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CARLOS SEDANTE.

Se levantó tarde de la cama. Serían cerca de las dos de la tarde. El día anterior había bebido mucho. Todos los poetas beben mucho, o al menos los que él conocía. No recordaba nada de la noche anterior o quizás la resaca no le permitía pensar con claridad. Abrió la mesita de noche y sacó una papelina de coca. Vertió una pequeña cantidad sobre la mesa y con un tubo de plata fabricado expresamente para ese fin, se metió una raya que le entró hasta el cerebro. Después anduvo hasta el water y vomitó. Se miró en el espejo y se vio demacrado, viejo. Se rascó la entrepierna y salió del cuarto de baño. El teléfono comenzó a sonar con insistencia, con fuerza. Agarró el auricular:
-¿Con el poeta Carlos Sedante, por favor?- preguntó la voz de al otro lado.
-¿Quién es ese?
-Perdone, ¿me he equivocado?- preguntó la voz.
-No, no se ha equivocado. Soy yo.
-Ah, menos mal- la voz era de una joven agradable.-Soy de la revista Secunderia. Quisiera hacerle una pequeña entrevista...
-Siempre que sea rápida... Pregunte, pregunte.
-A ver, la primera. ¿Qué opina de la poesía moderna?
-Que es más nueva que la antigua.
-¿Y de los nuevos poetas?
-Que son más modernos que los antiguos. Oiga, ¿pero que clase de preguntas son estas?
-Las ha hecho mi redactora jefa. No se...
-¿Qué edad tiene?- preguntó con mal tono el poeta.
-Dieciocho. Soy una estudiante de periodismo.
-Pues deberías estar chingando con tus compañeros de clase y no jodiendome a mi. Mira guapa, hoy no es mi día.
Colgó el auricular y se sentó en el sofá tras encenderse un cigarrillo. El teléfono volvió a sonar.
-¡Si!
-¿Carlos? Soy Manoli.
Era la agente literaria de Carlos.
-Dime Manoli.
-¿Querrías formar parte del jurado en un concurso de poesía?
-¿Cuánto pagan?- preguntó Carlos.
-Nada, es para fines benéficos.
-Mira Manoli, mi hipoteca no se paga con "fines benéficos". Si no hay dinero no hay Carlos Sedante.
-Pero te daría publicidad. Tus libros se venderán más y eso es dinero para "Carlos Sedante".
-¿Me lo puedo pensar?
-Sí, como no.
Colgó por segunda vez el auricular.
Carlos Sedante era un poeta de moda; joven, bien parecido y con un toque de picardía que enloquecía a las mujeres. Solo había un problema: era español, y eso quiere decir que se moría de hambre. Ningún poeta heterosexual en España puede sobrevivir solo con la poesía. Y los que lo consiguen es, porque trabajan para algún diario o publican novelas rosa. Aun así, Carlos disponía de gran prestigio entre los escritores de la época.
Se vistió con ropa ligera y salió a la calle. Fue hasta un bar, al que solía ir todas las mañanas bien temprano, allá a las doce del mediodía. Entró y tras ojear el ambiente se sentó donde siempre lo hacía. Frente a él se encontraba una chica de unos veinte años, guapa, atractiva, con unas largas y finas piernas envueltas en la tela de unas medias negras de seda.
-Buenas tardes, Carlos. ¿Lo de siempre?- preguntó el camarero.
-Sí, por favor. Y tráeme el periódico.
La muchacha meneaba con la cucharilla un café solo, pero sin pasión, como aletargada.
-Aquí tienes, tu cortado y el País.
-Gracias. Perdona Pepe. ¿Quién es esa joven?- interrogó al camarero.
-No te la aconsejo. Es una deprimida compulsiva. Su marido murió al mes de casarse. Desde entonces no ha vuelto a estar con ningún hombre.
-Gracias, es lo que quería saber.
Carlos sorbió su cortado lentamente, y una vez terminado se levantó y sentándose junto a la chica le ofreció un cigarrillo.
-No fumo, gracias.- afirmó la joven.
El poeta se peinó el cabello con los dedos y mientras la miraba a los ojos con fijeza le preguntó:
-¿Quieres venir a mi casa?
-Bueno. ¿Está muy lejos?
-No, aquí en la esquina.- informó el canalla.
Los dos recién conocidos pagaron las consumiciones y salieron del local en dirección a la casa del poeta.
-Eres Carlos Sedante, ¿verdad?- preguntó la muchacha.
-Eso dicen algunos. Yo no acabo de creérmelo.
-¿Me desnudaras?
-Sí, si es lo que deseas.
-Lo deseo.
Entraron en el piso del literato. Los calzoncillos sucios sobre el sofá advertían al desconocido la situación familiar de este. La puerta se cerró tras el poeta.
-Gracias por pedirme que me acostara contigo. Nadie me hacía una proposición así desde la muerte de mi marido.
-Creo que será todo un placer para mi el habértelo pedido. ¿Te apetece una raya?- ofreció Carlos.
-Sí, nunca he probado la cocaína. Será cuestión de volver a vivir, después de todo.
El poeta hizo dos rayas sobre la mesa del comedor e inmediatamente preparó dos cubalibres.
-Lo mejor para la resaca- afirmó.
Durante más de una hora estuvieron bebiendo y drogándose. Luego, cuando la ocasión lo requería, Carlos besó a la muchacha ardientemente, introduciendo toda su lengua en la boca de la joven. Ella respondía con la misma pasión. El poeta acarició las telas negras de las piernas de la joven, subiendo hasta rozar con el dedo corazón las bragas prietas y húmedas en la entrepierna. La muchacha soltó una bocanada de aire en el interior de la boca del poeta, placer que excitó a ambos.
Levantándose del sofá se tumbaron en la cama. Carlos desnudó como había prometido a la bella dama, quitándole los zapatos, luego las medias, después la falda, la camisa y por último el sostén. La muchacha quedó totalmente desnuda sobre la cama, linda e imponente, mostrando sin tabúes su bello negro y los pezones redondos y anchos de sus pechos duros y de buen tamaño. El pene del poeta Carlos Sedante estaba tieso y firme, bien preparado para la penetración salvaje que iba a efectuar. La joven se derretía en un flujo vaginal potente que le caía por entre las piernas. Carlos bombeaba su aparato con insistencia en el interior de la vagina, una y otra vez, mientras la joven jadeaba y se contorsionaba de gusto debajo de él.
Después de mucho jugar, el poeta se corrió dentro de la muchacha. En ese momento el teléfono sonó:
-¿Carlos? Soy Manoli.
La joven comenzó a vestirse.
-Sí, dime Manoli.
-¿Has pensado lo que te propuse?
-No, aun no. He estado ocupado.
La viuda acabó de vestirse y se acercó al poeta. Le dio un beso en la mejilla.
-Piensa que te favorecerá en tu carrera. Tendrás mayor publicidad y eso hará que puedas conseguir más mujeres, que es lo que creo que en verdad te gusta.
-Veo que me conoces bien.
La puerta se abrió. Carlos observó a la muchacha menear sus caderas hasta que la puerta se cerró tras ella.
-Entonces que, ¿estarás en el jurado?
El literato pensó durante unos segundos y luego añadió:
-Que demonios... Pues claro. Para algo soy "Carlos Sedante".

©Rubén Parra y Martínez.

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