compás, como
una estúpida
máquina, el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
dormía en un rincón.
El alma que ambiciosa un
paraíso,
buscándolo sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que incesante con el
mismo tono
canta el mismo cantar;
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.
Así van deslizándose los
días
unos de otros en pos,
hoy mismo que ayer..., y todos ellos
sin goce ni dolor.
¡Ay!, a veces me acuerdo
suspirando
del antiguo sufrir...
Amargo es el dolor; pero siquiera,
¡padecer es vivir!
LVII
Este armazón de huesos y
pellejo,
de pasear una cabeza loca
cansada se halla al fin, y no lo extraño;
pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
de la parte de vida que me
toca
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.
Así, aunque ahora muriera,
no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
conozco que por dentro he envejecido.
He envejecido, ay; ¡pese a
mi estrella!,
harto lo dice ya mi afán doliente:
que hay dolor que, al pasar, su horrible huella
graba en el corazón, si no la frente.
LVIII
¿Quieres que de ese néctar
delicioso
no te amargue la hez?
Pues aspíralo, acércalo a tus labios
y déjalo después.
¿Quieres que conservemos una
dulce
memoria de ese amor?
Pues amémonos hoy mucho, y mañana
digámonos ¡adiós!
LIX
Yo sé cuál objeto
de tus suspiros es;
yo conozco la causa de tu dulce
secreta languidez.
¿te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué.
Tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.
Yo sé lo que tú sueñas,
y lo que en sueños ves.
Como en un libro puedo lo que callas
en tu frente leer.
¿Te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué.
Tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.
Yo sé por qué sonríes
y lloras a la vez;
yo penetro en los senos misteriosos
de tu alma de mujer.
¿Te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
mientras tú sientes mucho y nada sabes
yo, que no siento ya, todo lo sé.
LX
Mi vida es un erial:
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.
LXI
AL ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral),
una oración al oírla
¿quién la murmurará?
Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
¿quién vendrá a llorar?
¿Quién, en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
quién se acordará?
LXII
Primero es un albor trémulo
y vago,
raya se inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se dilata
en ardiente explosión de claridad.
La brilladora luz en la
alegría;
la tenebrosa sombra es el pesar:
¡Ay!, en la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá?
LXIII
Como enjambre de abejas
irritadas,
de un oscuro rincón de la memoria
salen a perseguirme los recuerdos
de las pasados horas.
Yo los quiero ahuyentar.
¡Esfuerzo inútil!
Me rodean, me acosan,
y unos tras otros a clavarme vienen
el agudo aguijón que el alma encona.
LXIV
Como guarda el avaro su
tesoro,
guardaba mi dolor:
yo quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.
Mas hoy le llamo en vano, y
oigo al tiempo
que le agotó, decir:
«¡Ah, barro miserable, eternamente
no podrás ni aún sufrir!»
LXV
Llegó la noche, y no
encontré un asilo,
¡y tuve sed!... Mis lágrimas bebí.
¡Y tuve hambre!... ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¡Estaba en un desierto!
Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
desierto para mí!
LXVI
¿De dónde vengo?... EL más
horrible y áspero
de los senderos busca.
Las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma
hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío
y triste
de los páramos cruza:
valle de eternas nieves y eternas
melancolías brumas.
En donde esté una piedra
solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
LXVII
¡Qué hermoso es ver el día
coronado de fuego levantarse,
y a su beso de lumbre
brillar las olas y encenderse el aire!
¡Qué hermoso es, tras la
lluvia
del triste otoño en la azulada tarde,
de las húmedas flores
el perfuma aspirar hasta saciarse!
¡Qué hermoso es, cuando en
copos
la blanca nieve silenciosa cae,
de las inquietas llamas
ver rojizas lenguas agitarse!
¡Qué hermoso es, cuando hay
sueño,
dormir bien... y roncar como un sochantre...
y comer, y engordar! ¡Y qué desgracia
que esto sólo no baste!
