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Rubén Parra y Martínez.  

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CAZADORES DE URBE.


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CAZADORES DE URBE.
Conocí al tipo aquel a la salida de un bar de copas. No se porqué, de tantos que salíamos se dirigió a mí:
-He tú, te invito a una raya.
-De acuerdo- dije.
Había salido el sol, después de estar toda la noche en aquel antro hartándome a cervezas y cubalibres y respirando el humo de los porros que fumaba todo el mundo, incluso los porteros. La camarera pasaba a cada rato por mi lado con un porro en la boca. Tenía un buen culo, pero la cara no acababa de gustarme. Al salir, aquel tipo me llevó a una esquina de la calle y se hizo dos rallas.
-Es buena, ya verás. La compré anoche en las casas baratas de la Zona Franca; pura farla de Colombia.
La gente pasaba para ir al trabajo o a donde les diese la gana, con esas caras llenas de arrugas de las sabanas.
-Se la compro a un gitano de confianza. Se tira a su madre y a su hermana, pero es un buen tipo, hace las papelinas delante de mí; corta la cocaína con un cuchillo, la pesa y la envuelve en estos plásticos, todo delante de mí. Una vez se tiró a su hermana delante de mí. Otra se tiró a la madre delante de mí.
Acabó de hacer las dos rallas encima de una cartera de cuero y se metió una de ellas con un tubito metálico. Luego, Delantedemí se palpó las narices, sorbió los mocos y me pasó el tubito metálico y la cartera.
-¿Qué te parece?- me preguntó.
Aspiré por el tubito metálico mi raya.
-Bien, buena- contesté.
-¿Tienes hambre?
-No mucha. Tampoco tengo dinero.
-Se un sitio donde dan de comer gratis. Está detrás de Canaletas, te dan un vale y no preguntan nada. Van todos los negros y vagabundos del Gótico.
-Vale, de acuerdo. ¿Tienes un cigarro?
Sacó del bolsillo trasero de su pantalón un paquete de Fortuna y me dio un cigarro.
-Cada día dan una comida diferente- dijo Delantedemí. -Yo suelo ir cuando me quedo sin dinero o cuando tengo poco, o cuando no me importa hacer cola con el vale.
Fuimos para allá mostrando mayor jubilo del que llevábamos, por lo que la gente, al encontrarse de cara con nosotros se apartaban asustados. Era simple gente de esa que debía trabajar día tras día para poder llevar comida a casa, o dirigentes de oficinas engañados por sus mujeres ociosas, o simples bultos andantes que pasaban desapercibidos entre la multitud.
Llegamos. Era una especie de iglesia laica en la que dos jovencitos repartían vales a la entrada. Dentro, en una especie de gruta apostólica nos hacinaban a todos para que esperáramos con el vale en la mano a que los que ya estaban comiendo abandonaran las mesas. Había que esperar mucho, mientras una monja vestida de calle hacía el oficio de vigilante de seguridad.
-Aquí nadie te pregunta. Podrías ser banquero o un diputado de ciu y nadie te preguntaría nada.
-Ya, entiendo.
-Dan de comer a todo el mundo.
La puerta se abrió. Alguien desde el interior gritó: CINCUENTA, y fuimos pasando uno a uno dejando el vale al chico de la entrada del comedor. Había unas treinta mesas alargadas para sentar a tres centenas de vagabundos. Nos sentamos en las mesas vacías y esperamos.
-¿Se puede fumar aquí?
-Supongo que no- me contestó Delantedemí. Aun no conocía su nombre real. Ni él el mío.
-La camarera del bar te miraba.
-¿Qué camarera?
-La del bar musical de antes.
-No me gustaba su cara.
-Seguro que te la quería chupar. A mi me la chupó la semana pasada y después me invitó a un cubata. Tiene buena boca para eso.
-También tiene un buen culo.
La mesa se llenó de hombres sucios. A mi izquierda estaba Delantedemí y a mi derecha un moro pequeñito que cubría su cabeza con un gorro roído. Delante se sentaron dos negros que no levantaron la vista en ningún momento. Pensé que toda aquella gente estaba mal de veras. No tenían problemas amorosos ni nada parecido. No tenían nada de nada, más que aquel plato de comida caliente al día. La vida puede ser mucho más puta de lo que pensamos.
Trajeron la comida y la sirvieron: paella en su jugo. Digo en su jugo porque la paella normalmente se sirve seca, sin agua y en cambio en aquella nadaba el marisco y el arroz a su antojo.
-El próximo día tócale el culo. No te dirá nada, le gusta. Quizá te invite a ti también.
-Quizá lo haga.
Estaba bueno el arroz. Nos lo comimos todo y Delantedemí repitió. Luego nos trajeron dos galletas María para cada uno, y un quesito El Caserío. Supuse que sería el postre.
Me fijé en que nadie se lo comía, lo envolvían en las servilletas de papel y se lo guardaban en el bolsillo del pantalón. Reservas energéticas para aguantar el duro día, pensé. Hice lo mismo que ellos.
-Vamos, este sitio me pone los pelos de punta.
Salimos a la calle. Gente y más gente caminando de un lado a otro, hacia el mar, hacia la montaña, con sus ropas compradas en Zara, Massimo Duti, Mango o donde diantre se la compraran. Me gustaba más como vestían los negros.
Nos dirigimos a una calle del Chino. Delantedemí se paró en una tienda de ultramarinos y compró un cartón de vino. Nos sentamos para ver pasar a la gente y tomar un trago, pero alguien desde un balcón nos tiró un cubo de agua.
-¡Tú, hijo de puta, baja y te meto el agua por el culo!
No bajó nadie. Nos fuimos a otra calle y nos bebimos el vino.
Luego, le dije a Delantedemí que me marchaba a casa. Dijo que vale, que nos veríamos otro día. Sabía que no iba a ser así.
Me fui y no le pregunté su nombre.
©Rubén Parra y Martínez, 2.004.



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