|
ROMANCE CON UN COÑO.
Una novela de
©Rubén Parra y Martínez, 2.002.
SE BUSCA EDITORIAL VALIENTE PARA LA PUBLICACIÓN DE ESTA NOVELA.
(Esta novela puede herir la sensibilidad del lector. Aunque si su "sensibilidad" no se ve alterada con las imágenes de las guerras en televisión, no se porque carajos tiene esto que afectarle.)
YOLANDA.
¿Cómo se puede describir una vagina? Nadie osaría describirla sólo visualmente. El olor sería una de las partes más importantes de la descripción, así como su sabor. La textura, el tacto sería otra de las porciones fundamentales, su suavidad, la humedad... El sonido de un coño puede ser una de las cosas con las que enloquecer temporalmente, más aun si lo que a uno le gusta son los buenos coños. Para describir una vagina se debe procurar utilizar los cinco sentidos, o mejor aun en los seis, pues el pito se puede considerar el sexto sentido del hombre. ¿Qué varón sino nunca ha sentido con el pito? El miembro del hombre es en muchos casos lo más importante de su cuerpo, mas incluso que la vista o el oído. Pregunten pues a cualquier tipo, tanto sea heterosexual o no, que preferiría que le cortasen- en el supuesto que tuviesen que cortarle algo-, una oreja, una pierna o la polla. No dudaran al afirmar que lo ultimo que les gustaría perder es su miembro viril.
Pero lo que a mí me interesa es la vagina, el Coño con mayúsculas. El de mi novia por ejemplo. Eso es lo más perfecto de la creación, tan sublime, tan espiritual, tan alocadamente ardiente. Solo le falta hablar, aunque a veces me parezca que lo hace. Anoche sin ir más lejos hablé con él, antes de comérmelo como se comen los coños: con pasión y frenesí. Fue una conversa silenciosa, en armonía entre él y yo, sin nadie de por medio. Esas son las platicas más interesantes entre un hombre y un coño, sin que se interponga la mujer en la relación. ¿Qué le decía? Lo que se suele decir en estos casos; te voy a comer, eres lo más bonito de mi vida, tu olor es como la cima del mundo. ¿Y que me respondió? Lo de siempre; hazme tuyo, te deseo, entra en mí. Siempre suelo hacer lo que me pide, nada más faltaría. El amor que siento por esa vagina es especial, mayor aun que el que siento por mi novia. Y ella, mi novia coge celos en muchas ocasiones, porque la dejo de lado, porque la deseo más que a ella. Pero es irremediable.
A mi novia la conocí hará cuestión de cuatro meses. A la vagina una semana después. Manolo, mi mejor amigo fue quien me la presentó. A mi novia me refiero, no a la vagina ya que él nunca la ha conocido, o al menos que yo sepa. Fue en un bar de Santa Coloma de Gramanet, en el Tuéstalo. Estábamos como todos lo sábados emborrachándonos con el ron de garrafa que sirven ahí. Pues aunque el nombre del bar suene a cafetería lo que menos sirven son cafés, a no ser que sean aliñados con JB. El Tuéstalo fue en su día el bar más moderno de la pequeña ciudad barcelonesa, pero como ya digo, fue moderno en su día. El fin de semana es cuando acostumbra a ir más gente, jóvenes en su mayoría, buscando la borrachera fácil. Y se encuentra, vamos que sí. Con alcohol de garrafa a diez duros la botella que sirven ya me dirán quien es el santo que no se coloca.
Pero a lo que iba. En el Tuéstalo estábamos el Manolo, la Irene y yo, cada cual con su cubata sobre la mesa. Y en eso que entró una morena deslumbrante, con un pequeño bolso colgado del hombro, con una camiseta blanca ajustada, sin sujetador y con unos pantalones pegados a las piernas que le presionaban la vagina marcándole los labios por entero. Fue en aquel momento cuando me enamoré locamente. De la chica, lo del coño vendría más tarde.
El Manolo que se levanta y la morena que se dirige a él meneando sus lindas y minúsculas caderas, acerca su cara a la del Manolo y le suelta dos besos en las mejillas.
-Mi amiga Irene y mi colega el Fede-dice él señalándonos. El Fede soy yo, Federico García Smith-. Mis mejores amigos- suelta de nuevo.
La morena besa superficialmente a Irene y luego viene hacia mí, se acerca y me besa, con dos besos que me parecieron dos gotas de agua en el desierto. Su olor femenino era indescriptible, excitante por sí solo.
