Muro de silencioGabrielle Goldsby |
Por fin conseguí llevar a Riley a la cama. Y no es lo que pensáis. Me senté a su lado mientras ella se echaba y durante cuatro horas le conté todo lo del asesinato. No me callé nada e intenté ser brutalmente sincera. Quería que supiera en qué se estaba metiendo. Y aunque parecía consternada, me di cuenta por su cara de que le había confirmado algunas cosas que ella ya había supuesto.
—Gracias por contármelo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —pregunté con una débil sonrisa.
—¿Crees que debería decir más? ¿Para qué? —Me encogí de hombros y meneé la cabeza—. ¿Para que te sientas peor? ¿Mejor? ¿Es que podría decir algo?
—No, supongo que no. —Tenía razón. ¿Qué podía decir? ¿Que no lo debería haber hecho? ¿Que me había jodido la vida? Todo eso ya lo sabía.
—¿Crees que esos dos hombres de tu apartamento eran los que te atacaron aquella noche?
—No, las voces eran distintas. Eso podría haber sido un atraco vulgar y corriente. O qué sé yo, una especie de venganza por alguien a quien arresté en el pasado. —Al mismo tiempo que lo decía, supe en el fondo que todo aquello estaba relacionado de alguna manera. Pero no sabía cómo exactamente.
Riley asintió.
—¿Y lo de la bolsa con tus huellas?
Me encogí de hombros.
—Sobre eso no puedo hacer gran cosa. No puedo ir a la capitana y decirle, "Oiga, al tío ese sí que lo maté, pero no toqué ninguna bolsa de plástico".
Intenté parecer despreocupada, pero en el fondo seguía esperando a que Riley me dijera que saliera de su vida.
—¿El niño se pondrá bien? —preguntó al cabo de un ratito.
—No lo sé, Riley. Su madre seguramente va a necesitar ayuda para los dos.
—¿Y tú qué, Foster?
—¿Y yo qué? —La miré a los ojos cansados y medio cerrados.
—¿Has hablado con alguien?
—¿Te refieres a lo que le pasó al niño?
Asintió.
—A todo ello.
Abrí la boca para decirle que había visto cosas peores. Que todo el asunto me resbalaba. Pero la inocencia es algo poderoso y cuando miré a los ojos azules de Riley no pude mentirle.
—Estoy hablando contigo, ¿no? —pregunté, sólo medio en broma.
Se quedó mirándome a la cara un momento y luego dijo con tono sombrío:
—Sí, es cierto.
—Deberías dormir un poco.
—Es que no quiero.
Le sonreí. Parecía una niña terca a la que le acababan de decir que era la hora de irse a la cama. Ojalá le hubiera contado un cuento de hadas y no algo que podía provocarle pesadillas.
—No te vas a marchar, ¿verdad? —preguntó.
—No. No, no me voy a marchar. Estaré aquí cuando te despiertes.
—Vale... lo siento... las pastillas...
—Lo sé, pero a lo mejor necesitas descansar.
Riley se quedó dormida antes de que me diera tiempo de terminar la frase. Hasta dormía como una inocente: boca arriba, con la boca entreabierta y el cuerpo extendido como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Yo dormía como una criminal. Hecha un ovillo en posición fetal, con una mano debajo de la almohada, donde solía esconder la pistola. Se merecía algo mejor de lo que yo podía darle. Me levanté rápidamente de la cama y fui a la pequeña cocina. De repente, sentí la necesidad de establecer cierta distancia entre Riley y yo. Me senté a su mesa del desayuno con las manos en la frente y las piernas estiradas por delante. Traté de pensar en lo siguiente que iba a hacer.
En los recovecos más profundos de mi mente, algo me decía que debía irme. Que si de verdad me importaba Riley, me iría para que estuviera a salvo. Observé su respiración suave y acompasada desde mi posición junto a su mesita del desayuno durante lo que me parecieron siglos. Bajo mi mirada, su camiseta blanca fue subiendo despacio por encima de los músculos bronceados y exquisitamente cincelados de su tripa. Me entró una tristeza abrumadora. Tristeza porque sabía, con una certeza que no podía explicar, que Riley Medeiros lo pasaría mal cuando por fin me marchara de verdad. Me quedé mirando aquella tripa y me entraron unas ganas desaforadas de protegerla. Me levanté y fui hasta ella, medio esperándome que se despertara, pero no fue así y continuó respirando acompasadamente. Bajé la mano y le levanté la camiseta, para taparle el estómago. Me aguanté las ganas de darle un beso en la frente y regresé a la mesa de la cocina, donde seguiría montando guardia mientras ella dormía.
En algún momento, debí de apoyar la cabeza en los brazos y me quedé dormida. Me desperté de golpe por culpa de un ruido desconocido. Por costumbre, me llevé la mano a los riñones, donde llevaba las pistolas, mientras miraba frenética a mi alrededor para localizar el problema. No hice ni caso del dolor residual de mis costillas mientras rodeaba con los dedos la culata de mi pistola. El ruido se repitió y me di cuenta de que el culpable era el teléfono móvil de Riley.
Me relajé y me volví hacia la cama. Riley seguía tumbada como la había dejado y no parecía oír el teléfono. Como sabía lo importantes que eran para ella las llamadas, lo cogí para llevárselo.
Tenía la mejor de las intenciones, pero soy una cotilla total y la identificación de llamadas es un servicio estupendo hasta que alguien quiere meter las narices en tus asuntos. De modo que, mientras me acercaba a Riley, eché un vistazo al número como quien no quiere la cosa, pero a propósito. No sé qué me esperaba ver, pero no era el número de Secretos.
Abrí el teléfono a toda prisa para que no saltara el buzón de voz de Riley.
—¿Diga?
—¿Hola, Riley? —Reconocí la voz preocupada de Stacy.
—¿Stacy? No, soy Foster.
—Ah, bien. Foster, escucha, me acaba de llamar Marcus. Quiere que lo llames en cuanto puedas. No parecía muy contento con algo. Además, no hace ni diez minutos que me han venido a ver dos detectives preguntando por ti. No les he dicho gran cosa, sólo que te había visto por aquí algunas veces y nada más.
