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©Rubén
Parra y Martínez. Barcelona,
mayo del 2.001 Mares de leyenda. Novela
inspirada en la canción
del pirata de José de
Espronceda (1808- 1842)
A mi abuelo Francisco Martínez
Huertas, castellano bizarro, pirata
y guerrero de la vida.
Agradecimientos: A
mi novia Encarni por su apoyo; A mi
hermano Daniel por su crítica;
Al grupo Tierra Santa por la música
en La canción del pirata.
CAPÍTULO 1.
Desde la ciudad de Estambul se divisaba
a lo lejos, junto a la línea
del horizonte del Mármara el
barco pirata de Bajel. Bajo el sol
descargaban dos botes, los cuales
se iban llenando lentamente de hombres
fornidos y rudos, los cuales remarían
momentos más tarde hasta alcanzar
la orilla arenosa de la costa turca.
En la popa del barco, el capitán
cantaba alegremente y sobre él,
una columna de vivas gaviotas entonaba
una cancioncilla de estridentes graznidos,
quizás en un vano intento de
acompañar la entonadilla del
pirata con coros chillones y burlescos.
Los marinos del Granada, el barco
de Bajel, recibían dos días
de descanso como premio a su gallardía
en el hundimiento de dos naves corsarias
en alta mar, a tres días de
navegación de las Islas Canarias,
y los disfrutarían en la ciudad
de Estambul como decidieron todos
ellos de forma unánime.
El Capitán no bajaría
a tierra en esa ocasión, lo
cual no era cosa extraña en
él; la mayor parte de las potencias
de la época habían puesto
precio a su cabeza y cualquier desliz
le podía acarrear graves problemas.
El Capitán del Granada no era
presa fácil, y así lo
había demostrado en varias
ocasiones desde que tomó el
mando de la nave y optó por
continuar con el empleo de Capitán
Pirata, en imitación a su antiguo
homólogo ya fallecido Alhamí
Mohammed, el anterior y primer Capitán
de la nave.
Bajel, barbudo como siempre, el pelo
lacio casi anaranjado, los mofletes
arrebolados y la piel pecosa, era
más parecido a los habitantes
del norte de Europa que a las gentes
del pueblo donde nació, una
pequeña villa cercana a Albacete
de dedicación plena al cultivo
de cereales.
La vida le llevó siempre por
caminos insospechados, desde su infancia
hasta aquél momento en Estambul.
A lo lejos, desde el barco veía
junto al puerto de la ciudad a sus
marinos arremeter los botes en la
arena con fuerza. Las gaviotas volaban
ya lejos de su cabeza pero aun continuaban
con el destartalado coro de graznidos.
El mar, bajo la mirada atenta de Bajel,
acariciaba con suavidad las maderas
bajas de la embarcación sin
crear apenas espumas, solo leves y
suaves caricias como las que haría
un joven a su amada.
El Capitán bajó a su
camarote saludando primero a los dos
marinos a los que les tocaba guardia
esa noche.
-Buenos chicos- pensó.
Al Capitán le gustaba su vida.
Tenía todo lo que deseaba y
su máxima aspiración
era la de gobernar con imparcialidad
el navío antaño heredado;
el Granada, un galeón de corte
fantástico y de gran renombre
entre los piratas de la época,
ya que era conocido del uno al otro
confín. Su tripulación
le quería tanto como él
a ellos y eso le enorgullecía.
Tumbado en su cama se dispuso a dormir,
pero la mar tranquila se lo prohibía
transportando sus pensamientos a su
infancia, a su época de niño
en los campos de la Mancha y a los
recuerdos de su padre y de su madre,
y a los de una niña pecosa
como él que fue su hermana,
pero que mucho tiempo atrás
había fallecido a causa de
unas extrañas fiebres.
