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EL JUGUETE.


Cuando Toni me llamó aquel día estaba borracho. Se notaba en su voz y casi me llegaba por el auricular su aliento a cerveza. Toni era un buen poeta, pero le daba demasiado a la bebida y a las mujeres, y al dinero que no ganaba. Gastaba con mucha frecuencia, en los bares y clubes nocturnos de Barcelona, en los bingos, en los prostibulos, en cocaína, en jugar a cartas en fiestas clandestinas.... Gastaba con mucha frecuencia y ganaba muy poco con la poesía. Alguna vez recitaba pero pocas veces le pagaban. Hubo un tiempo en que pensaba que el dinero le llegaba del narcotráfico o que se prostituía algunas noches en las cercanías del campo del Barsa. Más tarde averigüé que sus padres vivían en Pedralabes, en un piso con vigilancia privada, limpieza privada y cuenta privada en una banco de Suiza.
Aquel día me llamó estando borracho. Estaba en su piso con mi antigua novia, con Sonia. Me llamó para decírmelo. Me dijo que Sonia lo hacía muy bien. Me dijo que Sonia le había dicho que él era mejor que yo, que la tenía más grande y que la utilizaba mejor. Fede, eres un jodido marica, me dijo. No sabes ni meterla con arte, me dijo. Quizá tenía razón. Me invitó a su casa para enseñarme como se lo montaba con Sonia. Le dije que a lo mejor más tarde y le colgué.
Pensé que estaría bien ir a tomar una cerveza sin Toni y sin Sonia. Arranqué mi Renault cinco y cogí dirección Cornella por la avenida del Carrilet. En un semáforo se me acercó una chica con un vestido negro rajado de cintura para abajo. Abrió la puerta del copiloto y se sentó en el asiento.
-¿Me invitas a un cigarro?
La raja dejaba ver su pierna derecha. Encendí un cigarrillo y se lo acerqué.
-Me llamo Ester.
Alguien golpeó en el vidrio del copiloto. Era otra chica, vestida también de negro pero con una falda muy corta. Ester se bajó del coche.
-¿No os apetecería venir a tomar algo?- dije.
-Quizá otro día.
Las dos se alejaron de la avenida abrazadas por la cintura hasta desaparecer en una esquina. Arranqué el Renault y continué hasta Cornella. Había un bar en el que hacían buenas patatas con alioli y una pizca de pimienta. Me pedí una botella de Jumilla para acompañar el plato. En la mesa de al lado jugaban a cartas, dos tipos y una mujer.
-He, Jorge, tira la sota de oros que la he visto.
-La tiraré cuando me salga del culo.
Los tipos eran viejos, de aspecto viejo, con ropas viejas y lenguas viejas.
-¡La puta de oros! Nos falta uno, así no se puede jugar.
La mujer me miró:
-Oye amigo, ¿quieres echar un partida?
Miré las cartas y sus caras viejas, y las piernas de la mujer.
-No se jugar.
-Es fácil, ya veras, además juegas de pareja conmigo y eso no es poca cosa. Vamos a diez euros la partida, los que ganan se llevan el doble de lo apostado.
-Hecho.
Me llevé la botella de Jumilla a la mesa y puse mis diez euros junto a los otros, y me explicaron las reglas del juego.
Los ases eran lo que más valía. A mi me habían salido dos ases, el de bastos y el de espadas. A la mujer el de copas. Ganamos la partida.
-La suerte del principiante- dijo el viejo Jorge.
Echamos una segunda partida y la ganamos de nuevo. La mujer me hacía señales con la punta del zapato cuando le salían buenas cartas.
Ganamos una tercera mano y nos bebimos un par de botellas de vino. Los dos viejos se retiraron de la mesa a la cuarta partida, mosqueados. Decían que conocía a la mujer desde antes y que habíamos hecho trampas. Gané cuarenta euros.
-Juegas bien a las cartas.
-Juego bien a todo.
-Esos dos viejos no saben jugar. Ellos se creen que sí, que saben más que nadie. Pierden su dinero todos los días y continúan pensando que saben más que nadie. Es un buen negocio jugar contra ellos.
-A mi me ha ido bien.
-¿Me invitas a una copa?
Tenía buenas piernas la mujer, algo cansadas pero bonitas. Y yo no tenía a nadie más a quien invitar. Nos tomamos unos cubalibres y luego me dijo:
-Tengo un juguete en mi casa.
-¿Un juguete?
-Sí, una cosa para jugar...las mujeres. A veces jugamos solas, pero es mejor jugar con alguien.
-Ya, entiendo.
-Creo que voy a ir a jugar ahora.
-Bueno, podemos vernos otro día si vengo por aquí.
-No, me refiero a que podríamos ir a jugar ahora los dos.
-Aja, comprendo.
-¿Tienes coche?
-Sí, un Renault cinco, lo tengo aparcado aquí afuera.
-¿Vamos?
Pagué las copas y salimos del bar. Nos metimos en el coche y ella me indicó el camino a su casa. Vivía en San Ildefonso, un barrio obrero de la ciudad.
-No creerás que soy vulgar por jugar a veces sola... Muchas mujeres lo hacen.
-No, claro que no.
Entramos a su casa. Era un piso pequeño con moho en las paredes y el techo, con muebles viejos repletos de figuritas y platos, con una sola habitación.
Nos sentamos en el sofá después de servir un par de vasos de brandy.
-Quizá desees ver el juguete ya.
-Bueno, mejor nos bebemos esto antes. O como quieras.
-Si quieres te lo enseño ya.
Afirmé con la cabeza. Entró en la habitación y salió con una especie de cinturón cogido a un artilugio. Era como una mano en forma de braguita, con cinco dedos de goma. Supuse al momento como debía funcionar.
-Si quieres te enseño como funciona.
Afirmé de nuevo con la cabeza. Se subió la falda enfrente de mi hasta la cintura y se bajó las bragas de lencería.
-Me da un poco de vergüenza- dijo.
Se ató la cosa esa a las caderas y se pasó por debajo un cierre hasta la parte trasera. Luego le dio a un botón que ponía en marcha el artefacto haciéndolo vibrar. No podía ver mucho ya que la cosa esa tapaba lo importante, pero el ruido hacía volar la imaginación.
-Me gusta. Me gusta que me mires.
La cosa vibraba y hacía ruido. Creo que a la mujer le excitaba más el ruido que el artefacto en sí.
De pronto sonó algo. Pensé que quizá la cosa se había roto y estallaría. Era el timbre de la casa. La mujer se quitó el aparato y se subió las bragas.
-Rápido, tienes que irte.
-Nena, no puedes dejarme así. Quiero decir, que me has enseñado el juguete pero yo no he jugado.
-Tienes que irte. Otro día seguimos si quieres.
Le pedí la botella de brandy para bebérmela por el camino. Me la dio y cerró la puerta. Al bajar las escaleras me crucé con un tipo vestido con un uniforme de mecánico, azul con rayas blancas en los costados. Lo saludé y seguí bajando. Al salir a la calle busqué mi coche, lo arranqué y me fui a casa para seguir bebiendo. A la media hora ya no me acordaba de la mujer, ni de la cosa, ni del marido.
Llamé a Toni, el poeta, le dije que era un grandísimo hijo de puta, colgué el auricular y me acosté.

©Rubén Parra y Martínez, 2.003.
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