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Rubén Parra y Martínez.  

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ESPIN


PRIMER CAPÍTULO DE MARES DE LEYENDA.


 Libros.

©Rubén Parra y Martínez. Barcelona, mayo del 2.001 Mares de leyenda. Novela inspirada en “la canción del pirata” de José de Espronceda (1808- 1842)


A mi abuelo Francisco Martínez Huertas, castellano bizarro, pirata y guerrero de la vida.

Agradecimientos: A mi novia Encarni por su apoyo; A mi hermano Daniel por su crítica; Al grupo Tierra Santa por la música en La canción del pirata.


CAPÍTULO 1.

Desde la ciudad de Estambul se divisaba a lo lejos, junto a la línea del horizonte del Mármara el barco pirata de Bajel. Bajo el sol descargaban dos botes, los cuales se iban llenando lentamente de hombres fornidos y rudos, los cuales remarían momentos más tarde hasta alcanzar la orilla arenosa de la costa turca. En la popa del barco, el capitán cantaba alegremente y sobre él, una columna de vivas gaviotas entonaba una cancioncilla de estridentes graznidos, quizás en un vano intento de acompañar la entonadilla del pirata con coros chillones y burlescos.
Los marinos del Granada, el barco de Bajel, recibían dos días de descanso como premio a su gallardía en el hundimiento de dos naves corsarias en alta mar, a tres días de navegación de las Islas Canarias, y los disfrutarían en la ciudad de Estambul como decidieron todos ellos de forma unánime.
El Capitán no bajaría a tierra en esa ocasión, lo cual no era cosa extraña en él; la mayor parte de las potencias de la época habían puesto precio a su cabeza y cualquier desliz le podía acarrear graves problemas.
El Capitán del Granada no era presa fácil, y así lo había demostrado en varias ocasiones desde que tomó el mando de la nave y optó por continuar con el empleo de Capitán Pirata, en imitación a su antiguo homólogo ya fallecido Alhamí Mohammed, el anterior y primer Capitán de la nave.
Bajel, barbudo como siempre, el pelo lacio casi anaranjado, los mofletes arrebolados y la piel pecosa, era más parecido a los habitantes del norte de Europa que a las gentes del pueblo donde nació, una pequeña villa cercana a Albacete de dedicación plena al cultivo de cereales.
La vida le llevó siempre por caminos insospechados, desde su infancia hasta aquél momento en Estambul.
A lo lejos, desde el barco veía junto al puerto de la ciudad a sus marinos arremeter los botes en la arena con fuerza. Las gaviotas volaban ya lejos de su cabeza pero aun continuaban con el destartalado coro de graznidos. El mar, bajo la mirada atenta de Bajel, acariciaba con suavidad las maderas bajas de la embarcación sin crear apenas espumas, solo leves y suaves caricias como las que haría un joven a su amada.
El Capitán bajó a su camarote saludando primero a los dos marinos a los que les tocaba guardia esa noche.
-Buenos chicos- pensó.
Al Capitán le gustaba su vida. Tenía todo lo que deseaba y su máxima aspiración era la de gobernar con imparcialidad el navío antaño heredado; el Granada, un galeón de corte fantástico y de gran renombre entre los piratas de la época, ya que era conocido del uno al otro confín. Su tripulación le quería tanto como él a ellos y eso le enorgullecía. Tumbado en su cama se dispuso a dormir, pero la mar tranquila se lo prohibía transportando sus pensamientos a su infancia, a su época de niño en los campos de la Mancha y a los recuerdos de su padre y de su madre, y a los de una niña pecosa como él que fue su hermana, pero que mucho tiempo atrás había fallecido a causa de unas extrañas fiebres.
El capitán daba vueltas sobre sí mismo intentando dormir, pero no lo conseguía. Su hermana, su querida hermana a la que tanto había llorado se le presentaba ahora en su mente, después de tantos años…