El capitán daba vueltas sobre
sí mismo intentando dormir,
pero no lo conseguía. Su hermana,
su querida hermana a la que tanto
había llorado se le presentaba
ahora en su mente, después
de tantos años
Poco a poco el leve ronroneo de la
mar lo fue sedando, hasta que una
vez profundamente dormido, los sueños
penetraron en su interior velozmente
y con fuerza brava. Y como suele ocurrir,
los sueños se basaban en los
últimos pensamientos del hombre
antes de adormecerse. Su pequeño
pueblo rozo en sus adentros y su familia,
desde la lejanía le gritaba
que se acercase, que fuera a su encuentro.
El paisaje limpio carecía de
colores pero las caras y las figuras
las veía nítidas, reales.
Él, inmóvil aparecía
como mero espectador, aunque los gritos
aumentaban de volumen hasta tornarse
ensordecedores. Intentaba ir a su
encuentro pero no podía moverse.
Tan fuertes eran los gritos que de
repente Bajel despertó, bañado
en un sudor ácido de olor a
cebollas. El Capitán sentado
sobre su cama jadeaba mientras se
secaba las gotas de sudor que caían
por su frente. Ya había anochecido
en Estambul. Bajel buscó los
utensilios necesarios para encenderse
un cigarro; la yesca la piedra y el
hierro, cogió un puro de encima
de una mesita y lo encendió.
Después subió a la cubierta
quedándose sentado en la proa
del barco, admirando las luces que
provenían de la ciudad, las
que parecían un pequeño
enjambre de luciérnagas apelotonadas.
Saboreaba el cigarro con deleite,
tal y como le había enseñado
un viejo indio costeño, guardando
el humo en la boca durante unos segundos
y expulsándolo después
con suavidad, gozando de cada una
de las caladas.
La mar continuaba serena, con olas
de plata y azur, y una leve brisa
pasaba sobre la embarcación
relajando el cuerpo de Bajel. Pero
los pensamientos anteriores del Pirata
continuaban aferrados como argollas
en su mente: su pueblo, sus padres,
su hermana
Y le eran dolorosos.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Hermenegildo Hurtadillas vivía
en la extrema pobreza junto a su familia.
Su esposa, Asunción Talavera
acababa de sufrir su segundo aborto,
aunque lo que sucedió la primera
vez fue que el niño nació
ya muerto y éste, el segundo
no llegó a tomar forma humana
en el interior de la mujer. La hija
mayor, de trece años recién
cumplidos, hacía tiempo ya
que trabajaba en los campos en el
empleo de espigadora, labor propia
de mujer pero igual de agotadora que
la tarea de un hombre. Pero a ella
no le cansaba el duro trabajo, pues
era una chica fuerte acostumbrada
a la pobreza, quizá por obligación
e ingenuidad, ya que nunca había
conocido otra cosa y jamás
la conocería.
El segundo hijo del matrimonio se
llamaba Gaspar, y todavía jugaba
entre el trigo en busca de pájaros
que poder cazar, las únicas
proteínas que podría
ingerir a lo largo de su corta infancia.
Pero era hábil en el arte de
la caza y eso le protegía en
parte de la desnutrición típica
de los niños de su edad. La
picaresca infantil era el método
utilizado por el niño para
lograr el triunfo en la cetrería.
Una de las cosas que más le
agradaban a Gaspar era el enterrarse
en el suelo. Comenzaba poco a poco
cubriendo sus pies y piernas, y continuaba
con el tronco, los brazos, hasta taparse
de tierra por completo. Era una sensación
maravillosa, de éxtasis y casi
erótica donde la excitación
le transportaba a un mundo paralelo
de ensueño. Aunque le encantaba
el olor de la tierra impregnada en
su cuerpo, Gaspar estaba seguro que
era pecado. Mientras se cubría
no pensaba en las consecuencias de
tal acción pero una vez que
había acabado con el ritual
se lamentaba de su proceder. Pero
era adicto al olor de aquella tierra
y a su tacto, a las piedrecillas que
le caían por encima de sus
brazos y al color marrón cobrizo
que le quedaba después en su
piel.
