Muro de silencioGabrielle Goldsby |
El día del entierro de Smitty amaneció claro y despejado, casi como para desmentir que en realidad iba a ser uno de los peores días de mi vida. La noche antes no había podido dormir. Creo que medio temía, medio esperaba tener noticias de Riley. No las tuve.
Fui al cementerio como inmersa en una bruma. Monica estaba al lado de su padre y cuando me vio, corrió hasta mí como siempre y me abrazó. Esta vez, sin embargo, en lugar de ese beso dulce o las bromas sobre mi ropa, se me aferró desesperadamente, apretándome la espalda con los puños. Cerré los ojos e intenté contener el torrente de lágrimas que me caía por la cara, pero no pude.
El aroma de la buganvilla perfumaba el aire y adornaba el enrejado que había en las esquinas de cada extremo del sendero por el que bajamos hasta el último lugar de descanso de Smitty. Los pocos restos que habían logrado sacar de la masa derretida que era su coche eran lo que se enterraría en el ataúd. Sentí un dolor que me atenazaba el corazón al darme cuenta de que los restos de Smitty ni siquiera llenarían la mitad del féretro, por lo poco que habían encontrado de él.
Tenía la mano de Monica aferrada con la mía y en la otra sujetaba una rosa blanca. No escuché ni una palabra de lo que dijeron los amigos y la familia de Smitty. No pude. Cuando me llegó el momento de dejar caer mi rosa, sostuve su tallo de un verdor perfecto y sin espinas al tiempo que cerraba los ojos.
—Adiós, amigo mío. —Dejé caer la rosa en el agujero que servía como recipiente de la pena de los vivos. Abracé a Monica y le di un beso en la mejilla. Charlé un poco con su padre y me volví de nuevo hacia ella—. Si me necesitas, ya sabes dónde estoy.
Asintió con la cabeza. La besé en la mejilla una vez más y, tras echar una última mirada a la tumba de Smitty, me volví para marcharme. No regresaría, aquí no quedaba nada de mi compañero más que los restos de un cuerpo. Lo llevaría en mi corazón y en mis recuerdos. No sería necesario que volviera a este lugar. Me recosté en el asiento del taxi y contemplé por la ventanilla el precioso día soleado, con la esperanza de derritiera mi corazón helado con su malévolo calor.
—Oye, Everett, siento muchísimo lo de Smitty.
Charlé un poco con mis colegas porque me daba cuenta de que necesitaban decir algo. Una cosa es perder a tu compañero en el cumplimiento del deber. Otra cosa es si se quita la vida. Es casi como si tú hubieras fallado de algún modo. Como si no lo hubieras protegido cuando debías.
Pero ésa era la cuestión. Durante la semana que había pasado desde el entierro de Smitty, me había devanado los sesos en busca de un motivo. Lo enfoqué desde todos los ángulos posibles y seguía sin saber por qué Smitty había hecho una cosa así. Cada vez que hablábamos, él era siempre el fuerte. Era yo la que no podía con ello. Aunque tuviera miedo de que lo confesara todo, sabía que jamás lo implicaría a él en modo alguno. ¿Qué hecho horrible lo había impulsado a renunciar a su vida y a su familia?
Perdí todo el tiempo que pude hablando con mis colegas antes de obligarme a llamar a la puerta del despacho de la capitana. Esperé a que me diera permiso para entrar y me senté en silencio delante de ella. Por lo general, me habría lanzado directamente a darle algún tipo de excusa, pero esta vez quería que hablara ella primero.
Había vuelto al psicólogo porque o lo hacía o me moría de asco en mi apartamento. Le dije lo que quería oír para poder volver al trabajo. Para cuando me marché, el psicólogo ya estaba regañando a la capitana por apartarme del servicio. "El único foco de estabilidad que tiene en su vida en estos momentos". La alegría fue breve.
—Bueno, Everett, ya veo que se la ha vuelto a jugar al psicólogo.
—No sé a qué se refiere, capitana.
