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EL DUENDE.

 

Erase una vez un duende que habitaba en un bosque cercano a una gran ciudad. Pero no era un duende cualquiera, no. Él era “El Duende entre los duendes”.

Como ya he mencionado, el Ser vivía cerca de una gran ciudad, de una ciudad moderna de las de ahora. Por esa razón, por la cercanía, el bosque se encontraba repleto de condones y botellas de licor que los jóvenes abandonaban en sus juergas nocturnas en el hábitat del duende. El hombrecillo estaba harto, como lo estaría cualquiera ante la desidia de aquellos humanos por el bosque y sus habitantes. Y estaba tan harto que había decidido acabar con aquella corrupción de la montaña. Lo meditó durante bastante tiempo, hasta que decidió que debía enfrontarse al problema para solucionarlo.

Él, jamás de los jamases había entablado conversación con humano alguno, pero siempre tiene que haber una primera vez, se decía. Aquella misma noche entraría en uno de aquellos carros metálicos con ruedas de goma y se enfrentaría a sus ocupantes. Y así lo hizo. A las doce de aquella noche fue hasta el claro en el que se reunían bastantes humanos, cada uno de ellos en su carro de metal. Cuando llegó, echó un vistazo y eligió uno de color verde, el cual le agradó por ser del color de su montaña, de su ultrajado bosque. Tenía cuatro puertas, dos delante y otras dos detrás. Por la parte trasera del conductor el duende entró en el carro y se sentó en el largo asiento. Los dos jóvenes que bebían en el vehículo se asustaron e intentaron arrancar el vehículo, pero no se encendió. Las puertas tampoco podían abrirse. Era una chica y un chico, de unos veinte años, con ropa moderna:

-Demasiado moderna, - pensó el duende.- La muchacha lo enseña todo.

El Ser miró a los jóvenes y se apiadó de ellos.

-Vosotros, que destrozáis mi bosque me explicareis el porqué; porqué venís aquí y ensuciáis con vuestras cosas el lugar donde vivo.

El chico habló:

-Nosotros no destrozamos tu bosque. Es la primera vez que venimos.

-¡Vosotros venís aquí y lanzáis esas botellas y unas gomas transparentes llenas de un liquido asqueroso!

La muchacha habló después:

-Nosotros bebemos y después guardamos las botellas para echarlas en el cubo de reciclaje. Además, no usamos preservativos porqué yo tomo pastillas contra el embarazo.

-Te has equivocado de personas- afirmó el chico.

El duende estaba desconcertado. Así que no todos los humanos eran iguales...

-Y, ¿qué es lo que bebéis, si puede saberse?

-Ahora estamos bebiendo ron con coco.

-¿Quieres probarlo?- preguntó la muchacha- Está bueno.

El duende dudó y meneó la cabeza como si quisiera ordenar sus pensamientos.

-Solo un poco, para notar su sabor.

-Bebe sin miedo. Es bueno, ya veras.

El duende llevó la botella a sus labios y dejó al liquido recorrer su boca y garganta.

-¿Qué tal?- preguntó la muchacha.

-Muy bien- al hombrecillo se le abrieron los ojos como platos y volvió a beber.- Muy, pero que muy bien.

Los jóvenes se miraron con picardía, acercaron sus cuerpos y se magrearon como si el duende no estuviera en la parte de atrás del vehículo.

-¿Para que hacéis eso?

Los muchachos se separaron y la joven le preguntó:

-¿Acaso vosotros no practicáis el sexo?

-¿El sexo? ¿Qué es el sexo?

-Ya sabes- continuó el muchacho.-El coito, para procrear y tener hijos.

-Nosotros no tenemos hijos. Somos inmortales y, además somos todos machos. He visto a los animales hacerlo, una verdadera guarrada si queréis mi opinión.

-Entonces... - la muchacha se desabrochó la pequeña camisa blanca que llevaba sin sostén y dejó al aire sus pechos, unos pechos menudos y morenos con los pezones erectos.- esto no te excitara, ¿cierto?

-No te diré que me desagrada, pero no le veo el que. Quizás si los tocara me produciría placer, aunque lo dudo.

La chica miró a su novio como pidiendo permiso y él aceptó con un ligero movimiento de cabeza y sonriendo. A lo lejos, por un camino cercano, los faros de un vehículo deslumbraban en la oscura noche.

-Ven, acércate y acaricia mis pezones, con suavidad.

El Ser se levantó inclinando su cuerpo hasta el de la muchacha y agarró toda la teta izquierda de la chica.

-Puedes lamérmelas si lo deseas.

Al duende comenzó a abultársele la entrepierna. La muchacha se remangó la falda y se desplazó hasta el asiento trasero del coche. A la fuerza metió la cabeza del duende entre sus piernas y obligó al Ser a chupar sus labios vaginales y el clítoris. El novio desenfundó su chisme y comenzó a masturbarse.

-Déjame que vea lo que guardas bajo estos pantalones.

Al hombrecillo le apareció un pequeño pene gordo, enormemente gordo. La joven abriendo las piernas se sentó encima de él y se lo folló con ganas. El dolor que sintió al entrar el pene en su vagina era un dolor excitante y placentero. Nunca antes había sentido algo tan ancho en su interior.

El novio, en el asiento delantero disfrutaba con la escena.

A los veinte minutos aproximadamente, el duende eyaculó en el interior de la muchacha. Con un pañuelo de usar y tirar se limpió y, tras despedirse del Ser arrancaron el vehículo y salieron zumbando, alucinando seguramente por la experiencia vivida.

En la penumbra de la noche, el duende caminó hasta su casa dando bandazos a causa del alcohol. No sabía bien que le había ocurrido.

Entró en el interior de su cueva, echó un vistazo a su casa, buscó su cama y se durmió.

 

©Rubén Parra y Martínez.

                                                                                                       

 

 

 

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