-Esta es Yolanda, una compañera de la facultad- y dice esto cuando ya me había dado los dos besos, menuda putada, pues aun me habrían sentado mejor: "Yolanda..."
La morena cogió una silla y se sentó entre el Manolo y yo, cerca de mí, a dos pasos. Casi podía notar su aliento. Mi vista se volvía cada dos por tres a sus pezones puntiagudos marcados en la camiseta, como dibujados. Creo que lo notó.
-Me voy a pedir algo- dijo Yolanda con la voz más angelical que jamás he oído.
-Ya te lo pido yo- le dije. Y coló. Me solicitó con ternura un Bacardi con Cola. Bacardi, pensé. Garrafón y del fuerte es lo que te van a poner. Pero era incluso mejor, pues si se emborrachaba sería más fácil conquistarla.
Al cubata la invité yo como caballero que soy. Más aun si me pongo caliente con una chica como es Yolanda. Entonces si que soy un caballero "caballero".
Y después imagínense, charla risas y alcohol, lo normal en un sábado por la tarde- noche. Y como no, miraditas a sus tetas.
Dijimos de ir a una discoteca, pero la morena comentó que no podía, que tenía que madrugar. Yo pensé que si ella no iba yo tampoco, pues me apetecía más irme a casa y masturbarme pensando en su nombre.
-Podemos quedar mañana por la tarde- dijo al fin.- Me habéis caído muy bien- remató mirándome a mí directamente.
-Si, como no- solté mientras miraba sus pechos tiesos y firmes.
-¿A las siete aquí, Yoli?- preguntó el Manolo.
-Sí, perfecto.
Pues así fue, a las siete de la tarde siguiente quedamos los tres, ya que la Irene dijo que tenía que estudiar. Las siete, las diecinueve horas... sería eterna la espera. O quizás no, ya que después de una buena paja me suelo olvidar de las mujeres.
Cuando Yolanda se metió en la boca del metro meneando su pequeño culo prieto dije que yo tampoco iba, que prefería marcharme a mi casa.
-Te ha molado la Yoli, ¿verdad canalla?- me preguntó el Manolo simulando un puñetazo en mi hombro.
Pues claro subnormal, pensé. ¿A quien no podía gustarle ese pedazo de hembra purasangre?
-Si, esta bien- dije-. Es guapa.
El Manolo y la Irene se fueron solos a la discoteca. Al día siguiente me diría que se acostó con ella y que folló como una fiera salvaje. Todas las feas con las que se acuesta el Manolo suelen ser así. Quizás es verdad, aunque nunca he probado ninguna de las suyas. A lo mejor un día lo hago.
La cuestión es que nada más llegar a mi casa me metí en la cama y desnudé mentalmente a Yolanda. Le quité esa camiseta ajustada y lamí sus pezones con lentitud, mientras mi mano subía y bajaba el pellejo de mi pene. Le desabroché el pantalón y toqué su culo parejo y liso por encima del tanga. Metí mi mano por dentro de esa prenda y rocé su bello negro y uniformemente triangulado hasta tocar sus labios vaginales y acariciar su clítoris hinchado. Metí incesantemente mi dedo corazón en el interior de su obertura húmeda, mojada a más no poder y refresqué mi olfato con el olor que desprendía su sexo. Luego, justo cuando me colocaba encima de ella para penetrarla me corrí sobre mi mano y vientre, manchando también la sabana. Y ya que estaba machada no me iba a levantar para ir al lavabo, así que cogí una punta y me limpié. Al momento me quedé dormido pensando en su pelo negro y en sus ojos también oscuros como el carbón. Y mientras dormía decía su nombre: Yolanda... Yolanda...
A LAS SEIS EN EL TUÉSTALO.
Una hora antes. Llegué una hora antes al Tuéstalo y me pedí una cerveza. Durante más de media hora estuve mirando la puerta esperando que hiciese su entrada en el local. Pero el primero en llegar fue Manolo. Tenía la vaga esperanza de que no apareciese, así Yolanda tendría la obligación moral de quedarse a solas conmigo. Pero no, el Manolo tenía que venir, lógicamente.
-Que hay Manolo.
-¿Aun no ha llegado?- me preguntó.
Negué con la cabeza.
-Mejor, porque tengo que contarte una cosa. ¿Te acuerdas que la Irene dijo que nunca se acostaría conmigo?
-No, ya sabes que apenas la conozco y que hablo poco con ella.
