Muro de silencioGabrielle Goldsby |
Vi que cargaba sus bolsas en el asiento de detrás como había hecho yo. Pero en lugar de meterse en el coche, alargó la mano y cogió su móvil del salpicadero.
—Voy a hacer una llamada antes de ponernos en marcha, ¿de acuerdo?
—Claro, muy bien. —Me esperaba que se metiera en el coche e hiciera la llamada, pero en cambio se apartó unos metros. La persona a la que llamó debía de estar en la memoria porque no pulsó muchos botones antes de ponerse a hablar.
—Hola, soy yo. —Como si notara que la estaba escuchando, me dio la espalda y se puso a a hablar en un tono más bajo. Me concentré en los surtidores de gasolina y esperé a que volviera al coche. Diez minutos después abrió la puerta, se metió y se sentó.
—¿Lista? —pregunté, lo cual hizo que me mirara casi como si se hubiera olvidado de que estaba allí.
—Sí, estoy lista. —No me miró mucho, pero fue suficiente para que viera la tristeza de sus ojos. Me pregunté si había llamado a Brad. ¿Le había dicho algo que la había puesto triste? A lo mejor no le gustaba que fuera a pasar unos meses más lejos de él... jo, eso no se lo podía echar en cara. A mí tampoco me gustaría. Volví a meter el coche en la carretera sin problemas. Riley se pasó unos veinte minutos sin decir nada hasta que decidí romper el silencio que había entre las dos.
—¿Así que eres un personaje de cómic? —pregunté.
—Sí... No, bueno, más o menos. —Por el rabillo del ojo vi que se agitaba incómoda.
—Mmm, o lo eres o no lo eres, Riley.
—Bueno, pues lo soy.
—¿Y cómo es eso?
—Pues es que... ¿te acuerdas de mi amiga Dani? —Apreté los labios. Dani otra vez—. Es ella la que escribe el cómic.
—¿Mmm-mmm?
—Un día yo estaba sentada en clase y se sentó a mi lado.
—Ya, pero sigo sin entender cómo acabaste ahí.
—Pues dijo que tenía un buen cuerpo y me pidió que posara para ella. Cuando empezó con ello no era más que un entretenimiento, ya sabes, algo que hacer cuando estábamos en el colegio. La ayudé a crear los personajes y ella me lo reconoció en sus cómics.
Hubo un momento de silencio incómodo entre las dos mientras yo me devanaba los sesos buscando una respuesta adecuada.
—Bueno, eso lo entiendo —solté, y habría cerrado los ojos de haber pensado que podía librarme de provocar un accidente.
—¿El qué?
—Que quisiera dibujarte.
—¿Lo entiendes?
—Sí, porque sí que tienes un buen cuerpo.
—Oh... gracias.
—De nada.
Ninguna de las dos parecía capaz de seguir hablando tras esto, de modo que el silencio se prolongó. Por fin, no pude soportarlo más y me obligué a decirle algo.
—Oye... —Me detuve. Se había vuelto a quedar dormida. Tenía un aire tan tierno que no tuve valor de despertarla, aunque quería continuar con la conversación. Por alguna razón, todo esto de los cómics me fastidiaba muchísimo y no sabía por qué.
—¿Riley? —dije al tomar otra curva a una velocidad de tortuga. Le di un ligero codazo y se incorporó mirando a su alrededor, alerta y concentrada al instante.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Como las tres de la mañana. Siento despertarte, pero creo que estamos cerca.
—Cómo llueve.
—Sí —le dije nerviosa—. Estas carreteras son un lío de curvas. Un par de veces he tenido que frenar hasta casi parar.
Riley miró por su ventanilla.
—Esto parece el parque nacional. Creo que llegaremos dentro de unos diez minutos —dijo y volvió a recostarse en su asiento, cruzada de brazos. Un relámpago nos sobresaltó a las dos.
—Odio los rayos —dijo por lo bajo, pero se interrumpió al oír un fuerte rugido que parecía salir del coche mismo. Condujimos en silencio después de aquello, las dos temblando, aunque dentro del coche hacía bastante calor.
Pegué otro respingo cuando la voz profunda de Riley interrumpió el tenso silencio.
—Gira aquí y yo abro la verja.
—¿Dónde? No veo nada. —Me eché hacia delante e intenté ver algo a través de la cortina de lluvia y los limpiaparabrisas negros que aparecían y desaparecían en el denso torrente.
—Aquí mismo, gira o te lo pasas.
Giré el volante con cierto riesgo y entré en el caminito que apenas se distinguía. Nuestros faros iluminaron un cartel que advertía: "Camino privado. Prohibida la entrada".
—Ahora esperemos que la llave esté donde Dani dijo que estaría.
Asentí y ella se adentró corriendo en la lluvia, ligeramente encorvada como si así pudiera evitar calarse. Se agachó, metió la mano en unos arbustos, luego se colocó de nuevo delante de los faros y se puso a hurgar en la verja. Solté un suspiro de alivio. Al menos la tal Dani se había portado. Riley abrió el portón con esfuerzo y yo lo crucé cautelosa con el coche. La miré por el espejo retrovisor mientras cerraba el portón. Se metió rápidamente en el coche y la luz interior iluminó brevemente su cara. Sonreía alegremente, en absoluto molesta por estar empapada.
—Vas a tener que decirme por dónde ir —dije con la voz ahogada, pues tenía algo gordo atravesado en la garganta que aguardaba como para decir: Si no lo dices tú, lo digo yo.
—Gira aquí a la derecha.
Giré como me había indicado, aunque no veía ningún tipo de refugio. Dejamos lo que había sido un camino de tierra bastante liso y entramos en un sendero de grava.
—Para ahí.
Hice lo que me decía y por primera vez me fijé en un edificio bastante bajo que quedaba casi totalmente tapado por los árboles de alrededor. Paré el motor y contemplé la oscuridad del lugar mientras el ruido del motor al enfriarse y de la lluvia al golpear el parabrisas hacía que aquello pareciera aún más solitario.
—Venga, vamos dentro para entrar en calor.
Asentí, abrí mi puerta y esperé a que ella se colocara delante del coche.
—Cuidado por donde pisas. —Una mano cálida se posó un instante en medio de mi espalda y luego se apartó. Pero no sin antes provocarme escalofríos por todo el cuerpo.
Subí con cuidado a la terraza que casi no veía y ella me guió alrededor del edificio hasta una puerta.
—Aquí hay otro escalón —dijo con tono bajo.
Lo subí a ciegas una vez más y esperé mientras ella hurgaba con la llave. Intenté ver lo que me rodeaba. Oía el océano, por lo que debía de estar bastante cerca, aunque no lo veía. Y a mi derecha oía el zumbido bajo de una especie de generador. Riley abrió la puerta por fin y las dos entramos a trompicones.
—Ahh, mierda —me quejé cuando Riley cerró la puerta detrás de mí y las dos nos quedamos temblando en la oscuridad. Hacía aún más frío dentro que fuera, si eso era posible.
—Espera, voy a encender la luz.
