Muro de silencioGabrielle Goldsby |
Observé llena de celos cuando Riley levantó a la mujer más baja en brazos, sonriendo tanto que a mí me dolió la cara. Por fin dejó a la mujer en el suelo, sin dejar de sonreír, y ante mi sorpresa, la sonrisa le fue correspondida. La rubia le pegó a Riley una palmada amistosa en el prieto abdomen.
—Le has estado dando duro, ¿eh?
Riley asintió.
—¿Qué haces aquí, Dani?
Dani se encogió de hombros, con aire cohibido.
—Quería verte, renacuajo. No te veo desde hace siglos.
Sonreí con sorna. A Riley no le iba a hacer gracia que la llamara renacuajo, de eso estaba segura. De modo que me crucé de brazos y esperé el estallido que no se produjo.
—Lo sé. Este último año ha sido demoledor. He tenido que duplicar algunas clases para no tener que quedarme otro semestre.
Cuando empezaba a sentirme un poco olvidada, Riley cogió a Dani de la mano y tiró de ella hacia mí.
—Dani, quiero presentarte a alguien.
Me di cuenta de que Dani no estaba tan entusiasmada como Riley con las presentaciones. El sentimiento es mutuo, bonita.
Así y todo, le ofrecí la mano y esperé a que me la estrechara. Por alguna razón, me esperaba que me estrujara la mano, pero no lo hizo. En cambio, me la estrechó con firmeza, con mano seca y firme, al tiempo que sus ojos azules se encontraban con los míos.
—Dani, ésta es Foster. Foster, Dani, mi mejor amiga.
—Encantada de conocerte —dije cortésmente. Lo que de verdad quería hacer era interrogarla sobre hasta dónde habían llevado su amistad Riley y ella. Seguro que yo no era la única que había jugado a los médicos con sus amigas de niña. La idea de que Riley hiciera eso con esta dinamo rubia hacía que me sintiera... en fin, traicionada.
—E-encantada de c-conocerte también.
Parpadeé sorprendida. ¿Tenía frío o qué? Su voz era tan profunda como la de Riley, si no más. Aunque la ronquera especial de Riley me encantaba, me di cuenta de que la suya también se podía considerar atractiva. Al notar que la estaba mirando fijamente, desvié la mirada hacia Riley. Ésta me miraba como si esperara que dijera algo más, de modo que me devané los sesos buscando algo sociable que decir. Apenas conseguí evitar preguntarle cuánto tiempo se iba a quedar y entonces intervino Riley.
—¿Va todo bien, Dani?
—S-sí —contestó. Ahí estaba otra vez. O esta mujer estaba nerviosísima o tenía un problema de tartamudez. Me daba igual, pero me extrañaba que Riley no lo hubiera comentado. Claro, que tampoco le he dado ocasión para que me hable de sus amigos o su familia, pensé pesarosa. Todo giraba en torno a mis problemas y a mí. Me sentí culpable por no haberle preguntado nada sobre Dani, y lo que sabía de la madre y el hermano de Riley era poquísimo. La voz seria de Riley interrumpió mis divagaciones.
—Foster, ¿te importa dejar que hable con Dani?
Riley se metió la mano en el bolsillo y me pasó un juego de llaves. Miré a mi alta amiga y me entraron tentaciones de decirle que empezara a hablar en ese momento, pero asentí de mala gana.
—Dani, me alegro de conocerte.
—Y yo a ti, Foster —dijo, esta vez sin tartamudear. Le devolví la sonrisa y, tras abrir las puertas del dormitorio, entré en el chalet. Mientras cerraba las puertas detrás de mí, el viento me trajo la voz de Riley.
—¿Qué te pasa? —la oí decir.
Aguanté las ganas de dejar la puerta abierta. Casi como para cerciorarse de que no oyera nada, un motor empezó a zumbar por lo bajo. Estaba tan oscuro cuando Riley y yo llegamos al chalet que no había podido comprobar entonces el origen de ese zumbido. Había dado por supuesto que se trataba de un generador o algo así. Ahora me di cuenta de que era un jacuzzi. Unas pequeñas vaharadas de vapor se escapaban de la ajada cubierta marrón. Seguramente lo había conectado Dani para Riley cuando vino a airear la casa. Me pregunté irracionalmente si se esperaba pillar a Riley a solas. Miré hacia la derecha para ver si conseguía divisar a Riley y a Dani, pero se debían de haber trasladado a la parte delantera del chalet, porque ya no se las veía.
Me aparté de la ventana con un suspiro y me volví para contemplar la habitación. Tenía la necesidad de hacer cosas, por lo que hice la cama y doblé mis prendas de dormir y las puse en la mesa al lado de la ropa de Riley, que ya estaba primorosamente doblada. Advertí que la cartera de Riley estaba en la mesilla de su lado de la cama. Haciendo gala de un control supremo, me aguanté las ganas de registrarla. Riley llevaba una pequeña faltriquera de neopreno que hacía las veces de cartera. La había visto sacar dinero de ella cuando nos detuvimos a poner gasolina y comprar cosas de picar. Me aparté de la pequeña faltriquera cuando me empezaron a cosquillear los dedos. No estaría bien que Riley me pillara registrando su cartera, por lo que me di el gusto en cambio de registrar los cajones. Pero me llevé una decepción: apenas había nada en ellos. Lo único que descubrí fue una sudadera, unos pantalones de chándal recortados y un par de calcetines grises de esquiar. Suspiré y miré el reloj de la mesilla de noche.
La mayoría de la gente va a una casa de campo para descansar. Pues dejadme que os diga: es una mierda de aburrimiento. Yo me había criado en la ciudad. La paz y la tranquilidad de este sitio me daban miedo. Sí, era muy bonito, pero cuando lo has visto todo, ya lo has visto. ¿Sabéis a qué me refiero?
Me fijé en que la pared tenía armarios empotrados y no pude resistir la tentación de ver lo que había dentro. Casi solté un grito de alegría al dar con un aparato de televisión y vídeo de 13 pulgadas parecido al que había en la habitación de hotel de Pete el Pistola. Al pensar en Pete, detuve mi exploración. Me pregunté si ya me habrían acusado formalmente o si todavía estarían buscándome. Dios, Marcus, espero que no sigas indagando, porque si te pillan, estás jodido, amigo, pensé mientras hurgaba en el estante de arriba en busca de un mando para encender la televisión. Mi mano pasó por encima de una especie de tarjeta plana y lisa y la saqué. Era una foto. La miré con curiosidad mientras me quitaba distraída el polvo de las manos frotándomelas en los pantalones. La foto parecía sacada varios años antes. En ella aparecía una Dani más joven y sonriente, una morena que sostenía a un bebé y un hombre vestido con mono. Todos miraban al bebé. Me pregunté si sería un retrato de familia, pero decidí que no. La pareja no parecía tener la edad suficiente para ser los padres de Dani, aunque ésta sí que se parecía un poco al hombre. Volví a dejar la foto donde la había encontrado y reanudé mi registro. Mis dedos se fueron topando con varias pelusas de polvo y deseé contar con el suministro inacabable de guantes de goma que Smitty y yo solíamos llevar en el maletero del coche, y entonces mi mano se posó por fin en el mando.
—¡Bingo! —murmuré muy contenta por lo bajo. Nunca veía la televisión. Me resultaba deprimente la cantidad de series que había ahora sobre policías. ¿Pero a quién demonios le entretenía una cosa así? Joder, lo único que yo quería era escapar de ello cuando llegaba a casa. Me costaba dormir por las noches al saber la clase de putadas que se hacían las personas entre sí. Seguramente ésa era la razón fundamental de que en realidad nunca me hubiera gustado mi trabajo. Cuando era patrullera, había visto cómo golpeaban a mi compañero en la cabeza cuando intentaba esposar a un marido maltratador. La cosa es que la mujer nos había llamado porque el hombre llevaba casi todo el día dándole de leches. Cuando llegamos, ya tenía la cara como si alguien le hubiera bailado un zapateado encima. No sé qué se pensaba que íbamos a hacer, pero cuando lo tuvimos esposado, el hombre se echó a llorar. Supongo que a ella le entró el instinto protector, porque sin hacer ni caso del niño chillón y sucio que seguro que llevaba sentado en su sillita alta ni se sabe cuánto tiempo, se puso a atizar a mi compañero. Al final tuve que pegarle un puñetazo en la cara y esposarla para que parara. De camino a la comisaría, su marido se justificó señalando que la única manera que yo había tenido de que la mujer me hiciera caso había sido pegándole un puñetazo en la cara. Los llevamos a los dos a comisaría y los encerramos por malos tratos domésticos y a ella se la acusó también de atacar a un agente. Tuvimos que acudir a esa misma casa dos veces más antes de que me ascendieran a detective.
Pulsé un botón del mando y cuando la pantalla se llenó de nieve, pulsé las flechas moradas que indicaban derecha e izquierda. Tras cambiar de canal unas treinta veces, me quedó claro que no iba a ver la televisión. Me agaché y registré esperanzada el armarito de debajo en busca de vídeos. Lo único que encontré fueron tres cisnes de cristal cuyos cuellos se retorcían elegantemente en distintas direcciones.
Riley había dicho que Dani y ella eran las únicas que venían aquí, pero los cisnes no tenían pinta de pertenecer a ninguna de las dos. Ahora bien, todo eso de los cómics tampoco les pegaba mucho.
Cerré los armarios y miré a mi alrededor. Ya había hecho la cama, de modo que no me quedaba gran cosa que hacer salvo quedarme ahí sentada como una idiota. Riley llevaba casi veinte minutos ahí fuera con Dani. ¿De qué diablos estaban hablando?
