Muro de silencio

Gabrielle Goldsby





[Nota de Atalía: Para los que os hayáis leído esto en inglés, veréis que en esta parte aparece un personaje secundario al que le he tenido que cambiar el nombre, porque si no, las reacciones de Foster y Riley no tenían sentido.]




Capítulo 17

Habían pasado dos semanas desde el día en que Riley me dijo que era dura de oído. Dos semanas desde el día en que me convertí en un animal sobón que no parecía capaz de sujetarse las manos. Y no me refiero sexualmente: era simplemente esta necesidad de asegurarme de que todavía estaba allí. Siempre estaba. Comíamos juntas, dormíamos juntas y paseábamos juntas. Nunca en mi vida había sentido tanta paz.

El 4 de julio lo único que iluminó nuestro cielo nocturno fueron los cientos de estrellas que lo adornaban a pesar de la fecha. Riley y yo nos quedamos tumbadas en la terraza y estuvimos horas contemplando el cielo. Hablamos y nos besamos hasta que el sol tiñó el cielo de un color dorado como la miel y despertó a los pájaros.

Riley se puso boca abajo y empezó a juguetear con un mechón de mi pelo.

—¿Alguna vez te has fijado en que el mundo huele distinto al amanecer?

Dije que no con la cabeza.

—Nunca estoy despierta al amanecer.

—¿Nunca?

—No, que yo recuerde.

—Entonces no conocerás la norma.

—¿Qué norma? —pregunté, sospechando que esa tal norma me iba a gustar.

—La norma que dice que hay que besarse para decirle al sol que le agradeces que salga cada mañana.

—No, no conocía esa... —Y entonces me besó hasta que el cielo se puso de un azul cobalto y también dimos gracias al sol por eso.


Estaba ante el fregadero lavando platos mientras Riley leía el periódico del día anterior. Ninguna de las dos hablaba, pero en la pequeña cocina reinaba un ambiente agradable.

Terminé con los platos, colgué el paño que había usado para secar el grifo y luego me volví hacia ella y sonreí. Qué dulce parecía, allí sentada leyendo el periódico, con un ceño que le arrugaba la frente por lo demás lisa y con el pelo, que hoy llevaba suelto, derramándose sobre la mesa. Quería decirle que me gustaba cuando lo llevaba suelto, pero sentía una timidez inexplicable. No puedo explicarlo más que diciendo que nunca he sido dada a soltar cumplidos alegremente y tenía miedo de alejarme demasiado de mi tónica habitual. Como no había apartado la vista del periódico, me quedé mirándola sin disimulos. Mantener las distancias con Riley es por el bien de las dos, me dije. Por supuesto, que eso de mantener las distancias incluyera hablar —bueno, sobre todo hablaba yo y ella escuchaba—, besarnos, bailar despacio y dormir pegadas casi todas los noches desde hacía dos semanas era algo que me superaba. Sin embargo, sí que me mantenía firme cuando Riley proponía que nos metiéramos en el jacuzzi. Parecía inofensivo hasta que una se paraba a pensar que ninguna de las dos tenía traje de baño. Cosa que no parecía preocupar a Riley ni la mitad que a mí.

—Riley —la llamé suavemente, pues quería borrarle ese ceño de la cara. Me alegré cuando el ceño desapareció de inmediato, sustituido por una sonrisa. Qué bien, ya sonríe más. Espero que sea por mi causa—. ¿Algo interesante en el periódico? —Necesitaba hacer como que tenía algo que preguntarle y no que echaba de menos que me mirara.

—No, nada interesante.

—Oye, Riley, ¿crees que sería seguro si fuéramos a la ciudad?

Riley torció el gesto.

—No sé si es buena idea, Foster. ¿Necesitas algo? Siempre te lo puedo traer yo.

Me senté frente a ella.

—Quería ir a una biblioteca o algo así, si lo tienen.

—¿Para qué?

—Quiero leer el periódico. Ya sabes, ver si pone algo sobre mí o sobre Smitty.

El ceño de Riley se hizo más profundo.

—Foster... ¿no podemos mirar en Internet? Los periódicos, quiero decir.

—Bueno, podríamos intentarlo, pero dudo de que una ciudad de este tamaño tenga periódico en Internet. Y además, no sería todo el periódico. Casi todos prefieren que te los compres antes que darlos gratis en la red.

Riley asintió. Me di cuenta de que seguía sin hacerle mucha gracia la idea de que yo fuera a la ciudad.

—Escucha, me pongo la gorra y las gafas de sol. ¿De acuerdo?

—Supongo, pero sigue sin gustarme.

—No pasará nada. Nadie me reconocerá. Me mantendré lejos de los turistas, por si son de Los Ángeles. En cuanto repasemos los periódicos, nos vamos, ¿vale?

Aceptó a regañadientes y fui al dormitorio para buscar algo más adecuado que ponerme. No sabía qué esperaba encontrar en la biblioteca, pero pensaba que al menos podría ver cuánto se había publicado sobre mí en los periódicos de esta zona. Y con algo de suerte, también tendrían más respuestas sobre la muerte de Smitty. Había algo en eso que todavía me reconcomía por dentro.

Mendocino está a unos cinco minutos de Albion, el pueblo donde se encuentra el chalet. La noche en que llegamos estaba demasiado oscuro y lluvioso para fijarse en el aire pintoresco de la ciudad. Algunas de las casas eran grandes y señoriales, lo cual me hizo preguntarme cuánta gente podía permitirse vivir en una zona tan rural y poseer casas tan grandes. Tampoco es que hubiera grandes espacios para bloques altos de oficinas. En realidad, las únicas personas que parecían trabajar duro eran los pescadores y ellos seguro que no vivían en esas casas. Riley había guardado silencio durante el corto trayecto hasta la ciudad. Me daba cuenta de que no le parecía buena idea. Ya le pediría disculpas después. Además, por mucho que me gustara el chalet, necesitaba salir de vez en cuando.

—Aquí está. —Se detuvo ante un edificio blanco y las dos agachamos la cabeza para poder mirarlo. La biblioteca tenía aspecto de haber sido una vieja escuela o iglesia en algún momento. Estaba pintada de un blanco inmaculado con una pequeña valla de madera alrededor y también tenía un gran campanario en lo alto, aunque ya no tenía campana.

—¿Lista?

—Sí, estoy lista.

Salí del coche sintiéndome un poco incómoda con mis chanclas naranjas y mis gafas de sol. Al subir a la biblioteca, me fijé en que, aparte de los folletos pinchados en un tablón de corcho justo fuera de la puerta, el lugar parecía desierto. Riley abrió la puerta y entramos. Miré nerviosa a mi alrededor, fijándome en los cuatro ordenadores nuevecitos y en las pilas de revistas y periódicos colocados en un estante debajo de un llamativo letrero de un rojo brillante en el que ponía "Publicaciones periódicas". Mis ojos recorrieron la sala de nuevo. Empecé a angustiarme hasta que di con lo que buscaba. La salida de incendios. Sería mi vía de escape si tenía que batirme en retirada apresuradamente. La idea de estar acorralada no me sentaba bien.

—¿'As pue'o a'u'ar?

Me volví en redondo, pasmada. No había oído a nadie acercarse por detrás y al parecer, Riley tampoco, a juzgar por su cara. Una mujer bajita, probablemente en la cincuentena, nos miraba por encima del borde de las gafas y masticaba algo rápidamente mientras esperaba a que respondiéramos. Llevaba vaqueros ceñidos que parecían más adecuados para una chica de dieciséis años, botas de baloncesto Sperry, una gruesa sudadera rosa con un gato en la pechera y dos grandes pasadores rosas a ambos lados del pelo castaño desvaído cortado a tazón. Me aguanté las ganas de dar un paso atrás porque una persona de la edad de esta mujer, vestida como iba ella, debía de tener algún tornillo suelto.