-Bueno, es igual. ¡Ayer me la tiré! ¡En el asiento trasero de su coche!
Le dije que felicidades, que me lo contara, pero en realidad yo solo estaba pendiente de la puerta, confundiendo a los pelados que entraban con Yolanda.
Y al cabo del rato, mientras Manolo continuaba con su cháchara, entró, reluciente, bellísima, vestida con una camisa medio transparente, de nuevo sin sujetador, con una falda corta a cuadros y unas botas altas hasta las rodillas. "Yolanda"...
-Hola- su voz angelical silenció todos los ruidos del bar.
-Hola- le dijimos.
Primero beso al Manolo, mua mua y después, con lentitud acercó sus labios pintados a mi cara y dos de lo mismo pero con más arte. De nuevo su olor de fémina me extasió por completo.
El Manolo y yo nos encontrábamos en la barra, pero decidimos los tres casi al mismo momento sentarnos en una mesa al fondo del local. Le acerqué una silla a Yolanda y tras un gesto de aprobación se sentó, cruzando una pierna sobre la otra y luego lo mismo con los brazos sobre la falda. Agarré una silla bruscamente y me senté lo más cerca que pude de ella, en el lugar más propicio para olerla. Aunque eso sí, con discreción.
Como se sentaba esa morena era de cine. Jamás había visto a una chica sentarse con tanta clase, con tanta gracia y a la vez tan natural. Era como la guarra de la Marilyn Monroe pero a lo español, con duende y salero. Su pelo echado hacía atrás, limpio y reluciente, sus manos cuidadas sin exceso de pinturas... Perfecta se podría decir. O mejor dicho, un polvo perfecto pues aun no habíamos sacado un tema serio para hablar y después podía resultar a la larga que la morena fuese tonta con ganas.
Se habló seriamente y no pareció tonta ni de lejos. Más bien todo lo contrario pues mostraba su inteligencia sin chulería ni desdén, abiertamente y sin recelos de ninguna clase. Ahí sí que me pareció en verdad perfecta.
-Así que estudias periodismo- le dije, asegurando e interrogando a la vez.
-Si, y si Dios quiere cuando acabe la carrera entraré de becaria en el País. Es mi sueño.
-Bonito sueño. El mío es escribir algún día una novela. Pero nada serio, sino todo lo contrario. Lo que a mí me gustaría escribir es una novela picante y sin tabúes, algo como lo del Marqués de Sade.
Manolo quedaba algo relegado de la conversa.
-¿Absurda y demencial?- preguntó.
-Eso es.
-Cuando la comiences y si necesitas ayuda dímelo. Lo haré encantada.
Lo que digo, una locura de chica, abierta y sin complejos. Y con un escote en la camisa que ya lo quisieran algunas de la tele para sí. Yo me preguntaba mientras platicábamos con la música járcor de fondo: si el principio de sus senos escondidos bajo la camisa parecía tan dulce, ¿cómo serían ellos una vez liberados a la luz? Deberían ser como dos globos de chocolate fundido: dulces, morenos y calientes sin duda alguna. Mi entrepierna me decía que debía poner todo mi empeño en saborearlos. Eso es lo que me decía mi sexto sentido: tienes que follartela.
Nos tomamos un par de cervezas y algún cubatilla y después decidimos marcharnos a casa, ya que al día siguiente yo trabajaba y ellos dos tenían que ir a la facultad. Fue entonces cuando vi la oportunidad que esperaba. Podía, mejor dicho, debía preguntarle a Yoli si quería que la acompañase a casa. Fue justo cuando salíamos del Tuéstalo:
-¿Quieres que te acompañe?
-Bueno- contestó con su voz suave y melodiosa mientras levantaba un ápice los hombros como una muñequita. -Bueno- repitió.
Un mundo nuevo se abría ante mis ojos. Yolanda vivía cerca de la plaza de Cataluña, cerca de la parada del metro. Así que con un poco de paciencia, en los varios minutos que pasaríamos sentados el uno junto al otro en el vagón podría decirle algo para camelármela.
En el anden de Santa Coloma estuvimos poco tiempo, pues pronto llegó el tren del amor que nos llevaría hasta el punto al que yo quería llegar: al polvo. O sino, era al menos lo que yo deseaba. Nada más lejos de la realidad, pues justo al entrar en el vagón nos topamos con cuatro borrachos que se pasaron todo el trayecto increpando a la gente, incluyéndonos a nosotros. El metro de Barcelona siempre ha sido una aventura.
