DE VACAS, ENFERMEDADES Y CRUELDAD
Como un eslabón más en la ya enorme cadena de desastres que han jalonado el devenir del Homo Sapiens sobre el suelo del planeta al que le ha tocado sufrirle, se viene a unir ahora el episodio, con visos de quasi apocalipsis, de la encelopatía espongiforme bovina, generalmente conocido por la pretendidamente chistosa, pero de poca gracia, denominación de " mal de las vacas locas". En una canción de 1977, el grupo Supertramp resumía, en unos pocos versos, la actitud histórica de nuestra especie hacia el mundo, hacia lo que nos rodea y hacia sí misma. "...veamos - vienen a decir - cómo violan el universo, cómo han ido de lo malo a lo peor. ¿Quiénes son estos hombres codiciosos, avariciosos y sedientos de gloria?. Quitémosles las máscaras y echemos un vistazo. Pero no es posible, ¿de qué va esto? Somos tú y yo. ¡No puede ser verdad!". Es un perfecto resumen de nuestras conversaciones cotidianas, de las noticias en los medios, de las reflexiones de los entendidos al respecto. Hay que buscar culpables, cargar sobre alguien, sobre otro, la responsabilidad de lo que está pasando.
Podemos, por ejemplo, achacársela a los ganaderos, por su desenfrenada búsqueda del beneficio, que les lleva a alimentar a los animales con un conglomerado de sustancias químicas y antinaturales que provoquen el mayor engorde en el menor tiempo posible. Podemos acusar a los políticos, porque en su dependencia de los poderes económicos han consentido todo tipo de tropelías, siempre que no se notasen... mucho. Podemos culpar a la prensa, por su connivencia con aquellos a los que deben su permanencia, y no necesariamente con la verdad. Podemos criticar al gobierno, a la oposición, a los mataderos, a los veterinarios, a la clase médica, a cualquiera, siempre que sea otro.
Pero en A.L.A. no lo vemos solamente así. La perspectiva debe ser global, autocrítica, y sobre todo valiente, no sometida a la dictadura de nuestros propios miedos. Debemos ser capaces de enfrentarnos a la verdad, y probablemente más nos acercaremos a ella cuanto más nos duela el conocerla. Erich Fromm nos hablaba repetidamente del cómo los convencionalismos sociales nos fuerzan a traicionarnos a nosotros mismos, del cómo el primer sí contrario a nuestra propia naturaleza marca el punto de no retorno, del que apenas unos pocos, los más fuertes de espíritu, se libran, en el camino a la mentira, el sinsentido y la alienación que marcarán el resto de nuestras existencias.
Todos, todos y cada uno de nosotros hemos sido culpables del desastre. Nosotros, nuestra crueldad, nuestra avaricia, nuestro egoísmo, nuestra forzada ignorancia.
Ya en el otoño de 1993, en el nº 3 de su por entonces artesanal boletín informativo, denunciábamos en A.L.A. las miserias de nuestro modo de vida sustentado en el consumo de cadáveres. Hablábamos allí de cómo, para la mayoría de los humanos, la forma más directa de contacto con los demás animales, si se exceptúan los dibujos animados y los peluches, se produce a la hora de comer: simplemente se les come. De que, detrás de esa sencilla comida sin aparente importancia, había un sufrimiento sin fin de seres que, sensibles como nosotros, los todopoderosos humanos, habían sido previamente separados de sus madres nada más nacer, confinados, explotados y torturados, forzados a partos múltiples, convertidos en nada más que máquinas productivas y reproductoras, al modo de una cadena de montaje cualquiera en una fábrica, para finalmente, alcanzado el peso previamente establecido, o porque ya no generan la suficiente leche, entrar en el matadero, tal vez el único paseo de su desgraciada existencia, con los ojos vendados, para no ver lo que les pasa a los que van delante, para que no griten, para que no molesten.