—Aah, sí. —Carraspeé nerviosa—. Querríamos ver los periódicos.

—¿Están buscando algo en concreto? —Debía de haberse pasado lo que estaba comiendo al otro lado de la boca, porque ahora la entendí mejor. Sostenía un platito en el que había dos cosas de color marrón oscuro. Arrugué la cara, esperando fervorosamente que lo que estaba en ese plato no estuviera también en su boca.

—Aah, sí. Queremos mirar las ofertas de empleo de los periódicos de San Francisco y Los Ángeles. Ah, y también de aquí —añadí como de pasada.

—Mmm, pues aquí no hay trabajo —dijo con desdén, sin dejar de mover la mandíbula.

—Aah, ya, bueno, eso es lo que le he dicho a mi amiga, pero no me cree. ¿Nos indica dónde debemos ir?

—Sí, vayan a la sección de publicaciones periódicas. —Señaló con el platito—. Vuelvan a ponerlos en su sitio cuando hayan terminado. —Me miró con severidad, como si percibiera que yo jodía los periódicos cuando los leía. Estaba en lo cierto.

Los periódicos colgaban de unos palos divididos en segmentos para que cada parte del periódico pudiera colgar dentro por separado. El extremo estaba sujeto con una goma elástica para que el periódico colgara sin abultar en un estante que parecía una mesa de madera a la que le faltaba el centro. Riley y yo empezamos con los periódicos del condado de Marin y de ahí pasamos a los de San Francisco e incluso los de Oakland. No encontré nada que me mencionara a mí, ni a Smitty y ni siquiera a Harrison Canniff. Cuando llevábamos más de dos horas en esto, levanté la mirada y vi que Riley contemplaba ceñuda el periódico, con los ojos clavados en el artículo que estaba leyendo. Tenía una mancha oscura en la barbilla y sin darme cuenta de lo que hacía, alargué la mano y le quité la mancha frotándosela delicadamente con el pulgar.

—Tienes un poco de tinta en la cara, tesoro. —Me sonrojé al oír mi propia voz. Esperaba que creyera que el motivo de que susurrara era porque estaba en la biblioteca y no porque de repente me sentía muy tímida.

Sonrió, casi como si comprendiera lo que sentía. No era fácil revelar los sentimientos, por lo menos para mí.

—Gracias —susurró a su vez. Y de repente, tuve la impresión de que me iba a besar. Agarré el palo con fuerza mientras su cara se desenfocaba ante mis ojos.

—¿Han encontrado algo? —La bibliotecaria apareció tan silenciosa como antes, dándole vueltas aún a esa cosa que tenía en la boca.

—Pues sí, estamos avanzando, gracias —dije, aunque mi mente le estaba gritando que se largara de una puta vez para que me pudiera quedar sin sentido a fuerza de besos.

—¿Quieren? —preguntó inclinando el plato para que Riley y yo pudiéramos ver los suculentos bocados de vaya usted a saber qué.

—Aah, no, gracias. —Estoy segura de que mi sonrisa parecía tan revuelta como mi estómago.

—Me da la impresión de que usted debería comer más fibra. Ésa seguro que come mucha fibra. —Señaló a Riley. Tras mirarla de arriba abajo con aire de aprobación, me miró a mí de nuevo como si acabara de pensar en algo desagradable.

Abrí la boca para ponerla verde, pero me detuve al notar una mano tranquilizadora en la muñeca. Al instante se me olvidó lo que iba a decir.

Se dio la vuelta para regresar a su mesa y seguramente a su saco sin fondo lleno de esas horribles cosas gelatinosas que se estaba comiendo.

—Vale, si necesitan ayuda, me llamo Chochó Escalara. Estaré en el mostrador de la entrada.

Estoy segura de que se me desorbitaron los ojos mientras la seguía con la mirada. No es posible que haya dicho... Miré a Riley en busca de apoyo moral, pero ya estaba leyendo el periódico, con un ceño de preocupación en la cara. Me olvidé al instante de Chocho o como coño se llamara y me incliné para tocarle la mano a Riley.

—¿Qué ocurre?

Levantó la mirada y su ceño se relajó un poco.

—He encontrado algo.

Al oír esas escuetas palabras, el corazón me empezó a golpear la caja torácica. No sé por qué. Lo razonable era pensar que acabaríamos encontrando algo. De hecho, empezaba a parecerme muy raro que no se hubiera publicado más sobre el tema. Me levanté y me acuclillé al lado de Riley para poder leer el artículo que tenía abierto delante encima de la mesa. Señaló con el dedo un artículo tan pequeño que seguramente a mí se me habría pasado.

Los Ángeles, California
10 de junio, 2001

Se busca a la detective de policía
Foster Everett para interrogarla
en relación con la muerte de un tal
Harrison Canniff. El compañero de
Everett, Joseph Smith, murió en un
accidente de coche al parecer sin
relación en la Autopista 1. El informe
del forense no establece si la causa
pudo ser el alcohol.

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Los niños olvidados...

—Me cago en la leche. Smitty jamás... —Me callé a tiempo. Había estado a punto de estallar porque estaban insinuando que Smitty bebía, cosa que jamás hacía si tenía que conducir. Oí el chirrido de las ruedas de una silla sobre el suelo de madera. Me volví y vi a Chocho echada hacia delante en la silla mientras masticaba una de esas cosas tipo ciruela/dátil/higo, con ese ceño desaprobador propio de una bibliotecaria a causa de mi exclamación, aunque éramos las únicas personas presentes en la biblioteca.

—Lo sé, por eso no quería enseñártelo.

Asentí cansada.

—¿Es el único?

—Sí, es el único que he encontrado sobre los acontecimientos más recientes. El tipo ni siquiera lo vuelve a mencionar y he comprobado las dos semanas anteriores y posteriores. —Fruncí el ceño—. ¿Eso no te parece un poquito raro?

—Sí, más que un poquito. —Normalmente los periódicos están llenos de chorradas como ésta. Con asesinato o sin él, esto era noticia. Una policía sospechosa de matar a un delincuente era material de primera plana y haría falta gente mucho más poderosa que el puto DPLA para silenciarlo. Sentí un escalofrío por la espalda al recordar una de mis últimas conversaciones con Smitty.

—Creo que deberíamos echar un vistazo a este artículo relacionado.

—Seguro que esos artículos los tienen en los ordenadores de ahí —dijo Riley, que ya se dirigía a uno de ellos. Sus dedos se movieron ágilmente por el teclado y cuando llevaba pocos segundos inclinada sobre su hombro, el pequeño artículo se cargó en la pantalla.

Los niños olvidados de la Ciudad de los Ángeles
Los Angeles Bystander

(Publicado el 18 de abril de 2000)
Autora: Lana Morgan-Archer

OFICINA DEL FORENSE DEL CONDADO DE LOS ÁNGELES
"He hecho esto demasiadas veces", dice mientras tapa el cuerpo de treinta centímetros y medio. Sujeta un imperdible con la boca mientras otro voluntario le pasa las flores secas para que las meta en la diminuta bolsa improvisada para cadáveres. Tras un accidente casi mortal que sufrió su propio hijo, ha decidido dedicar su vida a la defensa de otros menos afortunados.
Menea la cabeza como si casi no pudiera soportarlo, pero continúa porque sabe que si ella no lo hace, nadie lo hará.
Le ha puesto el nombre de Ann.
"Mi madre se llamaba Ann", explica con los ojos llorosos mientras coloca el cuerpo en la camilla prestada. "Alguien dejó que este bebé muriera, se deshizo de ella. No ha tenido la oportunidad de conocer la dignidad. A mí me parece que Ann es un nombre digno".
Se queda mirando al voluntario que desaparece con la camilla. Meterán a Ann en una furgoneta y la llevarán a su último lugar de descanso.
Porque Ann ha sido adoptada por Monica Smith, hija del jefe de policía Herbert James y esposa del detective del DPLA Joseph Smith. Ann, abandonada por su madre real y tal vez no deseada por su padre real, será ahora enterrada en un cementerio lleno de hermanos y hermanas adoptivos de todas las razas imaginables. Resulta irónico que más de ciento ochenta y cinco desconocidos se presenten para llorar la muerte de Ann.
Ann, que será enterrada unida aún al cordón umbilical, jamás celebrará su primer cumpleaños.
Ha habido otros veintitrés y hay sitio en el cementerio donado para seis más.
Estará lleno antes de que acabe el año.