—¿Te ha parecido que se lo creían?
—Sí, creo que sí, pero no estoy segura.
—¿Han preguntado por Riley? —pregunté pensativa al tiempo que me volvía hacia su figura inmóvil.
—No, a Dios gracias. No creo que sepan nada de ella aún. No me atrevo a ir por el club para decirle a todo el mundo que cierre el pico. Las de siempre lo harán sin que yo les diga nada, pero ya sabes que nunca se sabe quién se va a pasar por aquí cada noche.
—Lo comprendo, Stacy —dije distraída.
—Oye, no te olvides de llamar a Marcus. Parecía alterado por algo.
—¿Tienes su número? No me lo sé de memoria.
—Sí, espera un segundo. —Volvió al instante y me recitó los números, que yo anoté en un trozo de papel de cocina.
—Stacy, gracias, y si no te importa, mantén informada a Riley. ¿De acuerdo?
—¿Vais a seguir juntas? —No supe si le parecía buena idea o no y lo cierto es que yo tampoco lo sabía.
—No lo sé, pero en cualquier caso, ella es seguramente la mejor manera de ponerse en contacto conmigo en el futuro.
—Vale. —Pareció aceptarlo como si tal cosa. Yo, sin embargo, me quedé atónita por el grado de confianza que le estaba dando a Riley. Era extraño, porque Riley y yo no nos conocíamos muy bien. Seguro que tenía algo que ver con lo dispuesta que estaba a poner en peligro su propia seguridad por mí, decidí mientras me despedía de Stacy a toda prisa y marcaba el número de Marcus. Contestó al tercer timbrazo, sin aliento como si hubiera tenido que subir dos pisos a la carrera para llegar al teléfono.
—Hola, Marcus.
—Oh, Dios santo, Foster, ¿eres tú? —susurró.
—Pues sí, soy yo... ¿hay alguien ahí?
—Ah, no... lo siento... es que... supongo que me he emocionado un poco. —Me reí por lo bajo—. ¿Cómo vas?
—Bien, supongo, dado cómo están las cosas. Stacy me ha dicho que tenías que hablar conmigo.
—Sí, escucha, he estado investigando un poco por mi cuenta.
—Ah, Marcus, maldita sea. No puedes hurgar en toda esta mierda, ¿vale? No quiero que te carguen a ti con mis rollos.
—Ni siquiera saben que somos amigos. Además, tengo cuidado. Sé cómo eliminar el rastro. Recuerda que soy el único que tiene los códigos del mantenimiento de archivos para las bases de datos.
Me senté a la mesa y me froté la frente. Me estaba entrando jaqueca. Primero se dedicaban a interrogar a Stacy y ahora Marcus quería hacerse el duro, lo cual seguro que acababa metiendo a todos en un lío para el que no estábamos preparados.
—Marcus, te agradezco lo que estás haciendo —dije, con la cabeza apoyada en la palma de la mano—. De verdad. Pero hay algunas cosas que no entiendes. —No quería decirle nada más sin confesar mi culpa por el maldito teléfono, pero estaba preocupada. Primero Riley, luego Stacy y ahora Marcus estaban haciendo de todo para mantenerme a salvo: proteger a un criminal es un delito en cualquier estado y se castiga con penas de cárcel.
—Comprendo lo que estás diciendo y me andaré con tiento. Pero primero escucha esto.
—Vale, Marcus, ¿qué tienes?
—Sólo estaba intentando averiguar por qué te buscaban.
—Muy bien —lo insté a continuar mientras por el rabillo del ojo veía que Riley se movía en sueños.
—Como he dicho, es extrañísimo, pero lo están manteniendo todo muy callado. Lo que quiero decir es que está todo tan tapado que aquí nadie sabe de verdad qué está pasando. La mayoría de la gente de la división cree que has perdido la cabeza por lo de la muerte de Smitty y que la capitana te ha obligado a tomar vacaciones.
Fruncí el ceño al oír eso. Un "poli corrupto" suele ser el único tema de conversación, sobre todo si ese poli es de tu propia comisaría.
—Así que fui a los archivos para ver si habían emitido una orden de arresto. Ya sabes, porque Stacy dijo que se presentaron en tu casa para detenerte. Y sí que la hay, pero al loro, la firmó el juez O'Malley el día después de que intentaran detenerte.
—O'Malley, O'Malley... ¿por qué me suena ese nombre? —Tardé un momento en recordar que el juez O'Malley era el que había firmado la orden de arresto contra Canniff. También era amigo de la capitana. Seguro que estaba sentada en su despacho salivando como un perro de Pavlov ante la idea de acabar conmigo—. No me puedo creer que esos dos capullos ni se molestaran en conseguir la orden de arresto cuando vinieron a detenerme.
No era la primera vez que la policía se ponía demasiado nerviosa e intentaba detener a alguien sin una orden, pero me sorprendía que hicieran eso conmigo. Sin duda, yo les habría pedido ver la orden, a menos... a menos que no tuvieran la menor intención de llevarme a comisaría.
No tengo ni idea de cómo mis pensamientos pasaron del punto "A" al punto "B". Pero sí que recordé que uno de ellos comentó que tenía prisa por volver a casa. Llevarme a comisaría y encerrarme como es debido supondría probablemente horas de papeleo y ya era tarde cuando llamaron a mi puerta.
—No acaba ahí la cosa.
Supe por el tono de Marcus que estaba disfrutando. Me puse triste porque me recordó a Smitty.
—Te están buscando como sospechosa del asesinato de Harrison Canniff en base más que nada a una huella dactilar que estaba en una bolsa que le envolvía la cabeza cuando lo sacaron del agua.
—Sí, ya lo sé —le dije a Marcus con cansancio—. No sé de dónde... —Marcus había seguido hablando llevado de la emoción y no había oído nada de lo que yo decía.
—No encuentro nada sobre una bolsa en el informe del forense.