Intentaba siempre elegir el lugar
para enterrarse más desolado
y amplio, para así poder divisar
a lo lejos a cualquier persona que
se acercara hasta el lugar de su pequeño
rito. Nunca le explicó a nadie
ese secreto que creía, nadie
en el mundo podría entender.
Además, cualquier desaprensivo
le podría denunciar por brujería
o algo similar a la Santa Inquisición,
pensaba. Cuando los primeros rayos
del sol aparecían por el este
como lanzas doradas, todo el pueblo
estaba ya en pie dispuesto a comenzar
la jornada laboral, desde la salida
del astro hasta la puesta. Algunos
con suerte, marchaban a laborar incluso
desayunados.
Estaban en la época de siega
y al mismo tiempo que los hombres
cortaban los tallos del trigo con
las hoces bien afiladas, las espigadoras
marchaban detrás recogiendo
las espigas caídas en la tierra
mientras alegraban el trabajo con
dulces cánticos de antigua
tradición. Era costumbre que
de tanto en tanto los hombres dejaran
caer alguna espiga para alegría
de las laboriosas mujeres, todas ellas
provenientes de las casas más
humildes, que eran la mayoría.
El trigo, ingrediente esencial en
el pan de siempre, era la riqueza
dorada de los nobles, en unos tiempos
de hambre en los que sin la mano de
obra que lo cosechara de poco o de
nada servia. Y trigo se encontraba
en Castilla por doquier, ya que los
campos semejantes a un mar de oro
se perdían a lo lejos.
En aquel pueblo castellano una voz
sonaba con mucha más fuerza
que las demás, la voz del Barón
Rodrigo Fuentelaguna, hombre avaro
repleto de codicia que surgía
como del infierno para pena de su
pueblo. Y aunque recibió sanciones
desde la corte real ya que su maquiavélico
comportamiento llegó a oídos
del Conde- Duque de Olivares, brazo
derecho del rey, no escarmentó
e incluso agrandó la aportación
de desdicha a sus vasallos.
La única esperanza que muchos
tenían era el partir hacia
las indias en alguna de las peticiones
que desde la corte se hacían
para conquistas o repoblaciones en
el nuevo mundo, pero no todos estaban
dispuestos a marchar hacia un lugar
del que muy pocos volvían.
Hermenegildo sopesó la posibilidad
de enrolarse en una de las peticiones
alentado por su esposa, pero poco
antes de partir su hija Remedios cayó
enferma con altas fiebres que hacían
predecir lo peor.
Se pensó en el pueblo que quizá
la peste se había apoderado
del pueblo, aunque se enorgullecían
de no haber sufrido en años
ningún tipo de enfermedad generalizada,
cosa rara en aquellos tiempos. Pero
por si acaso prefirieron no acercarse
demasiado al hogar de los Hurtadillas
Talavera. Y ciertamente la peste no
era, sin embargo Remedios con tan
solo trece años de vida empeoraba
por momentos. Los sudores eran como
ríos que caían por su
frente y la temperatura corporal ascendía
con demasiada rapidez. La joven pelirroja
permaneció tres días
acostada y agonizando mientras sus
padres sin descanso velaban por ella
rezando y suplicando por su vida.
Cada vez que el padre intentaba salir
de la habitación en la que
reposaba la chiquilla, esta lo llamaba
entre sus alucinaciones para que no
saliera, para que se quedara a su
vera mientras entre los dos pedían
al Santo Padre ayuda y perdón.
Pero las suplicas no fueron escuchadas
y al cuarto día falleció
dejando en sus padres un inmenso dolor
irreparable.
Gaspar a escondidas se deshacía
en lágrimas, y cualquier momento
lo veía bueno para enterrarse
en la tierra cobriza que tanto le
gustaba. Su hermana, su hermanita
con la que tanto había jugado
ya no estaría más con
él.
-Es antinatural- decía el padre
mientras permitía a sus lágrimas
recorrerle la cara. -Todo el mundo
sabe que los padres deben morirse
antes que sus hijos.