—Recuerdo haber oído algo sobre esto —dijo Riley suavemente.

Tomé aliento entrecortadamente.

—Sí, Mon me asaltaba todo el tiempo para que hiciera donativos... mm, nunca fui a los entierros.

—¿No? —Riley se volvió en la silla.

—No.

—¿Demasiado triste?

Asentí.

—Sí, siempre me parecía que en cierto modo era culpa mía. Que si hubiera hecho mejor mi trabajo, esos bebés habrían... —Me encogí de hombros.

—Foster. —Riley se volvió y se quedó mirando la pantalla—. No sé si tú o cualquier otro policía podríais impedir esto... que la gente... haga esta clase de cosas. —Meneó la cabeza—. Algo funciona mal en una sociedad si ésa es la única manera que conocen de salir del atolladero... hay algo estropeado. No me parece mal que no quisieras verlo.

—Era más que eso, Riley. Era por eso y... bueno, por algo más. Por algo... no sé, raro en todo eso. —Me sentía fatal por contarle a la compasiva Riley lo que sentía, pero ya había empezado y no podía parar—. Es como si Monica sólo pensara en esos bebés. ¿Cómo puede alguien basar su vida en una cosa tan triste? Yo daba un rodeo cuando me acercaba a su furgoneta, y me refiero a un amplio rodeo, porque sabía que llevaba a los bebés en ella... y... bueno, metía ahí a su hijo y ni se inmutaba por ello cuando lo llevaba a la guardería.

Riley guardó silencio un momento. Me di cuenta de que se debatía sobre lo que quería decirme, de modo que no decía nada. Evitamos mirarnos a los ojos porque no había respuestas fáciles. Pensé que Riley podía estar escandalizada por lo que había dicho. Jo, yo también estaba bastante escandalizada. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de qué era lo que me daba repelús de todo aquello. Y luego, como ocurre con algunos momentos, éste pasó y repasamos el resto de la base de datos en busca de artículos relacionados. Peinamos el Times con la esperanza de descubrir algo más, pero aparte del pequeño artículo sobre la muerte de Smitty y el artículo sobre Canniff, los cuales ya había visto, no había nada nuevo. Me levanté y cuando me estiré, me crujió la espalda, lo cual hizo que me preguntara si había envejecido diez años a causa de la tensión del desastre de situación en que me había metido.

—¿Hemos acabado aquí? —preguntó Riley mientras volvía a colocar el periódico en su sitio.

Asentí y la seguí hacia la puerta de entrada.

—No ha habido suerte, ¿eh? —preguntó Chocho sin dejar de observar a Riley como si fuera un organismo bajo el microscopio. El rostro de Riley mostraba la misma expresión indiferente e impasible que lucía en el club. Hacía tiempo que no veía esa expresión y no me hacía gracia que alguien le hiciera sentir que tenía que esconderse detrás de ella.

—No ha habido suerte, Chichi —contesté.

—Es Choooochó, Choooochó. —Se pasó el dátil/higo/ciruela, lo que coño fuera, al otro lado de la boca y lo repitió. Esta vez despacio, como si fuéramos retrasadas mentales—. ¡Choooochó!

Por cómo lo decía, supe que debía de ser una espina que llevaba clavada. Las tres nos quedamos mirándonos un momento hasta que me encogí de hombros y salí de la biblioteca sin decir palabra. Riley me seguía de cerca.

—Se debería haber cambiado el puto nombre si no quiere que la gente le tome el pelo —rezongué por lo bajo, inexplicablemente avergonzada de que la palabra chocho se pronunciara delante de Riley. Si tenía suerte, Riley no comentaría nada. Qué demonios, es una mujer adulta, tampoco es que no haya oído nunca esa palabra, ¿no? Seguro que no le da importancia, igual que yo. Ya me había calmado cuando Riley me alcanzó. Me pegué una sonrisa falsa a la cara y me encontré con sus ojos muy confusos.

—Oye, Foster. ¿Esa mujer nos acaba de llamar chochos?

Me alejé sin contestar. Mi sonrisa excesivamente animada empezaba a desmoronarse.


Era evidente que la falta de auténticos artículos sobre mí en los periódicos había hecho que Riley se sintiera mucho más segura a la hora de que se nos viera en público. Insistió en que si tenía ropa propia me sentiría mejor y conocía el lugar perfecto donde podría conseguir prácticamente todo lo que necesitaba. Le recordé que todavía existía la posibilidad bien real de que las fuerzas del orden estuvieran buscándome. Me señaló que si las fuerzas del orden hubieran recibido información, era muy poco probable que la prensa no se hubiera enterado. Estaba tan concentrada pensando en eso que ya estábamos casi dentro de la tienda cuando levanté la mirada y vi el cartel de Doc Marten en el escaparate. Tenía razón. Cuando vi el pequeño rincón de la tienda reservado a las botas, me animé de inmediato.

Cuando salimos de la tienda treinta minutos después, iba cargada con tres grandes bolsas, una gran sonrisa y mucha culpabilidad por permitir que Riley se gastara en mí el dinero de Dani. Pero tengo que reconocer que el aspecto astroso que había llevado hasta entonces no había sido muy bueno para mi ánimo. Riley me susurró con vehemencia que la ropa era para que no pareciera tan fuera de lugar. En eso tuve que darle la razón. De modo que dejé que me comprara tres pantalones vaqueros, unas botas, unas cuantas camisetas blancas y un par nuevecito de Doc Martens. Riley me cogió las bolsas y me metí en el coche. Bajé el parasol y me miré el pelo en el espejo. Iba a tener que teñírmelo dos veces por semana para que estuviera bien. Nunca había sido aficionada a cuidármelo con regularidad, salvo por el obligatorio lavado diario, y suspiré apesadumbrada ante la idea.

Riley se metió en el coche y me miró.

—¿Lista para volver a casa?

Sentí una punzada de emoción cuando dijo "casa".

—Sí —dije para disimular que estaba algo conmovida por la pregunta, y me acomodé en el coche recalentado mientras ella emprendía el rumbo de vuelta al chalet.

—¿En qué estás pensando? —preguntó cuando pasábamos por el pequeño puente y nos disponíamos a girar a la derecha por el camino privado que llevaba al chalet.

—No sé, supongo que sigo... preguntándome por qué.

—¿Por qué, qué? —preguntó al tiempo que se desabrochaba el cinturón de seguridad y se preparaba para salir del coche y abrir el portón.

—Por qué quieres ayudarme. Es que no soy nadie especial.

—Espera. —Riley salió del coche, abrió el portón y luego volvió rápidamente y cruzó con el coche. Después de cerrar y echar el candado al portón, volvió a meterse en el coche, con aire serio—. Tienes que dejar de dar tantas vueltas a las cosas, Foster. —Parecía estar eligiendo las palabras con cuidado, pero me di cuenta de que era algo que llevaba tiempo pensando y que nunca me había dicho—. Lo mejor para ti es intentar seguir adelante. —Apagó el motor y me miró.

