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CAZADORES DE URBE.
Conocí al tipo aquel a la salida
de un bar de copas. No se porqué,
de tantos que salíamos se dirigió
a mí:
-He tú, te invito a una raya.
-De acuerdo- dije.
Había salido el sol, después
de estar toda la noche en aquel antro
hartándome a cervezas y cubalibres
y respirando el humo de los porros que
fumaba todo el mundo, incluso los porteros.
La camarera pasaba a cada rato por mi
lado con un porro en la boca. Tenía
un buen culo, pero la cara no acababa
de gustarme. Al salir, aquel tipo me
llevó a una esquina de la calle
y se hizo dos rallas.
-Es buena, ya verás. La compré
anoche en las casas baratas de la Zona
Franca; pura farla de Colombia.
La gente pasaba para ir al trabajo o
a donde les diese la gana, con esas
caras llenas de arrugas de las sabanas.
-Se la compro a un gitano de confianza.
Se tira a su madre y a su hermana, pero
es un buen tipo, hace las papelinas
delante de mí; corta la cocaína
con un cuchillo, la pesa y la envuelve
en estos plásticos, todo delante
de mí. Una vez se tiró
a su hermana delante de mí. Otra
se tiró a la madre delante de
mí.
Acabó de hacer las dos rallas
encima de una cartera de cuero y se
metió una de ellas con un tubito
metálico. Luego, Delantedemí
se palpó las narices, sorbió
los mocos y me pasó el tubito
metálico y la cartera.
-¿Qué te parece?- me preguntó.
Aspiré por el tubito metálico
mi raya.
-Bien, buena- contesté.
-¿Tienes hambre?
-No mucha. Tampoco tengo dinero.
-Se un sitio donde dan de comer gratis.
Está detrás de Canaletas,
te dan un vale y no preguntan nada.
Van todos los negros y vagabundos del
Gótico.
-Vale, de acuerdo. ¿Tienes un
cigarro?
Sacó del bolsillo trasero de
su pantalón un paquete de Fortuna
y me dio un cigarro.
-Cada día dan una comida diferente-
dijo Delantedemí. -Yo suelo ir
cuando me quedo sin dinero o cuando
tengo poco, o cuando no me importa hacer
cola con el vale.
Fuimos para allá mostrando mayor
jubilo del que llevábamos, por
lo que la gente, al encontrarse de cara
con nosotros se apartaban asustados.
Era simple gente de esa que debía
trabajar día tras día
para poder llevar comida a casa, o dirigentes
de oficinas engañados por sus
mujeres ociosas, o simples bultos andantes
que pasaban desapercibidos entre la
multitud.
Llegamos. Era una especie de iglesia
laica en la que dos jovencitos repartían
vales a la entrada. Dentro, en una especie
de gruta apostólica nos hacinaban
a todos para que esperáramos
con el vale en la mano a que los que
ya estaban comiendo abandonaran las
mesas. Había que esperar mucho,
mientras una monja vestida de calle
hacía el oficio de vigilante
de seguridad.
-Aquí nadie te pregunta. Podrías
ser banquero o un diputado de ciu y
nadie te preguntaría nada.
-Ya, entiendo.
-Dan de comer a todo el mundo.
La puerta se abrió. Alguien desde
el interior gritó: CINCUENTA,
y fuimos pasando uno a uno dejando el
vale al chico de la entrada del comedor.
Había unas treinta mesas alargadas
para sentar a tres centenas de vagabundos.
Nos sentamos en las mesas vacías
y esperamos.
-¿Se puede fumar aquí?
-Supongo que no- me contestó
Delantedemí. Aun no conocía
su nombre real. Ni él el mío.
-La camarera del bar te miraba.
-¿Qué camarera?
-La del bar musical de antes.
-No me gustaba su cara.
-Seguro que te la quería chupar.
A mi me la chupó la semana pasada
y después me invitó a
un cubata. Tiene buena boca para eso.
-También tiene un buen culo.
La mesa se llenó de hombres sucios.
A mi izquierda estaba Delantedemí
y a mi derecha un moro pequeñito
que cubría su cabeza con un gorro
roído. Delante se sentaron dos
negros que no levantaron la vista en
ningún momento. Pensé
que toda aquella gente estaba mal de
veras. No tenían problemas amorosos
ni nada parecido. No tenían nada
de nada, más que aquel plato
de comida caliente al día. La
vida puede ser mucho más puta
de lo que pensamos.
Trajeron la comida y la sirvieron: paella
en su jugo. Digo en su jugo porque la
paella normalmente se sirve seca, sin
agua y en cambio en aquella nadaba el
marisco y el arroz a su antojo.
-El próximo día tócale
el culo. No te dirá nada, le
gusta. Quizá te invite a ti también.
-Quizá lo haga.
Estaba bueno el arroz. Nos lo comimos
todo y Delantedemí repitió.
Luego nos trajeron dos galletas María
para cada uno, y un quesito El Caserío.
Supuse que sería el postre.
Me fijé en que nadie se lo comía,
lo envolvían en las servilletas
de papel y se lo guardaban en el bolsillo
del pantalón. Reservas energéticas
para aguantar el duro día, pensé.
Hice lo mismo que ellos.
-Vamos, este sitio me pone los pelos
de punta.
Salimos a la calle. Gente y más
gente caminando de un lado a otro, hacia
el mar, hacia la montaña, con
sus ropas compradas en Zara, Massimo
Duti, Mango o donde diantre se la compraran.
Me gustaba más como vestían
los negros.
Nos dirigimos a una calle del Chino.
Delantedemí se paró en
una tienda de ultramarinos y compró
un cartón de vino. Nos sentamos
para ver pasar a la gente y tomar un
trago, pero alguien desde un balcón
nos tiró un cubo de agua.
-¡Tú, hijo de puta, baja
y te meto el agua por el culo!
No bajó nadie. Nos fuimos a otra
calle y nos bebimos el vino.
Luego, le dije a Delantedemí
que me marchaba a casa. Dijo que vale,
que nos veríamos otro día.
Sabía que no iba a ser así.
Me fui y no le pregunté su nombre.
©Rubén Parra y Martínez,
2.004.
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©Rubén
Parra y Martínez, 2.003.
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