Estaba bastante segura de que Riley no le diría nada de mí, pero no podía evitar sentirme nerviosa. Mi mente seguía reflexionando sobre la misteriosa Dani cuando entré en la sala de estar para coger nuestro equipaje. Pensé que como íbamos a estar aquí un tiempo, me pondría a ordenar nuestras cosas... bueno, casi todo eran las cosas de Riley. Cuando ya me había agachado para coger las bolsas, me fijé en que había unos documentos apilados en un estante justo encima de la pequeña mesa. Entré en la cocina y los cogí. Eran guiones encuadernados, por lo que parecía. Me fijé en el título de la parte superior y luego, en el medio, el nombre de Dani Kent. Mmm, supongo que nunca firma como Danielle, sólo Dani. Me encogí de hombros y regresé a la sala de estar. Había cuatro guiones en total, cada uno de no más de unas treinta páginas. Pensé que podía empezar a leer hasta que volviera Riley. Aparté la mirada de los guiones para bajar el escalón que llevaba a la sala de estar. A través de las puertas dobles de cristal, sentadas en un banco parecido al que había fuera del dormitorio, vi a Riley y a Dani. Riley la abrazaba estrechamente y las dos tenían los ojos cerrados. Cogí en silencio una de las bolsas de Riley y la llevé al dormitorio, me senté en una silla y me quedé contemplando el vacío.
—Me pregunto si habrán tenido una pelea —dije en voz alta. No debería haberme sentido herida ni traicionada, pero así era como me sentía. Riley y yo nos habíamos besado. Era una mujer amable que estaba dispuesta a ayudarme hasta que pusiera mis asuntos en orden, nada más. Apoyé la cabeza en las manos y me tragué la decepción. No me apetecía deshacer el equipaje, de modo que me subí a esa cama ridículamente alta y me recosté en las almohadas. Deberías ver a Dani intentando subirse a este trasto. Tendría que haberme imaginado que había algo más. ¿Cómo podía? Nunca me ha contado nada de sí misma.
Cogí el guión de cómic casi sin pensar. Estaba dispuesta a zambullirme en el infantilismo de aquello sólo para conseguir sentirme mejor. Pero en cambio, acabé embelesada. El guión, así como los bocetos que había hecho Dani al lado de partes del texto, me atraparon al instante y tuve que quitarme el sombrero de mala gana ante su capacidad creativa, al tiempo que me embargaba una sensación absolutamente espeluznante, como cuando te quedas viendo una película de miedo a altas horas de la noche. Sin embargo, era pleno día, y aquí estaba yo, con los pelos de punta por lo que sucedía en un guión de cómic de veintitrés páginas. Terminé la presentación y el número uno de la serie. Arrugué el entrecejo. No quería que me gustaran, pero estaba hechizada por toda la historia y los personajes. Lo único que moderaba mi entusiasmo era el hecho de que los dos personajes podían estar basados en Dani y Riley. Sacudí la cabeza y decidí olvidarme de la vida real durante unos minutos, porque me estaba dando dolor de cabeza. Se lo preguntaría a Riley cuando entrara. Miré el reloj de al lado de la cama: ya pasaba de la una. Llevaban más de una hora hablando ahí fuera.
Cogí el segundo número y me puse a leer. En un momento dado, se me empezaron a cerrar los ojos e intenté incorporarme con ayuda de una almohada. Quería estar despierta cuando Riley entrara por fin. Pero mi cuerpo ansiaba dormir más de lo que me creía y me resultaba casi imposible seguir con los ojos abiertos. Decidí echarme una siesta rápida de quince minutos antes de leer el tercer cómic.
El ruido de una moto al acelerar me despertó. Miré el reloj y me sobresalté al advertir que ya eran casi las tres. Me incorporé y miré a mi alrededor, desorientada por un momento. La puerta de la sala de estar se abrió y segundos después entró Riley, sonriente.
—Hola.
—Hola, tú —dije, incapaz de impedir que se me notaran los celos en la voz, aunque le dirigí lo que creo que fue una aceptable sonrisa amistosa—. ¿Qué tal tu charla con Dani?
—Bien, creo. ¿Tienes hambre?
—No, estoy bien.
—¿Estás segura? Porque puedo...
—Oye, estoy bien, ¿vale? —solté y ella retrocedió con cautela.
—Vale —dijo con cuidado, como si pronunciar mal la palabra pudiera provocarme un ataque.
—Perdona. —Me sentí mal. No era culpa suya que me sintiera tan insegura—. A veces me despierto de mal humor después de una siesta larga. Rara vez consigo dormir, así que cuando lo logro, mi mente no sabe qué hacer.
—No importa —dijo Riley con su voz profunda y lenta, pero me di cuenta de que seguía un poco dolida por mi mal genio. Se sentó en la silla que estaba al lado de la puerta.
—¿Por qué ha venido Dani? —pregunté con indiferencia al volverme hacia ella.
—Necesitaba hablar conmigo.
—¿No veníais aquí en busca de paz y tranquilidad?
—No sabía que estabas aquí conmigo, si es eso lo que te preocupa.
—Ah, ¿es que no se lo habías dicho?
—No, ¿no habías dicho que querías que fuera un secreto? —Riley tenía un leve ceño que le arrugaba la frente. Me di cuenta de que no sabía dónde quería ir yo a parar con mis preguntas, y ya éramos dos.
—Es que me ha parecido raro que se presentara, nada más. Has dicho que nunca estáis aquí juntas.
—Cierto. Este sitio es para que podamos estar solas y pensar, no para socializar.
—Vale, pues a eso me refiero. ¿Por qué ha venido sabiendo que estabas aquí?
Riley apretó los labios.
—Foster, ha venido porque quería asegurarse de que yo estaba bien. —Riley lanzó un sobre blanco de banco encima de la cama, mientras hablaba con tono inexpresivo. Me recordaba al tono que empleaba cuando hablaba con desconocidos, si es que se molestaba en hablar con ellos. Me entró cierta pena de que lo utilizara conmigo.
Era evidente que quería que mirara dentro del sobre, así que lo abrí. Dentro había varios billetes tersos de veinte y cincuenta dólares. Todos ellos colocados en la misma dirección, todos absolutamente nuevos y todos con las enormes caras presidenciales cuyo propósito era impedir que pudieran ser falsificados. Pero para mí lo único que conseguían era hacer que el dinero americano fuera aún más feo de lo que ya era.
—¡Joder, Riley, aquí tiene que haber más de cinco mil dólares!
—Cinco mil quinientos —me corrigió inexpresiva mientras miraba al suelo—. Entré antes para decirte que nos íbamos al pueblo, pero estabas durmiendo.
—¿Así que tu amiga te da cinco mil quinientos dólares así como así y se larga? —Me estaba enfadando y no era por el dinero. Era por el beso, porque Riley Medeiros me había besado y en cuanto su mejor amiga apareció en escena, era como si jamás hubiera ocurrido.
De repente, pensé que Riley podía haberme besado porque le pareció que yo quería que lo hiciera. Me volvió la imagen de mí misma años antes, inclinándome para besar sin ganas a mujeres con las que había estado saliendo antes de desearles buenas noches. Cuando cerraban la puerta, mi mano, por voluntad propia, subía y me limpiaba la boca como si me hubieran pegado ladillas. Sólo había sucedido unas pocas veces, luego ni siquiera me había parado a pensarlo demasiado, pero ahora... la idea de que Riley me hiciera eso me dolía horriblemente. De repente, quise que desapareciera de mi vista.
—¿Así que te pasas la vida pidiendo dinero a tus amigos, Riley? —le pregunté mordazmente. Me esperaba rabia, tal vez uno o dos vete a la mierda, pero no la cara de pura furia que se le puso.
—Jamás le he pedido un centavo a Dani... ¡jamás!
—¿Entonces por qué coño empiezas ahora? —le grité, odiándome por iniciar la pelea, pero incapaz de detenerme y no echar más leña al fuego ardiente.
Riley se levantó de golpe de la silla y cogió su faltriquera de la mesa.
—¿Quieres saber por qué he aceptado su dinero? —Ahora tenía la voz tan profunda que casi no entendía lo que decía. Se detuvo delante de la cama y me echó el contenido de su faltriquera en el regazo. Bajé la mirada cuando su carnet de conducir, un carnet de estudiante y una tarjeta de la seguridad social, junto con diez dólares, unos cuantos centavos y un penique con una desagradable pátina verde aterrizaron sobre mi regazo.
—¡Tengo diez putos dólares, Foster! —Me sobresalté al ír la palabra "putos". Mi boca seguro que se había criado en las alcantarillas, pero jamás había oído a Riley decir ni "maldito" desde que la conocía—. ¡Eso es todo lo que tengo y seguro que son diez dólares más de los que tienes tú!
Tenía razón, pero me limité a mirarla furibunda, sin querer ceder y sin querer reconocer mis celos. ¿Alguna vez os habéis enzarzado en una discusión con alguien y os habéis dado cuenta de que no teníais razón en absoluto y que deberíais parar y pedir disculpas, pero en cambio habéis seguido porque no sabíais cómo pedir perdón? Pues creo que eso es lo que me estaba pasando a mí en ese momento, porque lo que quería era suplicarle que me dijera por qué había abrazado así a Dani cuando acababa de besarme y me tenía a pocos metros de distancia. Pero lo que dije fue...