—¿Quieres decir que lo olvide? Es que ése es el problema. No puedo olvidarlo. Cada vez que me siento feliz, es como si me sintiera culpable porque el tal Canniff ya no puede volver a sentirse feliz. Yo le quité esa posibilidad. Estoy todo el rato a la espera de que eso me pase factura y pensando que tal vez estoy llevándome mi merecido. ¿Y si tengo que ser feliz para que cuando tenga que... bueno, marcharme o algo así, me cueste todavía más?

—Foster... —No la miré porque su tono era demasiado suave y ya me sentía rara por lo que acababa de reconocer—. No estoy diciendo que lo olvides. No creo que puedas olvidarlo nunca. Estoy diciendo que te vas a volver loca si sigues intentando dilucidar qué va a pasar a continuación. Veo que no paras de darle vueltas cuando no sabes que te estoy mirando. —Asentí y Riley suspiró—. Por alguna razón, han tapado este asunto. A lo mejor ha sido el suegro de Smitty, a lo mejor no. ¿Quién sabe? Tienes la oportunidad de emprender una nueva vida y a lo mejor esta vez eres feliz.

Qué ganas tenía de hacer lo que decía, de sentirme simplemente agradecida. Pero a lo largo de mi vida había aprendido que rara vez se obtenía nada gratis y la idea de que hubiera alguien que estuviera arreglando las cosas por mí me dejaba un sabor de boca parecido al de una pipa de girasol podrida.

—Jo, hay que ver lo que hablas a veces, ¿eh? —Riley puso los ojos en blanco y me sonrió—. ¿Qué ha hecho que seas tan lista, eh? —Alargué la mano y agarré los dedos que sobresalían de la escayola, ahora desvaída y estropeada.

—La vida —dijo, y con una sonrisa que tendría que haber quitado peso a su afirmación pero no lo hizo, salió del coche y me dejó reflexionando sobre sus palabras.

¿La vida ha hecho tan sabia a Riley? Me pregunté si se refería al hecho de haber perdido a su padre. Sabía que en esa historia había algo más de lo que me había contado. Fuera lo que fuese, le había hecho mucho daño. Necesitaría tiempo para contármelo. Mientras cerraba la puerta del coche, miré con afecto el equipo de pesas que ahora ocupaba una parte de la terraza que no se usaba para nada. Lo había montado laboriosamente con una sola mano mientras yo dormía.

Entré en la casa y me la encontré bebiendo agua de una botella.

—Oye, ¿no me ibas a llevar de pesca? —Me alegré al ver que se le iluminaban los ojos y asentía enérgicamente mientras se tragaba el resto del agua. Me quité la ropa nueva y bajamos hasta la playa. Contemplamos el océano que se estrellaba en las rocas justo debajo de donde estábamos sentadas y a las gaviotas que se lanzaban en picado para recoger cosas que estaban demasiado lejos para que pudiéramos identificarlas.

—¿Eres feliz, Riley? —pregunté, sentada con mi caña de pescar sujeta debajo de la pierna. No había pescado nada en las pocas horas que llevábamos ahí sentadas, por lo que no era probable que fuera a pescar nada ahora.

—¿Por qué lo preguntas? —preguntó a su vez sin mirarme.

—Es que quiero asegurarme de que... bueno... de que no te aburro. Sé que se supone que éstas son tus vacaciones. Es que quiero que sepas que no tienes que quedarte aquí todo el tiempo. O sea, si tienes algo mejor que hacer. —Respiré hondo. Dios mío, mi capacidad lingüística hacía mutis por el foro en cuanto intentaba hacer algo que no fuera tener una conversación normal con Riley.

Se quedó callada un momento.

—No recuerdo haber sido nunca más feliz.

—Bien. —Seguimos sentadas con las cañas en el agua, las dos sumidas en nuestros pensamientos.

Me estremecí y aunque Riley no me estaba mirando, lo debió de notar.

—Deberíamos volver. Esta noche va a hacer frío. Ya se ve cómo avanza la niebla. —Asentí y me puse a recoger el sedal mientras ella hacía lo mismo. Aunque no habíamos pescado nada, me encantaban estos momentos de paz que acaba de pasar con ella. Riley, al contrario que la mayoría de la gente, había aprendido el arte del silencio. Aunque yo decía que me gustaba el silencio, creo que nunca me había dado cuenta de lo callado que podía ser uno en un mundo que pasaba de largo.

Se levantó y se estiró. Me aguanté las ganas de pasarle los dedos por la pantorrilla mientras me levantaba. Solté un quejido.

—Dios. La próxima vez tenemos que traernos unos cojines. Me siento como si dos enanos acabaran de darme un patadón en el culo.

Riley sonrió y meneó la cabeza, lanzándome esa mirada.

—¿Qué? —De repente, me sentía tímida de nuevo.

—Se te dan bien las palabras.

Me acerqué un poco más a ella y le puse las manos delicadamente en las caderas.

—A ti también, Riley. A ti también.

Creo que las dos decidimos que un beso no sería prudente en ese momento y regresamos en silencio a la casa.

—Ha sido un día perfecto —suspiré.

—Mmm —asintió Riley.

¿Veis a qué me refiero? Yo, como la mayoría de la gente, tengo la necesidad de verbalizar lo que siento. Riley no. Se limitaba a disfrutarlo, absorbiéndolo como una esponja.

—¿Te gustaría ver la puesta de sol conmigo, Foster?

Me volví hacia ella y le rodeé la cintura con los brazos, pues ni quería ni podía evitar tocarla, ya que el día me había dado una sensación de tranquilidad que me parecía vagamente peligrosa, pero que me negaba tercamente a reconocer.

—Me encantaría.

—¿Te gustaría meterte en el jacuzzi?

—¿Cómo sabía yo que me ibas a proponer eso?

Sonrió.

—Probablemente porque llevo ya más de una semana intentando que te metas ahí conmigo.

—Seguimos sin tener trajes de baño.

—Podemos llevar pantalones cortos y camisetas, si quieres —dijo Riley. Pero me di cuenta de que pensaba que estaríamos mejor desnudas.

—Creo que sería más seguro —le dije sonriendo con sorna. Se encogió de hombros y quitamos la cubierta del jacuzzi, tras lo cual entramos en la casa para desnudarnos, yo en el baño y Riley en el dormitorio. Cuando salí con unos pantalones cortos de Dani y una camiseta, Riley ya estaba metida en el jacuzzi, con los ojos cerrados, pasando un dedo por el borde de la bañera como si estuviera trazando algo dentro de su mente, y una ligera sonrisa en la cara. Metí un pie en el agua, con la esperanza de meterme del todo antes de que abriera los ojos. Pero notó mi presencia y me recibió con una sonrisa mientras me metía en el agua caliente y agitada.

—Lo siento —me apresuré a decir, un poco jadeante cuando el aire ahora frío y el agua caliente que me rodeaba me pusieron la carne de gallina.

—No pasa nada. Sólo estaba pensando.

—¿En qué? —pregunté para hacer conversación.

—En ti. —No supe qué decir, por lo que me acerqué y me incliné para lo que pensaba que iba a ser un dulce beso. No estaba preparada para la pasión. Tanto, que me aparté de ella y me dispuse a retroceder y sentarme apoyada en la pared más alejada.

—No —dijo sobre mi sien—. Quédate. Me deseas, deseas esto. Lo noto. —Quise decirle que era un error, pero no lo hice porque tenía razón. Claro, que siempre la tenía. Quería sentir su boca sobre la mía, su pecho moviéndose contra mí al respirar. Y sobre todo, quería sentir cómo reaccionaba su cuerpo bajo mis manos.