—Oh, Dios mío —susurré—. Su mujer no pudo indentificarlo. Tuvieron que basar la identificación en un tatuaje. Tenía la cara destruida por el agua y lo que se lo estuviera comiendo allí abajo. —El alivio que sentí al darme cuenta fue como el de un poderoso laxante.
—¡Sí! —dijo Marcus muy ufano.
—¿Entonces de dónde diablos ha salido esa bolsa de plástico? —pregunté sin dirigirme a nadie en concreto.
—No lo sé.
—Joder, Marcus, ¿puedes pasarle una copia de eso a Stacy? Ya me las arreglaré para que me la dé.
Me pegué a la oreja el móvil ahora caliente mientras escuchaba lo que decía Marcus. Se suponía que era detective y ni siquiera se me había ocurrido pensar que algo no cuadraba. No había razón alguna para que Smitty le envolviera la cara al tipo con una bolsa. Si acaso, eso habría retrasado la descomposición y, aunque lo hubiera hecho, mis huellas no deberían haber aparecido por ninguna parte. Estaba segura de que no había tocado nada. Alguien estaba intentando encasquetarme un asesinato que sí había cometido. La pregunta era, ¿por qué? ¿Para qué molestarse? A menos que no sepan que lo hice yo de verdad. Salí de mis reflexiones por el sobresalto que me produjo lo que dijo Marcus a continuación.
—Ah, y Foster, hay otra cosa. Saben lo de los expedientes que solicitaste.
—¡Ahhh, maldita sea!
—Sí, pero no te preocupes. Cuando lleguen, intentaré fotocopiarlos y hacerte llegar las copias.
—Vale, hazlo, por favor, Marcus. Te llamo dentro de unos días.
Me despedí y me quedé sentada un momento repasando la nueva información. Había estado tan consumida por la desesperación y luego tan temerosa de acabar en la cárcel que no había reaccionado en absoluto como una detective. Estaba demasiado cerca del problema, demasiado asustada por la posibilidad de que me detuvieran.
Un movimiento que capté por el rabillo del ojo me sacó por fin de mi trance y vi que Riley se incorporaba en la cama. Estiró los brazos por encima de la cabeza y una vez más me regaló una visión de su abdomen.
—Hola —le dije sin levantar la voz para no asustarla.
—Hola —contestó.
—¿Has dormido bien?
—Sí, ¿cuánto tiempo he estado sopa? —Echó las largas piernas por el lado de la cama y se levantó.
—No mucho, unas dos horas, creo.
Riley asintió y se sentó a la mesa frente a mí.
—¿Qué haces?
—Pensar.
—Ah.
—Tengo que ponerme en marcha, Riley. Tengo que salir de la ciudad. Aquí estoy demasiado cerca de las cosas. No estoy pensando como es debido —solté por fin.
Asintió como si supiera que iba a ocurrir esto.
—¿Tienes una idea de dónde vas a ir?
—No, aún no. Pero va a ser un sitio tranquilo. Estoy cansada y asustada y... hay una serie de cosas que ahora mismo no me cuadran. —Le conté la versión resumida de lo que me había dicho Marcus.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana. Al amanecer, creo.
—Te puedes llevar mi coche.
—¡Riley, no me puedo llevar tu coche! ¿Cómo vas a volver a casa?
—No sé, déjalo en alguna parte y ya buscaré a alguien que me ayude a recuperarlo.
—No...
—¿Por qué no dejas que alguien te ayude? —Entró en la cocina, abrió la nevera y no me sorprendió que sacara una botella de agua. Esperé a que me mirara, pero creo que estaba evitando el contacto visual a propósito.
Maldición. Veis, ésta es la parte que cateé. Las reflexiones y conversaciones profundas y toda esa mierda que hace que se te parta el corazón. Riley entró en su habitación de las pesas y por primera vez me fijé en que su colchoneta estaba enrollada y que la mayoría de las pesas estaban metidas en cajas.
—Escucha, lo siento, Riley, pero no puedo llevarme tu coche. Si me ven en él y lo rastrean, aparecerá tu nombre. Como ya he dicho, no quiero que te impliques en esto. —No dijo nada durante unos minutos y me devané los sesos—. Me doy cuenta de que esto es demasiado para ti. Lo sería para cualquiera. Ahora debo irme.
Salir de la habitación de las pesas de Riley me resultó dificilísimo. Quería abrazarla y decirle que no tardaría en volver, como si sólo fuera a la tienda o algo así. Casi tropecé cuando el recuerdo del dolor me golpeó con la fuerza de un ariete.
Porque así nos dejó mi madre. Me dio un abrazo y a mi padre un beso en la coronilla y se fue a la tienda a comprar zumo de naranja o una estupidez por el estilo. Recuerdo lo que llevaba puesto como si fuera ayer, un vestido amarillo con medias blancas y zapatos blancos. Recuerdo que pensé que no era domingo y por qué estaba toda arreglada. Cuando ya llevaba tres horas fuera, incluso bromeamos diciendo que debía de haber volado a Florida para recoger el zumo de naranja. Creo que lo sabíamos incluso entonces. Recibimos una llamada por teléfono veinticuatro demoledoras horas después diciendo que estaba enamorada y que no volvería nunca.
No podía hacerle eso a Riley. No lo iba a hacer. Sentía algo por ella. Yo no lo llamaría amor, pero sí que deseaba tener más tiempo para estar con ella. Tal vez éste era uno de mis castigos. Encontrar a alguien que hacía que me doliera el pecho cuando estaba triste era la peor suerte del mundo. Me sacudí mentalmente antes de que mis ideas pudieran seguir adelante. A lo mejor algún día tendría tiempo de reconocer mis sentimientos por ella, pero hoy no.
—¡Foster, espera! —Tenía esa cara de "se me ha ocurrido una idea" y me costó no inclinarme hacia delante para ver qué tenía que decir—. Podrías... podrías venir conmigo.
—¿Ir contigo? —repetí. No pude evitar la acometida de esperanza que se estrelló contra mi caja torácica.