LXVIII
No sé lo que he soñado
en la noche pasada;
triste, muy triste debió ser el sueño,
pues despierto la angustia me duraba.
Noté, al incorporarme,
húmeda la almohada,
y por primera vez sentí, al notarlo,
de un amargo placer henchirse el alma.
Triste cosa es el sueño
que llanto nos arranca;
mas tengo en mi tristeza una alegría...
¡sé que aún me quedan lágrimas!
LXIX
Al brillar de un relámpago
nacemos,
y aún dura su fulgor cuando morimos,
¡Tan corto es el vivir!
La gloria y el amor tras que
corremos,
sombras de un sueño con que perseguimos.
Despertar es morir!
LXX
¡Cuántas veces, al pie de
las musgosas
paredes que la guardan,
oí la esquila que al mediar la noche
a los maitines llama!
¡Cuántas veces trazó mi
triste sombra
la luna plateada,
junto a la del ciprés que de su huerto
se asoma por las tapias!
Cuando en sombras la iglesia
se envolvía
de su ojiva calada,
¡cuántas veces temblar sobre los vidrios
vi fulgor de la lámpara!
Aunque el viento en los
ángulos oscuros
de la torre silbara,
del coro entre voces percibía
su voz vibrante y clara.
En las noches de invierno,
si un medroso
por la desierta plaza
se atrevía a cruzar, al divisarme
el paso aceleraba.
Y no faltó una vieja que en
el torno
dijese a la mañana,
que de algún sacristán muerto en pecado
acaso era yo el alma.
A oscuras conocía los
rincones
del atrio y la portada;
de mis pies las ortigas que allí crecen
las huellas tal vez guardan.
Los búhos que espantados me
seguían
con sus ojos de llamas,
llegaron a mirarme con el tiempo
como a un buen camarada.
A mi lado sin miedo los
reptiles
se movían a rastras.
¡Hasta los mudos santos de granito
vi que me saludaban!
LXXI
No dormía; vagaba en ese
limbo
en que cambian de forma los objetos,
misteriosos espacios que separan
la vigilia del sueño.
Las ideas, que en ronda
silenciosa
daban vueltas en torno a mi cerebro,
poco a poco en su danza se movían
con un compás más lento.
De la luz que entra al alma
por los ojos
los párpados velaban el reflejo;
mas otra luz el mundo de visiones
alumbraba por dentro.
En ese punto resonó en mi
oído
un rumor semejante al que en el templo
vaga, confuso, al terminar los fieles
con un amén sus rezos.
Y oí con una voz delgada y
triste
que por mi nombre me llamó a lo lejos,
y sentí olor de cirios apagados,
de humedad y de incienso.
.......................................
Entró la noche, y del olvido
en brazos
caí, cual piedra, en su profundo seno;
dormí, y al despertar exclamé: «¡Alguno
que yo quería ha muerto!»
LXXII
Primera voz
Las ondas tienen vaga
armonía;
las violetas suave olor;
brumas de plata, la noche fría;
luz y oro el día;
yo, algo mejor:
¡yo tengo Amor!
Segunda voz
Aura de aplausos, nube
radiosa,
ola de envidia que besa el pie,
isla de sueños donde reposa
el alma ansiosa,
dulce embriaguez,
la Gloria es.
Tercera voz
Ascua encendida es el
tesoro,
sombra que huye la vanidad;
todo es mentira: la gloria, el oro.
Lo que yo adoro
sólo es verdad:
¡la Libertad!
Así los barqueros pasaban
cantando
la eterna canción,
y a golpe del remo saltaba la espuma
y heríala el sol.
«¿Te embarcas?», gritaban. Y yo, sonriendo,
les dije al pasar:
«Ha tiempo lo hice; por cierto que aún tengo
la ropa en la playa tendida a secar.»
LXXIII
Cerraron sus ojos,
que aún tenía abiertos;
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos salieron.
La luz, que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase, a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día,
y a su labor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
medité un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la casa en hombros
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y paños negros.
Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos;
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedóse desierto.
De un reloj se oía
acompasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba...
que pensé un momento:
¡Dios mío, que solos
se quedan los muertos!
De la alta campana
la lengua de hierro,
le dio volteando,
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila,
formando cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro,
el sepulturero
cantando entre dientes
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio;
perdido en las sombras,
medité un momento:
¿Dios mío, que solos
se quedan los muertos!
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
al fuerte aguacero,
de la pobre niña
a solas me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo de cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso se frío
se hielan sus huesos!...
..........................
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuelve el alma al Cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos, los muertos!
LXXIV
Las ropas desteñidas,
desnudas las espaldas,
en el dintel de oro de la puerta,
dos ángeles velaban.
Me aproximé a los hierros
que defienden la entrada,
y de las dobles rejas en el fondo
la vi confusa y blanca.
La vi como la imagen
que en leve ensueño pasa,
como rayo de luz tenue y difuso
que entre tinieblas nada.
Me sentí de un ardiente
deseo llena el alma;
como atrae un abismo, aquel misterio
hacia mí me arrastraba.
Mas ¡ay!, que de los ángeles
parecían decirme las miradas:
«¡El umbral! de esta puerta
sólo Dios lo traspasa!»
LXXV
¿Será verdad que cuando toca
el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de
las nieblas,
de la brisa nocturna el tenue soplo
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?
¿Allí, desnudo de la humana
forma,
allí, los brazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?
¿Y ríe y llora, y aborrece y
ama,
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?
¿Yo no sé si ese mundo de
visiones
vive fuera o va dentro de nosotros,
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco!
LXXVI
En la imponente nave
del templo bizantino,
vi la gótica tumba, a la indecisa
luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho,
y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna, del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado
al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera,
se plegaba su lecho de granito.
De la postrer sonrisa
el resplandor divino
guardaba el rostro, como el cielo guarda,
del sol muere, el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra
dentados en el filo
dos ángeles, el dedo sobre el labio,
imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta;
de los arcos macizos
parecía dormir en la penumbra,
y que en sueños veía el paraíso.
Me acerqué de la nave
al ángulo sombrío,
como quien llega con callada planta
junto a la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento
y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedras que ofrecía,
próximo al muro, otro lugar vacío,
en el alma avivaron
la sed de lo infinito,
el ansia de esa vida de la muerte,
para la que un instante son siglos...
.....................................
Cansado del combate
en que luchando vivo,
alguna vez recuerdo con envidia
aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida
mujer me acuerdo y digo:
«¡Oh, qué amor tan callado en de la muerte!
¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!»
LXXVII
Dices que tienes corazón y
sólo
lo dices porque sientes sus latidos.
Eso no es corazón...; es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.
LXXVIII
Fingiendo realidades
con sobra vana,
delante del Deseo
va la Esperanza.
Y sus mentiras
como el Fénix renacen
de sus cenizas.
LXXX
Una mujer me ha envenenado
el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo, de ninguna de las dos me quedo.
Como el mundo es redondo, el
mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?
LXXXI
Es el alba una sombra
de tu sonrisa,
y un rayo de tus ojos
la luz del día;
pero tu alma
es la noche de invierno
negra y helada.
LXXXII
Errante por el mundo fui
gritando:
«La gloria, ¿dónde está?»
Y una voz misteriosa contestóme:
«Más allá..., más allá...»
Es pos de ella seguí por el
camino
que la voz me marcó.
Halléla al fin, pero en aquel instante
en humo se trocó.
Mas el humo, formando denso
velo,
se empezó a remontar
y, penetrando en la azulada esfera,
al Cielo fue a parar.
LXXXIII
Negros fantasmas,
nubes sombrías,
huyen ante el destello
de luz divina.
Esa luz santa,
niña de ojos negros,
es la esperanza.
Al calor de sus rayos
mi fe gigante
contra desdenes lucha
sin amenguarse.