Me senté a horcajadas sobre sus caderas y ella me puso las manos en la espalda para sostenerme. Le rodeé el cuello con los dedos y por una vez, la miré desde arriba. Sus ojos se clavaron en mis labios y bajé la cabeza. Se reunió conmigo a medio camino y nos dimos un beso que nos dejó a las dos sin aliento y dolorosamente excitadas hasta que por fin aparté los labios de mala gana para aspirar el aire que olía a salitre y cloro.

—Nos hemos perdido la puesta de sol —dijo Riley cuando se le normalizó la respiración.

—Yo no —dije suavemente. Y aunque tenía la cara hundida en su hombro, noté que sonreía.


Capítulo 18

El motor del jacuzzi se puso en marcha y el agua empezó a agitarse a nuestro alrededor. Ni siquiera el calor del vapor bastaba para impedir que se me pusieran los pezones de punta por el frío aire nocturno. Riley me sostuvo el trasero con su mano grande y me pegó íntimamente a los duros músculos de su estómago, al tiempo que su piel despedía calor como una pequeña estufa. Le puse las manos en los bíceps intentando mantener el equilibrio. Los músculos redondos de sus brazos se flexionaron y luego se endurecieron bajo mis manos, lo cual me hizo reaccionar con un gemido.

Volví a apartarme. Por alguna razón, no conseguía meterme suficiente aire por la nariz cuando la besaba. Necesitaba pensar. Había una razón por la que no debía hacer esto, ¿verdad? No quería hacer daño a Riley. Pero Riley no está sufriendo, comentó mi mente muy colaboradora cuando su escayola rosa y bastante astrosa subió para obligarme dulcemente a volver la cara de nuevo hacia ella. Dios, no me va a dejar pensar. Se me despejó la cabeza lo suficiente para darme cuenta de que me adentraba en terreno peligroso. Me besaría o me estrecharía de esa forma tan dulce y amorosa que tenía y yo me perdería hasta la siguiente vez que nos diéramos permiso la una a la otra para respirar.

Los besos continuaron durante lo que debieron de ser otros quince minutos hasta que tuve que liberarme de su dulce prisión. Me derrumbé sobre ella y cerré los ojos. Rodeándome la espalda con un brazo, me pegó tanto a ella que nuestras camisetas, abombadas por el agua, quedaron momentáneamente aplastadas entre nuestros cuerpos.

Si tuviera que mirar atrás, si tuviera que señalar con el dedo el momento en que perdí por completo el control de la situación, tendría que ser en ese punto. Por excitada que estuviera, por mucho que deseara a Riley Medeiros, no fue hasta que noté los rápidos latidos de su corazón cuando creo que abandoné toda pretensión de rechazo.

—Deberíamos salir de aquí, me estoy arrugando —dijo en voz baja, y me di cuenta de que tenía tan pocas ganas como yo de parar los placenteros besos. Asentí y, con su ayuda, me despegué de ella y me dispuse a salir del jacuzzi. La observé como quien no quiere la cosa mientras se ponía en pie. Tenía la camiseta casi transparente y, aunque estaba un poco azulada por el cloro, vi el musculoso contorno de todo su cuerpo. Yo también me levanté, con la esperanza de que Riley me admirara del mismo modo en que yo acababa de admirarla a ella. Así fue.

—Oh, Dios... ¡hace un frío de cojones! —dije, echando a perder el momento, pero demasiado helada para que me importara. Todo intento de parecer mona ya había desaparecido y entré corriendo en la casa, con los brazos cruzados por encima del pecho. Hasta Riley, la antorcha viviente, temblaba violentamente.

—Métete tú primero en la ducha. Deberías dejarte la ropa puesta y quitarte de encima parte del cloro antes de lavarte —dijo, dirigiéndose ya hacia la sala de estar. Fui detrás de ella, haciendo un esfuerzo por no dejarlo todo perdido de agua por el camino. A Riley no parecía importarle lo más mínimo, de modo que renuncié y avancé dando saltitos gélidos por el frío suelo de madera.

—¿Tú qué vas a hacer? —pregunté cuando llegué al cuarto de baño.

—Poner más leña en el fuego —dijo, con un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo—. Luego me quitaré la ropa para entrar en calor mientras tú te aclaras. —Por alguna razón, me hablaba dándome la espalda, cosa que me había fijado que Riley rara vez hacía. No sé si se debía a sus dificultades de oído o si era una cuestión de etiqueta personal, pero cuando hablabas con Riley, recibías toda su atención.

Entré en la sala de estar justo cuando colocaba otro leño en la chimenea. Estaba temblando y cuando estaba a punto de levantase, le puse una mano en el hombro. Se detuvo y luego siguió levantándose como si estuviera pensando en algo que decir antes de hacerlo.

—R-Riley, ¿por qué no nos metemos juntas en la ducha? Al fin y al cabo, llevamos ropa.

—¿No te molestará? —preguntó con tono apagado. Se dio la vuelta y me miró a los ojos como para calibrar mi veracidad.

Me aparté de ella rápidamente, negándome a mirar a Riley a los ojos. Siempre perdería esa batalla de voluntades. Sí, me iba a molestar tenerla tan cerca. Dios, sí. ¿Y en la ducha? Ya veía más de lo que la mayoría de las personas ven cuando duermen juntas y ahora íbamos a estar juntas bajo la ducha. Me dije que debía calmarme, pero para cuando ajusté los chorros de la ducha y metí la cabeza debajo del agua caliente, medio esperaba que Riley no aceptara mi oferta.

Abrí los ojos y la descubrí plantada en la puerta del baño, con una cara muy parecida a la que tenía en la mañana de mi pesadilla.

—¿Estás segura?

Asentí e intenté quitarme el agua de los ojos mientras ella entraba en la ducha. Retrocedí y le dejé compartir el chorro que teníamos encima. Los otros dos estaban a los lados, pero la presión no era para nada tan buena.

Nos aclaramos en silencio, las dos haciendo malabarismos para evitar tocarnos en el reducido espacio. Riley tenía la mano derecha apoyada en la pared para no mojarse la escayola. La observé cuando puso la cabeza debajo del agua y cerró los ojos. De repente, parecía más joven de los veintiséis años que tenía. Quise reconfortarla, pero tenía miedo de mis propios sentimientos. Aparté la mirada justo cuando abrió los ojos. Su aclarado con una sola mano adquirió un matiz de desesperación después de eso.

—Foster, ya me he quitado todo el cloro posible de esta ropa. Tú dúchate, yo voy a salir. Me daré una ducha cuando hayas terminado. —Una vez más, evitaba mirarme. Ya había empezado a salir de la ducha cuando la detuve poniéndole una mano en el brazo.

—¿Riley?

Se volvió y me miró, alzando una ceja interrogante.

—Ven aquí. —Me pregunto si sabía lo que se avecinaba. Creo que yo no lo sabía. La electricidad que llevaba dos semanas crepitando bajo la superficie regresó plenamente. Algo cruzó por su rostro parecido al miedo, luego excitación y por fin esa cautela que le entra a la gente cuando no sabe si puede fiarse de alguien.

Seguro que un psicólogo os podría decir muchas cosas sobre mí basándose en el hecho de que todas esas emociones del rostro de Riley sirvieron para crearme una sobrecarga. Mi sueño, los apasionados besos, hasta mi situación, todo se juntó y creó una mezcla explosiva que, si hubiera sido inteligente, me habría dado cuenta de que era peligrosa. Nunca he dicho que sea muy inteligente.

La tensión sexual prendió fuego entre nosotras mientras veía cómo intentaba decidir si debía salir del baño o venir a mí como le había pedido.

