 |
| Menú |
 |
|
Relatos.
|
 |
|
Sitios
Amigos
|  |
|
 |
 |
Relatos. |
Llegué a eso de las tres de la
mañana del centro comercial Gran
Vía dos. Había estado
peleando en un cuadrilátero portátil
con Loquillo, del grupo musical loquillo
y los trogloditas. Le gané por
kao, en el segundo asalto, lo noquee
gracias a mi certero croché de
izquierda: en toda la mandíbula,
¡BAM! Después estuve bebiendo
en un bar. Empecé con una cerveza.
Luego la sed y el reloj hicieron el
resto. A eso de las tres de la madrugada
llegué a mi piso de la Torrasa
y allí estaba ella, con su vestido
blanco, esperándome en la puerta.
-Llevo dos horas esperándote-
dijo.
-Hola nena. ¿No me das un beso?
Me besó. Hacía tiempo
que no la veía, ni que me besaba.
Y allí estaba, esperándome,
a las tres de la mañana, frente
a mi puerta, con una botella de vino
sin abrir en la mano.
-Coto me ha dejado.
-No pasa nada, entremos y celebrémoslo.
Llevaba ese vestido blanco que le hacía
aun más guapa de lo que era.
Le hacía más negra. Eva
era negra, pero con ese vestido aun
lo parecía más.
-Estas de un bueno estupendo.
-Me dijo que ya no le atraía.
-Déjalo ya, nena, tu Rubén
te alegrará la noche.
Saqué dos vasos y abrí
la botella de vino. Era un rioja tan
negro como ella.
-El muy..
-Olvídalo. Siempre ha sido un
hijo de puta.
-¿Puedo ir a orinar?- me preguntó.
Le indiqué donde estaba el lavabo.
Daba igual, ella ya sabía donde
estaba.
-El vater está atascado. Está
lleno de mierda y atascado.
-¿Qué importa? Ven y quítate
el vestido. Me gustas más sin
el vestido.
-Rubén, no soy de esas, tú
lo sabes.
Se acercó a mi y le di su vaso
de vino. Me serví más.
-Sin el vestido estás mejor.
Seguro que también follas mejor
sin él.
-No me digas esas cosas. Coto nunca
me decía esas cosas.
-Ya te lo he dicho, Coto es un hijo
de puta. No sabría distinguir
entre una buena mujer y un par de calcetines
sudados.
Ese vestido blanco le quedaba muy bien.
-Pero es que lo quiero tanto...
Pegó un tiento al vino. En la
calle comenzaba a llover. Escuchaba
las gotas cayendo en la persiana de
la habitación, como un crujido
prolongado.
-Eva, estaría bien que te olvidaras
de él un tiempo. Al menos el
tiempo que estés conmigo. Ven,
siéntate en mis rodillas. El
tío Parra hará que te
lo pases bien.
Vino y se sentó como una colegiala
en las piernas del director, medio excitada
y medio asustada, cincuenta por ciento
de cada. Introduje mi lengua en su boca.
Toda la carne en el asador, pensé,
por lo que apartando un poco su pierna
izquierda liberé mi cosa.
-¡Oh, Rubén, que cosa más
fea!
-¿Fea?
-Sí, quiero decir que son todas
feas, la de Coto, la tuya, son de color
lila. Podrían ser rosas, o verdes
como los chicles de menta, pero no.
¡Son lilas y feas!
-Bueno nena, supongo que todo el mundo
la tiene así.
-A eso me refiero, es decir, el Papa,
Aznar, el Rey... seguro que la tienen
así, pero, ¿tu crees que
son igual de feas las de Alejandro Sanz,
Becam o Leonardo di Caprio?
-Supongo que sí.
-No se, sería una desilusión.
La guardé bajo los calzoncillos.
-No hace falta que la escondas, digo
que es fea, pero me gusta.
-Es que hablar de Aznar hace que me
baje la libido.
Se levantó de encima de mis piernas
y se quitó el vestido.
-¿Ves? Sin él estás
más buena todavía.
Parecía una oveja recién
trasquilada, así desnuda, las
tetas hacia arriba, el bello púbico
asomando entre las gomas de sus bragas
blancas. Volvió a sentarse en
mis rodillas, con el culo bien apretado
contra mi pantalón. Me besó.
Esas cosas suelen funcionar, hacer como
que uno no tiene ganas de jodienda.
No les gusta ver a los hombres deprimidos
o tristes por falta de sexo.
-Chúpamela.
-No me gusta que me digas esas cosa,
yo no soy de esas.
-¿Qué? Acabas de decir
que te gusta, que es fea pero te gusta.
-Sí, pero lo que no me agrada
es que me traten así.
-¿Cómo te trato? ¿Acaso
Coto no te dijo nunca que se la chuparas?
-Sí, pero no me gustaba tampoco
que me lo dijera.
Me la chupó y bien, de rodillas,
mientras yo bebía.
-Sigue nena, lo haces de fábula.
Hacía ruiditos con la saliva.
Me corrí casi a la vez que se
acababa el vino. Me levanté,
fui al lavabo y me limpié con
un trozo de papel de vater. Luego abrí
la alacena y me serví un güisqui
con agua.
-¿Por qué hacéis
esas cosas los hombres?- me preguntó.
-¿Qué cosas?
-Os ponéis cachondos y solo pensáis
en vosotros. Me dices que me quite el
vestido solo para regocijar tu vista.
Nada de cariño, nada de amor.
-El amor es para los ricos. Los pobres
solo tenemos la jodienda y el vino.
-Siempre hacéis lo mismo y decís
lo mismo, sin una pizca de romanticismo.
-Nena, eso es de las películas.
En la vida real las cosas son diferentes,
son más instintivas y menos pasionales.
En las películas está
bien, en las canciones, en las poesías,
pero no en la vida real.
Se puso el vestido, enfadada, muy enfadada
y se marchó. Me puse otro güisqui
con agua y me tumbé en la cama.
En la ventana repiqueteaban las gotas
de lluvia.
Era bonito escuchar la lluvia. |
|
|
©Rubén
Parra y Martínez, 2.003.
 |
|
|
 |
|
Enlaces.
|
 |
| 
|