Poco a poco el leve ronroneo de la mar lo fue sedando, hasta que una vez profundamente dormido, los sueños penetraron en su interior velozmente y con fuerza brava. Y como suele ocurrir, los sueños se basaban en los últimos pensamientos del hombre antes de adormecerse. Su pequeño pueblo rozo en sus adentros y su familia, desde la lejanía le gritaba que se acercase, que fuera a su encuentro. El paisaje limpio carecía de colores pero las caras y las figuras las veía nítidas, reales. Él, inmóvil aparecía como mero espectador, aunque los gritos aumentaban de volumen hasta tornarse ensordecedores. Intentaba ir a su encuentro pero no podía moverse. Tan fuertes eran los gritos que de repente Bajel despertó, bañado en un sudor ácido de olor a cebollas. El Capitán sentado sobre su cama jadeaba mientras se secaba las gotas de sudor que caían por su frente. Ya había anochecido en Estambul. Bajel buscó los utensilios necesarios para encenderse un cigarro; la yesca la piedra y el hierro, cogió un puro de encima de una mesita y lo encendió. Después subió a la cubierta quedándose sentado en la proa del barco, admirando las luces que provenían de la ciudad, las que parecían un pequeño enjambre de luciérnagas apelotonadas.
Saboreaba el cigarro con deleite, tal y como le había enseñado un viejo indio costeño, guardando el humo en la boca durante unos segundos y expulsándolo después con suavidad, gozando de cada una de las caladas.
La mar continuaba serena, con olas de plata y azur, y una leve brisa pasaba sobre la embarcación relajando el cuerpo de Bajel. Pero los pensamientos anteriores del Pirata continuaban aferrados como argollas en su mente: su pueblo, sus padres, su hermana… Y le eran dolorosos.
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Hermenegildo Hurtadillas vivía en la extrema pobreza junto a su familia. Su esposa, Asunción Talavera acababa de sufrir su segundo aborto, aunque lo que sucedió la primera vez fue que el niño nació ya muerto y éste, el segundo no llegó a tomar forma humana en el interior de la mujer. La hija mayor, de trece años recién cumplidos, hacía tiempo ya que trabajaba en los campos en el empleo de espigadora, labor propia de mujer pero igual de agotadora que la tarea de un hombre. Pero a ella no le cansaba el duro trabajo, pues era una chica fuerte acostumbrada a la pobreza, quizá por obligación e ingenuidad, ya que nunca había conocido otra cosa y jamás la conocería.
El segundo hijo del matrimonio se llamaba Gaspar, y todavía jugaba entre el trigo en busca de pájaros que poder cazar, las únicas proteínas que podría ingerir a lo largo de su corta infancia. Pero era hábil en el arte de la caza y eso le protegía en parte de la desnutrición típica de los niños de su edad. La picaresca infantil era el método utilizado por el niño para lograr el triunfo en la cetrería.
Una de las cosas que más le agradaban a Gaspar era el enterrarse en el suelo. Comenzaba poco a poco cubriendo sus pies y piernas, y continuaba con el tronco, los brazos, hasta taparse de tierra por completo. Era una sensación maravillosa, de éxtasis y casi erótica donde la excitación le transportaba a un mundo paralelo de ensueño. Aunque le encantaba el olor de la tierra impregnada en su cuerpo, Gaspar estaba seguro que era pecado. Mientras se cubría no pensaba en las consecuencias de tal acción pero una vez que había acabado con el ritual se lamentaba de su proceder. Pero era adicto al olor de aquella tierra y a su tacto, a las piedrecillas que le caían por encima de sus brazos y al color marrón cobrizo que le quedaba después en su piel.
Intentaba siempre elegir el lugar para enterrarse más desolado y amplio, para así poder divisar a lo lejos a cualquier persona que se acercara hasta el lugar de su pequeño rito. Nunca le explicó a nadie ese secreto que creía, nadie en el mundo podría entender. Además, cualquier desaprensivo le podría denunciar por brujería o algo similar a la Santa Inquisición, pensaba. Cuando los primeros rayos del sol aparecían por el este como lanzas doradas, todo el pueblo estaba ya en pie dispuesto a comenzar la jornada laboral, desde la salida del astro hasta la puesta. Algunos con suerte, marchaban a laborar incluso desayunados.