Por fin descendimos en la parada de plaza de Cataluña de la línea roja y andamos muy pegaditos entre la gente hasta su piso. Vivía en el barrio Gótico de la ciudad, en un bloque viejo y herrumbroso.
Al llegar al portal vi todas mis esperanzas frustradas. Yolanda subiría a su casa y yo me quedaría solo meneándomela en mi cama sin nada verdaderamente excitante en lo que pensar. Una putada de vida, eso es lo que tenía: una vida puta y perra.
Pero no, cuando acerqué mi cara a la suya para darle los protocolarios dos besos en las mejillas, ella giró la cabeza buscando mi boca para besarme. Y me besó con ganas, con pasión, tal y como se dan los buenos besos, con la lengua hasta la campanilla. Su pelo negro, suave me rozó la tez y sus pechos se apretaron a mí como por atracción divina. Su saliva sació mi sed de Yolanda. Yo respondí acercando mi cintura a la suya y la aprisioné levemente contra el portal de su piso. El beso terminó como suelen terminar todas las cosas buenas en la vida: de sopetón y sin esperarlo.
-¿Me llamaras?- preguntó mientras me apartaba con suavidad.
-Si me das tu teléfono sí.
Me dio su numero y lo apunté con sangre en mi corazón, es decir, en la polla.
Mi trempera era subliminal, increíble, apretado el miembro contra los calzoncillos; creía que estaban estos a punto de estallar. Nos dijimos adiós y se metió en el portal. Yo marché hasta mi piso de Santa Coloma embutido todavía en el beso, esperando llegar de una vez por todas para masturbarme. Aunque antes de arribar un fuerte dolor en los testículos me evitó andar a la velocidad a la que estaba acostumbrado. A cada paso que daba el dolor se acrecentaba. Al fin llegué a mi estudio. Nada más cerrar la puerta me bajé los pantalones y los calzoncillos y me pajeé en menos de un minuto. El semen brotó de mi cosa con fuerza, aterrizando en grandes gotas casi transparentes por toda la habitación. Luego cené esperando con ansia a que llegara el día de mañana para así poder llamarla y verla de nuevo.
A mi Yolanda.
EL GRAN POLVO.
De nuevo me quedé hoy ensimismado mirando el coño de mi novia. Me suelen suceder estas cosas con su vagina, con el pelo rizadito que forma espesos valles alrededor y por encima de sus labios.
Ese color carnoso y ardiente puede volver loco a cualquiera. Ese rosado claro- oscuro es jugosamente enloquecedor, y lo digo en serio pues a veces creo delirar al observarlo. Aun recuerdo la primera vez que lo toqué, a los dos días del primer beso con Yolanda.
El lunes después de besarnos en el portal de su piso la llamé por la tarde y quedamos para el día siguiente. Aquel día paseamos por la Villa Olímpica, con las manos cogidas y esas cosas que hacen los enamorados: un besito aquí, otro allá, mirar las gaviotas, hablar sobre nada... Pero cuando de nuevo la dejé en el portal de su casa, cuando nos dimos el beso largo de despedida fue cuando me lancé con ardor. Primero jugué con su lengua mientras la cogía de la nuca. El beso se prolongó unos segundos, fue en ese momento cuando mi mano izquierda rozó por primera vez un pecho de la morena Yolanda. Después bajé poco a poco hasta la cintura, moví mi mano hasta tocar la cremallera de sus pantalones blancos y bajé rozando la tela hasta palpar con los dedos su vagina. El beso continuaba. El pantalón estaba húmedo y pareció que a ella le gustaba pues jadeó levemente en el interior de mi boca. Entonces fue cuando me dejó con la trempera de nuevo al apartarme y decirme "NO". ¿No que? Pensé yo.
-Nos podrían ver mis padres. Nos estamos lanzando demasiado.
De nuevo otra frustración. No quiero decir con esto que me la hubiese tirado allí mismo si se hubiese dejado. Pero ya se sabe, quizá con el calentón buscábamos un lugar donde poder hacerlo.
-¿Por qué no me llevas a tu piso un día y me lo enseñas?- me dijo.
Pues claro, allí sí que podremos follar a gusto sin que tus padres nos vean, pensé.
-Sí, sería una buena opción- dije-. Podríamos comer juntos. Por la tarde no entro en el taller hasta las cinco.
-Perfecto, porque el viernes no tengo nada que hacer, ya que no voy a la uni.
-De acuerdo, pues quedamos el viernes, a las..