Por ejemplo, podemos sintetizar a partir del libro de Peter Singer, "Liberación Animal", el ciclo vital de una vaca destinada a la producción de leche: "La imagen bucólica de la vaca lechera que juega con su ternero en la pradera no tiene lugar alguno en la producción comercial de leche. La mayoría de las vacas lecheras se crían en interiores, con frecuencia en establos con el espacio justo para ponerse de pie o tumbarse. Su entorno está completamente controlado: se las alimenta con cantidades medidas de pienso, las temperaturas se ajustan para maximizar el rendimiento de leche y la iluminación es artificial... Después de que le retiren su primer ternero, comienza el ciclo de producción de la vaca. Se la ordeña mecánicamente dos veces al día, en ocasiones tres, durante diez meses. Después del tercer mes, será preñada de nuevo. Será ordeñada hasta unas seis o siete semanas antes del siguiente parto, y otra vez de nuevo tan pronto como se le prive del ternero. Normalmente, este ciclo intensivo de gestación e hiperlactancia puede durar tan sólo unos cinco años, tras los cuales la vaca gastada se envía al matadero para convertirse en hamburguesa o comida para perros." Pero estas no son las noticias que aparecen en la prensa. Si a todo lo anterior le añadimos que los terneros, destinados directamente a ser alimento para los humanos, se les separa de sus madres a la edad de... tres días (el periodo natural de amamantamiento es de seis meses) comprenderemos las palabras de William Ralph Inge: "Hemos esclavizado al resto de la creación animal, y hemos tratado de una manera tan malvada a nuestros primos lejanos de pelo y pluma, que si fuesen capaces de formular una religión, sin duda alguna describirían al diablo bajo una apariencia humana." Y todo por una simple cuestión de suerte. Como dice el profesor Colin McGinn, "los seres humanos persisten en subestimar el papel que el azar biológico desempeña en habernos dado el dominio sobre el resto de la naturaleza...La gente cree de verdad, hasta la médula, que hay una necesidad divina que garantiza el poder que ejercemos sobre otras especies, y por ello no pone en tela de juicio el ejercicio de un poder semejante... No nos tomamos en serio la idea de que es por puro azar por lo que nuestra especie ocupa el lugar número uno en la jerarquía del poder biológico. Así, la conciencia que tenemos de nuestra conducta en el mundo biológico no se siente aguijoneada por la reflexión de que nos podría haber tocado a nosotros ocupar un lugar inferior en la escala de la dominación de las especies."
En ese antiguo informe de nuestro boletín, actualizado y ahora disponible como folleto con el título "COMER ANIMALES NO ES NECESARIO", y entre otras muchas cosas, decíamos:
"Recordemos, además, la alimentación que se suministra actualmente en las granjas de cría intensiva, piensos con complementos artificiales hechos a base de los despojos de los propios mataderos: las bacterias y virus contenidos en estos piensos son indestructibles, pues resisten cualquier intento de esterilización conocido. Este es el origen, por ejemplo, de la llamada "enfermedad de las vacas locas", cuyos efectos en el consumidor salen a la luz muchos años después." Si tenemos en cuenta que sólo poco antes se aceptó como más probable la hipótesis del prión, o proteína defectuosa del sistema nervioso central, como causa de la enfermedad, y simplemente sustituimos por esa palabra la mención a "bacterias y virus", es evidente que el fragmento reproducido mantiene plenamente su actualidad.
Pero los animalistas éramos entonces, y seguimos siendo, aquellos enemigos del pueblo por antonomasia de que hablaba Ibsen en su conocida obra, escrita hace más de un siglo. Allí, la ciudad al completo cierra filas frente al transgresor, porque atajar el problema de raíz, cerrar el balneario porque sus aguas están contaminadas por residuos fecales, llevaría su economía a la ruina. Aquí, ahora, se han tomado medidas drásticas, pero limitadas, una vez que se ha hecho evidente la magnitud del problema. Pero los animalistas, y A.L.A. en particular, decimos que no es suficiente, en absoluto. Que se trata de algo más allá aún de la alimentación de los animales que sirven de alimento a las personas. Se trata de algo más fundamental, de la alimentación de las propias personas, del modo en que nuestra especie se relaciona con las demás especies, con el planeta en su conjunto. Ahí es donde surgen el rechazo, la burla, el desprecio de lo que se intencionadamente se ignora. El absoluto egoísmo manda y a la hora de servirse del plato, lo que se busca no es sanar nuestros comportamientos, basarlos en el respeto hacia los demás seres sintientes, sino exigir la máxima seguridad, desinfectar el cadáver, esterilizar los frutos de la crueldad para que no nos lleguen sus consecuencias. No queremos caer en la cuenta de que no hacemos más que dar vueltas en un círculo vicioso de actos contra natura y de lucha por poner remedios a sus inevitables consecuencias. Nos gastamos cantidades ingentes de dinero en tratamientos contra las enfermedades derivadas del tabaco, de una alimentación malsana o de un modo de vida sedentario cuando el remedio real, simplemente, es dejar de fumar, alimentarse de acuerdo con nuestra naturaleza o hacer ejercicio.