Esta sensación era tan ajena a mí que me sentía intoxicada por su poder. La observé, con los párpados demasiado pesados para mantenerlos abiertos.

—Foster, no puedo...

—No te lo estoy pidiendo. Ya no. —Sus ojos se posaron de golpe en los míos y observó mi cara en busca de algo que le dijera que lo que estábamos a punto de hacer estaba bien—. Ven aquí, Riley —dije, esta vez con firmeza. Estaba acostumbrada a usar la voz para dar órdenes. Vi que reaccionaba automáticamente. Se plantó delante de mí al instante, parpadeando como si no supiera cómo había llegado allí.

—Apoya la mano en la pared —le ordené y de nuevo hizo lo que se le decía y la escayola rosa soltó destellos obscenos que capté por el rabillo del ojo. No hice caso del impulso de dejar de mirarla a los ojos y, en cambio, me acerqué más. El pulso le latía desbocado en el cuello, lo cual me indicó su estado de agitación—. No quiero que se moje. ¿De acuerdo, cariño? —Asintió para decir que lo comprendía.

Le puse una mano en la nuca, la acerqué y la besé con fuerza. Sus labios se estremecieron bajo los míos, alimentando mi ardor como el aire fresco con una llama. Las emociones me inundaron mientras la empujaba contra la pared y le metía la mano por debajo de la camiseta. Me detuve, apretando aún más los ojos cerrados cuando mis dedos entraron en contacto con la suave piel de su estómago. Noté que Riley tomaba aire y luego noté otro ligero movimiento que creo que fue su último esfuerzo por volver a controlar la situación. No hice ni caso y, con la mano abierta del todo, subí por su musculoso abdomen hasta alcanzar la piel suave de debajo de su pecho. Se encogió cuando le pasé el pulgar por el pezón del pecho derecho mientras mi mano izquierda seguía el camino que ya había forjado la derecha. No tardé en tener sus pechos en mis manos: su aliento entrecortado me dijo que gozaba de mis atenciones. Por fin me aparté de su boca y abrió los ojos. Me extrañó la expresión de miedo que se advertía ahora en su rostro.

—¿Quieres que pare, Riley? —pregunté, olvidando por un momento que había sido yo, no Riley, quien había impedido todo intento de hacer el amor hasta ahora.

Sacudió la cabeza, formando la palabra "no" con los labios, aunque no oí el menor sonido. Mis manos estaban ya en el borde de su camiseta empapada. Se la quité por la cabeza, dejando la parte superior de su cuerpo expuesta a mis acalorados ojos. Fui yo la que se quedó sin aliento al ver por primera vez los músculos que hacía sólo un instante que había tocado por primera vez. Riley alzó inconscientemente la mano libre para taparse, pero la detuve poniéndole una mano tierna en la muñeca.

—No... por favor, quiero mirarte. —Dejó caer la mano, pero un rápido vistazo a su rostro me dijo que estaba casi enferma de aprensión. No sé por qué. Nunca he visto a nadie tan bello como Riley Medeiros. Cada músculo y cada curva eran perfectos. Casi como si alguien hubiera dado vida al personaje del cómic, no al revés. Subí las manos y me acerqué más al tiempo que le cogía los pechos, cerraba los ojos y mi boca se cerraba sobre uno de sus pezones.

Riley se agitó un poco. Alzó la mano sana para, estoy segura, apartarme. Me apresuré a aumentar la succión sobre su pecho, lo cual la llevó a tomar aliento bruscamente.

Mis manos bajaron por la espalda de Riley y se metieron con pericia por debajo del elástico de sus pantalones cortos. Le tenía agarrado el culo y la estaba pegando a mí cuando noté su estremecimiento.

—¿Riley? —Abrió los ojos y parpadeó unas cuantas veces—. ¿Estás bien?

Asintió, pero me di cuenta de que estaba un poco sin aliento por lo que estaba sucediendo, de modo que retrocedí y cogí el jabón. Me quité la camiseta y al instante supe lo que sentía Riley cuando la miraba. Riley me miraba vorazmente cuando me acerqué a ella llenándome las manos de espuma de jabón.

—Tenemos que quitarnos el cloro, ¿de acuerdo? —Asintió y le pasé el jabón. Estoy segura de que pensaba que nos íbamos a lavar solas. Se equivocaba. Yo tenía toda la intención de lavarla.

Pegó un respingo cuando mis manos se deslizaron sobre sus pechos, cuya piel era como la seda bajo mis dedos. Se apoyó en la pared y se le cerraron los ojos mientras yo la tocaba con la excusa de ayudarla a lavarse. Con delicadeza, eché agua de la ducha sobre sus firmes pechos y por su musculoso estómago, luego metí los dedos por debajo de la cintura de sus pantalones y, salvo por una leve inhalación de aire, ella no se movió. Me agaché mientras le bajaba los pantalones por las piernas y la ayudaba a sacar los pies. Ahí agachada, veía el movimiento acelerado del estómago de Riley. Estaba segura de que ahora se debía más a la excitación que a los nervios. Contemplé un momento el triángulo de vello mientras las gotitas desaparecían por la mata oscura y se unían en un chorro de agua que caía de ella. Me eché hacia delante para besarla y me detuve al notar que el olor del cloro conseguía disimular casi, pero no del todo, el olor de su excitación. Era tan difuso, tan leve, que casi pensé que me lo estaba imaginando. La besé suavemente y el agua de la ducha me empapó el pelo antes de levantarme. Riley tenía ahora los labios entreabiertos, aunque seguía con los ojos cerrados. Me coloqué entre sus piernas, que tenía abiertas lo suficiente para hacerme sitio, posé los labios sobre el pulso de su cuello y chupé delicadamente.

—Foster, no puedo seguir de pie —gimió débilmente.

—Sí que puedes, cariño. Apóyate —susurré, sin molestarme en apartar los labios de su cuello. Mientras la besaba, mis manos ansiosas y voraces no dejaban de recorrer su cuerpo. Se detuvieron un momento sobre sus caderas mientras besaba su boca temblorosa. Cuando se deslizaron delicadamente por su estómago, pegó un respingo y me detuve, sin saber si debía continuar o no. Esperé, haciendo un esfuerzo desesperado por no sentirme decepcionada si quería que parara. Nunca había sentido una necesidad tan frenética de dar placer a alguien como la que sentía con ella.

El miedo al rechazo no fue lo bastante fuerte como para hacer que mi mano dejara de acariciar esos músculos que eran como acero cubierto de piel y bajé hasta la suavidad de su sexo empapado de agua. Pegó otro respingo, pero esta vez, en lugar de parar, la calmé a base de continuar con mis atenciones. Me daba gusto sentir el agua en la espalda mientras besaba a Riley en la mejilla y volvía a bajar hasta su cuello. Arqueó la espalda, lo cual hizo que uno de mis dedos se colara entre los labios de su sexo y le rozara el clítoris. El clítoris de Riley estaba hinchado de necesidad y el mero hecho de que estuviera tan excitada hizo que mi propia excitación aumentara. Me sorprendió notar ese calor insistente entre las piernas, pero me olvidé de él y seguí acariciando la humedad sedosa que estaba preparando a Riley para mi penetración.

Tendría que haberle dedicado más tiempo, pero no pude. Nunca había tenido prisas al hacer el amor, cosa que me había valido más insultos de los que puedo contar. La falta de nada que no fuera más que una vaga sensación de excitación hacía que tuviera una mano bastante firme.