—¿Por qué coño me besaste? —La intención de la pregunta era herir y al instante me sentí avergonzada de mí misma cuando vi el dolor de sus ojos. Quedó disimulado rápidamente, o más bien debería decir cubierto, por la rabia. Le tembló la comisura de la boca y se le puso cara de asco.
—¿Por qué querías que lo hiciera? —soltó, tras lo cual se dio la vuelta y salió a la terraza por las puertas dobles. No se molestó en cerrar la puerta. Me quedé mirándola cuando llegó al borde de la terraza, aferró la barandilla y se puso a contemplar el océano. Sopló una ráfaga de viento que le hinchó la camiseta y le provocó un escalofrío. Quería reconfortarla, decirle que era todo culpa mía y que tenía celos. Pero para hacer eso, tendría que haber reconocido mis sentimientos cada vez más fuertes por ella. No estaba preparada para eso. ¿Por qué quería que me besara?
Me bajé de la cama y entré en el cuarto de baño, cerrando la puerta con pestillo al pasar. Me senté en el retrete tras bajar la tapa y me metí los dedos por el pelo, extrañamente corto. Estaba hecha un desastre y lo estaba pagando con Riley. Quería algo que jamás había tenido. Para mí, una amante fiel era como un mito. Algo que las lesbianas deseaban y aseguraban tener, pero que en realidad nunca tenían. Había visto a Stacy y a su novia haciéndose carantoñas en público y, en cuando la novia se iba, Stacy le tiraba los tejos a otra. Conocía a varias mujeres que se comportaban como si estuvieran unidas a sus parejas con un puto cordón umbilical porque tenían demasiado miedo de dar un paso solas. Se juraban fidelidad cuando hasta la última de ellas quería en secreto más de lo que estaba dispuesta a compartir con la otra. Yo nunca había querido eso. Había estado contenta con mi soledad hasta entonces. Hasta que apareció ella.
Oí que las puertas del dormitorio se cerraban y luego nada. Entonces oí el ruido de las botas de Riley al pasar por el dormitorio y entrar en la sala de estar. Me levanté rápidamente y abrí el grifo de la ducha justo antes de oír un golpecito leve en la sólida puerta del baño.
—¿Foster? —llamó suavemente, pero no contesté. Y lo cierto es que si hubiera estado en la ducha, seguramente no la habría oído. Esperé a ver si iba a seguir llamando, pero no lo hizo. Volví a sentarme en el retrete, con las manos encima de la cabeza como para protegerme de un derrumbe. ¿Me había imaginado la tristeza de su tono? Quería hablar con ella, pero tenía miedo de cometer una estupidez, como decirle la verdad.
Me levanté, me quité la ropa, que era la de Dani, y me metí bajo las agujas del agua. Me quedé así, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, hasta que el agua se puso tibia y por fin casi helada. Cerré los grifos y me quedé escuchando. No oí nada, de modo que salí, cogí una de las toallas azul marino del estante y me sequé. No me molesté con el pelo: lo tenía tan corto que no tardaría nada en secarse. Paseé la vista por el pequeño cuarto de baño, que ahora estaba lleno de vapor, y, tras limpiar el espejo, me miré.
No me gustó mucho lo que vi. ¿Desde cuándo era tan insensible? Gruñona tal vez sí, pero no directamente cruel. Había hecho daño a Riley de verdad. Tal vez había herido su orgullo y yo, mejor que nadie, sabía lo mal que sentaba eso. Respiré hondo y decidí hacer frente a los hechos. Mi ropa de antes estaba húmeda por el vapor y no quise volver a ponérmela, de modo que me envolví la toalla con firmeza alrededor del pecho y abrí la puerta. El aire frío acarició mi piel aún húmeda e inhalé bruscamente, luego salí al pasillo y miré en la sala de estar y el dormitorio, dando incluso unos pasos hacia la derecha para cerciorarme de que Riley no estaba en la cocina.
Entré en el dormitorio y vi que el sobre del dinero seguía encima de la cama donde lo había lanzado Riley. Pero su faltriquera con su carnet de conducir y el cambio había desaparecido. Entré rápidamente en la cocina y miré por la ventana. El coche de Riley ya no estaba. Sentí una punzada de miedo y tristeza y entonces se me ocurrió ir a buscar sus cosas. Entré a toda prisa en el dormitorio, sin molestarme ya en sujetar la toalla contra mi cuerpo desnudo, y vi con alivio que su equipaje seguía allí. Con cierta curiosidad, conté rápidamente el fajo de billetes de la cama. Riley había dicho que había cinco mil quinientos, por lo que se debía de haber llevado por lo menos trescientos. Suspirando, decidí vestirme. Me puse mis vaqueros y una de las sudaderas de la universidad de Riley. Me sentí culpable por hurgar en su equipaje, pero me había dicho que cogiera lo que quisiera. Pero no sabía si aún podía hacerlo. Aparté esos pensamientos, salí y me senté en el borde de la terraza.
Realmente era un sitio precioso. Ni siquiera recordaba si le había dado las gracias debidamente por traerme aquí. El dolor sordo que se me había ido acumulando en el pecho era ahora demasiado fuerte para negarlo. ¿Por qué le he dicho esas cosas? ¿Por qué no he podido cerrar la puta boca y alegrarme porque Dani se ha ido y yo sigo aquí? ¿Por qué me ha besado?
¿Ha sido porque siente algo por mí o ha sido porque pensaba que yo quería que lo hiciera?
Cruzando los brazos delante del pecho, me eché hacia delante como cuando era niña y no quería entrar para coger un abrigo. Jo, ahora no tenía abrigo. Como había dicho Riley, no tenía nada y ella no tenía mucho más. Suspiré apesadumbrada. Si la situación hubiera sido al contrario, yo habría hecho lo mismo. Habría hecho lo que hubiera hecho falta para cuidar de Riley. Stacy había dicho que Riley había desempeñado dos trabajos y que se había pagado la carrera ella sola. Claro que nunca habría aceptado dinero de nadie si hubiera estado sola, pero me tenía a mí... intentaba cuidar de mí. Su generosidad me producía más dolor. Yo nunca me había desvivido por nadie. No habría pedido dinero prestado a nadie, salvo para mí misma. Creo que mi forma de ser era más corriente que la de Riley.
—Maldita sea, Riley. ¿Por qué no puedes ser como todo el mundo? —dije en voz alta. Pero la pregunta se alejó con el viento cada vez más racheado. Levanté la mirada justo en el momento en que Riley entraba marcha atrás por la grava de al lado de la casa. Quise acercarme a ella, pero me contuve, diciéndome que debía dejarla en paz. La oí subir a la terraza, oí el crujido de una bolsa de papel cuando dejó de andar. Tenía la necesidad de volverme y mirarla porque sabía que ella me estaba mirando a mí, pero no hice caso de ese impulso y continué contemplando el Oceáno Pacífico. Hizo dos viajes más del coche a la casa y por fin oí que sus pasos se acercaban por detrás. Se sentó a mi lado y ninguna de las dos habló mientras el viento soplaba a nuestro alrededor como un fantasma que jugara con nuestro pelo.
—Ni siquiera tienes zapatos, Foster. —Su tono era suplicante, como si tuviera que darme explicaciones.
—Lo sé. —Esperaba con todas mis fuerzas que no pensara que me debía explicaciones, porque esto me dolía más que una patada en las costillas. Qué manera de cagarla.
—Yo... —Tenía la voz áspera. Debió de pensar lo mismo, porque se detuvo para carraspear—. Lo siento. No quiero seguir peleando —dijo y noté que algo me daba un golpecito en las manos entrelazadas. Bajé la mirada y vi el paquete rojo y amarillo de un Slim Jim doble y luego miré a Riley, que seguía contemplando el océano.
Le cogí el Slim Jim, aferrándolo con fuerza en la mano, y luego lo dividí por la perforación y le ofrecí la mitad. Meneó la cabeza.
—Es para ti.
Pensé que era la cosa más dulce que podía haber hecho y me sentí como una cobarde de primera. Ni siquiera pensaba que Riley supiera lo que era un Slim Jim.
—No tienes por qué sentirlo, Riley. No has hecho nada malo. Ha... ha sido todo culpa mía.
No respondió, de modo que, como una niña a la que se le hubiera dado una piruleta para que dejara de llorar, emprendí la difícil tarea de abrir el Slim Jim con los dientes. La verdad es que no tenía hambre, pero así tenía algo que hacer mientras esperaba a que dijera algo. O a lo mejor ella estaba esperando a que dijera algo yo. Di un bocado al picante tentempié y mastiqué enérgicamente.
—¿Por qué querías que te besara?
—¿Eh? —Ese "eh" fue más una reacción que otra cosa. La había oído, pero eso me daba tiempo para pensar mientras lo repetía.
—En la playa, querías que te besara. ¿Por qué?
—No lo sé, me pareció que estaba bien en ese momento —dije torpemente y, al ver la expresión de decepción que no conseguía disimular, me desdije—. Sólo quería que me besaras. La verdad es que no me paré a pensarlo, es simplemente... lo que me apetecía.
—¿Te gustó el beso del club? —preguntó, y fruncí el ceño. ¿Por qué parecía tan insegura? Jo, si no hubiéramos tenido público, seguro que habría acabado de rodillas con el culo al aire, como una gata en celo.
—Me encantó el beso del club. —De repente, fui yo la que se sintió insegura—. ¿Y a ti?
—Sí, me... sí, mucho.
Asentí y me tragué el pedazo de carne que tenía en la boca. De repente, se me ocurrió que me estaba poniendo muy poco besable al comerme el Slim Jim. De hecho, deseé que el viento cambiara de dirección, porque estaba segura de que Riley estaba siendo víctima de mi halitosis en ese mismo momento.