—Sí, conozco un lugar donde puedes descansar y a lo mejor decidir lo que quieres hacer. Está aislado y es tranquilo. Nadie te molestaría.
—Riley, no quiero que te metas en líos —dije sin mucho convencimiento.
—Pero ya podría estar metida en un lío. Yo no puedo conducir hasta que tenga mejor la mano. De esta forma no tendré que preocuparme por ti y tú podrás salir de la ciudad, al menos hasta que se te ocurra un plan o algo.
Durante los pocos segundos que tardé en contestarle, por mi cabeza pasaron cientos de razones por las que debería marcharme y sólo dos razones por las que debería quedarme. La primera era que no quería dejarla, y la segunda era que no quería estar sola. Me sentí avergonzada. Me había pasado toda la vida diciéndole a la gente que no necesitaba a nadie, esforzándome por alejar a la gente, manteniendo a raya incluso a mi padre, por temor a acabar atada. Pero la verdad del asunto era que no quería que me dejaran. Que te dejen y estar sola por que tú eliges estarlo son dos cosas muy distintas.
Apoyé la frente en la puerta y esperé. Tal vez quería una señal o algo así, pero no conseguí nada. Lo único que obtuve fue un silencio absoluto. Hasta Bud había detenido su habitual carrera vespertina a doscientos kilómetros por hora.
—¿Dónde iríamos? —pregunté suavemente al tiempo que me volvía para mirarla.
En sus ojos asomó un destello de cautela esperanzada antes de responder.
—Me iba a ir de vacaciones antes de empezar a trabajar. Una amiga mía y yo construimos un chalet en un terreno que era de su tío. Está en la costa de Mendocino. Es muy bonito y apacible. Sólo hay unas cuatrocientas personas en todo el pueblo. Puedes pensar... o esconderte o lo que sea, pero estarás a salvo.
—¿Cuánto tiempo te ibas a quedar?
—No empiezo mi nuevo trabajo hasta septiembre. Iba a pescar un poco, tal vez a leer un poco... —Se encogió de hombros—. Simplemente a relajarme. He tenido tantas clases hacia el final que creo que estoy agotada.
La miré de nuevo. Sí que parecía cansada. Unos cuantos meses de descanso le vendrían bien y a lo mejor un lugar agradable y aislado donde esconderme también me vendría bien a mí.
—¿Cuándo nos marcharíamos? —pregunté. Ya había tomado la decisión cuando dijo que estaría a salvo. Eso era lo que quería en realidad. Un sitio donde pudiera acurrucarme y olvidar.
—En cuanto metamos el resto de mis cosas en el coche —dijo apagadamente.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí, vámonos de aquí.
El silencio era tan ensordecedor que me volví para asegurarme de que Riley seguía allí y me encontré inmersa en un abrazo. Y me refiero a un abrazo de verdad. De los que deseas cuando te sientes fatal y necesitas que te demuestren que te quieren.
—Dios, cariño, qué abrazos tan estupendos das. —Me aparté de Riley y las dos nos quedamos con cara de habernos tragado un inmenso cubito de hielo—. Lo he dicho en voz alta, ¿verdad? —La cosa no habría sido tan mala si no lo hubiera dicho con ese tono de suprema excitación.
Riley asintió y las dos sonreímos nerviosas. Así que esto se llama tensión sexual, ¿eh? Vi que Riley se tiraba del borde de la escayola rosa como si estuviera a punto de arrancársela de cuajo. Ojo, no podría jurarlo, pero creo que esto de la tensión sexual podría ser la sensación más incómoda del mundo.
—¿Nos ponemos a recoger tus cosas?
Riley asintió rápidamente y se encaminó a la habitación donde estaban sus cómics y su portátil. Se acabaron esos abrazos, pensé mientras la seguía. Podía acabar haciendo una locura, como suplicarle una repetición de aquel famoso beso.
No tardamos en cargar las escasas pertenencias de Riley en el maletero de su Land Cruiser. Lo dejó todo, salvo su ropa, el ordenador, las cajas de cómics y las pesas, para que el dueño del cine se lo quedara.
—Jo, Riley, este tío tiene que ser un amigo de verdad. Le estás regalando prácticamente un apartamento totalmente amueblado y recién arreglado —le dije. En realidad estaba indagando, porque quería saber qué grado de intimidad tenía con este "amigo".
Riley se encogió de hombros.
—Bueno, es mi amigo —fue lo único que dijo. Me tendría que haber sentido mejor, pero no fue así. Que Riley fuera buena amiga no me sorprendía. Su forma de desvivirse por mí me indicaba la clase de persona que era. Pero creo que quería creer que a lo mejor yo era distinta.
—Además, me ha dejado vivir aquí durante meses sin cobrarme nada.
—Bueno, yo no diría sin cobrarte nada precisamente, Riley. Vigilas el lugar y ahora tiene un apartamento que podría alquilarle a otro estudiante.
Riley me sonrió mientras las dos entrábamos de nuevo en el cine para recoger el resto de sus cosas, mi bolsa y a Bud.
—No, eso sería ilegal, ¿recuerdas? Este sitio no tiene los permisos para reconvertirse en viviendas.
—¿De verdad crees que este tío no va a dejar que otra persona viva aquí? —pregunté, pasmada por su candidez—. Cuesta encontrar una buena vivienda. Y qué demonios, en cuanto este local esté arreglado y funcionando, la persona que viva aquí no tiene más que levantarse en mitad de la noche y subir a la tienda de chucherías en ropa interior. Se podría poner hasta arriba de Red Vines, Raisinettes y palomitas. Sin problema.
Estaba tan metida en mi pequeño discurso que no me di cuenta de que Riley se había detenido para recoger mi bolsa, que seguía en el suelo cerca de la butaca donde me había sentado durante el corto tiempo que habíamos estado separadas. Me estaba mirando con una cara que esperaba ver más a menudo. ¿No se llama tolerancia cariñosa? Sí, algo así.
—Foster, no deberías comer esas porquerías. Por lo menos no todas a la vez.
—¿Por qué no?
—Porque es malo para ti.