Asunción Talavera volvió
a tener un aborto al cabo de un año,
razón para que las malas y
bífidas lenguas del pueblo
afirmaran que la mujer tenía
el vientre podrido. La familia Hurtadillas
Talavera parecía haber cometido
un pecado imperdonable por el que
tenía que estar pagando de
por vida. Gaspar Hurtadillas comenzó
a madurar a raíz de la muerte
de su hermana, y la carne de los pájaros
que comía a diario, lo estaba
transformando rápidamente en
un mozo de espaldas anchas y fuertes
brazos.
El recuerdo de su hermana estuvo presente
en la memoria de Gaspar durante muchos
años y aunque sabía
que la encontraría en el más
allá no podía dejar
de llorarla en su interior cada vez
que pensaba en ella.
El joven Hurtadillas destacaba en
los trabajos diarios por su fuerza
y rapidez y no era extraño
en época de siega verle competir
con los demás mozos, donde
normalmente acababa como vencedor.
Con los años sobrepasó
en estatura a la mayoría de
los vecinos de igual edad. Su melena
pelirroja relucía bajo los
rayos del sol mientras segaba y no
eran pocas las muchachas casaderas
que lo deseaban para ellas como esposo.
El padre siempre a su lado en el trabajo
se enorgullecía de su hijo.
-Éste es mi muchacho- solía
decir.
Fue el día en que se vio totalmente
formado cuando explicó a sus
padres la decisión que había
tomado de marchar hacia las Indias
en busca de una nueva vida.
Los padres con la esperanza de poder
ver lejos ya los malos tiempos, entristecieron
con la noticia, todo y que reconocían
que el futuro que le podía
esperar como destripaterrones no sería
mucho mejor que el que pudiera aguardarle
lejos del pueblo.
-Recuerda que estaremos aquí
esperando tu llegada. Le dijo
el padre preocupado por el futuro
de su único hijo.
-Descuide, seguro que volveré.
Gaspar Hurtadillas partió hacia
Sevilla una fría mañana
de Octubre y aunque la ilusión
por el viaje era inmensa, la tristeza
por abandonar el hogar y su pueblo
abarrotaba casi por completo su corazón.
A Gaspar Hurtadillas Talavera le quedaba
aun mucho camino por recorrer.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Saber que quedaba Asia a un lado,
al otro Europa y tener frente a él
Estambul, una de las ciudades más
bellas de cuantas pudiese existir,
le regocijaba y también le
entristecía por no poder contemplarla
desde su interior. Pero el Capitán
había decidido que él
también necesitaba un premio
por su valía, igual que su
tripulación; visitaría
a sus padres.
El soñar con su familia llamándole
desde lo lejos le había dejado
un enorme vacío interior, el
cual solo podía llenarse con
una corta visita a su pueblo.
Bajel dio el comunicado a sus hombres
cuando estos acababan de regresar
habiendo agotado ya sus días
del más que merecido descanso
en un lugar amplio y medianamente
limpio.
En los rostros de los marinos se apreciaba
la alegría y sus gestos eran
sueltos y libres, totalmente descansados
del duro trabajo en la mar y del hacinamiento
del barco.
Ya estaban preparados para volver
a navegar con la bravura que les caracterizaba,
por esa razón explicó
el Capitán sus intenciones
sin miedo a malas caras ni problemas.
La mayoría entendió
que el Capitán quisiese visitar
a sus padres, cosa muy normal y humana,
excepto Fernando Llamazares, su segundo
de a bordo, un pescador gaditano prófugo
de la justicia al que no le agradaban
demasiado las sorpresas.
Se contaba que Fernando era fugitivo
por matar a tres hombres en una tasca
gibraltareña. Al parecer, en
la cantina unos desconocidos se jugaban
su dinero apostando por ideas diversas
y disparatadas.