Oí que Riley pasaba la mano por la pared en busca del interruptor de la luz. Por fin, la habitación se iluminó y obtuve mi primera impresión del chalet. Fui girando despacio un poco boquiabierta. No era el Ritz, pero estaba lejos de ser el cuchitril que me esperaba. Suelos de madera por todas partes y puertas dobles que llevaban a lo que al escudriñar por la ventana oscura vi que era una terraza enorme que recorría la longitud entera del chalet. Delante de las puertas dobles había un sofá empotrado, así como una chimenea de buen tamaño. Rodeé a Riley y de un paso entré en una cocina donde había una mesa pequeña para dos personas y un fregadero con lavavajillas pequeño incluido.
—No es gran cosa. —Parecía abochornada por algo.
—¿Estás de broma? Es estupendo —le dije a Riley y me gané una amplia sonrisa—. Gracias por traerme aquí. No me puedo creer que esto lo hayas construido tú.
—Bueno, yo ayudé a construirlo. Dani hizo casi todo. Yo sólo la ayudé donde podía. Ella es la que me metió en estas cosas.
Dani de nuevo. Jo, ojalá supiera qué había entre Riley y esta tal Dani. Fuera quien fuese, me parecía que no me caía muy bien.
—Pues habéis hecho un trabajo estupendo. ¿Me enseñas el resto?
—Claro —dijo Riley con entusiasmo—. Pero es bastante pequeño, no tardaremos nada.
La seguí hacia el cuarto de baño. Se detuvo en la entrada y me hizo un gesto para que pasara yo primero.
—Oh, caray. —Me alegré mucho al ver que el cuarto de baño estaba equipado con un pequeño retrete y suelos de pizarra. Otro escalón subía hasta una ducha con tres espitas que la hacían perfecta si dos personas querían ducharse juntas. Sonreí cortésmente también ante esto, preguntándome si Dani y ella habían probado el tema. Una ventana pequeña que daba a la ducha era el único medio de ventilación. Riley me explicó que Dani y ella habían instalado bloques de vidrio en lugar de una pared normal para que entrara la luz.
—¿Pero no te puede ver alguien? ¿Si hay alguien en la terraza, quiero decir?
—No, lo comprobamos. No se ve nada —dijo Riley al tiempo que salía del baño.
La seguí, un poco molesta por la respuesta.
—Ten cuidado con este escalón.
—Jo, pues sí que habéis puesto escalones en este sitio —dije malhumorada, lo cual, por supuesto, hizo que me sintiera mal. Pero Riley no pareció darse cuenta, de modo que bajé de nuevo y entré en lo que evidentemente era el dormitorio. Aunque el mobiliario era escaso, había dos mesillas de noche y dos sillas, una cómoda y una estufa eléctrica. La cama de matrimonio era lo más destacado de la habitación. Tenía una altura de casi un metro y medio desde el suelo.
—¡Jo! Menudo pedazo de cama.
—Lo sé —dijo Riley riendo—. Deberías ver a Dani intentando subirse a este trasto. Creo que es más baja que tú.
¡Vale, se acabó!
—Oye, Riley, ¿Dani está casada?
—¿Dani? Noooo. —Se rió por lo bajo al decirlo y por un momento se le puso una expresión distante. Me quedé ahí sin saber si debía seguir interrogándola o dejarlo correr. No podía evitar pensar que este sitio se había construido como nidito de amor para alguien. Me pregunté si era el nidito de amor de Dani y Riley. Esa idea me dolía más que la idea de que Riley fuera hetero.
Me estremecí violentamente y Riley debió de entender mal el motivo.
—Tienes frío. Voy a encender las chimeneas. —Fue a la pequeña estufa eléctrica roja situada en un rincón y apretó un interruptor de detrás, lo cual encendió unas llamas falsas.
—Esto lo encontramos en un mercadillo, ¿a que es genial?
Asentí para indicar que efectivamente era genial y ella salió rápidamente de la estancia y volvió poco después con una sudadera del ejército, unos pantalones de chándal y una toalla.
—Si quieres cambiarte aquí, yo me cambio ahí fuera.
Asentí, advirtiendo por primera vez que todavía estaba temblando.
—Oye, ¿estás segura de que estás bien? —me preguntó, con evidente cara de preocupación—. Estás muy callada.
—No. No, estoy bien. Riley, ¿a tu amiga no le importa que usemos su casa?
—La llamé para preguntárselo, ¿recuerdas? Dijo que podía quedarme aquí todo el tiempo que quisiera. Ella no va a necesitarla hasta dentro de mucho.
—Ah, vale —dije, sintiendo que se me caía el alma a los pies. Aunque la información tendría que haber conseguido que me sintiera mejor, no fue así. Me pregunté si Dani y Riley eran amantes. Esa cama inmensa estaba hecha para amantes.
—¿Foster?
—¿Sí?
—Te he preguntado que si tienes hambre.
—No... no, no tengo hambre. Lo siento, creo que estoy más cansada de lo que pensaba.
—¿Por qué no te cambias? Yo voy a encender la chimenea de delante para calentar todo esto.
Asentí y, después de mirarme de nuevo con curiosidad, salió de la habitación cerrando la puerta en silencio al pasar. Un violento escalofrío me sacudió el cuerpo y emprendí rápidamente la ardua tarea de desnudarme. La ropa húmeda se me pegaba a la piel por todas partes. Por fin me puse el abrigoso chándal, después de plantearme la idea de darme una ducha caliente. Me hacía mucha falta, pero tenía demasiado frío para pensar siquiera en seguir desnuda.
Después de ponerme otra vez los calcetines, abrí la puerta para preguntarle a Riley cómo íbamos a dormir. Riley estaba delante de la chimenea, de espaldas a mí mientras se pasaba una camiseta seca por encima de la cabeza. Me estremecí de nuevo al mirar su espalda y su estrecha cintura. La excitación sexual se apoderó de mis sentidos y se me dilataron las aletas de la nariz por la intensidad de la sensación. Riley se dio la vuelta, como si de repente hubiera notado que yo estaba allí, y sonrió.
—Pareces cómoda.
Miré la sudadera gris del ejército que casi me sepultaba y los pantalones de chándal que me quedaban mejor, pero que seguían siendo un poco grandes.
—Sí, es muy abrigoso. ¿Es de Dani?
—Sí, siempre deja aquí algo de ropa. No le importará que la usemos. Me ha parecido más abrigoso que cualquiera de las cosas que te has traído. Ah, y también he metido a Bud. —Señaló un rincón de la habitación donde estaba la jaula naranja—. No me he molestado con el equipaje. Lo podemos meter mañana, ¿vale?
Asentí distraída y se acercó.
—¿Qué te pasa, Foster? ¿No te gusta este sitio?
—Qué... no, no es eso. ¡Esto es maravilloso! —Me di cuenta de que Riley no me creía, de modo que decidí sincerarme con ella, por lo menos en parte—. Es que... es que estaba pensando que como esto lo compartes con Dani, le podría... que te podría molestar que yo esté aquí y desear que estuviera ella en cambio. Bah, jo, no sé qué es lo que quiero decir. —Me desplomé en el sofá, sorprendentemente cómodo, aunque no muy bonito, y me quedé mirando ciegamente por las puertas dobles de cristal que daban a la oscuridad.
—Quería que vinieras tú conmigo, no Dani.
Riley se sentó a mi lado, con las manos entrelazadas por delante y la cabeza ligeramente inclinada.
—Esto me gusta, es tranquilo. A veces venía para pensar. O para estar sola. Dani y yo nunca nos hemos quedado aquí juntas, salvo cuando estábamos trabajando. Ni una sola noche. Nunca he estado aquí con nadie.