-¿A las dos aquí?- continuó la frase.
Si, de puta madre, aseguré. Estaría de cojones que vinieras a mi piso, pensé.
Yolanda abrió la puerta de la escalera y me dijo:
-A las dos, no te olvides.
Dicho esto cerró la puerta tras de sí y pude ver por la cristalera como meneaba su lindo culo al subir las escaleras.
Mi mano izquierda aun rezumaba perfume vaginal, así que decidí no lavármela hasta el viernes. Pero el jueves me duché y si aun quedaba algún resto de ese olor despareció con el champú.
Y el día llegó por suerte, así que tal y como prometí marché corriendo del trabajo a mi casa, me volví a duchar, me puse mis mejores galas y fui al portal de su casa a esperarla.
A las dos en punto bajó y me recibió con un beso cortito pero cálido. Cogidos de la mano fuimos a mi estudio viajando en el metro naturalmente, ya que ir en coche por Barcelona es toda una odisea digna de los mejores pilotos de ralis y de los más pacientes en las caravanas.
Llegamos, le enseñé las cuatro paredes de mi estudio, encendí el horno, coloqué dos pitsas en él, las saqué cuando estaban en su punto, nos las comimos combinadas con dos cervezas y vimos la televisión un rato abrazados, aunque tener a Yolanda tan cerca en mi propio piso me excitaba en demasía. Así que comencé a acariciarle el pelo y a darle pequeños besos aquí y allá, mientras me excitaba más y más. Encima y por si fuera poco, Yolanda llevaba aquella falda suya a cuadros que tanto me enloquecía. Mi sexto sentido me decía que tenía que indagar bajo su falda, mirar cual era el color de sus bragas y quitárselas, por supuesto. Después de los besos vinieron los morreos en toda regla y el magreo suave permitido, o sea, tocamientos leves en las partes tocables como el culo, la cintura y un poco los pechos. Y entonces ella de nuevo fue la que se lanzó. Primero metió su mano por dentro de mi camiseta, después por la parte trasera de mis pantalones y luego palpó mi pene por encima de los tejanos Y todo esto aderezado con besos lenguados, mordiscos en los labios y chupamientos en el cuello. Por si fuera poco, una vez que mi verga no soportaba más excitación, ella me desabrochó el botón y me bajo la cremallera para tocármela por encima de los calzoncillos primero, y por dentro después. Entonces yo respondí tocándole las tetas, amasándoselas por dentro de su camisa y subiéndole ésta hasta poder morderle los pezones sin tropiezos. Me sacó la polla y me masturbó un poco. Yo aproveché para acariciar su coño por debajo de la falda y por encima de las bragas. Entonces me apartó con suavidad y se levantó. Yo pensé que de nuevo se me resistía, pero no era esa su intención:
-¿Vamos a la cama? Estaremos más cómodos- dijo.
Y así fue, dicho y hecho. Nos tumbamos sobre mi catre y nos besamos locamente. ¡Por Dios, tantos besos me estaban destrozando la boca! En aquel momento decidí utilizarla para algo más útil: comerle el coño. Le levanté la falda y sin quitarle las botas bajé sus bragas de lencería para dejar al descubierto su triangulo del amor. Era perfecto, bello, de textura suave y de labios anchos y húmedos. Llevé mi lengua a su obertura y la lamí con delicadeza. Pasé la punta de mi lengua alrededor de su clítoris mientras ella aprobaba el movimiento con leves gemidos de placer semejantes a música celestial. Un ángel, eso es lo que me pareció: El Ángel del amor. Se retorcía sobre si misma de gusto, igual que yo disfrutaba con el sabor salado de su vagina, probando cada una de las gotas de flujo que desprendía. Vaya coño que tenía, y que sigue teniendo. Era como si tuviera vida propia, -creo que eso ya lo he dicho con anterioridad pero quería remarcarlo- como si me estuviera diciendo que lo penetrara. Con el pene ya fuera de sus ataduras lo introduje poco a poco en su interior notando todos y cada uno de su movimientos. Pero algo había que me impedía introducirla por completo. Yolanda gritó un poco, así que comprendí: era virgen. Con ese cuerpo y virgen, ¿quién lo habría dicho? Era ahora o nunca, me dije. Apreté mi cintura contra la de ella bruscamente y rasgué el himen a la vez que la morena gritaba de dolor. Jodete, me dije de nuevo. Continué tirándomela mientras en sus ojos aparecían las primeras lagrimas. Al par de minutos me corrí, no porque no aguantase más sino porque así lo decidí para no hacerle más daño. Y ella me lo agradeció con su mirada.