—Bien, a mí también.
Si se sentía como yo, seguro que deseaba tener una hoja de papel a rayas con unos cuadritos donde dijera: ¿Te gusto? Tú me gustas. Marca sí o no.
—Cuando... cuando estábamos en la playa, me miraste como... bueno, como si no comprendieras por qué pensaba que me ibas a besar —dije expresándome fatal, tras lo cual di otro bocado a mi tentempié casi acabado y me estremecí. Era un intento penoso de averiguar si le interesaban o no las mujeres, pero qué demonios, no estaba yo en plenitud de facultades en ese momento.
Riley se acercó un poco más a mí, casi como sin darse cuenta de que lo hacía.
—Creía que no te interesaba hacerle arrumacos a una bestia.
Me atraganté con la carne seca. Con un ceño de preocupación, se puso a darme palmadas en la espalda hasta que se me pasó. Con los ojos acuosos y la voz más débil de lo normal, pregunté:
—¿De dónde demonios te has sacado eso?
Levanté la mirada y vi que contemplaba el mar con aire hosco.
—Riley —dije suavemente y le volví la cara hacia mí. Me aguanté las ganas de volver a besarla cuando sus ojos se clavaron en mis labios—. ¿Dónde has oído eso?
—Lo dijiste tú, Foster.
—¡No es cierto! —Su mirada de incredulidad me obligó a explicarme—. Sí que lo dije, pero no me refería a eso.
Apartó la mirada de nuevo y me erguí. Parecía dolidísima.
—¿Quién te dijo eso, Riley, fue Stacy? —No me contestó y tuve que alzar la voz por encima de las ráfagas de viento. Una vez más, le volví la cara para que me mirara—. Riley, ¿quién te dijo que yo había dicho eso?
—Nadie. Te vi decirlo en Secretos.
—¿Me viste? —Fruncí el ceño y entonces volví a verme a mí misma hablando con Stacy y mirando a Riley por los espejos de Secretos—. ¿Me leíste los labios?
Asintió y le solté la barbilla y dejé que volviera a contemplar el mar.
—Riley. —Me detuve porque seguía sin mirarme—. Riley, por favor. —Volví a agarrarla de la barbilla y le di la vuelta, probablemente con más fuerza de la necesaria. Sus ojos se encontraron frenéticos con los míos mientras el aire del océano soplaba a nuestro alrededor, gimiendo con fuerza al pasar por la rocosa zona. Sus ojos se clavaron en mis labios y, cuando abrí la boca para disculparme, una serie de preguntas que se me deberían haber ocurrido antes cayó sobre mí con la fuerza de un martillo pilón.
La voz profunda y sin inflexiones de Riley, su costumbre de mirarme los labios, su capacidad para leer los labios y hasta su admiración por Lou Ferrigno. Una vez lo vi en televisión hablando del culturismo que practicaba y de su sordera. Aunque la forma de hablar de Riley no era tan característica como la de él, sí que había algo ahí. A mí me encantaba su voz. No tenía motivos para preguntarme por qué era así.
Se me escapó un sollozo de la garganta antes de que pudiera detenerlo y luché por conservar la calma. Riley se puso a mover la cabeza de un lado a otro, como para negar la pregunta que todavía no le había hecho. Alargó la mano y yo la agarré por los bíceps para detenerla. Los músculos que tenía bajo las manos se tensaron como si se estuviera preparando para recibir un golpe.
—Foster, cálmate, por favor, no llores —la oí decir como a lo lejos, pero sacudí la cabeza.
Levanté las manos y sujeté la cara de Riley. Quería saberlo y no iba a dejar que se escapara sin decírmelo.
—Riley. —Intentó soltarse, pero le sujeté la cara con fuerza mientras repetía su nombre. El viento le había soltado el pelo de su cuidada trenza y parecía asustada y desaliñada. Me empezaron a caer las lágrimas sin control por las mejillas cuando noté que dudaba. Por fin, pregunté—: Riley... ¿me oyes?
Asintió, pero le resbalaron dos lágrimas por las mejillas y supe que había más de lo que me estaba diciendo. ¿Me lo estaba ocultando? No tenía motivos para hacerlo. Sentía afecto por ella, jamás le... "¿Es que estás sorda o qué?" Lo oí como si lo estuviera diciendo en voz alta de nuevo. El dolor de sus ojos era casi tangible y lo había causado yo. Le supliqué en silencio que me perdonara, aunque yo misma jamás me lo perdonaría. Su cuerpo se empezó a estremecer en silencio y la estreché entre mis brazos lo mejor que pude mientras ella lloraba sin hacer ruido.
Me pegaban para ver si me hacían gritar. Yo nunca gritaba.
Lloré con más fuerza, hundiendo la cara en su camiseta. Al contrario que ella, yo lloraba con enormes y desgarrados sollozos.
—Lo siento muchísimo, cariño. Por favor, no llores —susurré, porque tenía la garganta demasiado cerrada para hablar más alto, y entonces lloré aún más, porque no sabía si me había oído.
No soy tocona por naturaleza, pero en ese momento, en ese día, sentía la necesidad de estar lo más cerca de ella que me fuera posible. Me aferraba a ella como nunca me he aferrado a nadie en toda mi vida y ella parecía sentir también esa necesidad. De vez en cuando, una de nosotras se echaba a llorar y la otra le secaba las lágrimas. Por fin, con un suspiro que le estremeció todo el cuerpo, Riley empezó a hablar.
—No quiero que pienses que me avergüenzo, Foster. No es así. Soy dura de oído, desde siempre.
—Ojalá lo hubiera sabido.
—¿Por qué? ¿Habría cambiado algo?
—No. —La miré de frente—. Riley, cuando hablaba con Stacy me refería a mí misma, no a ti. Reconozco que dejé que creyera que me refería a ti porque... bueno, es que no quería que intentara ligarme. Esa noche estaba demasiado cansada, sabes... era más fácil dejar que pensara eso, pero tienes que creerme. Lo que quería decir era quién querría estar conmigo. Ya sé que puedo ser una idiota, pero jamás...
—Siento no habértelo dicho. Es que nunca había un buen momento para sacar el tema —dijo.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —Me acerqué, atrapé un mechón suelto de su pelo y se lo coloqué detrás de la oreja.
—Claro —dijo, y sonrió al tiempo que yo volvía a ponerle la mano en el muslo.
—Me preguntaba... mm... ¿por qué no llevas un audífono? —Tragué saliva. No quería que pensara que me estaba metiendo donde nadie me llamaba.
—Antes lo llevaba, pero —se llevó la mano a la oreja izquierda y sonrió como para tranquilizarme antes de seguir—, aquí no hay nada, Foster. Tengo una pérdida del cien por cien en este oído. Tenía que llevar el aparato en el derecho. Lo que hacía era amplificar el sonido, pero no me gustaba. No sabía de dónde venía el sonido y me sentía desorientada todo el tiempo... Dejé de llevarlo hace ya unos años y creo que me va mejor.
Asentí indicando que lo comprendía y me sorprendí cuando continuó.
—Perdí el oído cuando era bebé. Mis padres no se enteraron hasta que fue demasiado tarde. Cuesta darse cuenta con un bebé. Ahora se sabe más sobre estas cosas, pero en aquel entonces era más corriente no llevar a un niño al médico por una simple fiebre. Me puse bien y... —Riley dirigió la mirada hacia el agua y me fijé distraída en que el sol estaba bajando, dejando una imagen distorsionada que relucía en el océano como el espejo de una caseta de feria.
—De pequeña, me costaba mucho... enunciar. Mi padre me decía que tenía que practicar, pero cuando murió, nadie siguió ocupándose. Así que dejé de hablar bastante. Era más fácil. La gente... los niños, sobre todo, se metían conmigo por mi forma de hablar. Y cuando murió, no quedó nadie con quien quisiera hablar.
—¿Qué hizo que eso cambiara? —le pregunté, colocando la mano encima de la suya para evitar que se tironeara de la escayola. Estaba bastante segura de que, en algún momento, se la iba a arrancar, tanto si tenía la mano curada como si no.
—Dani —dijo simplemente y en su rostro apareció una sonrisa. Le sonreí a mi vez, aunque una pequeña parte de mí deseaba haber sido yo quien la ayudara. Lo siento, pero los celos no mueren sin más. Al menos no en mi caso. Pero sí que pasan a un estado adulto y aunque todavía sentía celos de la sonrisa que le iluminaba la cara, una pequeña parte de mí se sentía agradecida. Era la cosa más pavorosa que había sentido en mi vida—. Cuando me mudé al condado de Marin, decidieron meterme en una clase de enunciación diseñada para niños con problemas de oído y de habla. Así conocí a Dani. Estábamos metidos todos juntos en una sola clase.
Asentí al ver que mi anterior observación resultaba ser cierta.
—He notado que tartamudea.
—Pero ahora lo controla muy bien, sólo tartamudea cuando está nerviosa.
Recorrí el brazo de Riley con el dedo y volví a bajar. Dios santo, la estoy tocando como si tuviera todo el derecho y a ella no parece importarle. Y menos mal, porque no creo que pudiera dejar de hacerlo.
—¿Qué motivo tenía para estar nerviosa?
Riley se movió y me miró.
—Estaba algo nerviosa por conocerte, supongo.
Parpadeé, pues no me esperaba esa respuesta.