Me di cuenta de que quería decir algo más, pero como gesto de deferencia hacia el hecho de que acababa de perder a mi compañero, se obligó a no comentar nada. Observé con interés cómo le latía una venita en la sien. Y pensar que en una ocasión reconocí a regañadientes que se la podría considerar atractiva. Esta mujer no tenía nada ni remotamente atractivo. Hasta la ropa que llevaba contribuía a que la gente pensara que era poderosa.
—Bueno, aquí tiene su nuevo cometido. —Empujó una hoja de papel hacia mí, con un brillo malicioso en los ojos. Me dije a mí misma que no debía alterarme, pero cuando vi el nombre del jefe de sección, estuve a punto de perder el control. En general, la sección de expedientes de nuestra división estaba a cargo de civiles. De vez en cuando, si algún miembro del departamento resultaba herido o, por la razón que fuera, no podía trabajar en la calle, se le permitía trabajar en secciones como la de expedientes. En otras palabras, es un rollo de trabajo de despacho.
Rechiné los dientes antes de preguntar con frialdad:
—¿Qué es esto, capitana?
—Bueno, el psicólogo piensa que en su actual estado emocional no le conviene no trabajar. Pero tampoco puede obligarme a devolverle sus funciones habituales.
—¡Soy detective, no una puñetera oficinista! —Vale, levanté un poquito la voz, pero me parecía que todavía controlaba las cosas.
—¡Es usted una bomba de relojería, eso es lo que es, Everett! ¿Se cree que alguien quiere trabajar con usted? Pues no, no he conseguido que nadie se ofrezca voluntario para ser su compañero. Cualquiera que trabajara ahora con usted tendría que protegerse no sólo a sí mismo, sino también a usted. Mire, el pobre Smitty...
—El pobre Smitty se suicidó, oiga. —Me detuve antes de continuar porque mi rabia no iba en realidad dirigida contra ella, iba dirigida contra Smitty. Sentía que me había traicionado al dejarme aquí para hacer frente a toda esta mierda yo sola. Su suicidio había hecho que me diera cuenta de que no lo conocía en absoluto. Estaba igual de furiosa con Riley por demostrarme que no podía fiarme de mis propios instintos con respecto a nadie.
La capitana se puso a dar golpecitos con el bolígrafo sobre un cuaderno de notas.
—Ahora mismo no me sirve de nada, Everett. No puedo volver a ponerla en las calles, no en el estado en el que se encuentra, y no hay más que decir.
Mi rabia luchó por descargarse sobre esta cabrona pomposa y pagada de sí misma, pero respiré hondo y suspiré.
—¿Por cuánto tiempo?
—El tiempo que tarde en recuperar el control de sí misma.
—Ahh, vamos, capitana, tiene que decirme algo más concreto —rogué.
—Bueno, tiene una cita de seguimiento con el psicólogo dentro de un mes. Si él da el visto bueno para que regrese a sus tareas de antes, entonces hablaremos. —Se recostó en la silla y esperó. Me di cuenta de que se esperaba que le montara una escena y, efectivamente, estuve a punto.
—Vale, capitana. Gracias por atenderme.
Me levanté. Su cara de pasmo casi bastó para que mi degradación, aunque fuera temporal, pareciera que valía la pena. ¿A quién quiero engañar? Estaba furiosa: lo único que quería hacer era dejar este maldito trabajo y trasladarme a vivir a las profundidades de un bosque durante veinte años. Pero no le iba a dar el gusto de hacerme dimitir, al menos por ahora. Salí de su despacho sin dirigir una mirada a ninguno de los traidores que momentos antes me habían estado haciendo la pelota con su preocupación, pero no habían querido trabajar conmigo. Los policías son una panda de supersticiosos, y los detectives más aún. El hecho de que Smitty se hubiera suicidado me marcaba con un estigma peor que la peste de una mofeta.
La sección de expedientes estaba en el sótano. Para no tener ventanas era un sitio hasta alegre, gracias al jefe de sección, Marcus Vansant. Fui hasta el cristal antibalas y fruncí el ceño. ¿Para qué demonios querría nadie disparar a una sala de expedientes? Medidas de seguridad, sin duda, pero cristal antibalas era un puro exceso. Se lo tendría que preguntar a Marcus.