Uno de ellos decidió jugarse
cuatro escudos a que un perro que
paseaba fuera del local era macho,
a lo que respondieron los otros con
igual suma, apostando por el sexo
contrario del animal. El primer apostante
salió tras el perro y poco
después entró en la
taberna con los testículos
sangrantes del animal en la mano.
Fernando Llamazares que degustaba
una copa de vino cerca de ellos, se
levantó de un brinco, saco
una daga de su cintura y con la velocidad
de un rayo, le cortó el gaznate
a uno de ellos ensañándose
después con los otros dos.
A ninguno de los tres infelices les
dio tiempo a reaccionar ni a darse
cuenta de que el perro al que acababan
de mutilar era el acompañante
fiel de Fernando Llamazares.
Fernando era un hombre difícil
de manejar, aunque la autoridad con
la que ejercía su cargo le
validaba para la tarea.
El segundo de a bordo acabó
por ceder a la petición de
su Capitán, aunque no le agradase
la idea de acercarse a las costas
españolas, y por la noche ya
navegaban con destino a las tierras
de Murcia.
Al Capitán Bajel siempre lo
habían conocido por su serenidad
hasta en las situaciones de mayor
peligro, pero aquella noche se le
veía alterado, fogoso y con
los nervios a flor de piel. Sus marinos
notaron enseguida la alegría
con la que les ordenaba, y a ellos
les reconfortaba ver a su Capitán
tan animado. El viento soplaba con
fuerza y el Capitán recogió
los mechones de su pelo lacio con
una cuerdecilla mientras admiraba
el velamen del barco hincharse como
una bota bien llena. Si el viento
continuaba constante no tardarían
apenas en alcanzar la ansiada por
el Capitán, tierra española.
Bajel estaba muy alegre pues no paraba
de cantar, y cantando escuchaba la
mejor música que jamás
había oído: la mar chocando
y revolviéndose contra el Granada.
Soy un bravo Pirata
a tierra nunca voy a bajar
pues aquí, en lo alto de mi
barco
veo la tierra quedar atrás.
Dos cabos de vela iluminaban el camarote,
y las llamas iban y venían
con los resoplos del Capitán.
La mar es mi mundo y vida,
mi mundo mis lazos de sangre
en tierra moriría de hambre
y si en el mar la tengo, se me olvida.
El Capitán era feliz y cuando
lo era, cantaba.
Vive y vive mucho, que el mar te arropa
Vive y vive más, que el mar
es un lecho de estopa.
Eran ya muchos los años
que el Capitán no veía
a su familia y, aunque se sentía
todo un lobo de mar, la tierra lo
llamaba aun con fuerza.
Necesitaba el Capitán ver a
su familia, aunque también
quería practicar durante unos
minutos su vicio prohibido; envolver
su cuerpo con la tierra cobriza de
su pueblo, y lo necesitaba como el
fumador empedernido que en alta mar
carece de tabaco. Aunque poco le quedaba
ya para el reencuentro.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Un galeón entraba en el océano
mientras otro, cargado de bote en
bote maniobraba para no quedar embarrancado
en la desembocadura del Guadalquivir,
en la traicionera barra, lugar en
el que perdió la corona española
más riquezas, que en alta mar
a causa de piratas, corsarios, bucaneros
o filibusteros.
Gaspar Hurtadillas Talavera miraba
con asombro la gran cantidad de agua
que formaba aquello que con tantas
ganas había querido admirar:
el océano.
La imaginación en este caso
le había traicionado, pues
jamás pensó que pudiese
el mar albergar tanta furia en sus
entrañas. Siempre había
imaginado que los mares u océanos
serían semejantes a un gran
lago, un lago de amplias dimensiones,
pero lo que él veía
era un enorme monstruo hecho de agua.
Aunque en su viaje desde el pueblo
hasta Sevilla pensó en varias
ocasiones haber cometido una estupidez
poco meditada, se daba cuenta en esos
momentos de lo acertada que había
sido su elección. Creía
estar convencido de que en su pueblo
nadie jamás vería el
poderoso animal sobre el que estaba
navegando, y añoraba a su hermana
a la cual, sin duda le hubiera gustado
estar allí junto a él.