—Ah. —Mi mano se detuvo cuando me di cuenta de que mis dedos, sin que yo fuera consciente de ello, se habían colado por debajo de la manga de la camiseta de Riley. Con el mayor disimulo posible, bajé la mano y la posé sobre la suya, que ahora estaba apoyada en mi rodilla. Me apretó un poco el brazo—. ¿Por qué estaba nerviosa por conocerme? —me acordé por fin de preguntar.
—Supongo que porque le había dicho que por fin había conocido a alguien especial que me encantaría que viniera aquí conmigo algún día.
No lo pude evitar, me quedé boquiabierta al oír eso. Cerré la boca de golpe cuando ella apartó la vista, abochornada. Este rollo de la sinceridad no era lo mío. No sabía si debía confesarle que lo que había dicho me emocionaba o si debía hacerme la tonta. La mera idea de hacerme la tonta casi me hizo sonreír. Me controlé, por supuesto. Con nuestro historial, era más que probable que Riley pensara que me estaba riendo de ella y volveríamos a estar como al principio.
—¿Cuándo le dijiste eso? —pregunté para darme tiempo para pensar.
—Después de que te fueras tan furiosa del cine. Sabía que necesitabas un tiempo, por eso me mantuve alejada, pero le pregunté a Dani si podía usar la casa porque...
—¿Porque?
—Bueno, tenía pensado tomarme unos meses de vacaciones antes de empezar a trabajar. Sabía que estabas muy estresada, así que pensé que a lo mejor te apetecía venir aquí conmigo... mm... sin conseguías un permiso.
Me aparté de ella.
—¿Quieres decir que incluso entonces me ibas a pedir que viniera aquí contigo? —Le solté la mano y me pasé la mía por el pelo. Todavía me sorprendía tener tan poco, pero debo reconocer que prefería con creces llevarlo corto, por lo fácil que me era arreglármelo.
—Bueno, como he dicho, de todas formas iba a pasar aquí unos meses y pensé que a lo mejor a ti también te apetecía venir. ¿Te pasa algo, Foster?
—No... es que pensaba que me habías traído aquí porque tenía problemas. Me he estado sintiendo culpable. —Me callé al levantar la mirada y ver que me estaba mirando los labios. Dios, me pregunté si acabaría acostumbrándome a eso al tiempo que un estremecimiento me bajaba por el pecho directo a la entrepierna—. Creía que te habría apetecido estar aquí a solas o con Dani.
—¿Por qué pensabas que querría estar aquí con Dani? Es mi mejor amiga, Foster. Es como una hermana para mí. Soy prácticamente la única lesbiana de los alrededores con quien Dani no se ha acostado.
Oh, Dios mío. Riley ha pronunciado la palabra L.
—Riley, ¿acabas de decir que eres lesbiana? —Me sonrió desconcertada. Creo que empezaba a poner en duda mi cordura.
—Sí, eso creo. —Siguió mirándome, enarcando una ceja.
—¿En serio lo eres? —pregunté como una tonta.
—¿Si soy qué? —Ahora sonreía plenamente.
—Les...
—Les... bi... a... na —enunció por mí y yo asentí mirándola con ojos de búho—. Pues claro, Foster. ¿Es que las mujeres hetero te tiran los tejos muy a menudo?
Me planteé decirle que sí, pero decidí no hacerlo. Además, la pregunta me hizo pensar en Monica, lo cual me entristeció. Ojalá pudiera ponerme en contacto con ella de algún modo, pero no quería arriesgarme en absoluto. Seguro que el jefe James estaba atento para ver si me ponía en contacto. Por fin capté algo que había dicho Riley.
—¿Me estabas tirando los tejos? ¿Cuándo? —Pensé que a Riley le convendría trabajarse un poco sus métodos, porque en ningún momento desde que nos conocíamos la recordaba tirándome los tejos, ni a mí ni a nadie más, si vamos a eso.
—Bueno, quería pedirte que salieras conmigo, pero parecía que estabas pasando una mala racha y luego cuando empezaste... bueno, ya sabes, con tanto beber... —Te quité las ganas, ¿verdad? —Intenté quitarle importancia riendo, pero me sentía más que avergonzada de mi comportamiento.
—No, no me quitaste las ganas. Es que no pensé que pudieras estar interesada en mí. Después de lo que creía que habías dicho. Y tenías muchas cosas encima.
—¿Pero por qué estabas tú interesada en mí? —Ahora fui yo la que se puso a tironear de su escayola, hasta que me cubrió la mano para detenerme.
—No lo sé, porque sí. Aunque la cosa cambió. Al principio me atraías, luego pensé que podías tener problemas. Sentí mucho respeto por ti por pedirme disculpas aquella noche. Ya tenías suficientes cosas encima sin tener que ocuparte de mí.
—¿Riley? Sigo sin entenderlo.
Riley miró nuestras manos. Qué distintas eran. La mía era mucho más clara que la suya, y más pequeña. Vi cómo me rodeaba los dedos con las manos y tuve que echarme hacia delante para oírla.
—Lo supe desde el primer momento en que te vi. Supe que me necesitabas. Lo sentí aquí. —Se tocó un punto encima del corazón—. Te vi —dijo. Sonrió y sus palabras me dieron tanto miedo e inseguridad que por un instante estuve a punto de levantarme de un salto y echar a correr. Pero sólo por un instante—. Lo que dije anoche, lo dije en serio, Foster. De aquí no me muevo.
Asentí y aparté la mirada. ¡Dios mío, no era un sueño! Sus suaves palabras cayeron sobre mí como una cálida caricia. Me iba a hacer llorar otrar vez.
—Creía que era un sueño —dije, riendo nerviosa—. Creo que estoy un poco...
—¿Asustada?
—Sí —reconocí con una sonrisa tensa.
—Yo también.
—Riley, tienes que saber que esto... que estoy metida en un lío muy serio.
—Lo sé. Sólo quiero que nos des una oportunidad.
—¿Una oportunidad? —repetí tontamente. Tiró de mí y hundí la nariz en su camiseta, como había hecho por la mañana—. No puedo fingir que mi vida no es un desastre. No puedo hacerte eso.
—¿Por qué no? —preguntó suavemente.
—¿Por qué no qué? —Llevada de mi irritación por no poder llevar una vida normal con alguien, levanté la voz.
—¿Por qué no puedes fingir? Yo te acepto tal y como estés.
—Riley... —Me tragué el nudo que tenía en la garganta y levanté la mano para volverle la cara hacia mí—. Riley, no puedo quedarme mucho tiempo contigo, eso lo sabes. No puedo correr el riesgo de que nos encuentren juntas.
—¿Cuánto te puedes quedar?
—No lo sé —le dije con sinceridad—. No tanto como para que averigüen dónde estoy.
—Entonces, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Sí, lo que sea. Eso te lo debo.
—No me debes nada, Foster. Sólo quiero tu amistad. Si no quieres... si no puedes estar conmigo, lo comprendo, pero... ¿puedo preguntarte una cosa? —repitió, como si tuviera miedo de hacer la pregunta de verdad.
—Sí, pregunta.
—Si todo esto no estuviera pasando, ¿me... saldrías conmigo?
—Sin la menor duda —le dije con sinceridad. Aunque una parte de mí se preguntó si me habría tomado su bondad como lo que era: un deseo auténtico de ayudarme. ¿Habría venido aquí si me lo hubiera pedido? No, seguro que no. Fue una revelación demoledora que me cortó el aliento. Saber que podría haberme perdido la oportunidad de pasar un tiempo con Riley era casi demasiado doloroso de pensar.
—¿Foster?
—Oh, perdona. ¿Decías algo?
—He dicho que te ruge el estómago. ¿Tienes hambre?
Mi estómago aprovechó ese momento para contestar por mí y le guiñé un ojo, intentando aliviar la tensión.
—Creo que eso ha sido que sí.
Me ofreció la mano sana y yo la acepté agradecida y dejé que me levantara. Subí a la parte más alta de la terraza y me volví para preguntarle qué había traído para cenar. Al estar más alta, quedé a la altura de sus labios. Los entreabrió y se los humedeció una vez antes de morderse el inferior, como para impedir que le temblara. Funcionó, pero no sin que yo captara su nerviosismo.
—Un poco desconcertante, ¿verdad?
—Sí. —Su tono era suave y con un matiz de jadeo que me hizo sonreír.
—Tú me lo haces mucho —dije al tiempo que tiraba de ella hasta la terraza y nos encaminábamos cogidas de la mano hacia la casa.
—Eso no es cierto —dijo con la cara muy seria. Me detuve nada más pasar por la puerta y ella se volvió y me miró interrogante.
—Lo dices en broma, ¿verdad?
—¿El qué? —preguntó.
—No veas cómo me miras los labios cuando estoy hablando contigo. Como si quisieras devorarlos o algo así.
El estremecimiento que le recorrió el cuerpo me indicó que se estaba riendo de mí. La seguí al interior de la pequeña cocina donde había dejado seis o siete bolsas en la encimera y la mesa.
—Ya.
—Oh, por Dios, Riley, me miras los labios todo el tiempo.
—Vale. —Metió la mano en una de las bolsas, pero seguía mirándome cuando sacó una enorme bolsa de plástico en la que había algo de aspecto asqueroso—. La próxima vez que te... mire los labios, dímelo, ¿vale?
—Muy bien, listilla.
Riley me puso los ojos en blanco y luego miró dentro de la bolsa.
—Bueno, ¿qué quieres comer?
Miré lo que había dentro de las bolsas.