Me sentí como una miserable. Riley no se merecía mis tristes celos y, desde luego, no tenía por qué decirme dónde llevaba a sus mujeres, si en realidad había habido alguna.
—Perdona, Riley. Supongo que siento que me estás dando de todo y yo no te doy nada a cambio. Si las cosas no estuvieran así... sería distinto.
—¿Sí? ¿Distinto cómo? —Me miró de esa forma tan rara que tenía. Tan penetrante, como si tuviera miedo de perderse algo.
—Mm... es que me da un poco de vergüenza.
—No importa, Foster. Yo nunca me reiría de ti. —Su expresión era tan increíblemente seria que supe que se trataba de un juramento que tenía toda la intención de cumplir.
—Ya sé que no —le dije con la misma seriedad—. Me... gustaría conocerte mejor, Riley. Me entraron celos en la tienda porque esa gente sabía algo de ti que yo no sabía —solté y luego aparté la cara mientras el rubor que había empezado en mi frente me bajaba hasta el cuello.
Vale, ¿y ahora qué demonios...? Yo no me ruborizo. Por muy clara que tenga la piel, ponerse colorado es cosa de niños y de personas que no han visto bebés enganchados al crack gateando por encima de los cadáveres de sus madres o chulos dando palizas a putas embarazadas o... bueno, joder, ya sabéis a qué me refiero.
—A mí también me gustaría conocerte mejor, Foster.
Quise gritar: Noooo, no lo comprendes. Quiero besarte hasta dejarte sin sentido y trepar por tu cuerpo desnudo y... tantas otras cosas. No podía decir nada de todo eso porque aunque Riley fuera homosexual, aunque estuviera disponible y, que Dios me perdone, levemente interesada por mí, ¿qué clase de vida podía ofrecerle? No, sería mejor para las dos si seguía considerándome sólo una amiga. De modo que le sonreí y asentí con la cabeza y no dijimos nada más. La habitación se fue calentando poco a poco mientras a mí se me congelaba el corazón. En ese momento, casi deseé que me atraparan y me quitaran de delante esa provocativa caja llena de "qué pasaría si...", porque me dolía pensar en ello. Riley bostezó y me lo contagió.
—Puedes dormir en la cama y yo duermo aquí fuera, ¿vale?
Asentí y sin decir nada entré en el dormitorio y abrí la cama. Con cierto esfuerzo, conseguí meterme de un salto y acurrucarme bajo las sábanas que olían a limpio. Sólo tenía que girar un poco la cabeza para ver a Riley, cuyas rodillas se veían en el aire mientras intentaba ponerse cómoda.
Me volví para contemplar las puertas de cristal que había al pie de la cama. Aunque eran parecidas a las de la habitación principal donde dormía Riley, éstas me producían desazón. La zona estaba casi totalmente a oscuras, por lo que no veía qué había al otro lado. Escuché un momento. La lluvía había cesado y oía el leve ruido de la leña que crujía en la chimenea de la habitación principal. Me estremecí debajo del grueso edredón. Era una urbanita de pura cepa. Todo este silencio me ponía nerviosa. Aunque Riley no estaba más que a cuatro o cinco pasos de distancia, tenía un poco de miedo. De todas formas, alargué la mano y apagué la lámpara. Tomé aliento profundamente y le dije a mi imaginación calenturienta que ya era hora de dormir. Me quedé ahí tumbada, con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad. Miré hacia la sala de estar, pero sólo veía la parte de arriba de la cabeza de Riley y sus rodillas. Por cómodo que fuera, incluso a mí me habría costado dormir a gusto en ese sofá. Esperé unos minutos más y por fin me incorporé y salí de la cama. Fui hasta ella y me incliné: a la escasa luz del fuego no sabía si estaba dormida o no.
—¿Qué haces, Foster?
La suavidad de pétalo de rosa de su voz me impidió responder por un instante.
—¿Te gustaría dormir ahí dentro conmigo?
No me contestó inmediatamente y me di de patadas por molestarla. Me erguí y me dispuse a volver a la cama.
—¿No te importaría? —preguntó, con un tono tan claro que por un momento pensé que había estado despierta todo el tiempo, observando mientras me acercaba a ella.
—No, hay mucho sitio. Esa cama en inmensa —dije riendo y retrocedí cuando se levantó con dificultad del estrecho sofá. Entré de nuevo en el dormitorio y volví a subirme a esa cama altísima. Ella comprobó el fuego y casi me dio la impresión de que estaba retrasando el momento de entrar en la habitación hasta que yo me hubiera acomodado. Cerré los ojos y noté que se subía a la cama y se acurrucaba.
—Aquí se está mucho más caliente. Me estaba congelando —dijo suavemente.
—¿Por qué no has dicho nada? —Fruncí el ceño en la oscuridad al ver que una vez más Riley anteponía mi propio bienestar al suyo. Nunca en mi vida había conocido a una persona tan generosa: creo que no me gustaba. Hacía que me sintiera más gilipollas aún.
Bostezó antes de contestar.
—Quería que durmieras un poco. No creía que fueras a estar cómoda si dormía aquí contigo.
Me chupé los labios y no me molesté en contestar porque seguramente tenía razón. Si hubiera propuesto que compartiéramos la cama, seguro que le habría dicho que la ocupara ella y yo habría dormido en el sofá de la gélida sala de estar. La respiración de Riley se fue acompasando y supe que estaba a punto de quedarse apaciblemente dormida. Me arrebujé más bajo las mantas. Aunque hacía mucho más calor en esta habitación que en la de delante, seguía haciendo un frío del demonio. Me acerqué más a Riley, pero con cuidado de no tocarla.
En cuanto cerré los ojos de nuevo, mi mente empezó a repasar cosas que más valía dejar en paz. Como qué se sentiría al hacer el amor con Riley. Dónde le gustaba y no le gustaba que la tocaran. Justo cuando empezaba a pasarlo bien, mi burbuja estalló y pensé en ¡Brad! Lo había llamado en la gasolinera, estaba segura. Supe que algo que le había dicho él la había puesto triste. Me pregunté si le había dicho que lo quería. Tal vez se casarían pronto y tendrían hijos. Me retorcí literalmente al pensar en eso. Abrí los labios y estoy segura de que si hubiera estado sola, habría gemido en voz alta. Había permitido que entrara dentro de mí. La idea de que se casara con otro, de que estuviera con alguien que no fuera yo, me causaba dolor físico. Me estremecí de frío y por el dolor que parecía invadir mi cuerpo. Riley murmuró en sueños y se dio la vuelta. Se me cortó la respiración cuando sus brazos me rodearon y me estrechó contra ella. Abrí los ojos para ver si estaba despierta, pero su respiración se había calmado y, con una mezcla a partes iguales de alivio y desesperación, cerré los ojos y traté de dormir.
Cada vez que intentaba moverme o apartarme, ella murmuraba en sueños y me estrechaba. Era la cosa más espantosamente maravillosa que había sentido en mi vida. Nos pasamos así horas mientras el fuego de la otra habitación se consumía y el frío cortante volvía a apoderarse del espacio. Me estremecí una vez y eso me valió un delicado achuchón. Hundí la cara entre el pecho y la barbilla de Riley e inhalé profundamente antes de trasladar la cabeza a un lugar más seguro, y por sexta vez intenté cerrar los ojos y dormir. Mis movimientos habían dejado que el aire frío se colara por debajo de las mantas y cuando me estremecí, Riley, con lo que estaba segura de que era una reacción inconsciente por su parte, me dio otro de esos dulces abrazos que me inundó el cuerpo de calor. Dios, pero cómo puede ser tan tierna, pensé justo antes de quedarme por fin dormida.