Estaban en la época de siega y al mismo tiempo que los hombres cortaban los tallos del trigo con las hoces bien afiladas, las espigadoras marchaban detrás recogiendo las espigas caídas en la tierra mientras alegraban el trabajo con dulces cánticos de antigua tradición. Era costumbre que de tanto en tanto los hombres dejaran caer alguna espiga para alegría de las laboriosas mujeres, todas ellas provenientes de las casas más humildes, que eran la mayoría. El trigo, ingrediente esencial en el pan de siempre, era la riqueza dorada de los nobles, en unos tiempos de hambre en los que sin la mano de obra que lo cosechara de poco o de nada servia. Y trigo se encontraba en Castilla por doquier, ya que los campos semejantes a un mar de oro se perdían a lo lejos.
En aquel pueblo castellano una voz sonaba con mucha más fuerza que las demás, la voz del Barón Rodrigo Fuentelaguna, hombre avaro repleto de codicia que surgía como del infierno para pena de su pueblo. Y aunque recibió sanciones desde la corte real ya que su maquiavélico comportamiento llegó a oídos del Conde- Duque de Olivares, brazo derecho del rey, no escarmentó e incluso agrandó la aportación de desdicha a sus vasallos.
La única esperanza que muchos tenían era el partir hacia las indias en alguna de las peticiones que desde la corte se hacían para conquistas o repoblaciones en el nuevo mundo, pero no todos estaban dispuestos a marchar hacia un lugar del que muy pocos volvían. Hermenegildo sopesó la posibilidad de enrolarse en una de las peticiones alentado por su esposa, pero poco antes de partir su hija Remedios cayó enferma con altas fiebres que hacían predecir lo peor.
Se pensó en el pueblo que quizá la peste se había apoderado del pueblo, aunque se enorgullecían de no haber sufrido en años ningún tipo de enfermedad generalizada, cosa rara en aquellos tiempos. Pero por si acaso prefirieron no acercarse demasiado al hogar de los Hurtadillas Talavera. Y ciertamente la peste no era, sin embargo Remedios con tan solo trece años de vida empeoraba por momentos. Los sudores eran como ríos que caían por su frente y la temperatura corporal ascendía con demasiada rapidez. La joven pelirroja permaneció tres días acostada y agonizando mientras sus padres sin descanso velaban por ella rezando y suplicando por su vida. Cada vez que el padre intentaba salir de la habitación en la que reposaba la chiquilla, esta lo llamaba entre sus alucinaciones para que no saliera, para que se quedara a su vera mientras entre los dos pedían al Santo Padre ayuda y perdón. Pero las suplicas no fueron escuchadas y al cuarto día falleció dejando en sus padres un inmenso dolor irreparable.
Gaspar a escondidas se deshacía en lágrimas, y cualquier momento lo veía bueno para enterrarse en la tierra cobriza que tanto le gustaba. Su hermana, su hermanita con la que tanto había jugado ya no estaría más con él.
-Es antinatural- decía el padre mientras permitía a sus lágrimas recorrerle la cara. -Todo el mundo sabe que los padres deben morirse antes que sus hijos.
Asunción Talavera volvió a tener un aborto al cabo de un año, razón para que las malas y bífidas lenguas del pueblo afirmaran que la mujer tenía el vientre podrido. La familia Hurtadillas Talavera parecía haber cometido un pecado imperdonable por el que tenía que estar pagando de por vida. Gaspar Hurtadillas comenzó a madurar a raíz de la muerte de su hermana, y la carne de los pájaros que comía a diario, lo estaba transformando rápidamente en un mozo de espaldas anchas y fuertes brazos.
El recuerdo de su hermana estuvo presente en la memoria de Gaspar durante muchos años y aunque sabía que la encontraría en el más allá no podía dejar de llorarla en su interior cada vez que pensaba en ella.
El joven Hurtadillas destacaba en los trabajos diarios por su fuerza y rapidez y no era extraño en época de siega verle competir con los demás mozos, donde normalmente acababa como vencedor. Con los años sobrepasó en estatura a la mayoría de los vecinos de igual edad. Su melena pelirroja relucía bajo los rayos del sol mientras segaba y no eran pocas las muchachas casaderas que lo deseaban para ellas como esposo. El padre siempre a su lado en el trabajo se enorgullecía de su hijo.
-Éste es mi muchacho- solía decir.
Fue el día en que se vio totalmente formado cuando explicó a sus padres la decisión que había tomado de marchar hacia las Indias en busca de una nueva vida.