En este empeño
es, si grande el martirio,
mayor el premio.
Y sin muestras, esquiva,
alma de nieve;
si aún me quisieras,
yo he de quererte.
Mi amor es roca
donde se estrellan tímidas
del mar las olas.
LXXXIV
EL AMOR
(Atribuida)
Yo soy el rayo, la dulce
brisa,
lágrima ardiente, fresca sonrisa,
flor peregrina, rama tronchada;
yo soy quien vibra,
flecha acerada.
Hay en mi esencia, como en
las flores
de mil perfumes, suaves vapores.
Y su fragancia fascinadora
trastorna el alma de quien adora.
Yo mis aromas doquier
prodigo
y el más horrible dolor mitigo,
y en grato dulce, tierno delirio
cambio el más duro, cruel martirio.
¡Ay! Yo encadeno los
corazones,
mas son de flores mis eslabones.
Navego por los mares,
voy por el viento,
alejo los pesares
del pensamiento.
Yo dicha o pena
reparto a los mortales
con faz serena.
Poder terrible, que en mis
antojos
brota sonrisas o brota enojos;
poder que abrasa un alma helada,
si airado vidrio,
flecha acerada.
Doy dulces sonrisas a las
hermosas,
coloro sus mejillas de nieve y rosas,
humedezco sus labios, y a sus miradas
hago prometer dichas no imaginadas.
Yo hago amable el reposo,
grato halagüeño,
o alejo de los seres el dulce sueño.
Todo a mi poderío rinde
homenaje,
todos a mi corona dan vasallaje;
soy Amor, rey del mundo; niña tirana,
ámame, y tú la reina
serás mañana.
LXXXV
(Atribuida)
¿No has sentido en la noche,
cuando reina la sombra,
una voz apagada que canta
y una inmensa tristeza que llora?
¿No sentiste en tu oído de
virgen
las silentes y trágicas notas,
que mis dedos de muerto arrancaban
a la lira rota?
¿No sentiste una lágrima mía
deslizarse en tu boca?
¿No sentiste mi mano de nieve
estrechar a la tuya de rosa?
No viste entre sueños
por el aire vagar una sombra,
no sintieron tus labios un beso
que estalló misterioso en la alcoba?
Pues yo juro por ti, vida
mía,
que te vi entre mis brazos, miedosa;
que sentí tu aliento de jazmín y nardo
y tu boca pegada a mi boca.
LXXXVI
Yo me acogí como perdido
nauta,
a una mujer para pedirle amor,
y fue su amor cansancio a mis sentidos,
hielo a mi corazón.
Y quedé de mi vida en la
carrera
que un mundo de esperanza ayer pobló,
como queda un viandante en el desierto:
¡a solas con su Dios!
LXXXVII
¡Quién fuera Luna,
quién fuera brisa,
quién fuera Sol!
...........................
¡Quien del crepúsculo
fuera la hora,
quién el instante
de tu oración;
quién fuera parte
de la plegaria
que solitaria
mandas a Dios!
...........................
¡Quién fuera Luna,
quién fuera brisa,
quién fuera Sol!
LXXXVIII
DE NOCHE
(Atribuida)
Apoyando mi frente calurosa
en el frío cristal de la ventana,
en el silencio de la oscura noche
de su balcón los ojos no apartaba.
En medio de la sombra
misteriosa
su vidriera iluminada,
dejando que mi vista penetrase
en el puro santuario de su estancia.
Pálido como el mármol el
semblante,
la blanda cabellera destrenzada,
acariciando sus sedosas ondas
sus hombros de alabastro y su garganta,
mis ojos la veían, y mis ojos,
al verla tan hermosa, se turbaban.
Mirábase al espejo;
dulcemente
sonreía a su bella imagen lánguida,
y sus mudas lisonjas al espejo
con un beso dulcísimo pagaba...