Levanté las caderas. Dios, pero qué a punto estoy.
—¿Foster?
—¡No! —murmuré—. Por favor, no hables, no lo comprendes. Estoy a punto.
—Lo comprendo. Es que necesito que abras los ojos.
—No, no quiero. Entonces desaparecerás y estoy a punto. No recuerdo haber estado nunca tan cerca. —Noté una firme caricia en el clítoris y gemí en voz alta.
—¿Eso te gusta? —preguntó una voz ronca.
—Sí, por favor, no pares.
—Pues abre los ojos por mí, Foster. Abre los ojos.
Los abrí porque no quería que parara. Quería que continuara hasta darme el alivio que necesitaba.
Unos excitados ojos azules flotaban por encima de mí.
—¿Riley?
De repente, el miedo me arrancó del placer que me estaba dando con las caricias rítmicas y constantes de su mano.
—Riley, no puedo... no lo entiendes... yo no... no podré...
—Sí que podrás —dijo suavemente. Y entonces me penetró.
—Oh, Dios —suspiré cuando el placer me obligó a agitar las caderas hacia delante y hacia atrás. Normalmente a estas alturas, a menos que estuviera sola, mi cuerpo ya me habría traicionado. Por delicada que fuera la compañera, aquello empezaría a resultarme incómodo, a dolerme. Pero esto, esto era distinto.
Era maravilloso. La palpitación que tenía entre las piernas me hizo cerrar los ojos y apretar las piernas alrededor de su mano. Quería meterla más hondo dentro de mí. Mis manos rodearon sus brazos y noté que tenía las piernas desnudas y encima de las mías.
—Abre las piernas para mí, Foster. Ábrelas ahora —me rogó, y lo hice.
—Riley, no pienso que...
—Eso es, no pienses. Confía en mí. Por mí lo conseguirás. —Y empezó a moverse con más fuerza. Sus dedos se movían despacísimo, pero cada vez más hondo con cada caricia.
Cuando empezó, reprimí las ganas de gritar. Hacía tanto tiempo que no tenía un orgasmo que me asusté por la intensidad. Riley seguía empujando dentro de mí y el placer que me daba... el placer era demasiado.
—Riley, por favor, para. Riley, no puedo.
Y cuando estalló, sentí que me ahogaba y ella siguió moviéndose dentro de mí, sin detenerse para dejarme pensar o respirar. "Basta, Riley. Por favor, no puedo más".
—Foster... Foster, despierta.
La mano cálida sobre mi estómago y la tensión de mi entrepierna fueron las primeras cosas de las que fui consciente. Riley se cernía por encima de mí, con la frente arrugada por un ceño feroz.
—¿Estás bien?
Abrí la boca para contestarle y sólo me salió un sollozo, pues mi cuerpo eligió ese momento para recordarme que al menos esa parte no había sido un sueño. Sentí cómo se desvanecían los coletazos finales de mi orgasmo, dejándome agotada, mortificada y mirando a los preocupados ojos azules de Riley.
—Foster, estabas llamándome.
—Oh, Dios... —fue lo único que dije al tiempo que me bajaba de la cama y me apartaba de ella a toda prisa. Lo sabe. Sabe que estaba soñando con ella... Mis pies tocaron el suelo helado y me quedé paralizada cuando la espantosa crueldad de todo aquello cayó sobre mí de golpe. Ella pertenecía a otra persona, seguro que no se consideraba a sí misma más que una buena amiga.
—Foster, ¿qué te pasa?
La oí levantarse de la cama y cuando sus pies tocaron el suelo, corrí al cuarto de baño y cerré la puerta al pasar. En lugar de cerrojo, la puerta tenía una pequeña llave maestra, de modo que la giré y me aparté como si fuera a cobrar vida.
—¿Foster? Por favor... déjame hablar contigo.
Me senté en el borde de la ducha con las manos encima de la cabeza y los ojos cerrados y empecé a mecerme. Dios santo, si lo sabía, ¿qué iba a pasar? Era el único vínculo que tenía con el mundo real. Qué diablos, la única persona en la que confiaba, y ahora me dedicaba a tener sueños en los que me hacía el amor... no, practicaba el sexo conmigo.
—Me... me voy a duchar, Riley... —dije, intentando que mi voz sonara lo más clara posible.
—Ha sido una pesadilla, Foster. Yo nunca te haría daño.
No pude evitarlo: me eché a llorar. Pero no sé si de alivio o dolor. No sabía qué era lo que había soñado. Creía que tenía miedo de ella. Me levanté despacio y abrí la puerta. Estaba plantada en el umbral con los brazos estirados a cada lado del marco y la cabeza inclinada como si hubiera estado apoyando la frente en la puerta. Me miró y el dolor del sueño quedó sustituido por el dolor de ver la tristeza de sus ojos.
—¿Riley?
—Sólo una pesadilla, ¿vale? —dijo suavemente. Parecía tan triste que corrí a sus brazos y cerré los ojos al tiempo que ella me levantaba por el aire y me abrazaba estrechamente.
—Vale —susurré en su camiseta. No necesitaba saber que estaba llorando porque había sido un sueño. No serviría de nada. Era mi amiga. Eso era lo único que importaba.
Sé que nunca me dirás que me necesitas y no me importa.
Sé lo que hiciste y lo que te ha ocurrido. Así que no necesitas ocultarte ante mí.
Me voy a enamorar de ti y lo que tú opines me da igual.
Échame la bronca si te hace falta, pero de aquí no me muevo.
—¿Riley? —jadeé. Su voz se desvaneció mientras luchaba por salir de un sueño profundo—. ¿Riley?
Estaba enterrada bajo el cálido edredón como un oso hibernante. Eché un vistazo al lado de la cama correspondiente a Riley y me quedé decepcionada al ver que ya se había levantado. Debía de haber soñado de nuevo. Habría podido jurar que me estaba hablando... diciéndome unas cosas tiernísimas. Miré el despertador y comprobé que ya pasaban de las diez. Dios, ¿quién se levanta antes de las diez si no es necesario? Poco a poco, se me empezó a relajar el cuerpo. Me voy a enamorar de ti.
Cuando estaba a punto de cerrar los ojos y olvidarme del mundo, me acordé de que me había despertado con Riley por encima de mí.
—¡Oh, Dios!
¿Por qué esa parte no podía haber sido un sueño también?
Lo tenía todo clarísimo. Tanto que tuve que reprimir una pequeña acometida de excitación que amenazaba con convertirse en algo peligroso. ¡Dios santo! ¡He tenido un orgasmo mientras Riley miraba! Sentí una oleada de humillación al tiempo que intentaba cerrar los ojos para defenderme de la visión en la que me escabullía de la cama y corría al cuarto de baño como un colegial de catorce años empalmado por primera vez.