Los padres con la esperanza de poder ver lejos ya los malos tiempos, entristecieron con la noticia, todo y que reconocían que el futuro que le podía esperar como destripaterrones no sería mucho mejor que el que pudiera aguardarle lejos del pueblo.
-Recuerda que estaremos aquí esperando tu llegada. –Le dijo el padre preocupado por el futuro de su único hijo.
-Descuide, seguro que volveré.
Gaspar Hurtadillas partió hacia Sevilla una fría mañana de Octubre y aunque la ilusión por el viaje era inmensa, la tristeza por abandonar el hogar y su pueblo abarrotaba casi por completo su corazón.
A Gaspar Hurtadillas Talavera le quedaba aun mucho camino por recorrer.
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Saber que quedaba Asia a un lado, al otro Europa y tener frente a él Estambul, una de las ciudades más bellas de cuantas pudiese existir, le regocijaba y también le entristecía por no poder contemplarla desde su interior. Pero el Capitán había decidido que él también necesitaba un premio por su valía, igual que su tripulación; visitaría a sus padres.
El soñar con su familia llamándole desde lo lejos le había dejado un enorme vacío interior, el cual solo podía llenarse con una corta visita a su pueblo.
Bajel dio el comunicado a sus hombres cuando estos acababan de regresar habiendo agotado ya sus días del más que merecido descanso en un lugar amplio y medianamente limpio.
En los rostros de los marinos se apreciaba la alegría y sus gestos eran sueltos y libres, totalmente descansados del duro trabajo en la mar y del hacinamiento del barco.
Ya estaban preparados para volver a navegar con la bravura que les caracterizaba, por esa razón explicó el Capitán sus intenciones sin miedo a malas caras ni problemas.
La mayoría entendió que el Capitán quisiese visitar a sus padres, cosa muy normal y humana, excepto Fernando Llamazares, su segundo de a bordo, un pescador gaditano prófugo de la justicia al que no le agradaban demasiado las sorpresas.
Se contaba que Fernando era fugitivo por matar a tres hombres en una tasca gibraltareña. Al parecer, en la cantina unos desconocidos se jugaban su dinero apostando por ideas diversas y disparatadas.
Uno de ellos decidió jugarse cuatro escudos a que un perro que paseaba fuera del local era macho, a lo que respondieron los otros con igual suma, apostando por el sexo contrario del animal. El primer apostante salió tras el perro y poco después entró en la taberna con los testículos sangrantes del animal en la mano. Fernando Llamazares que degustaba una copa de vino cerca de ellos, se levantó de un brinco, saco una daga de su cintura y con la velocidad de un rayo, le cortó el gaznate a uno de ellos ensañándose después con los otros dos. A ninguno de los tres infelices les dio tiempo a reaccionar ni a darse cuenta de que el perro al que acababan de mutilar era el acompañante fiel de Fernando Llamazares.
Fernando era un hombre difícil de manejar, aunque la autoridad con la que ejercía su cargo le validaba para la tarea.
El segundo de a bordo acabó por ceder a la petición de su Capitán, aunque no le agradase la idea de acercarse a las costas españolas, y por la noche ya navegaban con destino a las tierras de Murcia.
Al Capitán Bajel siempre lo habían conocido por su serenidad hasta en las situaciones de mayor peligro, pero aquella noche se le veía alterado, fogoso y con los nervios a flor de piel. Sus marinos notaron enseguida la alegría con la que les ordenaba, y a ellos les reconfortaba ver a su Capitán tan animado. El viento soplaba con fuerza y el Capitán recogió los mechones de su pelo lacio con una cuerdecilla mientras admiraba el velamen del barco hincharse como una bota bien llena. Si el viento continuaba constante no tardarían apenas en alcanzar la ansiada por el Capitán, tierra española.
Bajel estaba muy alegre pues no paraba de cantar, y cantando escuchaba la mejor música que jamás había oído: la mar chocando y revolviéndose contra el Granada.
Soy un bravo Pirata
a tierra nunca voy a bajar
pues aquí, en lo alto de mi barco
veo la tierra quedar atrás.
Dos cabos de vela iluminaban el camarote, y las llamas iban y venían con los resoplos del Capitán.