Dentro del galeón se movía
la tripulación con soltura,
arriando las velas y tirando cabos
desde un lugar a otro, y todo esto
trepando por las escalas como lo haría
un mono subiendo a una palmera.
Gaspar se recreaba admirando todo
aquello, viéndolo como algo
nuevo y formidable, cosas que jamás
habría visto de haberse quedado
de por vida en Albacete.
Haciendo escala en Las Canarias, partieron
hacia La Española utilizando
los vientos alisios como motor fundamental
para el largo trayecto. Los pasajeros
del galeón se entretenían
con juegos diversos, juegos de moda
en la época, en los que Gaspar
Hurtadillas salía como norma
general vencedor de estas batallas
lúdicas.
-Este chico tiene buena sangre- decía
alguno.
-Una de dos, o es muy bueno o es un
tramposo- contestaba otro.
Lo cierto es que sus buenas aptitudes
creaban a veces pequeñas rencillas
y malas caras en algunas personas,
pero normalmente agradaba su estilo
desenfadado y su escasa altivez. Entre
los pasajeros había una mujer
joven que viajaba con el marido, una
mujer bonita de anchas caderas y andar
firme a la que tenía su esposo
que vigilar muy de cerca, pues el
viaje se haría demasiado largo
y aburrido para muchos. Y como la
soledad es una mujer muy mala compañera,
de lengua afilada y que habla en voz
baja, dulcemente al oído, se
corría el riesgo de que alentara
los malos pensamientos de alguien
y se cometiera alguna estupidez. Por
esa razón la vigilaba tan estrechamente.
El marido era demasiado mayor para
ella, así que carecía
de la simpleza de la juventud que
en la chica se apreciaba. Gaspar se
hizo un nombre dentro del galeón
y pronto creó amistad con varios
compañeros de viaje. La mujer
joven le solía felicitar en
sus victorias, por supuesto bajo la
siempre atenta mirada del marido,
el que con sus ojos afilados vigilaba
todos y cada uno de sus movimientos.
El tiempo pasaba y atrás quedaban
cada vez más lejos los antiguos
continentes de Europa, África
y Asia, y delante siempre más
cerca la nueva tierra americana.
El cielo enorme sobre el Atlántico,
hasta entonces azul claro, comenzó
a cubrirse por enormes nubarrones
negros que amenazaban a cada instante
con romper la paz del galeón,
aunque solo era uno más de
los inconvenientes por los que solía
pasar cualquier navegante experimentado.
Las suaves olas dieron paso a la marejada
brava del inicio de las tormentas
en alta mar, y el viento arremetía
en ráfagas desde los cuatro
puntos cardinales desestabilizando
la embarcación. Los tripulantes
de la nave izaron las velas con sorprendente
rapidez, más veloces aun que
al arriarlas. El enorme grifo celestial
de la lluvia se abrió de improviso,
dejando caer grandes gotas sobre el
galeón, el cual bailaba a merced
del oleaje. En la cubierta del barco
los pasajeros se cubrían como
buenamente podían para no empaparse
demasiado con la fría lluvia,
aunque inútilmente pues las
olas cruzaban por encima de la embarcación
a cada segundo que pasaba. Algunos,
bien agarrados para no caer con las
sacudidas del agua, rezaban para que
no ocurriera lo que cada vez era más
seguro que sucedería.
El galeón poco a poco se hundía,
absorbido por las entrañas
del océano sin remedio de tipo
alguno. De pronto una voz anónima
tronó casi tan fuerte como
el crujir de las nubes:
-¡Sálvese quien pueda!
Y así lo hicieron, algunos
aferrándose a la nave y otros
lanzándose al agua con improvisados
flotadores.
