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Entré una noche de sabado
en el Molino y me pedí una
cerveza. En una esquina del local,
bajo un cartel que anunciaba a la
Maña se encontraba sentado
un tipo raro, con la barba de varios
días, con una chupa roída
y en la mano una botella de oporto.
Bebía de la botella directamente,
sin tapujos y su vista se perdía
entre las paredes roñosas de
le Petit Mouligne Rouje . Pensé
"coño, ese tío
se parece a Bukowski".
Sí que lo parecía. Pero
no podía ser, Bukowski llevaba
ya varios años muerto. Me acerqué
a él:
-Perdone, es usted igualito a un escritor
norteamericano del que he leído
algo.
-¿Y a mi que?
Al parecer el tipo iba algo borracho.
-Nada, que ese escritor murió
hace ya algún tiempo.
-¿Y eso es un gran inconveniente
para ti?
-No, supongo que no.
Volví a mi asiento y continué
con la cerveza.
Era idéntico a él, como
en las fotos, como en el programa
ese francés en el que, borracho
lió un pollo de un par de cojones.
-No tiene usted acento ingles- le
dije desde mi asiento.
-Es que no soy inglés, majadero.
Quizá no era él. Seguro
que no lo era, no podía ser.
-¿A estado alguna vez en Alemania?
Yo tenía un amigo de Hanover.
Bebió un gran trago de oporto:
-Déjame que te diga una cosa:
Si estas intentando ligar conmigo
será mejor que te pintes los
labios y te disfraces de cabaretera...
O mejor no, morirme otra vez sería
ridículo.
Sí, eso dijo, "morirme
otra vez". A lo mejor era él
después de todo. Una reencarnación
del gran maestro de la bebida, "Charles
Bukowski" o una aparición
del tipo Encuentros en la tercera
fase, un extraterrestre que había
adoptado la forma de Buk.
Tenía la botella a medio acabar
y mi cerveza estaba ya casi apurada
del todo.
-¿Otra botellita? Le convido
si lo desea.
-Sí, porqué no.
Pedí dos oportos. Nos bebimos
juntos el vino y conversamos, de la
Bella Dorita, de la guerra mundial,
de Henry Miller y de Hemingway. Odiaba
a Hemingway. Yo no, a mi me gustaba.
Vimos un rato el espectaculo, que
para eso estábamos en el Molino.
Nos bebimos un par de botellas de
vino más mientras echabamos
unas risas. Después, a las
tantas se marchó a no se donde
y yo continué con el vino en
un bar de la calle Magallanes hasta
que me echaron.
Haciendo eses llegué a casa,
meé sin puntería un
gran chorro, me desnudé como
pude y me enterré en las sabanas
de mi cama. Y entonces pensé
que el Molino era el mejor sitio para
pasar una noche de sabado.
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