La mar es mi mundo y vida,
mi mundo mis lazos de sangre
en tierra moriría de hambre
y si en el mar la tengo, se me olvida.

El Capitán era feliz y cuando lo era, cantaba.
Vive y vive mucho, que el mar te arropa
Vive y vive más, que el mar es un lecho de estopa.

Eran ya muchos los años que el Capitán no veía a su familia y, aunque se sentía todo un lobo de mar, la tierra lo llamaba aun con fuerza.
Necesitaba el Capitán ver a su familia, aunque también quería practicar durante unos minutos su vicio prohibido; envolver su cuerpo con la tierra cobriza de su pueblo, y lo necesitaba como el fumador empedernido que en alta mar carece de tabaco. Aunque poco le quedaba ya para el reencuentro.
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Un galeón entraba en el océano mientras otro, cargado de bote en bote maniobraba para no quedar embarrancado en la desembocadura del Guadalquivir, en la traicionera barra, lugar en el que perdió la corona española más riquezas, que en alta mar a causa de piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros.
Gaspar Hurtadillas Talavera miraba con asombro la gran cantidad de agua que formaba aquello que con tantas ganas había querido admirar: el océano.
La imaginación en este caso le había traicionado, pues jamás pensó que pudiese el mar albergar tanta furia en sus entrañas. Siempre había imaginado que los mares u océanos serían semejantes a un gran lago, un lago de amplias dimensiones, pero lo que él veía era un enorme monstruo hecho de agua.
Aunque en su viaje desde el pueblo hasta Sevilla pensó en varias ocasiones haber cometido una estupidez poco meditada, se daba cuenta en esos momentos de lo acertada que había sido su elección. Creía estar convencido de que en su pueblo nadie jamás vería el poderoso animal sobre el que estaba navegando, y añoraba a su hermana a la cual, sin duda le hubiera gustado estar allí junto a él.
Dentro del galeón se movía la tripulación con soltura, arriando las velas y tirando cabos desde un lugar a otro, y todo esto trepando por las escalas como lo haría un mono subiendo a una palmera.
Gaspar se recreaba admirando todo aquello, viéndolo como algo nuevo y formidable, cosas que jamás habría visto de haberse quedado de por vida en Albacete.
Haciendo escala en Las Canarias, partieron hacia La Española utilizando los vientos alisios como motor fundamental para el largo trayecto. Los pasajeros del galeón se entretenían con juegos diversos, juegos de moda en la época, en los que Gaspar Hurtadillas salía como norma general vencedor de estas batallas lúdicas.
-Este chico tiene buena sangre- decía alguno.
-Una de dos, o es muy bueno o es un tramposo- contestaba otro.
Lo cierto es que sus buenas aptitudes creaban a veces pequeñas rencillas y malas caras en algunas personas, pero normalmente agradaba su estilo desenfadado y su escasa altivez. Entre los pasajeros había una mujer joven que viajaba con el marido, una mujer bonita de anchas caderas y andar firme a la que tenía su esposo que vigilar muy de cerca, pues el viaje se haría demasiado largo y aburrido para muchos. Y como la soledad es una mujer muy mala compañera, de lengua afilada y que habla en voz baja, dulcemente al oído, se corría el riesgo de que alentara los malos pensamientos de alguien y se cometiera alguna estupidez. Por esa razón la vigilaba tan estrechamente. El marido era demasiado mayor para ella, así que carecía de la simpleza de la juventud que en la chica se apreciaba. Gaspar se hizo un nombre dentro del galeón y pronto creó amistad con varios compañeros de viaje. La mujer joven le solía felicitar en sus victorias, por supuesto bajo la siempre atenta mirada del marido, el que con sus ojos afilados vigilaba todos y cada uno de sus movimientos. El tiempo pasaba y atrás quedaban cada vez más lejos los antiguos continentes de Europa, África y Asia, y delante siempre más cerca la nueva tierra americana.
El cielo enorme sobre el Atlántico, hasta entonces azul claro, comenzó a cubrirse por enormes nubarrones negros que amenazaban a cada instante con romper la paz del galeón, aunque solo era uno más de los inconvenientes por los que solía pasar cualquier navegante experimentado. Las suaves olas dieron paso a la marejada brava del inicio de las tormentas en alta mar, y el viento arremetía en ráfagas desde los cuatro puntos cardinales desestabilizando la embarcación. Los tripulantes de la nave izaron las velas con sorprendente rapidez, más veloces aun que al arriarlas. El enorme grifo celestial de la lluvia se abrió de improviso, dejando caer grandes gotas sobre el galeón, el cual bailaba a merced del oleaje. En la cubierta del barco los pasajeros se cubrían como buenamente podían para no empaparse demasiado con la fría lluvia, aunque inútilmente pues las olas cruzaban por encima de la embarcación a cada segundo que pasaba. Algunos, bien agarrados para no caer con las sacudidas del agua, rezaban para que no ocurriera lo que cada vez era más seguro que sucedería.