Suspiré. Debería haberme sentido agradecida por que Riley hubiera creído que había sido víctima de una pesadilla o me habría dado demasiada vergüenza mirarla a los ojos. Así y todo, no me parecía que tuviera ninguna prisa por verla. No soy la persona más tímida del mundo, pero no se tiene un sueño erótico mientras alguien mira y luego se mantiene una conversación como si no hubiera pasado nada. Por lo menos yo no podía. Estaba absolutamente dedicida a quedarme en esa cama hasta que consiguiera dilucidar de dónde salían mis disipadas ideas eróticas.
—Mmmmm —gemí cuando el olor a café recién hecho llegó flotando y me hizo cosquillas en la nariz. Dios, si había algo contra lo que no podía luchar, ese algo era una taza de café. Riley no jugaba limpio. Gemí de nuevo, aparté las mantas de la cama y me encontré con una de las mejores vistas que había tenido en mi vida. Aunque las ventanas eran oscuras, se podía ver el océano a través de ellas. Un movimiento a la derecha de la puerta me hizo estirar el cuello. Mi corazón recuperó el ritmo normal cuando vislumbré una pierna larga y musculosa.
—¿Qué demonios se ha puesto?
Me asomé tanto por el borde de la cama que estoy segura de que me habría caído si no me hubiera agarrado al poste para sujetarme. Riley estaba sentada en un banco apoyado en el chalet, bebiendo de una taza. Parecía contemplar el océano. Llevaba zapatillas deportivas, una sudadera y pantalones cortos de deporte que se le subían mucho, lo cual ofrecía a esta observadora no tan fortuita un amago de musculoso muslo.
Me dejé caer de nuevo en la cama y suspiré. Ahora no tenía la menor gana de ver a Riley, pero necesitaba café. No quería que sumara dos y dos igual a Foster es una pervertida.
Me bajé de la cama y me metí sigilosa en el cuarto de baño. Aunque la estufa y la chimenea calentaban las habitaciones, los suelos y las baldosas seguían muy fríos. Me quité el chándal y después de girar los seis mandos aproximadamente de la ducha, conseguí que las tres alcachofas funcionaran como quería. Suspiré agradecida mientras el agua caliente lavaba mi cuerpo. Cogí el champú de Riley del pequeño alféizar y me enjaboné el pelo ahora corto. Me daba mucho gusto tener que usar sólo una poca cantidad de champú. Me lo lavé y aclaré dos veces, luego me lavé el cuerpo otras dos y por fin decidí que ya había matado bastante el rato. Había llegado el momento de enfrentarse a la realidad.
Dado que Riley llevaba zapatillas y pantalones de deporte, deduje que había salido al coche para coger algunas de nuestras cosas. Efectivamente, cuando entré en la sala de estar todavía envuelta en la toalla, descubrí nuestro equipaje colocado ordenadamente junto a la pared. Riley ya había sacado una sudadera y unos pantalones de sus bolsas y los había dejado al lado de mis chanclas.
Me puse los pantalones, así como la inmensa sudadera. Como la de Dani, también ésta me sepultaba. Pero al contrario que la de Dani, también las mangas eran demasiado largas. Me las subí por los brazos y me miré.
—Oh, sí, qué mona estoy.
Entré en la cocina y cogí una taza del armario. Busqué por las alacenas y casi vitoreé cuando encontré azúcar y leche en polvo. Tras añadir ambas cosas a mi café hasta dejarlo casi blanco, asentí con aprobación y regresé al dormitorio. Al abrir la puerta que daba a la terraza, me estremecí un poco por la sensación del aire frío.
—Hola —me saludó Riley con una sonrisa beatífica cuando me senté a su lado en el tosco banco de madera—. ¿Cómo te encuentras?
Asentí y bebí un sorbo de café para darme tiempo para pensar antes de responder.
—Bien... Siento lo de esta mañana. Haberte despertado, quiero decir.
—No pasa nada.
Me di cuenta de que quería decir algo más, pero no lo hizo. Me alegré de que no fuera ni la mitad de cotilla que yo, porque yo le habría preguntado inmediatamente de qué trataba el sueño.
—¿Cuánto tiempo llevas levantada?
—Unas horas. Me quedé un rato contigo, pero luego no pude volver a dormir.
—¿No tienes frío?
Bebió de su taza y suspiró satisfecha.
—No, la verdad. —Hizo una pausa y contempló el agua—. Esto me encanta.
Me volví para mirar el mar picado. La niebla dificultaba la visibilidad, pero así y todo se abarcaban kilómetros con la vista. A la derecha teníamos unos promontorios de rocas oscuras y el agua se estrellaba contra ellos rítmicamente antes de volver a caer en cascada al oceáno, dejando una espuma blanca que se desvanecía como la espuma de un café exprés.
—Es muy bonito —dije con tono apagado—. Espero que no tarde en mejorar el tiempo para que no haya tanta niebla.
—Mmmm.
Me pareció un gruñido de asentimiento, pero no estaba segura. Parecía muy relajada, de modo que me acomodé y me dediqué a contemplar el océano también.
Conseguí quedarme quieta unos dos minutos hasta que me fijé en un barquito que rodeaba un acantilado y venía derecho hacia nosotras.
—Mm, oye, Riley, ¿ese barquito puede salir con el mar tan agitado?
—Claro, ¿por qué no? Están demasiado lejos para vernos, no te preocupes.
—No, me refiero a que si no se van a estrellar contra las rocas.
—Seguro que conocen cada roca que hay ahí fuera.
—Ah. —Me quedé mirándolos unos minutos más hasta que vi otro barco que venía de la misma dirección—. Ahora hay dos. ¿Qué hacen? —pregunté embelesada.
—Toma. Ahora mismo vuelvo. —Riley me pasó su taza y entró corriendo en el chalet. Volvió al poco con un largo telescopio.
—Esto era de Dani cuando era pequeña. Lo deja aquí porque éste es un sitio estupendo para observar las estrellas de noche.
Qué celos tenía de esta tal Dani. Me daba la impresión de que Riley hablaba muchísimo de ella. Colocó el telescopio y miró por él y luego me hizo un gesto para que me colocara delante de ella.
—Perdona —dijo riendo cuando tuve que ponerme de puntillas para atisbar por la mira. Después de ajustarlo, tardé un minuto en encontrar lo que se suponía que debía mirar.
—Oh, Dios mío, ¿se va a tirar al agua? —pregunté sin aliento cuando vi a dos hombres en el barco pesquero, uno de los cuales llevaba un traje isotérmico.
—Probablemente.
—¿Para qué? ¿No se va a congelar ahí fuera?
—Espera, déjame ver. —Riley se inclinó por detrás de mí para mirar por el telescopio—. Lo más probable es que estén colocando trampas para langostas.
Me estremecí un poco al tiempo que el calor de su cuerpo y el frío del aire hacían que se me pusieran los pezones dolorosamente duros. Mi mente regresó a mi sueño y se puso a divagar sobre lo que me gustaría tocarla sin disimulos.
Riley se apartó de mí a toda prisa, como si hubiera oído lo que estaba pensando, y yo me incliné para mirar por el telescopio y así no tener que hablar con ella. Vi que uno de los hombres se deslizaba por el borde del barco y desaparecía de mi vista.
—Lo decía en serio. Yo nunca te haría daño.
Me quedé paralizada, con el ojo pegado aún al telescopio.
—Ya lo sé.
—La pesadilla...
—No era una pesadilla —confesé antes de saber lo que estaba diciendo. Me erguí a regañadientes y me volví para mirar su rostro preocupado—. No... no era una pesadilla y no tenía nada que ver contigo. —Era una mentira descarada, pero que esperaba que acabara con la inquietud de su cara.
