GLOBALIZACIÓN
Las sobrecogedoras imágenes de cientos de iracundos manifestantes destrozando escaparates y enfrentándose a la policía en la pasada cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Praga, han servido por fin para sacarnos del letargo y que ciertos términos como globalización, deuda externa, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, y la mentada OMC estén en boca de tod@s. Según nuestros dirigentes políticos nos informan, la globalización consiste en que todo el mundo está a nuestro alcance: con las nuevas tecnologías de la información podemos comunicarnos con otra persona en el otro extremo del planeta, saber lo que está ocurriendo en cualquier lugar, seguir en directo los detalles de los eventos deportivos... Sin embargo, si tratamos de profundizar en el tema y buscamos otras fuentes de información, encontramos realidades bastante inquietantes.
Para empezar, los datos de la ONU son claros: la diferencia entre ricos y pobres crece de día en día, la concentración de la riqueza en cada vez menos manos aumenta, los países pobres están cada vez más endeudados y ese desarrollo que está en vías nunca llega... ¿Qué papel juegan en todo esto las instituciones antes mencionadas? Hagamos un poco de historia. El BM y el FMI fueron creados tras los acuerdos de Breton Woods en 1.944 con el cometido entonces de implantar el comercio mundial en un mundo destrozado por la guerra y restaurar el estado del bienestar en los países que lo habían tenido. Más concretamente debían contribuir a prevenir futuros conflictos mediante la concesión de créditos para la reconstrucción y el desarrollo y la resolución de problemas temporales de balanzas de pagos desequilibradas. Por aquél tiempo no tenían ningún control sobre las decisiones económicas de los gobiernos, ni a nadie se le habría ocurrido que pudieran tenerlas, ni que un Dios invisible llamado Mercado hiciera y deshiciera a su entojo acorralando gobiernos y desmoronando divisas en cuestión de horas. Sin embargo así ha ocurrido, y el cómo se ha llegado a la situación actual, en la que según Tony Blair el mercado global está por encima de nosotros, y en la que las grandes compañías multinacionales, haciendo gala de un asombroso poder, juegan con los destinos de millones de personas, es algo aún difícil de explicar para los analistas y causa aún una desagradable perplejidad. La tesis central del Neoliberalismo, sistema económico y doctrina difundida desde estas instituciones, es la competencia y la libertad sin cortapisas del capital. Según Susan George, directora del Transnational Institute de Amsterdam, la justificación ideológica [de las medidas económicas auspiciadas por el neoliberalismo] es que unos ingresos superiores para los ricos y unos beneficios superiores se traducirán en más inversiones, en una mejor distribución de los recursos y, por tanto, en puestos de trabajo y bienestar para todos. En realidad [...], si la riqueza se distribuye hacia la cúspide de la pirámide, donde la gente ya tiene la mayoría de lo que necesita, no se redirigirá a la economía local o nacional, sino a los mercados de valores internacionales(1). Así, un significativo porcentaje de los beneficios no se dedica a nuevas inversiones que generen puestos de trabajo, sino a una política de fusiones, absorciones y adquisiciones entre las grandes compañías, que se traducen casi inevitablemente en ajustes y pérdida de empleos. Según la misma autora, la esencia del neoliberalismo es que la economía debe imponer sus normas a la sociedad, y no al contrario. La democracia es un estorbo, el neoliberalismo está concebido para los ganadores, y no para los votantes, que abarcan necesariamente tanto a ganadores como a perdedores(2). El BM y el FMI aplican estas políticas en todo el mundo, con los resultados que ya conocemos: políticas de ajuste estructural, privatizaciones, aumento del desempleo, caída del poder adquisitivo de la mayoría de la población, etc. La Organización Mundial del Comercio representa un punto de inflexión importante en este contexto: creada en 1.995 tras las arduas y largas negociaciones de la Ronda Uruguay, muchas veces forzando su aprobación en Parlamentos que no sabían bien lo que estaban firmando, fue presentada como algo a lo que todos los países debían adherirse si no querían verse abocados al aislamiento, citando el caso de Corea del Norte como horripilante mal ejemplo. Hasta entonces, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) había servido de marco bastante eficaz para liberalizar y flexibilizar el comercio mundial. Pero era demasiado restrictivo para los intereses de los poderosos, especialmente los EEUU, que pretendían total libertad para que sus empresas pudieran operar sin restricciones en cualquier punto del globo, y para que sus productos pudieran penetrar con libertad en cualquier mercado sin sufrir incómodos costes aduaneros. John Block, entonces Secretario de Agricultura estadounidense, declaraba en 1.986 (al comienzo de las negociaciones de la Ronda Uruguay) la idea de que los países en desarrollo deben alimentarse a sí mismos es un anacronismo [...], podrán garantizar mejor su seguridad alimentaria confiando en los productos estadounidenses, disponibles en la mayoría de los casos a más bajo precio(3). Se entienden mejor estas declaraciones considerando que los productos agrícolas estaban exentos de los acuerdos del GATT.