Mas la dulce luz se apagó;
la visión pura
desvanecióse como sombra vana,
y dormido quedé, dándome celos
el cristal que su boca acariciara.
LXXXIX
SOY YO
(Atribuida)
Si copia tu frente
del río cercano la pura corriente
y miras tu rostro de amor encendido,
soy yo, que me escondo
del agua, en el fondo
y, loco de amores, a amar te convido;
soy yo, que en tu pecho, buscando morada,
envío a tus ojos mi ardiente mirada,
mi llama divina...
y el fuego que siento la faz te ilumina.
Si en medio del valle
en tardo se trueca tu andar animado,
vacila tu planta, se pliega tu talle...,
soy yo, dueño amado,
que en no vistos lazos
de amor anhelante te estrecho en mis brazos;
soy yo quien te teje la alfombra florida
que vuelve a tu cuerpo la fuerza y la vida;
soy yo quien te sigo
en alas del viento soñando contigo.
Si estando en tu lecho
escuchas acaso celeste
armonía,
que llena de goces tu cándido pecho,
soy yo, vida mía...;
soy yo, que elevando...
al cielo tranquilo mi férvido canto;
soy yo, que los aires cruzando ligero
por un ignorado movible sendero,
ansioso de calma,
sediento de amores, penetro en tu alma.
XC
ES UN SUELO LA VIDA
Es un sueño la vida,
pero un sueño febril que dura un punto;
cuando de él se despierta,
se ve que todo es vanidad y humo...
¡Ojalá fuera un sueño
muy largo y muy profundo;
un sueño que durara hasta la muerte!...
Yo soñaría con mi amor y el tuyo.
XCI
AMOR ETERNO
Podrá nublarse el Sol
eternamente;
podrá secarse en un instante el mar;
podrá romperse el eje de la tierra
como un débil cristal.
¡Todo sucederá! Podrá la
muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.
XCII
A CASTA
Tu aliento es el aliento de
las flores;
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día
y el calor de la rosa tu color.
Tu prestas nueva vida y
esperanza
a un corazón para el amor ya muerto;
tu creces de mi vida en el desierto
como crece en un páramo la flor.
XCIII
A ELISA
(Atribuida)
Para que los leas con tus
ojos grises,
para que los cantes con tu clara voz,
para que llenen de emoción tu pecho,
hice mis versos yo.
Para que encuentren en tu
pecho asilo
y les des juventud, vida, calor,
tres cosas que yo no puedo darles,
hice mis versos yo.
Para hacerte gozar con mi
alegría,
para que sufras tú con mi dolor,
para que sientas palpitar mi vida
hice mis versos yo.
Para poder poner ante tus
plantas
la ofrenda de mi vida y de mi amor,
con alma, sueños rotos, risas, lágrimas
hice mis versos yo.
A TODOS LOS SANTOS
(1 de noviembre)
(Atribuida)
Patriarcas que fuisteis la
semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte
rogadle por nosotros.
Profetas que rasgasteis
inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas
rogadle por nosotros.
Almas cándidas, Santos
Inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado
rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis en
el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis
vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que el odio fortaleza en los combates
rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a
azucenas
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura
rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el
combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que iris de calma en las tormentas
rogadle por nosotros.
Doctores del Ejército de
Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre vosotros.
XCV
LA GOTA DE ROCÍO
La gota de rocío que en el
cáliz
duerme de la blanquísima azucena,
es el palacio de cristal en donde
vive el genio feliz de la pureza.
Él le da su misterio y
poesía;
él su aroma balsámico le presta.
¡Ay de la flor, si de la luz al beso
se evapora esa perla!
XCVI
LEJOS...
Lejos y entre los árboles
de la intrincada selva,
¿no ves algo que brilla
y llora? Es una estrella.
Ya se la ve más próxima,
como a través de un tul,
de una ermita en el pórtico
brillar. Es una luz.
De la carrera rápida
el término está aquí.
Desilusión. No es lámpara ni estrella
la luz que hemos seguido: es un candil.
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