—Pero me llamaste.
—Riley... por favor, no quiero... sólo quiero disfrutar de esto. No quiero pensar en nada. —Le estaba haciendo creer a propósito que había soñado con cosas de Los Ángeles, cuando en realidad había soñado que me follaba viva. Saludad a la nueva Foster Everett, más vil que nunca.
—Lo comprendo.
—Gracias —dije y traté de no parecer tan agradecida como me sentía. Pasé al primer tema seguro que se me ocurrió—. Bueno, cuéntame todo ese asunto de los cómics.
Riley se encogió de hombros.
—Bueno, Dani te podría contar muchas más cosas que yo.
—Entonces, ¿es escritora?
—Sí, escribe y dibuja cómics.
—¿Y tú qué pintas en todo eso?
—Pues yo sólo era su modelo.
Me di cuenta por su tono de voz de que le daba vergüenza y, efectivamente, al echarle una mirada de reojo confirmé mi teoría. Se retorcía nerviosa la parte delantera de la camiseta y la soltaba para volver a agarrarla y retorcerla en la otra dirección.
—Sólo su modelo, ¿eh?
—Sí, cuando vine a vivir aquí con mi hermano y mi madre, la conocí en el colegio. Fue la primera persona que se interesó por mí. Fuimos amigas íntimas hasta que se alistó en el ejército.
—¿Cómo de íntimas?
Riley se encogió de hombros.
—Mucho, supongo. Cuando empezó, me dibujaba y le regalaba los dibujos a mi hermano. Ya sabes, como... como una superheroína. A él le encantaba, así que seguimos haciéndolo. Estuvo un tiempo dándole vueltas a la idea de estudiar Bellas Artes, pero en cambio se metió en el ejército.
—La echarías de menos —indagué delicadamente.
—Me pasé una semana llorando todos los días.
El dolor que esa declaración me provocó en el pecho bastó para preguntarme si había sido buena idea iniciar esta conversación.
—Era mi mejor amiga. Cuidábamos la una de la otra. Yo le contaba cosas que jamás le había contado a nadie.
—Bueno, pues quiero que sepas que a mí también puedes contarme cosas.
Me sonrió y supe que estaba pensando que no era lo mismo.
—Tú también puedes hablar conmigo, que lo sepas.
Quería abrirme a ella, pero no podía. Lo que de verdad quería era olvidar esa parte de mi vida y seguir adelante. Se hizo un silencio incómodo mientras yo fingía estar inmersa en una reflexión privada, mirada pensativa y ceño fruncido incluidos. Si no se me buscara por el asesinato de Canniff, le habría dicho a Riley que me llevara a Hollywood. Tenía entendido que siempre buscaban actores para Days of Our Lives.
—¿Hay aquí algún cómic de Dani? —le pregunté, desesperada por acabar con el incómodo silencio.
—No, ojalá. Me encantan sus cómics, pero me da como corte verme en las portadas, ¿sabes? Pero mi hermano Brad los tiene todos. Hizo que Dani y yo se los firmáramos. Algunos de ellos valen ahora bastante.
Ahhh, así que Brad es su hermano pequeño. El lúgubre día había cobrado de repente una nueva luz.
—Oye, ¿de verdad quieres ver alguno? Hay algunos guiones que escribió mientras estábamos aquí construyendo esta casa. No están ilustrados, sólo hay algunos bocetos, pero ¿te gustaría verlos de todas formas?
—Claro. —Tenía que reconocer que las portadas de los que había visto en la tienda me tenían intrigada. Bueno, qué diablos, Riley vestida de cuero ceñido con gafas de sol y aire malévolo habría intrigado a cualquiera que tuviera pulso.
—Vale, te los doy cuando volvamos dentro. —Parecía estar dándole vueltas a algo y estuve a punto de preguntarle qué era, pero volvió a hablar de repente—. Aah... ¿quieres dar un paseo o algo así? Esto es un camino privado, no hay nadie más.
Asentí, con las ideas aún embarulladas, y bajé de la terraza tras ella y la seguí hacia el camino de tierra. Había grandes troncos en los bordes del camino. Pero terminaban pronto y lo único que me indicaba que no estábamos en la profundidad del bosque eran el camino por el que avanzábamos y los postes de teléfono apenas visibles.
—¿Cómo conociste a Dani? —le pregunté a Riley al tiempo que cogía una piedrecita del suelo.
—Teníamos una clase juntas.
Asentí, lancé la piedra con todas mis fuerzas por el camino y esperé a que golpeara el suelo.
—¿Así que os conocisteis y os pusisteis a hablar sin más?
—Pues sí. La vi haciendo un dibujo del Increíble Hulk. Yo era muy admiradora de Lou Ferrigno.
—¿Eras? —Le sonreí y me devolvió la sonrisa.
—Era como un modelo para mí.
—¿Por eso empezaste a hacer pesas?
—Ésa es una de las razones —dijo con un tono tan apagado que levanté la mirada para ver si estaba bien. Tenía la boca muy apretada y se le agitaba un músculo rítmicamente en la mandíbula.
—Oye. —Le puse la mano en el hombro, lo cual hizo que se volviera hacia mí con esa mirada tan intensa e inquietante—. No pretendía fisgar. —Me reí nerviosa. La razón de que conociera el encadilamiento de Riley con Lou Ferrigno era porque había visto su foto detrás de la puerta... cuando estaba fisgando—. Lo que quiero decir es que no pretendía molestarte.
—No lo has hecho —dijo con aspereza y siguió caminando. Me detuve y me quedé mirándola un momento. Nunca había visto a Riley enfadada de verdad. Incluso cuando la esposé en el suelo de mi apartamento, mantuvo un tono de voz moderado. Aunque no estaba despotricando como tiendo a hacer yo cuando me enfado, me di cuenta de que le había tocado un punto sensible con mis preguntas.
—Oye, Riley, ¿puedes esperar un momento? —Tuve que echar a correr para alcanzarla, porque no aflojó el paso. Pensé en disculparme de nuevo, pero cambié de idea. Decidí en cambio hacer uso de una estrategia mía que empleaba con escasa frecuencia. La estrategia de "calla de una puta vez y escucha".
Efectivamente, a los cuatro pasos Riley se puso a hablar con una voz que sonaba como si llevara años sin usarla.
—Yo era muy flacucha y no hablaba mucho.
Miré su figura alta e imponente y luego volví a clavar la vista en el sendero. Quería decirle que no me podía creer que no hubiera sido siempre la mujer fuerte a cuyo lado caminaba ahora. Lo de que no hablara mucho, bueno, eso no me sorprendía. No había empezado a hablar conmigo hasta hacía muy poco, ahora que nos habíamos fugado juntas.
—Mi padre...
Jamás pensé que dos palabras pudieran transmitir tanto dolor. Pero cuando Riley dijo "mi padre" me entró una sensación de tristeza tan profunda que quise abrazarla estrechamente. Dos cosas me quedaron claras antes incluso de que siguiera hablando. Riley quería a su padre y éste ya no vivía.
—Mi padre murió cuando yo tenía nueve años.