El galeón poco a poco se hundía, absorbido por las entrañas del océano sin remedio de tipo alguno. De pronto una voz anónima tronó casi tan fuerte como el crujir de las nubes:
-¡Sálvese quien pueda!
Y así lo hicieron, algunos aferrándose a la nave y otros lanzándose al agua con improvisados flotadores.
Gaspar Hurtadillas aporreó una puerta a patadas hasta desencajarla de sus bisagras, y con ella se lanzó dentro de la mar enfurecida. A lo lejos veía Gaspar a la mujer joven sujetada por su marido, protegiéndola en ese caso de la tormenta y de las enormes olas, pero al rato desaparecieron engullidos por el mar. De nada le sirvió en ese caso la atenta protección del esposo, pues cuando la naturaleza elige a una víctima, utiliza todos los instrumentos a su alcance para apoderarse de su vida… Y terremotos, volcanes, inundaciones, tornados y tormentas son solo algunos de sus instrumentos de los que se vale la madre natura para ampliar así su interminable colección de vidas. Los continuos relámpagos iluminaban a cada instante el inmenso océano y si a Gaspar le pareció impresionante la primera vez que lo vio, ahora lo creía terriblemente terrible. El agua compacta le caía con fuerza sobre la cabeza y el cuerpo y los brazos se le agarrotaban a causa de la fuerza ejercida para no zozobrar y perder su puerta salvadora. La lucha desigual se alargó durante horas, lo que le parecieron días y Gaspar, extenuado optó por desvanecer y dejar su vida a merced de la naturaleza. Y así cuando ésta se empeña en arrebatar una vida lo consigue, cuando le viene en gana dejar a otras continuar las salva con suma galantería y benevolencia. Gaspar Hurtadillas despertó agarrado con fuerza a la puerta, sin saber cuanto tiempo había pasado.
Continuaba lloviendo en el Atlántico y las olas subían y bajaban a gran velocidad, creando espuma blanca en sus altas crestas. Los relámpagos habían cesado aunque el cielo continuaba negruzco, como si el Apocalipsis hubiera pasado sobre la tierra destruyéndolo todo a su paso, adueñándose del planeta. Gaspar no se había dado cuenta aun de que a escasos metros de él, un barco con un alto mástil y un largo bauprés marchaba en su ayuda. Le gritaban desde estribor y cuando al fin escuchó a sus salvadores, éstos le lanzaron un cabo para izarlo a bordo. El muchacho se alegró y dio gracias a Dios por no haber permitido a la tormenta quedarse con su corta vida. Dos marinos jalaban de la amarra de la que Gaspar se había sujetado con fuerza. Mientras lo subían, el muchacho admiraba su barco salvador, reconociendo la hermosura y buen talle de este. El barco era un galeón español de tres palos, cuya longitud alcanzaba los treinta y ocho metros de eslora y los diez de manga. Cerca de cuarenta cañones coronaban la embarcación, en su mayoría mediasculebrinas de bronce muy potentes, montadas en soportes de dos ruedas y con un alcance de casi una milla. El color sepia del velamen contrastaba con el color grisáceo de la tablazón de encina del casco.
Sobre el palo mayor se desplegaba la enseña del velero: una bandera negra con una calavera, y bajo esta una granada, representación viva del nombre del barco.
-Zagal, has tenido suerte, pero que mucha suerte- afirmó el Capitán del velero.- Mi nombre es Alhamí Mohammed, capitán del barco pirata en el que te encuentras. No tengas miedo, estas a salvo. Mis hombres te prepararan un camarote para que descanses.
-No tengo miedo, de eso puede estar seguro.
La tripulación estalló en carcajadas con la salida del muchacho. Gaspar continuó:
-En lo que se refiere al camarote se lo agradezco.
-De acuerdo, ahora descansa y mañana ya nos veremos.
La tripulación constaba de unos setenta hombres desarrapados y malolientes, la mayoría de ellos de edad avanzada, aunque se notaba la experiencia en los asuntos de la mar en todos ellos. Un marino acompañó a Gaspar Hurtadillas hasta su camarote y una vez allí se desplomó sobre el catre preso del agotamiento, quedándose profundamente dormido.


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