—¿Has traído platos preparados? Podría con tres o cuatro. —Eché un vistazo indiferente por la cocina hasta que advertí que no había microondas. Mierda, iba a tener que esperar de cuarenta y cinco minutos a una hora para poder comer. Metí la mano en una de las bolsas y me puse a hurgar. Sonreía de oreja a oreja y no era sólo por la comida. Lo curioso era que, aunque se me buscaba por asesinato, estaba sin blanca, tenía que ocultarme y hasta había hecho todo lo posible por disfrazarme, me sentía más feliz de lo que me había sentido en años. Mi mano enganchó una bolsa de plástico y la sacó. Contemplé la calabaza amarilla y luego miré a Riley, que seguía sacando cosas de las bolsas—. Esto es broma, ¿verdad? No nos vamos a comer esto, ¿a que no?
Se limitó a sonreír, encogiéndose de hombros.
Ya, seguro, tiene que ser una broma.
Riley y yo llegamos a un compromiso. O al menos yo llegué a un compromiso y me comí lo que me apetecía. Ya eran casi las diez de la noche cuando por fin nos sentamos a cenar. Ella había preparado dos grandes filetes a la plancha y había metido un par de patatas en el horno. Grité de alegría cuando me dijo que me había traído crema agria y mantequilla para acompañarlas. Hice un gesto de asco al ver las verduras variadas que había rehogado, pero las moví con decisión por el plato hasta que dio la impresión de que me había comido por lo menos parte.
Me recosté en la silla, satisfecha. Había dejado el plato vacío, aparte de las verduras esparcidas, mientras que a Riley todavía le quedaba la mitad del filete y casi toda la patata reseca. Miré su carne con interés, pero me distraje cuando Bud se puso a correr a cien kilómetros por hora por toda su jaula.
—Oye, ¿crees que podríamos comprarle otra bola? Seguro que le encantaría correr por aquí.
—No lo sé, Foster, aquí no hay un centro comercial. Son sobre todo restaurantes y tiendas de recuerdos.
—Ah —dije decepcionada.
—Siempre podríamos encargarla por Internet.
—Ah, sí, tu portátil. Se me había olvidado. —Como me sentía envalentonada por nuestra charla, decidí preguntarle al respecto—. Riley... mm... ¿de dónde lo has sacado? O sea, son algo caros.
—Me lo compró mi madre como regalo de licenciatura adelantado. Me ha venido bien para hacer mis trabajos finales. Antes tenía que levantarme temprano y usar los de la biblioteca antes de clase. —Riley recogió nuestros platos y entró en la cocina. Una madre que no prestaba atención a su hija, pero que le compraba un portátil para que no tuviera que usar los ordenadores de la biblioteca. Me parecía un poco raro. ¿Pero a quién quiero engañar? A mí misma se me había ido un poco la olla tras la muerte de Smitty, así que no debía sorprenderme que a la madre de Riley le hubiera pasado lo mismo cuando murió su marido. Por lo poco que me había dicho Riley sobre él, era evidente que era un gran padre. Y a juzgar por lo atenta que era su hija, era razonable pensar que habría sido un marido maravilloso.
—Qué gran detalle por su parte.
—Pues sí. —Riley sonrió muy contenta—. Lo eligió Brad, que es muy bueno con los ordenadores. Lo compramos por Internet. Es de segunda mano, pero Brad consiguió añadirle una serie de cosas y es mejor que algunos de los nuevos.
—Tu madre debe de estar muy orgullosa de ti. —Riley se encogió de hombros y se dio la vuelta. Me di cuenta de que había cruzado una especie de barrera invisible y decidí cambiar de tema—. ¿Dónde aprendiste a cocinar así?
—Tenía que aprender o quedarme sin comer —dijo, y volví a captar esa corriente subterránea de rabia que emanaba de ella y que parecía fuera de lugar, pero no quise indagar. Me gustaba la nueva facilidad de trato que teníamos. Vi que bostezaba mientras lavaba uno de los platos.
—Oye, debes de estar agotada. —Miré el reloj colgado encima de la mesa y vi que eran casi las once. Me levanté, cogí el vaso del que había estado bebiendo y fui hasta ella—. ¿Qué tal si dejas eso y te preparas para irte a la cama?
Sonrió ligeramente y cerró el agua.
—Gracias, sí que estoy cansada, pero... antes quiero ducharme.
Asentí y pasó a mi lado rumbo al cuarto de baño. No logré apartarme y me rozó al pasar. Se le puso la voz notablemente más profunda al pedirme perdón distraída y siguió adelante a toda prisa. Sonreí. Bueno, al menos no soy yo la única que padece de pensamientos impuros. Me volví hacia el fregadero y me puse a lavar los platos. Probablemente yo también tendría que darme una ducha antes de meterme en la cama, y bien fría. Aunque con ésa ya serían tres en un día, eso no era un récord para mí. Me gustaba ducharme cuando necesitaba pensar y algo me decía que me iba a dar muchas más duchas antes de que Riley y yo nos separáramos. Me quedé contemplando sin ver la acuarela colgada encima del fregadero. Me iba a ir a la cama con Riley. Cerré los ojos. Ni me había planteado la idea de acostarme de verdad con Riley. Ya me había costado bastante dormir a su lado cuando pensaba que no sentía nada por mí, pero ahora... joder, y luego hablan de torturas.
Terminé de fregar los platos, entré en el dormitorio y saqué una camiseta y pantalones cortos limpios. Riley seguía en la ducha y yo no tenía nada que hacer más que esperar a que acabara, de modo que me puse a fisgar de nuevo. No encontré nada de interés y cuando me estaba planteando acercar una silla al armario para ver qué podía estar oculto en lo alto, advertí que la ducha había parado.
Riley salió del baño, seguida de una nube de vapor como una aparición. Se estaba secando el pelo con una toalla y mirando al suelo, por lo que tuve unos segundos para observarla sin que lo supiera. Llevaba una camisa blanca de algodón púdicamente abotonada, salvo por un botón que faltaba en el cuello, y unos pantalones cortos de pijama de color gris. Decidí que parecían abrigosos y cómodos y que a la menor oportunidad me los iba a quedar.
Parpadeé cuando me di cuenta de que me estaba mirando.
—¿Eh? —dije como una idiota.
—He dicho que es todo tuyo.
—Ah, vale. —Recogí rápidamente la ropa y me metí directa en el baño. Tuve cuidado de no mirarla de nuevo, por temor a que se estuviera riendo de mí.
Cerré la puerta del baño y empecé a desnudarme. Aspiré el aroma del champú de Riley y cerré los ojos. Me iba a costar estar tan cerca de ella y no poder tocarla. Suspirando, me metí en la ducha y abrí del todo los tres chorros. Pensé un momento en poner el agua fría, pero llegué a la conclusión de que seguramente no me serviría de mucho. De modo que me conformé con lavarme deprisa y vigorosamente las partes pudendas y el pelo antes de cerrar el agua de mala gana y secarme con una toalla. Presté especial atención a mis dientes y hasta usé el hilo dental, cosa que por lo general me obligaba a hacer una vez por semana. Vale, reconozco que estaba matando el tiempo porque quería que Riley estuviera dormida cuando saliera del baño. Ya era casi medianoche y estaba agotada, por lo que pensaba que ella debía de estar aún más cansada que yo.
Por fin me quedé sin nada más que hacer, de modo que abrí la puerta y entré en el dormitorio, advirtiendo que las sábanas estaban apartadas, pero no había señales de Riley. Sonaba música en el aparato y por una vez el cielo estaba despejado y negro a través de las puertas dobles de cristal. Rodeé la cama para mirar fuera y estuve a punto de chillar cuando Riley, que había estado agachada delante del aparato de música, se levantó.
—Jo, Riley. Qué susto me has dado —dije, con cierto exceso de volumen, llevándome la mano al pecho.
—Lo siento —dijo con seriedad, con un tono mucho más bajo que el mío, lo cual hizo que mi exclamación pareciera aún más estentórea. Miró el aparato de música y luego de nuevo a mí—. Dani ha dejado unos CDs.
Me di cuenta por primera vez de que sonaba una canción de Janet Jackson. Era un CD que yo misma tenía, o había tenido, pues estaba segura de que nunca conseguiría volver a mi apartamento.
—Me gusta ese CD.
—A mí también. ¿Quieres bailar conmigo, Foster?
—¿Bailar contigo? —repetí.
—Sí.
Se acercó a mí y, sin esperar respuesta, me rodeó con los brazos y me pegó a ella. Yo seguía un poco pasmada, de modo que me quedé allí parada un momento hasta que empecé a relajarme entre sus brazos. Hasta se movía bien. Tampoco es que lo que hacíamos fuera tan complicado, pero me di cuenta de que si quería, seguro que Riley se sabía defender en la pista de baile. Pegué la cara a su camisa y aspiré. No sé cuándo me había entrado la costumbre de olerla, pero cada vez era más adicta. De repente, cobré conciencia extrema de la mano cálida que tenía apoyada en mi espalda y que se movía acariciándome tranquilizadoramente. Tuve que resistir físicamente las ganas de gemir. Me fundí con ella y me abrazó estrechamente. No sé cómo me sentía porque era casi intangible. Una ligera presión en la espalda, sus rodillas se doblaron un poco y en mi entrepierna prendió una llamarada de excitación cuando de repente nuestra diferencia de estatura pasó a ser una ventaja en lugar de un inconveniente.
—Foster, quiero besarte. Sólo un beso y un baile, nada más. No tenemos que hacer nada más. —Parecía muy sencillo, hasta que miré a esas pozas de azul irresistible que me decían que esto era de todo menos sencillo. Un beso no sería suficiente para ninguna de las dos. Yo lo sabía y ella también. Casi me eché a reír al pensar que se suponía que debía ser yo la razonable—. Relájate —dijo. Su aliento me rozó los labios... ¿o fueron sus labios?