Yo solía pensar que sabía lo que era perder a un progenitor. El profundo resentimiento que sentía hacia mi madre ardía en el fondo de mi mente de manera constante. Lo había usado para superar muchos momentos emocionalmente duros. La rabia puede ser una fuerza poderosa. Más poderosa aún que el amor. Pero la tristeza absoluta que percibía en Riley no se parecía en nada a lo que yo sentía por mi madre. Riley Medeiros había conocido el amor de un padre que le había sido arrebatado. No de alguien que se puso su mejor ropa y se marchó con un camionero itinerante como había hecho mi madre.
—Lo siento, Riley.
Me miró y asintió.
—Yo también.
—Entonces, ¿tu padre hacía pesas? —le pregunté para tratar de evitar que se alejara de mí hundiéndose en un pozo de tristeza al que me parecía que descendía con frecuencia.
—Nooo. —Me sonrió con afecto y luego pegó una patada a una piña del camino, se le borró la sonrisa de los labios y siguió hablando—. Mi padre era piloto de las Fuerzas Aéreas. Murió en un vuelo de prueba rutinario. Una pieza defectuosa hizo que su avión se cayera. Cuando murió... dejé de hablar durante un tiempo.
—¿Cómo que dejaste de hablar?
Se encogió de hombros.
—Pues que... dejé de hablar.
Quise hacerle más preguntas. ¿Se refería a que dejó de hablar por completo, lo dejó más o menos, o qué? La idea de que alguien dejara de hablar voluntariamente me desconcertaba por completo. Yo hablo desde que tenía dos años. Y no me refiero a la típica forma de hablar de un bebé: me refiero a frases completas pensadas para conseguir todo aquello que quería. Mis palabras me metían y me sacaban de cualquier situación, según me conviniera.
—Los niños de donde vivía se metían conmigo. Ya sabes, me pegaban por eso. Me hacían mucho daño. Jugaban a ver quién podía hacerme gritar a base de pegarme. —Riley me miró un momento y luego apartó los ojos—. Yo nunca gritaba.
Sentí que se me clavaban los dedos en las palmas de las manos. Estaba segura de que si miraba, vería pequeñas marcas en forma de media luna en ellas.
—¿Y nadie lo veía ni lo impedía? ¿Y tu madre?
—Estaba demasiado... liada para ocuparse.
—Entonces, ¿empezaste a hacer pesas porque se metían mucho contigo? —pregunté, y curiosamente me sentí más atraída ahora por ella gracias a su confesión.
—Bueno, al principio no empezó así. Yo... empecé a dar un estirón cuando estaba en sexto. Al llegar a octavo, ya era más alta que nadie en el colegio, incluidos casi todos los profesores.
—¿Y no te tenían miedo?
Riley frunció los labios y meneó la cabeza con energía.
—No. Creo que pensaban eso de que cuanto más grandes son, más dura es la caída.
Aparté la mirada parpadeando. Yo misma había dicho algo parecido muchas veces, pero nunca le había hecho daño a nadie sin provocación. Cerré los ojos de golpe cuando el recuerdo de un hombre rubio con calzoncillos blancos que me miraba haciendo un puchero pasó como un relámpago por mi mente. Me cayó una lágrima por la mejilla.
—Lo siento.
—¿Foster? No tienes por qué sentirlo, fue hace mucho tiempo. Me alegro de que las cosas salieran como salieron.
Tuve tentaciones de dejar correr el tema, pero Riley parecía dispuesta a hablar y de repente, tuve la necesidad de conocer todo lo que quisiera revelarme.
—¿Por eso te enfadaste tanto aquella noche en el club cuando todo el mundo se empezó a reír?
Me miró de golpe, clavándome los ojos en los labios, lo cual me hizo desear no haber sacado el tema.
—O sea, tenías motivos de sobra, pero me preguntaba si eso también contribuyó.
Estuvo callada durante tanto tiempo que pensé que no me iba a contestar. Me negué a mirarla de nuevo. No quería encontrarme con esa mirada suya que todo lo veía, de modo que mantuve los ojos en el camino que teníamos delante y esperé a que hablara.
—Sí. No me gusta que se rían de mí.
Asentí y decidí arriesgarme.
—¿Eso es lo que ocurrió también en el hospital? ¿Se estaban burlando de ti por algo?
Riley se miró la escayola rosa fluorescente de la muñeca antes de contestar.
—Las vi hablar.
Como ya he dicho, nunca he sido dada a callarme la boca. Jo, de niña mantenía conversaciones enteras conmigo misma. Mi padre estaba convencido de que a los diez años ya estaba enganchada a todas las drogas que corrían por la calle. Pero algo me dijo que era más importante mostrar mi apoyo por Riley que hablar, de modo que esperé.
—Decían que ningún hombre me querría y que seguramente era lo mejor, porque jamás conseguiría uno con el aspecto que tengo.
Rechiné los dientes y pregunté:
—¿Qué más dijeron?
—Pensaban que sería gracioso ponerme la escayola rosa porque no soy... femenina. —Casi para desmentir lo que acababa de decir, alzó la mano y se apartó delicadamente un mechón de pelo que se le había puesto por la cara. Por alguna razón, me pareció un gesto increíblemente femenino. De hecho, por musculosa que fuera Riley, no tenía nada en absoluto de varonil. Yo, de vez en cuando, podía ser de lo más machorra cuando quería. ¿Pero Riley? No, yo no la consideraba otra cosa más que mujer. Me daba rabia que dos desconocidas que supuestamente estaban allí para ayudarla hubieran hecho que se sintiera mal consigo misma.
—Riley, sé que duele que la gente diga chorradas así. Pero créeme, eres absolutamente... Creo que no tendrás el menor problema para conseguir a un hombre. O sea, si lo quisieras, es decir, o... cualquier otra cosa que desees.
Joder, qué labia tengo. Aflojó el paso, con una leve sonrisa en la comisura de los labios. La miré un instante a los ojos antes de apartar la mirada.
—¿Es que se puede desear otra cosa, Foster?
—Aah, no, supongo que no. Mm... lo que quiero decir es que si desearas a un hombre, estoy segura de que no tendrías el menor problema para conseguirlo.
—¿Eso crees? —preguntó, sonriendo esta vez de verdad.
Cuando vi su sonrisa, casi le perdoné que me hubiera puesto tan incómoda. No me podía creer que me estuviera dejando tomar el pelo de esta forma. Era yo la que tomaba el pelo y... bueno, joder, pues así era.
—Aah, sí, creo que podrías conseguir prácticamente a quien quisieras.
—Ah.
Dios santo. ¡Por favor, que lo deje ya! Se hizo un silencio que yo habría calificado de incómodo, pero que ella podría haber considerado amistoso. Si me hubiera vuelto para mirar atrás, seguro que habría visto una plasta en medio del camino, de color marrón. Ya me entendéis.
—Oye, Foster, quiero enseñarte una cosa. —Me cogió de la mano, me sacó del camino y me llevó por una pequeña cuesta que bajaba hasta otro sendero menos definido. Sólo tenía la anchura suficiente para que camináramos en fila india, pero Riley siguió sujetándome la mano mientras avanzábamos, haciendo que me sintiera un poco acalorada, pero feliz. Le tiré de la mano para poder ver esos ojos tan preciosos que tenía.
—¿Adónde me llevas? —pregunté, contenta al ver que ya no parecía tan triste.
—Ya lo verás. Confía en mí —dijo con seriedad.