Nos fumamos inmediatamente un cigarro en la cama y nos abrazamos delicadamente. Ella, después de ir al lavabo para limpiarse el semen, puso su cabeza sobre mi corazón y jugó con el vello de mis pectorales, mientras yo, descansado por completo aspiraba del cigarrillo soltando el humo contra el techo. Entonces pensé en ese coño que me acababa de comer, en su resplandor, su belleza, su perfección, su suavidad, su sabor, su aroma, su temple, su calentura, su exquisitez, su grandilocuencia, su énfasis, su tamaño, su todo... Esa era la palabra: TODO.
Acabamos los cigarros y acto seguido acerqué mis ojos a la vagina de Yolanda para verla de nuevo y admirarla como se admiran las cosas bellas de la vida. No recuerdo el tiempo que permanecí observando su sexo, pero supongo que pasaron más de treinta segundos, pues Yolanda me dijo:
-¿Vas a tirarte todo el día ahí?
-Me gustaría, aunque creo que no estaría bien.
La morena me ofreció una sonrisa y preguntó:
-¿Lo hacemos de nuevo?
No respondí, limitándome a acercar mi lengua a esos labios carnosos y lamerlos para absorber hasta la última gota de flujo y continuar hasta dejarle el clítoris escocido. Sabía un poco a semen.
Cuando de nuevo metí mi cosa en esa obertura suya volví a hacerle algo de daño, aunque mucho menos que la vez anterior. Y aunque intenté correrme con celeridad no lo conseguí, pues estaba menos excitado que la vez primera. Yolanda no tuvo ningún orgasmo aquel día, pero todo llega tarde o temprano, pensé.
De pronto, justo después de eyacular sentí por dentro, en mis tripas, en las entrañas un cosquilleo semejante al amor, un hormigueo muy adentro que casi me llevó a la risa. Y ese presunto amor no lo sentí por Yolanda, sino por su coño, por sus pliegues y por su fuerte musculación. Ese coño mío, me dije. ¡Que grandeza! Ahí fue cuando mis sentimientos hacia la vagina crecieron en mi interior y se asentaron para no irse jamás, para quedarse como residentes perpetuos de lo que soy. Puede sonar ridículo, pero así fue y así sigue siendo hoy día.
Pero a lo que iba. Después de hacerlo las dos veces me dormí y soñé, con lo que sueña un hombre: con mujeres desnudas que me mostraban su sexo. Habían en ese sueño sexos de todos los tamaños y colores, y todas las mujeres acercaban sus vulvas a mi boca para que las masturbase con mi lengua. Y cuando desperté Yolanda estaba juntó a mi cuerpo, junto a mi persona, reposando supongo, durmiendo. Sin ropa interior siquiera, dejaba sus pechos al aire con total libertad, mostrándomelos directamente, apuntando sus pezones a mi cara. Su respirar era tranquilo, pausado, pero con la boca entreabierta. En verdad estaba bella con aquel cuerpo de musa pintoresca que tenía- y que continúa teniendo- con los contornos morenos dibujados sobre las sabanas... Que cuerpo era y es Yolanda.
Pero lo esencial estaba aun por llegar. El enamoramiento. La pasión. No por Yolanda, a la que se puede decir que ya amaba, sino al coño de ella. A ese milagro de la naturaleza. Para no andarme con rodeos ni por los cerros de Úbeda, diré que fue en la segunda ocasión en la que nos acostamos cuando el amor eterno me llegó. Creo que me enamoré en más de una ocasión.
Volvió a ser en mi cama. Sé que no es nada exótico, la forma más vulgar de acostarse con una mujer, pero, diablos ¡Es el mejor lugar para echar un polvo! Acostados, desnudos por completo. Ni coches, ni playas, ni estupideces. Como una cama no hay nada.
Fue a los tres días, por la noche. Yolanda dijo en su casa que iba a dormir con una amiga, para quedarse toda la noche estudiando. Pero lo que hizo aquella noche fue follar conmigo, como salvajes. Le comí el coño en tres ocasiones y su sabor a papaya, a caña de azúcar y a menta me aprisionó para siempre más. Nos fumamos una cantidad asombrosa de porros... Que noche tan estupenda.
Entonces ya puedo decir sin equivocarme que estaba completamente enamorado del Coño de Yolanda [...]
|