—Qué va. Llevo toda la vida comiendo así. No me trago esas chorradas de que "no es bueno para ti". Vas a tener que inventarte otra cosa.
—Pero, ¿sabe bien siquiera?
—¿Tú nunca has comido Red Vines, Riley? —Estaba escandalizada. ¿Cómo se podía ser tan poco americana? A lo mejor era una de esas personas que no comen caramelos porque tienen miedo de que les salgan caries.
—Seguro que sí. Pero no me acuerdo.
—Ah. —Me encogí de hombros y me volví para volver a bajar al apartamento de Riley. Me olvidé temporalmente de mis problemas—. Mi primer objetivo en esta amistad es conseguir que te des un auténtico atracón de chuches conmigo. Y cuando digo auténtico, me refiero a todo. Chocolate, caramelos, Slim Jims, Twinkies. Lo que se te ocurra, nos lo vamos a comer. Te voy a corromper, Riley Medeiros —dije riendo mientras bajaba por la estrecha escalera y entraba en el apartamento alegremente iluminado.
Riley me seguía de cerca, sonriendo aún ligeramente.
—¿No vas a decir nada?
—¿Sobre qué? —preguntó, y su sonrisa empezó a desaparecer.
—Sobre el hecho de que te voy a corromper.
Se le pusieron los ojos como platos.
—¿Sí?
—Sí, eso voy a hacer. Tengo un objetivo. Lo vas a hacer conmigo dentro de dos meses o moriré en el intento.
—Oh... dos meses, ¿eh?
—Pues sí.
—Aah, ¿tú crees que resistiré tanto tiempo? O sea, ¿d... dos meses?
—Sí, vas a ser dura de pelar. —Le di una palmadita en el musculoso hombro y luego le sonreí burlona y dije—: Pero sé que te mueres por darte por vencida.
Qué graciosa era. La cara que se le puso no tenía precio. Si no fuera porque no me parecía posible, habría pensado que estaba de verdad nerviosa ante la idea de que acabara corrompiendo su exquisito paladar.
—Vale, ahora no mires —le dije al acercarme a ella por detrás. Había decidido dedicar un tiempo a conseguir un disfraz mejor que la gorra de Riley y unas gafas de sol. Seguramente seguiría llevando las gafas, pero la gorra me daba aire sospechoso y no quería llamar la atención más de lo que ya la había llamado.
Me quedé en silencio un momento detrás de ella y la idea irracional de espero que le guste se me cruzó por la mente antes de darle un golpecito en el hombro.
—Vale. —Carraspeé para aclararme la voz, que parecía haber desarrollado una espantosa ronquera en los últimos segundos.
Riley se volvió y sus ojos se posaron automáticamente en mi pelo. De repente, se puso roja como un tomate. Me pregunté por qué era ella la que se ponía colorada. Jo, era yo la que tenía que quedarse ahí plantada mientras ella me miraba así. ¿Y por qué demonios hace tanto calor aquí dentro?
—Aah, ¿no te gusta? —Me pasé una mano por el pelo y la miré cortada—. Tendría que haber dejado que me ayudaras.
—No... No, o sea, sí que me gusta, te pega —dijo Riley al tiempo que su mano escayolada subía para tocarme el pelo. Se detuvo justo antes de tocarlo y me obligué a no soltar un suspiro de desilusión—. ¿Qué sensación te produce?
—Me resulta... distinto. He llevado el pelo largo toda mi vida. Nunca me había planteado cortármelo, pero... —Me froté la nuca con la mano y sonreí cohibida—. No sé. Supongo que me gusta. Es agradable no tener tanto ahí detrás. También me gusta el color. ¿O crees que es demasiado? Soy bastante pálida.
Riley se puso a hurgar en el espacio que había entre la escayola y la articulación del pulgar. Me pregunté si esos gilipollas del hospital se la habían puesto demasiado apretada.
—Creo que estás muy guapa, Foster.
—Gracias, mm, voy a recoger la bolsa de la basura y nos podemos ir, ¿de acuerdo?
Asintió y, tras echarme otro vistazo, recogió a Bud apresuradamente y, sin mirar atrás, salió del lugar que había sido su hogar durante meses. Sé que habría acabado marchándose, pero no pude evitar sentir que me estaba aprovechando de la amistad de Riley. Cerré bien la bolsa y me miré por última vez en el espejo. El largo pelo rojo que siempre decía que me iba a cortar y arreglar, sin hacerlo nunca, estaba ahora en una bolsa de basura. El pelo recién teñido de rubio parecía empeñado en salir disparado de mi cabeza en todas direcciones.
Fruncí el ceño. Me sentía rara. Distinta. El miedo seguía allí, rondando fuera de mi alcance, pero ahora sentía esa emoción infantil asociada a los viajes por carretera y las nuevas aventuras.
—Foster, vamos. Hace calor ahí fuera. No quiero que a Bud le dé un sofoco.
—Ya voy.
Salí del apartamento y cerré la puerta. Yo tampoco miré atrás.
Para cuando Riley y yo conseguimos llegar a la autopista 101 para enfilar hacia el norte de California, el tráfico de la hora punta ya había empezado. Me hundí en el asiento y me calé bien la gorra de Riley.
—Espero que esto no dure mucho. A este paso no vamos a llegar en la vida.
El lugar de descanso de Riley, como lo llamaba ella, estaba en un pueblo llamado Albion situado a unos pocos kilómetros de Mendocino. Riley pensaba que sería mejor que fuéramos hasta allí por la carretera 1, porque tenía buenas vistas y era menos probable que nos encontráramos policía. La convencí de que la 101 sería más segura y además, no creía que un observador fortuito me reconociera.