—Que confíe en ella, dice —dije en voz alta, pero al no recibir respuesta de Riley, le apreté la mano y cuando se volvió, le saqué la lengua. Respondió con su risa silenciosa y agitando la cabeza. Sonreí alegremente, misión cumplida. Mientras la seguía por el camino, aproveché para estudiar su cuerpo con más interés. Bonito culo, bonitas pantorrillas, bonitas piernas, espalda, hombros y brazos estupendos, bonito todo, pensé. Yo me aferraba a la escasa forma física que todavía tenía. Gracias a la genética y a un metabolismo acelerado, nunca me había tenido que preocupar por lo que otros pudieran pensar de mí. Pero Riley... bueno, con ella me sentía muy insegura.
—Mira.
Señaló y tomé aliento de golpe al tiempo que me salpicaba una fina lluvia de agua salada.
—Riley, esto es precioso —exclamé mientras contemplaba el océano. El sendero por el que habíamos bajado nos había llevado a la playa de debajo. Aunque no tenía mucha arena, estaba cubierta de pequeñas rocas que se adentraban en el mar.
Como yo seguía cogida a su mano sana, Riley señaló con la escayola.
—¿Ves esas rocas? —Asentí con la cabeza—. Yo pescaba desde ahí. Tendrías que verlo cuando el agua golpea esas rocas. Se forma un arco iris inmenso. —Sonreí por su entusiasmo y apartó la mirada—. Bueno, a mí me parece bonito —dijo con menos exuberancia.
Le tiré de la mano que no me había molestado en soltar.
—Gracias por enseñármelo. Es precioso. A lo mejor podemos coger unas cañas y venir a pescar un día, si quieres.
—Me gustaría.
—A mí también.
Seguí sonriéndole cuando se volvió para mirarme.
—Riley, yo... —Me detuve porque no tenía ni idea de lo que iba a decir. Esta mujer parecía despertar mis peores instintos.
Fingí distraerme cuando una gran ola se estrelló contra las rocas. Cuando volví a mirar, sus ojos ya estaban clavados en mi boca. Estaba tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarla. Cerré los ojos y esperé a que me besara.
Cuando no hubo beso, abrí los ojos y me encontré con otros azules muy confusos.
—¿Foster?
Oh, mierda, pensé apartándome de ella, con una sensación de vértigo por la mortificación. No había estado a punto de besarme en absoluto. Su cara me decía todo lo que necesitaba saber. Me di la vuelta y, lo más deprisa que pude, subí por el sendero, resistiendo las ganas de volverme para mirarla. Estaba segura de que todavía tenía esa cara de total confusión que tenía cuando abrí los ojos.
Regresé furiosa por el largo camino hacia el chalet. Me pareció oír que me llamaba una vez, pero no me molesté en darme la vuelta. Sabía dónde iba a estar: a fin de cuentas, no tenía otro sitio donde ir. Seguro que pensaba que había intentado insinuarme. Lo cual era cierto, supongo.
—¡Foster!
Ahora la oí claramente y no pude evitar que se me pusiera la espalda rígida. Apreté el paso al ver el tejado del chalet que aparecía entre los árboles. Menuda idiota estaba hecha. ¿Por qué iba a querer nadie relacionarse conmigo en estos momentos? No tenía nada que ofrecerle más que una historia lacrimógena y un mediocre acto sexual. No, mediocre no, le habría... Oh, cállate, me grité por dentro.
Subí a la terraza granate y blanquecina por el sol y di la vuelta hasta las puertas dobles que daban al dormitorio. Al girar el picaporte, me llevé la decepción de descubrir que estaban cerradas con llave. Maldita sea, ¿por qué Riley tenía que tomar tantas precauciones? ¿Quién demonios iba a meterse en un chalet en medio de la puta nada? Fui hasta la barandilla que evidentemente habían colocado Riley y Dani por razones de seguridad y me quedé mirando el océano furiosa. Dejé que el aire salobre me arrancara una lágrima del ojo que luego me sequé frotando con rabia. Sentir lástima de mí misma no era algo con lo que deseara empezar de nuevo. Ya lo había hecho tras el incidente de Canniff. El camino de vuelta a la semivida era muy largo y no me iba a ser más fácil si me dejaba atrapar por unos sentimientos infructuosos por una mujer que era evidente que no me correspondía.
—¿Foster?
—Escucha, Riley, lo... —No pude terminar la frase. Me sentí estrechada en el mismo abrazo cálido y reconfortante que recordaba de la noche anterior. Sus labios cubrieron los míos y empujaron suavemente hasta que, con un suspiro, abrí la boca. Exploró mi boca con cuidado mientras yo me preguntaba de dónde salía ese sabor a chocolate y menta. Me estrujó una vez y profundizó el beso. Me aguanté las ganas de abrir los ojos. Quería ver su cara, me preguntaba si tenía la misma expresión confusa de antes. Desde luego, la impresión era que sabía lo que se hacía. Vale, Foster, ya puedes tachar lo de hetero. Esta mujer tiene que llevar años besando a mujeres y si no deja de besarme ahora mismo, me voy a desmayar.
Por fin, la presión fue cediendo y poco a poco apartó sus labios de los míos. Abrí la boca y se me escapó un jadeo bochornosamente sonoro. Se me había olvidado respirar mientras me besaba. Me aparté de ella y contemplé el agua mientras intentaba recuperar el aliento.
—¿Vas a hablar conmigo ahora? —preguntó y pegué un respingo mientras me imaginaba de vuelta en ese beso. Asentí y noté, más que vi, que bajaba un escalón hasta colocarse a mi lado. Sentí el calor de sus dedos en la barbilla—. Por favor, ¿me miras?
Mi corazón se puso a latir otra vez como un traidor cuando sus ojos se clavaron en mis labios, haciendo que me temblaran.
—Foster...
Alguien carraspeó. Aparté la cara de la de Riley y fui a coger por instinto las pistolas que debería haber llevado encima, pero que no llevaba. Me había dejado llevar por un falso sentido de la seguridad cuando Riley me aseguró que no había nadie por los alrededores.
Una rubia bajita y musculosa estaba apoyada en un lado del chalet. Tenía los ojos ocultos tras las gafas de sol negras y se le veía el estómago musculoso bajo la minúscula camiseta que llevaba a pesar del día tan frío que hacía. Riley y ella debían de tener la misma fuente de calor constante en su cuerpo. Por lo que veía, llevaba el pelo recogido en una larga trenza como Riley. Prácticamente todo el mundo la consideraría más que guapa si pareciera un poco más accesible. Su boca rara vez parecía sonreír, aunque no resultaba antipática, sólo seria. El casco de moto que llevaba encajado debajo del musculoso brazo era tan negro como el resto de su ropa. Se quitó las gafas de sol y vi que tenía los ojos azules y que parecía hacerle cierta gracia habernos pillado en una situación bastante comprometida. Miré a Riley, para calibrar su reacción, justo a tiempo de ver cómo se volvía y miraba a nuestra inesperada visitante.
La alegría absoluta iluminó su rostro y exclamó jubilosa:
—¡Dani! —Y entonces subió de un salto a la terraza para estrechar y levantar a la mujer más baja entre sus brazos.
Dani, pensé lúgubremente. Justo cuando las cosas se estaban poniendo interesantes, quién va y aparece: Dani, que era como la versión en pequeño y en rubio de la propia Riley. Estoy empezando a sospechar que alguien me la tiene jurada.