" Lo cierto es que, hasta haber logrado fabricar utensilios cortantes sencillos, el hombre no pudo convertirse en comedor habitual de carne", escribió el eminente antropólogo Louis S. B. Leakey. Y lo cierto es también que ni es necesario, ni conveniente, consumir alimentos de origen animal para mantener una buena salud; funcionalmente el ser humano es un animal vegetariano con un sistema digestivo, desde los dientes hasta el intestino, evolutivamente adaptado a esta dieta.
En cualquier caso, ahora descubrimos todo lo que se nos ha mentido, por supuesto con nuestro consentimiento, tal vez porque la mayoría de nosotros estábamos demasiado cansados al volver del trabajo como para darle vueltas al modo en que se obtenía el filete, o el embutido, que hubiese en nuestro plato. Si no hubiese demanda de alimentos lo más baratos posible obtenidos con crueldad, no habría oferta de los mismos. Es así de simple, se han cometido un sinfín de barbaridades porque el consumidor ha estado dispuesto a aceptarlas. Como por ejemplo alimentar a unos seres hervíboros con los desechos de matadero de sus semejantes porque así se les suministraban mayores dosis de proteínas, y se conseguía un engorde más rápido con la consiguiente reducción de los costes. ¿Es que todos aquellos que compran carne no tienen su parte de responsabilidad? ¿Cómo esperan conseguir una carne más barata si no es en perjuicio de aquellos desgraciados seres de los que se van a alimentar? Y, como es de sentido común, el forzar actos contra natura conlleva el riesgo de que éstos se vuelvan contra sus autores. Surgen enfermedades nuevas (porque ésta no es la primera, y seguro que no es la última), y éstas a su vez pasan a los humanos por la cadena alimenticia, manifestándose con un retraso de muchos años. De hecho, una de las víctimas británicas de la enfermedad de Kreutzfeld-Jacob fue una joven que llevaba más de diez años siendo vegetariana.
Y nos decidimos a parchear. ¿De qué modo? La respuesta en Gran Bretaña fue realizar un sacrificio masivo de vacas ( es decir, mayor del habitual ) con el fín de intentar neutralizar la expansión de la enfermedad, medida que ya está siendo ampliada al resto de la Europa continental. De hecho, sin necesidad de añadir este extra de muertes, ya se sacrifican en nuestro continente al año alrededor de unos ocho millones de vacas, destinadas, por supuesto, al consumo. En España, hasta la fecha, son algo más de dos millones anuales. Y doce millones de cerdos, y más de treinta millones de aves, sólo en nuestro país. Lo único que a primera vista parece estar cambiando es la proporción de la especie de cadáveres en el plato, el trasfondo, de momento, es el mismo: alimentarse antinaturalmente de crueldad.