Lo que no le dije era que no soportaba pasar por el tramo de carretera donde Smitty había puesto fin a su vida. Era demasiado decepcionante, demasiado manido y demasiado doloroso intentar iniciar una nueva vida pasando por el lugar donde la suya había terminado. Pero los parones continuos en la 101 me estaban desquiciando y no podía evitar sentir que había ojos por todas partes que me taladraban la cabeza. Suspiré al colocarme detrás de una destartalada furgoneta que llevaba tres niños y un pastor alemán en la parte de detrás. Los tres niños me miraban con malas intenciones mientras conspiraban muy pegados los unos a los otros y luego, mira tú qué sorpresa, los tres pusieron caras grotescas. Fulminé con la mirada a su despistada y probablemente indiferente madre que conducía la monstruosidad y por un momento me planteé sacar la pistola. No me pareció que a Riley le fuera a gustar que me liara a tiros con las pequeñas sabandijas, de modo que me conformé con otro suspiro de exasperación.
—Oye, podría conducir con una sola mano, ¿sabes? —dijo por tercera vez en una hora.
—Sé que podrías, Riley, pero a mí no me importa. Además, no tardaremos nada en salir de esto.
—Vale, pero dímelo.
—Te lo diré, pero estoy bien. —Cuando volvía a mis planes para destruir la furgoneta, oí la voz grave de Riley.
—De verdad que estás guapa, aunque no es que no lo estuvieras antes, pero...
Me volví bruscamente para mirarla y luego miré de nuevo la carretera. Lo que nos faltaba era tener un accidente antes de salir siquiera de Los Ángeles.
—Aah, gracias... Ojalá me hubiera comprado espuma o algo así. —Vale, ¿se puede ser más estúpida? Aferré el volante y me imaginé a mí misma dándome cuatro o cinco patadas en el culo.
—A mí me parece que te quedará bien sea como sea.
Empecé a sonreír y luego cerré la boca de golpe porque ya empezaba a sentirme como una auténtica idiota. Me pareció que era el momento perfecto para preguntarle a Riley sobre sus costumbres a la hora de ligar, pero ni siquiera sabía por dónde empezar. Yo me las había apañado en el mundo del ligue sólo gracias a mi aspecto medio atractivo. Si no se acercaban a mí... bueno, digamos que en el pasado no era frecuente que diera yo el primer paso. Vale, ahora me puse a pensar que debería estar mirando hacia atrás o algo así, no preguntándome si tenía alguna posibilidad con Riley Medeiros.
Las dos nos sobresaltamos cuando el móvil de Riley, que había dejado en el salpicadero, se puso a vibrar. Agarré con fuerza el volante de forma inconsciente. Fingí que no estaba escuchando cuando contestó al teléfono, pero en un espacio tan reducido habría sido imposible no oír la conversación.
—Diga... ¡Hooolaaaa!
No me gustó cómo sonaba ese "Hola".
—Estoy bien. Sí, puede que tarde, no te importa, ¿verdad? Sí, lo sé. Tendremos que hacerlo. ¿Cómo va todo? Vale... vale... vale, pues te lo prometo. Muchísimas gracias, Dani, te llamo dentro de unos días. Adiós.
Miré un instante a Riley y luego de nuevo a la carretera.
—¿Todo bien?
—Sí, era mi amiga Dani. La llamé cuando estabas en el baño. Ha dicho que el chalet está listo, pero que tendré que encender las chimeneas. Ha dicho que puedo quedarme todo el tiempo que quiera, que ella no lo va a necesitar. —Riley suspiró y miró por la ventanilla.
—No pareces muy contenta —indagué con cautela.
—No, no es eso. Es que parecía un poco apagada.
—Ah, ¿y por qué no le has preguntado si le pasaba algo?
Riley se encogió de hombros.
—Porque no me lo habría dicho.
Me moví incómoda en el asiento mientras el tráfico seguía avanzando a paso de tortuga.
—Yo creía que erais buenas amigas.
—Lo somos. Si necesita hablar, me lo dirá.
Puse los ojos en blanco. Esta Dani parecía la copia exacta de Riley. Me resultaba increíble que pudieran mantener una conversación, y no digamos ser amigas íntimas.
Me detuve detrás de la furgoneta y me volví hacia Riley.
—Riley, ¿hay alguien...?
Las pestañas de Riley se agitaron, pero no abrió los ojos. Una vez más, me sentí culpable por lo que le había hecho pasar en los últimos días. Suspiré. Le iba a preguntar si había alguien que se pudiera preocupar por ella si no iba a casa directamente.
—Riley, ¿estás despierta? —Noté que pegaba un respingo—. Tranquila, Riley. No pasa nada —le dije suavemente. Llevaba tres horas seguidas conduciendo y cuanto más nos alejábamos de Los Ángeles, más notaba que la tensión desaparecía de mis hombros. Había tomado una decisión y quería hablar de ello con Riley—. Tenemos que poner gasolina y me muero de hambre. Tendría que haber cogido algunas cosas cuando compré el tinte del pelo.
Riley se incorporó en el asiento y estiró un poco la espalda. Me obligué a mantener los ojos en la carretera y no mirarle el pecho.
—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?
—Unas tres horas.
—¿Tres horas?
—Creo que estabas cansada. —La miré rápidamente y sonreí cuando los adormilados ojos azules me miraron algo confusos.
—¿Por qué no me has despertado?
—¿Para qué?
—No sé, para hacerte compañía.
La miré de nuevo y vi que parecía un poco inquieta.
—Quería que durmieras un poco.
Asintió y dijo con tono resignado:
—Sí, estaba algo cansada. ¿Sabes dónde vas a parar?
—Sí, voy a tomar la próxima salida. Podemos comprar algo de comer y poner gasolina al mismo tiempo.
Mi estómago rugió con poca elegancia cuando tomé la salida y tras un rápido giro a la derecha, entré en una gasolinera donde sólo había cuatro surtidores y una tienda. A ambos lados no había más que kilómetros y kilómetros de tierra de cultivos baldía. Era el sitio perfecto para hacer un descanso.
Riley fue la primera en abrir la puerta del coche.
—¿Por qué no te quedas aquí? Yo me ocupo de la gasolina y de comprar algo de comer.
