El Mundo de los Cuerpos Perfectos
Me levanté de aquel sueño. Era una sensación extraña la que me acompañaba en la mañana; parecía un aviso más que algo común. Pero no hice caso a mi corazonada.
Sentada frente a la máquina comencé a redactar los pensamientos que días antes había organizado en cientos de hojas que podía visualizar desde la silla, algunas de ellas parecían cadáveres repartidos por todo el suelo, las demás formaban un rascacielos -de papel, sin reciclar, muerto, débil- . Una cosa es segura: eran ideas muertas desde el instante que la tinta tocó el papel.
Vaya, por un momento me sentí como un dios todopoderoso observando su gran obra, claro que no había tardado 6 días y descansado el último. Creo que la megalomanía se estaba apoderando de mi cerebro, y me agradaba. Bostecé, y traté de concentrar mi poca atención en ese trabajo, mientras el inconsciente me murmuraba en el oído izquierdo: "es inútil... " ¿O acaso la inútil era yo?...
Eso hirió mi ego, que en un desplante de ira se levantó del asiento con todo y el cuerpo. Entonces intuí que la corazonada era un aviso de no trabajar.
Era el séptimo día. El de descanso. Dedicado a la memoria y la fantasía.
Así que busqué el sitio más cómodo de mi casa.
Terminé acostada en el sillón azul de la terraza. El clima era cálido y el día me parecía un retrato gastado de los otros 165 días vividos del mismo año.
Mi percepción de la humanidad tenía un símbolo igual a (=) indiferencia. La realidad era tan sucia como la vieja cortina de la vecina de la casa naranja. No había nada interesante que analizar. Y me cansé de no tener que esperar.
La condición de dios todopoderoso, saturó mi ánimo de pereza e impaciencia. Decidí entonces ir a visitar el otro mundo -el que se encontraba al cruzar la puerta-. Con gran valor y seguridad, seguí la luz blanca. En un micro-instante todo cambió.
Para mi sorpresa y resigna (de acción) una idea grande, a la que cariñosamente denominé "ideota" , apareció en mi cabeza. Fue como si al terminar la luz blanca hubiera escuchado mi nombre, y regresé por el mismo camino. Llegué tan rápido como mis piernas pudieron al escritorio me senté frente a la máquina y con todo el furor escribí: "El mundo de los cuerpos perfectos". Se hizo una pausa y el silencio se mezcló con las ideas. Miles de imágenes recorrieron mi percepción. Y las historias vividas se hicieron presentes.
Así nació. Era el mundo en que no existían defectos, todo era perfecto. Pero había un pequeño detalle: sólo el protagonista lo veía así.
Era su historia, era su vida.
Era su histeria de vida.