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TODAS GUARRAS.

Las calles aledañas a la catedral estaban semidesiertas. El invierno se había presentado en exceso frió aquel año. Las calles del barrio, sin apenas luz, hacían si cabía que el ambiente fuese aun más fresco de lo normal. Mis pasos resonaban en los muros centenarios de la antigua muralla de Barcelona; plas, plas, plas, como gotas cayendo en un barreño de agua.
Llevaba varios días deambulando por la ciudad, parando en mesones baratos para comer caliente, durmiendo en albergues del ayuntamiento, y en ese momento me dirigía a uno de las ramblas, uno del que te echaban por la mañana y no te dejaban volver al día siguiente.
Un retablo de la virgen colgado de una antigua pared me miró al pasar, con sus ojos tristes y lagrimosos.
Giré en una esquina y lo vi, paseando con las manos guardándose del frío dentro de los bolsillos de un jubón negro de paño. Lo reconocí al momento. Era Fernán Mipoya, el autor de un buen libro que había leído hacía poco más de un año, en la biblioteca Tecla Sala de Hospitalet. Solía ir en verano, cuando el sol apretaba largo y tendido, a refrescarme con el aire acondicionado y con los libros. En uno de esos días leí la obra de Fernán, "Todas guarras". Buena literatura, buenas violaciones...
Pasé junto a él. Apenas me miró. Sin duda iría embutido en algún pensamiento misógino, ardiente y cabrón, algo para su próximo libro. Yo sí que lo miré, a los ojos, y me atrajeron. Yo también odiaba a las mujeres. Son difíciles de manejar. Lo miré a los ojos y ellos me hablaron. Noté que buscaban aliento, que necesitaban algo sexual, algo violento. Pasé junto a él en dirección contraria, y luego me giré y lo seguí, algo alejado, absorbiendo sus pasos, fijándome en cada uno de sus movimientos. Mis pisadas se mezclaba con las suyas en un alarde de pasión. Me puso cachondo. Lo seguí varios metros hasta una esquina sin alumbrar, algo tétrica. Me puse delante de él y lo arrinconé.
-Me gustas- le dije. Intentó apartarme con las manos. Sabía porqué se resistía: era parte del juego. Había visto en sus ojos un deseo mayor del que podía imaginarse. Sus manos temblaban.
-No juegues, no vas a poder resistirte.
Quiso salir corriendo. Lo agarré del cuello del jubón y le di un puñetazo en las lentes, a la vez que se agachaba. Retorcí el paño de su cuello. Yo estaba cachondo, supongo que él también lo estaba.
-Eres un cabrón, un cerdo. Eres todo mío. Te voy a poseer.
Seguro que estaba tan cachondo como yo, aunque gritaba: ¡No, no, no!
Sí que lo estaba.
Le bajé los pantalones con una sola mano, desabrochando la correa y el botón de los tejanos, mientras con la otra continuaba sujetándole. Le aparté un poco los calzoncillos.
Decía en voz baja "socorro, socorro", con su peculiar acento. Eso me excitaba aun más. Dejé mi miembro al aire y lo acerqué a su culito. Se puso a llorar, supongo que a causa de los nervios y del deseo.
-Fernán Mipoya, te voy a poseer- le decía flojito en la oreja. Era lo que él quería.
Miré a un lado y al otro de la calle. No había nadie por allí.
Tenía el culo apretado y supuse que lo hacía para darme más placer. Le rasgué su inocente culo con mi cosa, lo pentré hasta el fondo dañándome a mi mismo. Gritó de placer. Lo monté un par de minutos, mientras por su muslo derecho chorreaba un hilillo de sangre. Le gustaba, sabía que le gustaba. Era lo normal. El misógino odia a las mujeres porque no le gustan, no se excita con ellas. Por eso prefiere a los hombres, penetrar a un macho y ser penetrado por él. A Fernán Mipoya le sucedía lo mismo, le gustaba ser violado por un hombre. Él no reconocería su homosexualidad, nunca, no tenía valentía para eso. Pero le gustaba que yo lo hubiese violado. Acabé corriéndome dentro de él. Saqué mi cosa, la guardé y le di un beso de agradecimiento en la mejilla. La tenía mojada por las lagrimas.
Allí se quedó, en la esquina, saboreando en su mente el momento vivido.
Yo me acerqué a las ramblas, como tenía previsto, a dormir como Dios manda después de un buen polvo.
Nunca más hasta hoy he vuelto a pensar en él.

©Rubén Parra y Martínez, 2.003.

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