—Vale —dije distraída y me quedé mirándola mientras desplegaba las largas piernas, salía del coche y entraba en la tienda. El yeso rosa de su escayola parecía obsceno en contraste con su piel morena. Su camiseta ceñida desparecía por dentro de la cinturilla de sus vaqueros perfectamente planchados. Jo, qué mal, pensé deprimida. Mi estómago secundó mi declaración mientras me reclinaba en el asiento con los ojos cerrados.
—Espero que traiga Slim Jims —rezongué por lo bajo.
Me incorporé de golpe. ¡Había cometido un gravísimo error! Había permitido a una mujer que tenía calabaza y calabacines en la nevera que entrara en una tienda a comprarme algo de comer.
—Maldición. —Cogí apresuradamente la gorra que me había quitado de la cabeza una vez dejamos los límites de la ciudad y las gafas de sol baratas. Respirando hondo, dejé el coche, pensando que estaría a salvo en esta zona tan aislada.
Subí los escalones de la tienda, que por cierto, parecía haber sido una vivienda en otro tiempo, y abrí la puerta de malla metálica con una mueca por el chirrido. Entré y miré dudosa a mi alrededor. No vi a nadie en el mostrador, de modo que mis ojos empezaron a registrar la tienda en busca de Riley. Efectivamente, la vi inclinada sobre un muestrario de fruta con una cestita roja colgada del brazo izquierdo al tiempo que usaba la mano escayolada para toquetear la fruta. Puse los ojos en blanco y me acerqué.
—Hola —dije, cruzándome de brazos y estrechando los ojos.
—Ho... ¿Hola? —Abrió mucho los ojos al verme. Miró a su alrededor y susurró—: ¡Deberías haber esperado en el coche!
—¿Qué llevas ahí? —le pregunté con desconfianza.
Miró su cesta y luego me miró de nuevo.
—¿Agua y fruta?
—Ya, ¿y qué has cogido para mí?
—Mm, pensé que esto era para las dos.
Meneé la cabeza y entorné los ojos tras las gafas baratas.
—Ni mucho menos.
Abrió la boca para decir algo más y entonces estrechó los ojos y apretó los labios.
Dejó la cesta despacio y luego se irguió cuan alta era. Le apareció un músculo en la mandíbula, recordándome lo amenazadora que me había parecido cuando montaba guardia en la puerta de Secretos.
—Aah, ¿Riley...? —Me iba a disculpar. A decirle que sólo era una broma. Si quería que me comiera una puñetera manzana, me la comería. No hacía falta que se cabreara.
—¿Lo ves, qué te he dicho?
—¡Es ella!
Me di la vuelta y vi a dos capullos paletos y sucios tipo Deliverance, incluidos los pantalones de peto sucios y la camiseta sin mangas. Estaban plantados en medio del pasillo impidiendo cualquier posibilidad de una rápida retirada. Fui a coger mis pistolas por instinto, pero una mano me detuvo por detrás. Miré rápidamente hacia atrás y vi que los ojos de Riley no se habían apartado de los dos hombres sucios que teníamos delante, pero que esperaba con calma.
—¡Myrtle, Myrtle, ven aquí, rápido! —gritó uno de ellos mientras el otro sonreía muy contento con un trozo de chicle que le asomaba por la boca al masticar.
Me quedé mirando, asombrada, cuando aplastó el chicle y luego se puso a hacer globos que estallaban sonoramente. Ojalá yo pudiera hacer eso, pensé como una tonta mientras lo miraba. Parpadeé al darme cuenta de que probablemente había perdido la cabeza. Aquí estaba, en el quinto pino de California con dos hombres de aspecto realmente sucio, uno de los cuales era evidente que me había reconocido, y lo que sentía era envidia de su capacidad para hacer globos con el chicle.
Myrtle salió de la parte trasera de la tienda con una escoba y un recogedor.
—¿Qué quieres, Milton? Tengo mucho que hacer... ¡ohhh, Diooooossss míííoooo!
Le clavé a Myrtle una mirada que esperaba que resultara amenazadora.
—Bueno, ¿qué quieren? ¿Un autógrafo o qué? —Esta gente estaba empezando a ponerme nerviosa. Lo que tenían que hacer era llamar a la policía o quitarse de en medio de una puta vez.
El mayor de los dos hombres pegó un respingo e inmediatamente se puso a dar órdenes.
—Myrtle, llama a Hershel y dile que traiga los cómics.
Me puse tensa cuando Myrtle pareció salir de su estupor y volvió corriendo por donde había venido. Era una estúpida por creer que podía salir tan contenta de la ciudad con Riley sin que me pillaran. Riley seguía sujetándome la mano a la espalda. A lo mejor alguien me estaba diciendo que ahora no me tocaba ser feliz. Me apoyé en Riley. Al instante, noté el calor de su cuerpo a través de mi camiseta. Notaba su respiración, que, ya fuera una coincidencia o cosa del destino, seguía el ritmo de la mía. Me fundí con su cuerpo mucho más grande y habría podido jurar que ella hacía lo mismo. Seguramente ésta iba a ser la última vez que estaría en contacto con ella y quería recordarlo.
El ruido de pasos a la carrera fue lo que nos sacó a los cuatro de nuestro trance silencioso. Un hombre que hacía que Riley pareciera una Barbie entró como una exhalación por la puerta, con cara de pocos amigos. Llevaba en las manos un montón de revistas. No iba vestido con uniforme de policía de ninguna clase, pero qué diablos, a lo mejor aquí no usaban uniforme. Tampoco parecía que tuvieran mucha necesidad de policía.
—Aah, es usted, ¿verdad? —preguntó el hombre de más edad con cierto temor. Abrí la boca para contestar y entonces me di cuenta de que estaban mirando por encima de mi cabeza, no a mí.
—Claro que es ella, papá. Es igual —contestó el hombre más joven.
—¡La leche! —dijo Myrtle.
—Esa boca, Myrtle Ann Devorou —dijo el papá sin quitarnos los ojos de encima.
Vale, no tenía ni la menor idea de qué estaba ocurriendo. Pero noté que el cuerpo tenso de Riley se relajaba y hasta cierto punto, aunque seguía sin entenderlo, sentí que yo hacía lo mismo.