Para entonces ya casi no nos movíamos y la mano de Riley me pegaba con fuerza a su cuerpo.
—¿Lo ves? Es sólo un baile. —Sus labios se movieron ligeramente por mi mejilla, haciendo que me estremeciera mientras nos balanceábamos al son de la música, y noté unos dedos que subían y bajaban por mis costados, haciendo que me agitara. Tomé aliento bruscamente cuando por fin se dejó de rodeos, me metió las manos por debajo de la camiseta y se puso a acariciarme la espalda. Sentí que me ardía la cara. La hundí en su camisa para no tener que fingir que aquello no me afectaba.
—No puede estar mal, Foster —me dijo al oído y sacudí la cabeza, acariciándole las costillas con los dedos. Notaba su respiración, cada movimiento que hacía. Las dos estábamos perdiendo el control, pero así y todo me llevé una sorpresa cuando Riley me agarró por fin el culo y me pegó con fuerza a sus caderas. Apoyé la cabeza en su hombro, respirando con dificultad, y luego la miré a los ojos. Se aprovechó entonces de mi confusión y al poco unos labios cálidos y suaves se apoderaron de los míos. Me empezó a palpitar el corazón al ritmo de la entrepierna. Me di cuenta sobrecogida de que si Riley aplicaba la presión adecuada, seguro que conseguía que me corriera. Arranqué mis labios de los suyos cuando caí plenamente en la cuenta de eso. A Riley le temblaban los brazos por el esfuerzo de sostenerme en pie y tenía la respiración entrecortada, cosa que yo sabía que no se debía al esfuerzo de sostenerme. A las dos nos faltaban unos dos segundos para mandarlo todo al diablo. Bueno, creo que Riley ya estaba más allá.
—No podemos —dije suavemente. Apoyé la frente en la suya y cerré los ojos para no ver la decepción que sabía que habría en sus ojos.
—¿Por qué no podemos? —Su voz sonaba tan desesperada como la mía.
—Porque así será más duro. —No quería decir que así sería más duro cuando tuviera que marcharme, pero ella sabía a qué me refería.
—Va a ser duro de todas formas... para mí —dijo con sencillez.
—Para mí también —confesé. Le puse la mano en las costillas, justo debajo del pecho. No sé por qué, pero tenía la necesidad de saber cómo le latía el corazón. Subí la mano hasta su cuello, acariciándole el hueco de la garganta con el pulgar. Con los ojos aún cerrados, noté que tenía el pulso acelerado.
Me estremecí. Riley no me había soltado el culo y la presión, junto con lo que debía de ser la puta canción de amor más larga del mundo, me empezaba a hacer pensar que tal vez Riley tenía razón. Tal vez estar juntas era algo contra lo que no debíamos luchar.
—Sabes que quiero hacerte el amor —dijo. Noté que le latía el corazón con tal fuerza que le acaricié la espalda haciendo un esfuerzo auténtico por calmarla. Eso duró unos dos segundos hasta que mi cerebro volvió a perder el control al pensar en el gusto que me daba tocarla. Pensé: A lo mejor tiene razón. A lo mejor esto no empeora las cosas. A lo mejor puedo hacer el amor con ella y no sentirme culpable—. Foster, quiero hacer el amor contigo.
Quiere hacer el amor conmigo, pensé y abrí los ojos de par en par al tiempo que empezaba a apartarme de ella. No puedo permitírselo.
—No, Riley...
—Sshhh —susurró Riley, pegando los labios a mi sien mientras yo empujaba sin fuerza sus hombros inmóviles—. Tranquila. Te voy a soltar. ¿Te puedes sostener sola?
—¡Sí! —dije con desesperación. Quería, no, tenía que conseguir que me soltara. Me embargó el pánico y mis dedos se aferraron a su camisa al tiempo que intentaba poner cierta distancia entre las dos para poder pensar. Riley me apartó de su cuerpo, pero siguió sujetándome las caderas mientras yo me negaba a mirarla a los ojos.
—Lo siento, Foster. No sabía que te estaba molestando.
Sacudí la cabeza. No parecía capaz de recuperar el aliento.
—No me has molestado. No es... no eres tú.
—Ssshhhh, cálmate. No pasa nada.
—Dios, Riley, lo siento —dije, luchando por recuperar el aliento—. Es que me ha entrado el pánico.
Sonrió dulcemente.
—No tienes nada que sentir. No quería asustarte.
—No me has asustado. Creo que me he asustado yo sola.
—¿Crees que esto —me estrechó las caderas ligeramente—, va a cambiar las cosas entre nosotras?
—Bueno, creo que no podemos negar que existe una tensión sexual entre las dos. —Intenté reír, pero hasta yo tuve que reconocer que sonaba patética.
Riley levantó la vista y en ese momento terminó esa larguísima canción de amor.
—¿Es que intentabas negarlo, Foster? Porque yo siempre he sabido que me deseabas.
Me quedé boquiabierta y me olvidé de la tensión de unos segundos antes. En la boca de Riley bailaba una sonrisa dubitativa y reconocí y agradecí su intento de despejar el ambiente. Decidí contribuir a ello.
—¡Por favoooor! Que no eres tan irresistible —mentí.
—Ya, lo que tú digas. Eso es porque no te he enseñado cómo me lo monto de verdad.
—Ohhhh, entonces, ¿lo de antes no es cómo "te lo montas de verdad"? —Retrocedí y admiré su sonrisa plena en el momento en que Someone to Call My Lover de Janet Jackson empezaba a sonar por los altavoces. No pude evitar corresponder a su sonrisa con la mía.
—Qué va, eso no es cómo me lo monto de verdad. Para ver eso tendrías que pagar. Y tendrías que prometer controlarte, porque no me hago responsable.
—Ahhh, ya veo. Así que, ¿ahora eres tan buena que me voy a tirar encima de ti?
Riley se encogió de hombros. Seguía sonriéndome y yo, como era yo, no pude rechazar el desafío.
—Pues me parece que tengo aquí cinco mil doscientos dólares. A ver qué tienes. —Salté a la cama, saqué los billetes del sobre blanco y los extendí en abanico delante de mí—. ¿No sería mejor que empezaras a bailar? Te falta mucho para hacerme perder el control.
Riley sonrió y en ese momento lo supe. Supe sin la menor duda que debería rechazar este juego. Si no entonces, tal vez debería haberlo hecho cuando empezó a menear las caderas y se llevó la mano sana a la pechera de la camisa y apretó, de forma que vi los pequeños bultos de sus pezones bajo el algodón.
—Aah, esta canción es rápida —le recordé nerviosa. Y ella aceleró el ritmo de sus caderas y se puso a hacer como que cantaba moviendo los labios—. Gracias —dije secamente.
—De nada —dijo ella y una vez más me dio la clara impresión de que estaba jugando conmigo.
Riley cerró los ojos, lo cual me vino bien porque solté sin voz "Oh, joder" cuando sus manos desaparecieron por debajo de la camisa y la levantaron, descubriendo su tripa y la curva inferior de sus pechos. ¿Y cuándo exactamente se le han bajado tanto los pantalones del pijama?
Seguía moviendo los labios siguiendo la letra de la canción, ahora con los ojos abiertos, pero medio caídos mientras cantaba "A lo mejor nos conocemos en un club y nos enamoramos profundamente".
Me quedé mirando en un silencio petrificado mientras agitaba las caderas y me miraba como si pudiera tenerla si la deseaba. Me chupé los labios y, ante mi pasmo, ella hizo lo mismo, con lo que dejé de mover las piernas y se me puso el cuerpo rígido. Esto no era juego limpio. Vi que su mano subía hasta sus pechos y los rozaba antes de apartarse.
Parpadeé, obligando a mis párpados a pasar por encima de unos ojos que llevaban demasiado tiempo expuestos al calor del momento.
—Aah, ¿Riley?
Meneó la cabeza y esa sonrisa que antes me parecía tan inocente se volvió seductora. Creo que me quedé catatónica cuando se dio la vuelta y se levantó la camisa para que le viera el culo. Lo miré parpadeando como una estúpida mientras se daba la vuelta, esta vez con una sonrisa enorme e intencionada.
Oh, Dios mío. Se va a abrir la camisa, pensé cuando sus dedos agarraron la camisa con fuerza. En el momento en que terminaba la canción, Riley se abrió la camisa de un tirón, lanzando los botones por el suelo de madera y mi corazón detrás de ellos.
—Oh, Dios santo. Dios santo —dije, dejando caer mi abanico de dinero al suelo y llevándome la mano derecha a la boca.
A Riley se le empezó a estremecer todo el cuerpo mientras yo miraba sin dar crédito lo que debería haber sido un par de tetas desnudas y bamboleantes.
En cambio, lo que veía era una camiseta: muy fina, lo reconozco, pero una camiseta de lo más púdico. Había visto más piel cuando estaba haciendo ejercicio.
—Eres una mujer cruel, cruel —dije y me dejé caer en la cama. Sólo hubo silencio y al abrir los ojos vi a Riley casi doblada en dos, temblando y agarrándose a uno de los postes de la cama para no caerse.