Sin embargo, con Riley me temblaban las manos. La prueba de su excitación me llevó a pensar en el sueño que me atormentaba cada vez que la miraba. No pude esperar más. Mis dedos buscaron y encontraron la abertura de Riley, mientras mi pulgar seguía apretándole el clítoris. Cerré los ojos y recé para no hacerle daño al tiempo que metía el dedo por su estrecha abertura. Noté un temblor lento que le recorría el cuerpo y me detuve para dejar que se acostumbrara a mí. El agua que me caía por la espalda había dejado de ser un placer y ahora era una cosa más que me mantenía apartada de Riley. Sus caderas se iban relajando poco a poco y empecé a meterle y sacarle el dedo. Quería penetrarla con un dedo más, pero temía que fuera demasiado para ella, de modo que me conformé con pegarme bien a ella y presionarle firmemente el clítoris con el pulgar.

Sus caderas empezaron a cobrar seguridad mientras yo sacaba el dedo casi por completo y volvía a meterlo despacio. Le cogí el pezón con la boca y ella gimió y cambió de postura para abrir más las piernas. Le tiré ligeramente del pezón y le apreté el sexo con firmeza. Noté que sus músculos me aferraban el dedo con fuerza una vez y luego empezaban a convulsionarse. No oí que hiciera el menor ruido, pero levanté la mirada justo a tiempo de ver la mueca que se le cruzó por la cara. Apretó los dientes y, con la cabeza echada hacia atrás, se le marcó un músculo apelotonado en el cuello mientras se entregaba al orgasmo con una determinación que me excitó muchísimo. La mueca y la forma en que se le tensaban los músculos me indicaron lo potente que era su orgasmo en realidad. Las manos que me agarraban eran increíblemente delicadas y no dijo ni una palabra. Despacio y de mala gana, salí de ella y la abracé, apoyando la cabeza en su hombro. Por fin, me estiré para cerrar el agua. Notaba que me estaba mirando, esperando a ver algo que le indicara que todo iba bien, que estábamos bien. Me acordé de comprobar su escayola y solté un bufido al ver que, efectivamente, se había mojado.

—No te preocupes por eso, Foster. No está tan mojada —dijo, con el rostro algo impasible, como si no supiera muy bien qué pensar de lo que acabábamos de hacer.

—¿Riley? No te arrepientes de esto, ¿verdad?

—No, no, no me arrepiento. Te deseaba... es que... sé que tú no querías que pasara.

Salí de la ducha para disimular mi sorpresa al oír eso. Tenía razón. Todo este tiempo había estado resistiéndome a hacer el amor con ella. No comprendía por qué había cedido por fin. Jo, no sólo había cedido: me había lanzado sobre ella como si estuviera en celo o algo así. Ahora no sabía cómo contestar las preguntas que seguro que se estaba planteando. Riley salió de la ducha detrás de mí, sujetándose la escayola como para protegerla de algo.

—Riley, no sé qué decir.

—No importa, Foster. No esperaré más de ti —dijo secamente y salió del baño, con una toalla enrollada alrededor del cuerpo. Atónita, la miré mientras se alejaba de mí. Estaba segura de que le había dado placer, había notado el orgasmo que le recorría el cuerpo, aún conservaba las pruebas en la mano. ¿Estaba enfadada conmigo? Yo creía que quería...

—¿Riley? —Salí del baño y me la encontré plantada ante la ventana, contemplando la oscuridad. No hice caso de mi impulso inicial de darme la vuelta y dejarla en paz. Le toqué el hombro ligeramente—. Yo creía que esto era lo que deseabas, Riley. Lo siento si te he molestado, si he ido demasiado deprisa, no lo pretendía.

El hombro que tenía debajo de la mano empezó a temblar y aparté la mano de golpe como si me hubiera escaldado. Sentí una acometida de miedo. No me lo había imaginado, ¿verdad? Desde luego, ella no me había pedido que parara.

Se volvió hacia mí y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, lo cual hizo que al instante los míos se llenaran de lágrimas también.

—Sí que te deseaba.

—Entonces, ¿por qué estás llorando? ¿He hecho algo mal?

—No has hecho nada mal. Supongo que es que me acabo de dar cuenta.

Entonces caí en la cuenta: Riley se estaba enterando por fin de lo que yo había sabido desde el principio. Nuestra relación no tenía futuro alguno. ¿Cómo podía estar con alguien como yo? Me iba a pasar la vida presa del miedo. Y mientras estuviera con ella, existía la posibilidad de que ella también se metiera en problemas. Todo esto lo sabía, y había pensado en ello cuando todavía intentaba negar la atracción que sentía por ella, pero ahora me dolía que ella también lo supiera.

—Me he dado cuenta de lo mucho que te quiero —dijo.

El pasmo fue absoluto. Me quedé ahí plantada, abriendo y cerrando la boca al oír unas palabras que me resultaban tan ajenas que fue como si las hubiera dicho en otro idioma. Se quedó mirándome un momento y luego se dio la vuelta, avergonzada.

—No tienes por qué decir nada. Ya sé lo que sientes.

—Riley, no, no lo comprendes. Es que... nadie me ha dicho eso nunca. —Me puse detrás de ella y le rodeé el cuerpo con los brazos. Apoyé la cabeza en su espalda y respiré hondo antes de hablar—. ¿Puedes...? ¿Podemos mantener un poco las distancias? —Noté que se ponía rígida y la abracé estrechamente para obligarla a escucharme—. Escúchame, cariño, por favor. Me están pasando muchas cosas por dentro en estos momentos. No es justo que te lo pida, sé que no es justo, pero, ¿puedes dejar que me aclare un poco? No me voy a mover de aquí. Por lo menos si puedo evitarlo, ¿vale? —Debí de dar con las palabras adecuadas, porque se le relajó el cuerpo.

—Te daré todo el espacio que necesites, pero no puedo cambiar lo que siento.

—Ni yo quiero que lo hagas. —Se volvió entre mis brazos e hice un esfuerzo por mirarla a los ojos—. Es que no quiero hacerte más daño del necesario.

Hizo una mueca de dolor y supe que ya era demasiado tarde. Hiciera lo que hiciese, le iba a hacer daño. De modo que la estreché con fuerza y parpadeé rápidamente hundida en su pecho, negándome a sentir lástima de mí misma.

—¿Podemos simplemente...? ¿Puedes abrazarme? Quiero estar cerca de ti. —Me resultaba más fácil decirle lo que sentía y el consiguiente achuchón que me dio fue suficiente para que se me pasara un poco la opresión que sentía en la garganta, aunque sólo fuera por un momento.

Nos subimos a la cama y al instante me rodeó con los brazos. Aunque se suponía que era ella la que debía consolarme a mí, yo también tenía necesidad de aliviar su malestar. Mi boca rozó la suave piel de su pecho y se unió a una lágrima salada que no sabía que se me iba a escapar.

—Todo va a ir bien, te lo prometo —dije, y mientras una parte de mi cerebro se rebelaba diciendo que no podía prometer una cosa así, la otra parte se mantuvo en sus trece. No me quedaba más remedio que cumplir esa promesa, porque yo también la quería. Sólo que aún no sabía cómo decirlo.


Llevaba un rato en una especie de duermevela y mis sentidos aturdidos por el sueño captaron que Riley ya no estaba en la cama. De repente, la cama se hundió un poco y noté que Riley se tapaba con las sábanas. Abrí un ojo mientras se acomodaba. Tenía los ojos cerrados, lo cual me permitió observarla sin que se diera cuenta. Sentía que necesitaba grabarla permanentemente en mis sinapsis cerebrales. Contemplé su pelo oscuro que parecía aún más oscuro sobre la blancura de la funda de la almohada y fui bajando.

—Te has quitado la escayola. ¿Ha sido porque se ha mojado?

Abrió los ojos de golpe y su expresión sobresaltada pasó rápidamente al bochorno.

—Pero me la iba a quitar de todas formas.