Actualmente, la OMC es una institución que opera con total falta de transparencia democrática. Las decisiones importantes son tomadas en reuniones informales en las que no hay más de 25 ó 30 países presentes (del total de 134 miembros). Dichas decisiones son presentadas como hechos consumados en las que deberían ser los auténticos foros de decisión, las Asambleas Plenarias formales, que suelen reservarse para los discursos. Estos hechos han sido reconocidos por la propia representante de comercio de EEUU, Charlene Barshefsky, y han provocado la actual crisis, agravada tras el fracaso de la pasada cumbre de Seattle en Diciembre de 1.999. Se piden reformas, pero se duda que dichas reformas lleven a una mayor transparencia, ya que según Barshefsky, si no somos capaces de alcanzar la meta del consenso, me reservo el derecho a utilizar un proceso más exclusivo para lograr un resultado final (4) Mientras tanto, las políticas de ajuste se siguen abriendo camino dejando un reguero de miseria a su paso, los gobiernos cada vez tienen menos poder para proteger sus productos y sus monedas, y el entusiasmo del poderío bursátil sigue provocando que la mayoría de las transacciones económicas llevadas a cabo en el mundo sean meramente especulativas, es decir, no se compra ni se vende nada, sino que tan sólo el dinero pasa de unas manos a otras...
Por último, y en vista de la proliferación de movimientos antiglobalización, deberíamos no caer en el error de confundir globalización con neoliberalismo. La globalización como tal es un proceso que comienza desde el final de la 2ª Guerra Mundial, en el que organismos supranacionales asumen competencias hasta entonces reservadas a los gobiernos, en materia legislativa, para evitar genocidios, limpiezas étnicas y otros horrores que ya nos son familiares. Es así un fenómeno novedoso en la Historia, y hoy en día los Estados, adheridos a un cada vez mayor número de instituciones internacionales, se ven limitados a la hora de dictar leyes, pues deben respetar los acuerdos suscritos. Este devenir histórico puede resultar muy interesante si se emplea bien, es decir, si dichas grandes instituciones son democráticas y representativas (un país, un voto, o según la poblacion) y si se busca el bien común y el reparto equitativo de la riqueza. Así, podríamos tener una globalización en positivo, y cabe pensar que es deseable que los ciudadanos lo seamos del mundo, sin todas las restricciones que nos imponen las fronteras. Para ello es necesario que cada persona participe y que los gobiernos pongan el peso en éstas, en lugar de ceder ante las presiones de las grandes coroporaciones, de forma que la fuerza aglutinante no sea la de empresas que sólo buscan aumentar sus beneficios.
¿Cómo afecta este panorama a la causa animalista? A mi entender, de dos maneras. Para empezar, el Movimiento de Liberación Animal, en su carácter de movimiento social de liberación, debe suscribir posicionamientos anti-neoliberalistas, abogar por la justicia y equidad social, y trabajar en comunidad con otros movimientos de liberación. Habrá quien rechace esto, alegando que el animalismo debe ser apolítico: planteamiento ingenuo, pues por definición un movimiento que aspira a cambiar la sociedad es un movimiento político, y hay que luchar desde una ideología, aunque ésta no sea más que el deseo de paz y fraternidad universales. Por lo demás, en un mundo en el que imperan la pobreza, la miseria y los conflictos armados, no habrá justicia para animales humanos ni no humanos. En segundo lugar, más que nunca opciones individuales dirigidas colectivamente pueden tener mucho peso. Las grandes compañías basan su riqueza en que millones de personas compran sus productos, y aquí es donde, una vez más, la figura del consumidor consciente cobra una importancia primordial. Campañas como las de boicot a Nike y otras firmas textiles por emplear a niños y mujeres acosadas sexualmente que trabajan en régimen de cuasi-esclavitud, o como las campañas animalistas contra empresas que experimentan sus productos en animales, nos indican cuál debe ser el camino a seguir. Sin descartar otras formas clásicas de lucha como manifestaciones, acción directa, etc.; las opciones del boicot y el sabotaje cobran más importancia que nunca. Los ciudadanos, y especialmente los de los países desarrollados -desgraciadamente en Haití o Mozambique los consumidores no pueden ejercer mucha presión- tenemos una responsabilidad en controlar desde abajo a las corporaciones que a su vez tratan de controlarnos desde arriba.
Rafael Boró.
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