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Rubén Parra y Martínez.  

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EN EL MOLINO CON BUKOWSKI.


 Relatos.

Entré una noche de sabado en el Molino y me pedí una cerveza. En una esquina del local, bajo un cartel que anunciaba a la Maña se encontraba sentado un tipo raro, con la barba de varios días, con una chupa roída y en la mano una botella de oporto. Bebía de la botella directamente, sin tapujos y su vista se perdía entre las paredes roñosas de le Petit Mouligne Rouje . Pensé "coño, ese tío se parece a Bukowski".
Sí que lo parecía. Pero no podía ser, Bukowski llevaba ya varios años muerto. Me acerqué a él:
-Perdone, es usted igualito a un escritor norteamericano del que he leído algo.
-¿Y a mi que?
Al parecer el tipo iba algo borracho.
-Nada, que ese escritor murió hace ya algún tiempo.
-¿Y eso es un gran inconveniente para ti?
-No, supongo que no.
Volví a mi asiento y continué con la cerveza.
Era idéntico a él, como en las fotos, como en el programa ese francés en el que, borracho lió un pollo de un par de cojones.
-No tiene usted acento ingles- le dije desde mi asiento.
-Es que no soy inglés, majadero.
Quizá no era él. Seguro que no lo era, no podía ser.
-¿A estado alguna vez en Alemania? Yo tenía un amigo de Hanover.
Bebió un gran trago de oporto:
-Déjame que te diga una cosa: Si estas intentando ligar conmigo será mejor que te pintes los labios y te disfraces de cabaretera... O mejor no, morirme otra vez sería ridículo.
Sí, eso dijo, "morirme otra vez". A lo mejor era él después de todo. Una reencarnación del gran maestro de la bebida, "Charles Bukowski" o una aparición del tipo Encuentros en la tercera fase, un extraterrestre que había adoptado la forma de Buk.
Tenía la botella a medio acabar y mi cerveza estaba ya casi apurada del todo.
-¿Otra botellita? Le convido si lo desea.
-Sí, porqué no.
Pedí dos oportos. Nos bebimos juntos el vino y conversamos, de la Bella Dorita, de la guerra mundial, de Henry Miller y de Hemingway. Odiaba a Hemingway. Yo no, a mi me gustaba.
Vimos un rato el espectaculo, que para eso estábamos en el Molino. Nos bebimos un par de botellas de vino más mientras echabamos unas risas. Después, a las tantas se marchó a no se donde y yo continué con el vino en un bar de la calle Magallanes hasta que me echaron.
Haciendo eses llegué a casa, meé sin puntería un gran chorro, me desnudé como pude y me enterré en las sabanas de mi cama. Y entonces pensé que el Molino era el mejor sitio para pasar una noche de sabado.


Relato leido en el espectaculo de la asociación FEM GIRAR EL MOLINO, el día 20 de septiembre por la noche.



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©Rubén Parra y Martínez, 2004. salvo las opiniones, que pertenecen a sus respectivos autores.
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