Parecía triste, casi como si necesitara un abrazo. Me acerqué más a ella y me sorprendió que se apartara de mí. Me sorprendió tanto que estoy segura de que vio el dolor en mis ojos.

—Es que estaba un poco cortada... —dijo mientras yo volvía despacio a mi lado de la cama—. Nunca le había dicho eso a nadie.

—Lo sé. —Era yo quien la mantenía a distancia. Ella estaba dispuesta a olvidarse de las precauciones, pero yo había tenido miedo de hacerle daño. Me di cuenta por su voz de que le estaba haciendo daño de todas formas. Aunque decía que lo comprendía, no creo que fuera cierto. Ni siquiera estoy muy segura de que yo misma lo comprendiera—. Riley, tal vez deberíamos hablar de esto.

No llegó a responderme porque el ruido de un teléfono nos interrumpió.

—Mierda, se me había olvidado que aquí hay teléfono —dije mientras Riley salía de la cama. Sentí una oleada de calor al ver cómo pasaba corriendo por delante de las puertas dobles y la luz de la mañana temprana se derramaba sobre los ángulos largos y musculosos de su cuerpo.

Se quedó a mi lado, alta y desnuda, mientras contestaba al teléfono.

—¿Diga?

Me tapé el pecho con las mantas como una mojigata, pero eso no me impidió llenarme los ojos de Riley.

—Oh, hola, Dani.

Jo, el mero nombre de esa mujer me hundía el ánimo. Muy propio de ella llamar justo cuando las cosas empezaban a ponerse interesantes.

—Oh, no, se me había olvidado por completo... ¿te ha dicho algo sobre lo que van a hacer? ¿Sí? ¿Están planeando algo grande? —Se calló un momento y luego dijo—: Sí, ya lo sé. —Y luego—: Está bien. —Y por su forma de contestar supe que Dani preguntaba por mí. Riley se agitó con esa risa silenciosa suya y mis ojos se posaron al instante en sus pechos para ver si le temblaban. Pero, por supuesto, ya se había dado la vuelta, por lo que sólo le veía la espalda—. ¿Qué tal vais Bailey y tú? ¿Habéis podido solucionar las cosas?

Decidí levantarme, echarme agua en la cara aún ardiente y darle un poco de intimidad a Riley. Le rocé el trasero al pasar, lo cual hizo que pegara un leve respingo y me sonriera ligeramente.

El aire frío en la piel fue como un leve ataque. Me miré. Tenía los labios hinchados y el cuello ligeramente enrojecido. Me toqué los labios y capté el leve aroma de la piel de Riley en mis dedos. Me quería. ¿Cómo es posible?, me pregunté al tiempo que se me iba formando una lenta sonrisa en los labios. Entré de nuevo en el dormitorio y vi que Riley se había puesto una camiseta y contemplaba el océano.

—Tengo que ir a casa, Foster.

Sus palabras me dejaron consternada, aunque hacía ya semanas que había pensado que este refugio donde nos habíamos ocultado tendría que terminar en algún momento. Lo que deseaba era que no tuviera que terminar tan pronto.


Ha dicho que se tiene que ir a casa. Ahora te toca a ti decir algo, ceporra.

—¿Foster?

—Mm, sí, mm, ¿me das un minuto? —Volví a entrar en el baño con la excusa de tener que usar el retrete, pero en realidad necesitaba tiempo para calmarme. El temor que había estado rondándome por la mente desde que llegamos estaba a punto de hacerse realidad. Había pensado, o más bien debería decir esperado, que Riley se quedara todo el verano como tenía planeado en principio. Había relegado al fondo nuestra inminente separación con la tranquilidad de que teníamos dos meses para estar juntas y pensando que la idea de separarnos no haría sino echar a perder el poco tiempo que nos quedaba.

Mis dedos aferraron el lavabo mientras me miraba fijamente al espejo. Mis ojeras eran casi inexistentes y parecía que me había acostumbrado a mi corte de pelo, porque, francamente, ya no recordaba haber tenido otro aspecto. Esa expresión tensa y atormentada que se me había ido formando con los años parecía haberse desvanecido. Tenía aspecto de ser amada. Me di cuenta, con una tristeza que no puedo expresar con palabras, de que ella me hacía feliz. ¿Y ahora? Pues ahora iba a llegar el momento de tener que seguir por mi cuenta.

Me erguí, salí del baño con determinación y regresé al dormitorio que compartía con Riley. Estaba sentada en una silla cuando entré y se levantó tan deprisa que me dio un susto. No me esperaba que estuviera ahí sentada.

—¿Foster?

—Hola, cariño —dije y me hundí entre sus brazos para disimular mi incertidumbre.

—¿Por qué has huido? —preguntó, con su voz profunda apagada por mi pelo. Cerré los ojos. Su voz, cómo iba a echar de menos su voz. Me encogí de hombros para no tener que hablar—. Foster, necesito ir a casa.

Asentí con la cabeza.

—Ya lo sé. Te he oído. —Se me encendió una llamita de esperanza—. Mm... ¿vas a volver? —le pregunté mientras ella intentaba apartarme delicadamente para poder mirarme. Me negué en redondo, enganchándole la camiseta con los dedos y volviendo la cara de lado.

—Foster, ¿me miras, por favor? —Noté por su voz que empezaba a estar agitada y no quise ser la causa de ello. De modo que asentí y me aparté, esforzándome por no seguir tocándola—. Claro que volveré. Pero esperaba que quisieras venir conmigo. Sólo serían unos días. Es el cumpleaños de mi hermano y le dije que no faltaría.

—¿El cumpleaños de tu hermano? —repetí como una boba.

Riley asintió, con la frente arrugada aún por la preocupación.

—Comprendo que no quieras venir, pero sólo serían unos días y luego podríamos volver aquí. —Hablaba más deprisa que de costumbre y me costaba entenderla.

Meneé la cabeza y dejó de hablar de repente, al tiempo que de su cuerpo se escapaba un largo suspiro como el aire de un globo que se deshinchara poco a poco. En su rostro se dibujaron la decepción y el dolor, que desaparecieron tan deprisa que casi pensé que me lo había imaginado.

—¿Pero qué le diríamos a tu familia?

—Ya les he dicho que he conocido a alguien y que quería pasar un tiempo con ella antes de volver a casa.

—¿Se lo has dicho? —pregunté con tono agudo y atónito—. ¿Pero cuándo?

—Cuando estábamos en Los Ángeles.

—¿Cuando estábamos en Los Ángeles?

—Sí, se lo dije poco después de que te marcharas de mi casa enfadada por lo de la foto. Me... mm, me estaba costando respetar tu espacio, así que hice muchas llamadas a casa.

—Pero, pero... ¿cómo? ¿Cómo sabías...?

—Simplemente lo sabía, Foster. —Parecía cortada, pero segura de lo que decía—. Sabía lo que sentía, lo que quería.

No dije nada. Me quedé mirándola, atónita al ver lo fuerte que era y sorprendida de no haberme dado cuenta antes.

—No quiero poner a tu familia en peligro.

—Tendremos cuidado. Para ellos serás simplemente Foster. Alguien que he conocido en la universidad.

—Entonces, ¿saben que eres lesbiana?

Sonrió de oreja a oreja al oír eso y al instante me sentí mejor.

—Sí, desde hace ya mucho tiempo. No es un problema. —Asentí, asimilándolo todo—. Bueno, ¿te vienes? ¿Por favor? Podemos ir despacio, ya sé que las dos nos hemos...

—¿Saltado los límites? —terminé por ella, con una ligera sonrisa a la que ella reaccionó sonriendo a su vez—. Vale, me voy contigo —dije, contra mi propio criterio. La sonrisa que me dirigió bastó casi para convencerme plenamente de que había hecho lo correcto.


PARTE 10


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