—Tenemos a la auténtica "Amenaza Oscura" aquí en nuestra tienda. —Lo dijo con tanta reverencia que al instante me moví de nuevo para coger mi arma. Esta gente me estaba asustando. Pero Riley me detuvo una vez más. La miré enfadada, pero su mirada firme no se había apartado de los cuatro desconocidos boquiabiertos que tenía delante.
—Sí, soy yo —dijo despacio y entonces nuestros cuatro nativos se pusieron a hablar todos a la vez.
—¡Lo sabía!
—No es cierto, papá, te lo he dicho yo.
—¿Nos firma nuestros cómics, señora? Tenemos la serie primera, segunda y tercera completas.
Me quedé mirando a Myrtle como si se hubiera vuelto loca. ¿Quién demonios se creían que era Riley? El grandullón, Hershel, no había movido ni un músculo desde que había entrado. Simplemente miraba a Riley. Retrocedí un paso y noté que me ponía a gruñir. No me gustaba cómo la miraba y si empezaba a hacer tonterías, se iba a enterar de lo que valía un peine.
—S... señora, ¿me podría firmar también mis cómics, por favor?
Me quedé groseramente boquiabierta al ver el regocijo infantil que se apoderaba del rostro del gigante. Su voz tenía ese tono infantil que sólo tienen los niños muy pequeños o los que serán inocentes para siempre a causa de un retraso mental.
—Claro que sí. —Riley salió de detrás de mí y se acercó al hombretón—. Hershel, ¿no?
—Sí, señora —dijo con entusiasmo.
—¿Tienes un bolígrafo, Hershel?
—Sí, señora. —Hershel se sacó un bolígrafo del peto de los pantalones y no apartó los ojos de Riley mientras ésta firmaba rápidamente la pequeña revista que le pasó.
—¿Esos cómics son todos tuyos, Hershel?
—Sí, señora... mm, bueno, mi papá los compró para nosotros. Son de mi hermana y de mi hermano y míos. Pero sobre todo son míos. —Hershel miró inquieto a los otros tres miembros de su familia y luego miró de nuevo a Riley—. Sobre todo —terminó con timidez.
—Vale, bueno, ¿quieres que firme los demás?
—Oh, sí, señora.
Pensé que a Hershel se le iban a salir los ojos de las órbitas. Seguí a Riley hasta el mostrador, decidida a echar un vistazo a lo que estaba autografiando. "Para mi amigo Hershel. Más te vale ser bueno o vendré a buscarte. Riley Medeiros, alias la Amenaza Oscura". Me quedé mirando sin dar crédito la portada de uno de los más de treinta cómics enfundados en plástico. En todos los cuales aparecía la imagen de una rubia de aspecto amenazador vestida de negro, con una compañera mucho más grande a su lado o detrás de ella. En cada una de las portadas ponía El Ángel de la Muerte y la Amenaza Oscura. A primera vista, el parecido con Riley me resultó increíble, pero al fijarme mejor, tuve que revisar mi primera impresión. No, la belleza morena y musculosa de la portada no podía ser otra que mi Riley Medeiros.
—Oiga, ¿y usted no será...? —El padre de Hershel me sacó de mi pasmo.
—Oh, no —interrumpió Riley antes de que yo pudiera contestar—. Es sólo una amiga.
Sé por qué Riley parecía tan despreciativa al decir que yo era "sólo una amiga". No quería que la familia me prestara demasiada atención y su tono surtió el efecto deseado, pero así y todo me sentí irracionalmente triste. Había dicho que era sólo una amiga. ¿Qué otra cosa iba a decir? A fin de cuentas, no era más que eso, ¿no?
El padre de Hershel siguió mirándome con desconfianza, pero por fin se encogió de hombros y se volvió hacia sus entusiasmados hijos. Qué familia más rara, pensé, pero curiosamente, me entraron celos. Mi padre nunca había demostrado mucho interés por lo que yo hacía de niña. En realidad, no es que tuviera grandes aficiones, pero aunque las hubiera tenido, no creo que se hubiera implicado tanto como el padre de Hershel.
—¿Van a ir Dani o usted al Comicon de San Diego este año? —preguntó Myrtle con afán.
Riley levantó la mirada y sonrió a Myrtle, logrando que la pobre muchacha se sonrojara muchísimo. Me compadecí mucho de ella. Esa sonrisa tenía el mismo efecto en mí.
—No sé si iré este año, tengo unos compromisos previos. Pero sí sé que Dani no se lo perdería por nada de este mundo.
Vale, ¿pero quién es esta Dani? ¿Y qué demonios es un Comicón? pensé con rabia. Estaba más que claro que a Riley se le daba de miedo guardar secretos.
Riley terminó de firmar los cómics y se los devolvió a Hershel, que seguía con los ojos como platos.
—Aquí tienes, Hershel.
—Gracias, A... Amenaza.
—Puedes llamarme Riley.
—¿Puedo? —Miró a su padre pidiendo permiso, pero aún parecía incapaz de atreverse a pronunciar su nombre. De modo que asintió y miró sus cómics, con una enorme sonrisa.
Riley se dio la vuelta y se chocó conmigo. La fulminé con la mirada, lo cual hizo que su sonrisa desapareciera, y me puse en jarras y le dije con los ojos lo que no podía decir delante de este público interesado que seguía observando. La miré fijamente hasta que puso cara de resignación y me di por satisfecha al ver que captaba mi mensaje. Me di la vuelta y me puse a elegir meticulosamente mis chucherías preferidas mientras ella seguía cogiendo fruta al otro lado de la tienda. Cogí una caja de muestrario en la que había unos veinte Slim Jims pequeños y la vacié en mi cesta, junto con cuatro barras de Mars, pipas de girasol, seis botellas de Yoo-hoo, cuatro Twizzlers y una lata de bolitas de queso Planters. Durante todo este tiempo, unos ojos llenos de adoración nos seguían a las dos por todas partes y yo estaba que trinaba. Alguien tenía que darme explicaciones.