—¡Qué cara se te ha puesto! —dijo. Le gruñí y aparté las sábanas malhumorada y luego me tapé del todo con ellas. Podrá reírse de mí todo lo que quiera, pero no tengo por qué verlo, pensé. Y entonces me vi obligada a reprimir una carcajada. Meneé la cabeza debajo de las mantas. Cómo me la había jugado. Seguro que tenía una cara voraz cuando se abrió la puñetera camisa. Oí un chasquido cuando Riley apagó mi lámpara y me bajé las mantas hasta los hombros y me puse de lado. Abrí los ojos y me quedé contemplando la escasa luz que daba el fuego de la sala de estar. Aspiré el aire frío y ligeramente salobre de la casa y me pregunté si de verdad debía sentirme así de feliz. Riley se metió en la cama e inmediatamente se pegó a mi espalda y me puso una mano cálida sobre el estómago.
—¿Estás enfadada? —Aún percibía la sonrisa en su tono y me gustó que fuera por mi causa. No sonreía lo suficiente.
—Qué va —dije y me pregunté por qué mi voz sonaba tan profunda como la suya.
—Bien. ¿Esto está bien? —preguntó adormilada, y una vez más me sentí culpable por haberla despertado tan temprano con mi sueño.
—Sí —dije con un suspiro de satisfacción.
—¿Nosotras estamos bien?
—Mejor que bien —contesté. Me agité un poco por la reaparición de los recuerdos del sueño, que hacían que me sintiera incómoda tumbada tan cerca de ella. Me di la orden de quedarme quieta, porque ya desaparecerían. Tras mis párpados la clara visión de Riley empujando contra mí me hizo rechinar los dientes. Tenía la entrepierna entumecida y era dolorosamente consciente de su cuerpo pegado a mi trasero. Intenté respirar sin hacer ruido para que no supiera que seguía despierta.
—Riley —susurré. Tuve tentaciones de darme la vuelta, pero su respiración suave y acompasada me dijo que ya se había quedado dormida.
¿Y para qué la he llamado? Me ardió la cara cuando me di cuenta de que, a pesar de mis buenas intenciones, si Riley se hubiera empeñado un poco más en hacer el amor, seguro que yo habría acabado cediendo. Cerré los ojos con resignación. Ya no había modo de negar mi atracción. Suspiró en sueños, como si hubiera percibido mi rendición, y me pegó más a su cuerpo. Abrí los ojos de golpe y me quedé contemplando la sala de estar débilmente iluminada. De repente, el futón me parecía más cómodo.
—Eh, dormilona. ¿Cuándo te vas a despertar?
Abrí un ojo y contemplé dos ojillos rojos y otros dos ojos azules y alegres.
Abrí la boca y no me habría extrañado oír un buen crujido. Sentía que seguramente me había pasado toda la noche rechinando los dientes. Mi libido me había obligado a quedarme horas despierta después de que la respiración de Riley se calmara.
Fulminé con la mirada primero a Bud, que estaba olisqueando la cama a pocos centímetros de mi cara, y luego a Riley, que estaba de rodillas o acuclillada porque tenía los ojos al mismo nivel de la cama.
—Si se caga en la cama, es culpa tuya —refunfuñé. Supe por sus ojos que se estaba riendo de mí. Cosa que quedó demostrada cuando meneó la cabeza con esa risa silenciosa que tenía. La miré con desdén y me incorporé en la cama, haciendo huir a Bud, hasta que Riley lo atrapó y se lo puso en el hombro.
—¿Tienes hambre? —preguntó al tiempo que se levantaba.
Me animé al olfatear. Había café y otros olores tentadores.
—Oohhh, ¿qué es ese olor?
—Ya lo verás. ¿Qué tal si te duchas mientras yo termino el desayuno? —Me fijé por fin en que tenía el pelo recién lavado y recogido en una trenza y que estaba vestida del todo con unos vaqueros bien planchados y una camiseta.
—Vale —asentí medio animada, pues me alegraba pensar en el café caliente y lo que estuviera cocinando.
Me lavé deprisa y salí del baño a los veinte minutos, con el pelo corto totalmente revuelto y de punta. Una vez más, deseé haberme comprado un bote de espuma. Miré el reloj distraída cuando entré en la cocina y di un golpecito a la jaula de Bud al pasar.
—¡La leche que le han dado, son casi las doce! —dije al acercarme a Riley.
—Ya lo sé. Creía que no te ibas a levantar jamás. Ya había mezclado la masa, así que decidí hacer el desayuno de todas formas.
—¿Ah, sí? —Miré a mi alrededor toda contenta en busca de la comida, pero me dio la vuelta y me empujó suavemente hacia la mesa poniéndome una taza de café en las manos.
—Yo te lo llevo. ¿Por qué no te sientas?
Volvió a concentrarse en el fuego y yo me bebí el café agradecida. Contemplé su perfil mientras ella miraba lo que estaba haciendo. Estaba guapa esta mañana. Qué diablos, siempre estaba guapa. Me pregunté por qué dedicaba tanto tiempo a plancharse los vaqueros y las camisetas. ¿La gente no los sacaba de la secadora y se los ponía tal cual?
—Oye, ¿te puedo ayudar en algo? —Seguro que la mirada que me lanzó Riley no os habría sorprendido, pero a mí me cabreó un poco—. Oye, puede que no sea Julia Childs, pero tampoco lo hago tan mal.
—Ya —dijo, sin molestarse en mirarme—. Puedes poner los cubiertos y sacar las fresas de la nevera. —Eso podía hacerlo. Pasé por detrás de ella y me aseguré de empujarla con demasiada fuerza para ser un accidente. Se volvió y me miró, sonriente—. Y nada de mirar.
—Si no miro —le dije malhumorada.
—Ya —dijo de nuevo, sin dejarse engañar en absoluto.
—¿Cuánto falta? —pregunté mientras miraba dentro del cajón de los cubiertos. Por alguna razón, en el cajón había tenedores de diversos tamaños. Y no me refiero a tenedores para ensalada y tenedores normales. Me refiero a que había como cinco tamaños distintos de tenedor. Uno era tan pequeño que tenía que ser para un bebé y había un par de ellos que eran enormes. Los cogí y los examiné. Me gustaba la idea de comer con tenedores grandes, de modo que asentí con la cabeza y saqué dos. Pensé que se tardaría menos en comer con unos tenedores así de grandes: podías coger toda la comida y metértela en la boca sin problemas. Cogí dos cuchillos de carne y dos trozos de papel de cocina y lo puse todo en la mesa. No tenían un aire muy elegante, de modo que los doblé en dos y puse encima los tenedores y los cuchillos. Satisfecha con la disposición, fui en busca de dos platos y la fresas de la nevera.
—Ya casi he terminado. ¿Te importa servir zumo también, por favor?
—Te lo sirvo a ti. Yo no quiero zumo, ya tengo café —dije de camino a la nevera.
—Toma un poco por mí. ¿Por favor? —dijo suavemente. No me molesté en contestarle, pero saqué dos vasos de la alacena y refunfuñé por lo bajo contra mi propia blandenguería mientras los llenaba y volvía a dejar el contenedor en la nevera. Cuando acababa de sentarme en mi silla, Riley se acercó con una gran fuente de servir y sonrió al ver mi sonrisa de oreja a oreja. Me moría de hambre.
—Vamos a llegar a un compromiso, ¿de acuerdo, Foster?
No me gustaba cómo sonaba eso. Estreché los ojos al recordar la mantequilla de soja y la leche descremada de su casa de Los Ángeles.
Riley utilizó una espátula y me puso en el plato el gofre más grande, más esponjoso y más gris que había visto en mi vida. Luego puso al lado dos lonchas de beicon de aspecto raro.
—¿Gracias? —dije, contemplando la obscenidad que tenía en el plato.
Sonrió de oreja a oreja y se sirvió.
—De nada en absoluto.
Miré el enorme gofre gris y luego la miré a ella. Estaba pensando que a lo mejor debía encargarme yo del desayuno, porque mi gofre estaba como si se le hubiera caído al suelo. Dos veces. Y el beicon... bueno, digamos que si no hubiera oído a Bud corriendo alegremente en su jaula detrás de nosotras, me habría preocupado por su integridad.
—Tú pruébalo, Foster, está bueno. Te lo prometo.
Asentí y me tragué un poco de zumo de naranja, con la esperanza de que con eso dejara de mirarme el tiempo suficiente para poder esconder parte de esta cosa rara debajo de mi trozo de papel de cocina. Pero no picó y siguió mirándome risueña.
—Pruébalo por mí, por favor.
Cogí el tenedor y corté un pedacito de gofre.
—Espera. Un momento —dijo, y con una cuchara puso encima un poco de esa especie de confitura de fresas.
—Mmm, gracias. —Me metí el gofre con decisión en la boca e intenté no fruncir el ceño mientras masticaba. Volví a masticar el bocado y me llevé una agradable sorpresa. El gofre sucio, unido a las fresas dulces, estaba realmente muy bueno. Cogí el trozo de beicon extraño y me lo metí también en la boca. Beicon no era, pero no estaba nada mal y si eso hacía feliz a Riley, me lo comería. Cogí el cuchillo y me puse a cortar el gofre toda contenta. Cuando acababa de cortarlo todo y estaba a punto de darle las gracias por el desayuno, me di cuenta de que no estaba comiendo. Sostenía el tenedor y el cuchillo en las manos como si fueran dos garrotes.
—¿Qué pasa? —le pregunté antes de acordarme de que seguía con la boca llena.
Me miró con una leve sonrisa.
—Nada —dijo y se puso a cortar su comida con cuidado. Me encogí de hombros y ataqué la mía. En un par de ocasiones durante el desayuno la pillé mirándome con cara divertida mientras se metía con cautela el tenedor cargado de gofre en la boca. Asentí con aprobación. Yo ya me había pinchado la mejilla varias veces con mi tenedorazo. Me alegraba de que ella tuviera más cuidado.