A pesar de todo, algo parece moverse en el horizonte de nuestros hábitos de vida, y se producen las primeras manifestaciones serias de personalidades políticas al respecto. Por ejemplo, el primer ministro sueco, Göran Persson, ha manifestado recientemente que nos enfrentamos a un cambio radical en nuestra sociedad en lo referente a los hábitos alimenticios y los derechos de los animales. "Empieza a resultarme difícil comer carne", comentó. Igualmente, en Alemania, a instancias de los socios "verdes" de la coalición gobernante, se comienza a preparar una reforma en profundidad de la política agraria, lo que es decir lo mismo que alimentaria, imperante hasta ahora. "El escándalo de la EEB marca el fín de la política agraria de viejo tipo. Todos los aquí reunidos nos encontramos frente a un montón de añicos", declaró en el parlamento alemán la verde Renate Künast, ministra de Agricultura alemana. El proyecto consiste en aumentar en el país la cuota de producción alimentaria ecológica desde el 2.5% actual hasta un 20% en el plazo de diez años. "El dopaje de los cerdos, los pavos que no pueden moverse y los pollos que son sacrificados por millones nada más salir del huevo son aspectos que pertenecen a la política agraria del pasado", señaló. Es un desafío real que, dado su presumible éxito en un país del peso político de Alemania, marcará con seguridad el camino que seguirán el resto de socios comunitarios, como reconoció el propio ministro español de Agricultura en una reciente comparecencia parlamentaria. Todo depende del grado de concienciación del consumidor, del ciudadano. Porque el respeto hacia sí mismo, hacia su propia salud y hacia la naturaleza, supondrán el primer paso hacia un respeto por los demás seres compañeros del planeta.
Mención aparte, por lo específico, merecen las repercusiones de esta enfermedad, que en nuestro país muestra una incidencia creciente, en lo relacionado con la tortura de los toros. Como son muy graciosos y muy originales, los taurómacos denominan el asunto como de los "toros locos". Por si no bastase ya con el inmenso fraude para los bolsillos de todos los españoles que suponen las enormes subvenciones que reciben de las arcas del estado, ahora esta casta de estafadores se dispone a abrir otra vez la talega, con la connivencia de las fuerzas políticas mayoritarias, para recibir "compensaciones" e "indemnizaciones" del Estado que suplan la pérdida de ingresos por no poder vender la carne de los más de 40.000 toros previamente torturados y masacrados en los 17.200 "espectáculos" taurinos que cada año se celebran en nuestro suelo. Ante todo, hay que recordar que con lo que recaudan por las entradas no sacarían ni para gasolina, de ahí su terror a las propuestas de que el dinero provenga de una subida en el precio de las mismas. Se trata de que entre todos colaboremos pagando (hay que insistir en ello: aparte de las subvenciones que ya reciben de las autoridades españolas y comunitarias), 60.000 pesetas por cadáver previamente torturado, los gastos que suponga la incineración del mismo, y dos tercios del gasto que suponga su traslado al horno de incineración. (¿Quién dijo que el horror de los hornos crematorios era algo perteneciente a la historia?). Y pagado y consentido por todos, queramos o no, desde los ciudadanos de a pie hasta la administración. Miles de millones de pesetas para mantener a los mercaderes de la crueldad, incluyendo una reducción del IVA del 16% actual hasta el 7%. ¡Y siguen pidiendo! Pero ahí están nuestros "representantes" políticos, incluyendo el defensor del pueblo, para sostener la crueldad con fondos que no son los suyos. Como dice Eduardo Martín Peñato, Presidente de Asociación de Ganaderías de Lidia, "lo que se discute (con las autoridades) es quién paga, cómo se paga y cuánto se paga". Mientras tanto, las estadísticas son pertinaces y nos dicen una tras otra que la mayoría de los españoles no tienen ningún interés en la que todas estas camarillas mantienen en denominar fiesta nacional. Algunas de ellas son también la Unión de Criadores de Toros de Lidia, la Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos, la Unión Nacional de Empresarios Taurinos y, cómo no, la bastarda Organización Colegial Veterinaria. ¿Han escuchado alguna vez de la misma, o de boca de su presidente, Antonio Borregón, alguna declaración en defensa de algún tipo de bienestar animal, de un mínimo de respeto hacia quienes se suponen deben recibir sus cuidados? De la mano de sus dirigentes se ha convertido en un conglomerado mafioso que patrocina Congresos Mundiales Taurinos y eventos de semejante especie. Echen un vistazo a su página web y comprobarán que parece una sucursal de los lobbies taurinos. Por no mencionar algo tan esperpéntico como la Asociación de Veterinarios Taurinos. Todos ellos empeñados en mantener el sangriento negocio, disfrazado de cultura y tradición (el tal Antoñete, último torero en recibir la medalla de las Bellas Artes de las desprestigiadas manos del gobierno de turno), a toda costa, primero de los propios animales torturados, y del conjunto de los españoles después. Viven de ello.
Jose Mª Pardo Encinas.
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