Gaspar Hurtadillas aporreó
una puerta a patadas hasta desencajarla
de sus bisagras, y con ella se lanzó
dentro de la mar enfurecida. A lo
lejos veía Gaspar a la mujer
joven sujetada por su marido, protegiéndola
en ese caso de la tormenta y de las
enormes olas, pero al rato desaparecieron
engullidos por el mar. De nada le
sirvió en ese caso la atenta
protección del esposo, pues
cuando la naturaleza elige a una víctima,
utiliza todos los instrumentos a su
alcance para apoderarse de su vida
Y terremotos, volcanes, inundaciones,
tornados y tormentas son solo algunos
de sus instrumentos de los que se
vale la madre natura para ampliar
así su interminable colección
de vidas. Los continuos relámpagos
iluminaban a cada instante el inmenso
océano y si a Gaspar le pareció
impresionante la primera vez que lo
vio, ahora lo creía terriblemente
terrible. El agua compacta le caía
con fuerza sobre la cabeza y el cuerpo
y los brazos se le agarrotaban a causa
de la fuerza ejercida para no zozobrar
y perder su puerta salvadora. La lucha
desigual se alargó durante
horas, lo que le parecieron días
y Gaspar, extenuado optó por
desvanecer y dejar su vida a merced
de la naturaleza. Y así cuando
ésta se empeña en arrebatar
una vida lo consigue, cuando le viene
en gana dejar a otras continuar las
salva con suma galantería y
benevolencia. Gaspar Hurtadillas despertó
agarrado con fuerza a la puerta, sin
saber cuanto tiempo había pasado.
Continuaba lloviendo en el Atlántico
y las olas subían y bajaban
a gran velocidad, creando espuma blanca
en sus altas crestas. Los relámpagos
habían cesado aunque el cielo
continuaba negruzco, como si el Apocalipsis
hubiera pasado sobre la tierra destruyéndolo
todo a su paso, adueñándose
del planeta. Gaspar no se había
dado cuenta aun de que a escasos metros
de él, un barco con un alto
mástil y un largo bauprés
marchaba en su ayuda. Le gritaban
desde estribor y cuando al fin escuchó
a sus salvadores, éstos le
lanzaron un cabo para izarlo a bordo.
El muchacho se alegró y dio
gracias a Dios por no haber permitido
a la tormenta quedarse con su corta
vida. Dos marinos jalaban de la amarra
de la que Gaspar se había sujetado
con fuerza. Mientras lo subían,
el muchacho admiraba su barco salvador,
reconociendo la hermosura y buen talle
de este. El barco era un galeón
español de tres palos, cuya
longitud alcanzaba los treinta y ocho
metros de eslora y los diez de manga.
Cerca de cuarenta cañones coronaban
la embarcación, en su mayoría
mediasculebrinas de bronce muy potentes,
montadas en soportes de dos ruedas
y con un alcance de casi una milla.
El color sepia del velamen contrastaba
con el color grisáceo de la
tablazón de encina del casco.
Sobre el palo mayor se desplegaba
la enseña del velero: una bandera
negra con una calavera, y bajo esta
una granada, representación
viva del nombre del barco.
-Zagal, has tenido suerte, pero que
mucha suerte- afirmó el Capitán
del velero.- Mi nombre es Alhamí
Mohammed, capitán del barco
pirata en el que te encuentras. No
tengas miedo, estas a salvo. Mis hombres
te prepararan un camarote para que
descanses.
-No tengo miedo, de eso puede estar
seguro.
La tripulación estalló
en carcajadas con la salida del muchacho.
Gaspar continuó:
-En lo que se refiere al camarote
se lo agradezco.
-De acuerdo, ahora descansa y mañana
ya nos veremos.
La tripulación constaba de
unos setenta hombres desarrapados
y malolientes, la mayoría de
ellos de edad avanzada, aunque se
notaba la experiencia en los asuntos
de la mar en todos ellos. Un marino
acompañó a Gaspar Hurtadillas
hasta su camarote y una vez allí
se desplomó sobre el catre
preso del agotamiento, quedándose
profundamente dormido.
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