—Hola, ¿está Marcus? —le pregunté a la mujer que estaba sentada detrás del escritorio haciendo pompas con el chicle sin parar. Advertí con interés lo atractiva que era, dejando aparte el movimiento constante de su mandíbula. Llevaba el pelo corto con un ligero toque rosa. Me recordaba a algunas de las chicas de mi barrio, cuando era pequeña y vivía en Nueva York. Muchas de ellas conseguían un efecto parecido con Kool-Aid de frambuesa. Yo quise hacerlo, pero mi padre me lo prohibió. Dijo que parecería una barriobajera.
—Eh, ¿Maaaarcus? —vociferó hacia atrás sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador.
—Eso lo podría haber hecho yo —dije.
Levantó la mirada y su cara se iluminó con una gran sonrisa falsa que desapareció en cuanto volvió a su ordenador. Es decir, lárgate, puto incordio, pensé. Su reacción de listilla me cabreó, por supuesto.
—¿Es que llevo un letrero de "dame por culo" en la cara o algo...?
—¿Qué puedo hacer por usted?
Vi que el rechoncho Marcus se acercaba a la ventana. Marcus y yo nos conocíamos desde hacía tiempo. No hablaba con él todo lo que me apetecía, pero me caía muy bien. En parte porque era la única persona abiertamente homosexual con la que trabajaba, y en parte porque era un tipo muy simpático. Su atractivo rostro marrón se animó cuando por fin reconoció a la persona que estaba detrás del cristal antibalas.
—Oh, Dios mío. Foster, ¿dónde has estado metida, chica? No te veía desde la fiesta drag de Stacy.
Ah, sí, Marcus también es una drag queen. Se planta unos tacones de quince centímetros que sólo de pensar en ellos se me pone la carne de gallina. Seguro que eso explicaba su capacidad para caminar como si llevara un libro en equilibrio encima de la cabeza.
—Hola, Marcus —sonreí. A lo mejor esto acababa no estando tan mal—. La capitana me ha dicho que tengo que bajar aquí y trabajar un tiempo contigo hasta que consiga "recomponerme emocionalmente".
—¡Pero coño, chica! —Marcus frunció los labios y me miró de arriba abajo—. Pues a lo mejor deberías tener tu propio despacho. Porque vas a pasar aquí un tiempo. ¿Vaaaa-leeee?
La tía del pelo rosa y el ordenador soltó una risotada y chocaron los cinco mientras yo los fulminaba con la mirada. No pude evitarlo. Se me escapó una sonrisa. Marcus siempre lograba hacerme sonreír por mucho que yo me esforzara en enfadarme.
—Vale ya, vosotros. Estupendo. Burlaos de la piba blanca emocionalmente traumatizada. —Por primera vez desde hacía mucho tiempo, sentí que se me quitaba parte de la opresión que tenía en el corazón.
Marcus abrió la puerta de la sala de expedientes y entré.
—He sentido mucho lo de Smitty. Sé que estabais muy unidos. ¿Vas a estar bien? —Me tocó el hombro y tuve que parpadear varias veces para evitar que se me saltaran las lágrimas. Maldición, me estaba convirtiendo en una puta blandengue.
—Marcus, no he venido aquí para que me den mimos. Así que enséñame lo que tengo que hacer para que pueda empezar. —Mi tono era un poco áspero y esperé que Marcus no se sintiera ofendido, pero necesitaba recuperar algo de orden en mi vida y el trabajo duro era lo único que impediría que sintiera lástima de mí misma.
—Claro, mujer. Tu mesa está aquí. —Me hizo rodear cuatro grandes estanterías llenas a rebosar de expedientes.
—Estos expedientes son de casos en los que se ha trabajado durante los últimos diez años. Una vez al año los repasamos y los codificamos con colores según el año en que se abrieron. Al final del año fiscal, los miramos para asegurarnos de que todas las partes del expediente están intactas. —Marcus cogió un expediente y lo abrió—. ¿Ves esto? Es un registro que llevamos cada vez que se añade una nueva prueba o información al expediente. Vosotros no podéis devolverlo sin todas sus partes y tampoco podéis añadir nada sin que Chandra o yo lo codifiquemos, pero lo hacéis igual. Por eso todos los años tenemos que emprender este proceso inmenso para asegurarnos de que cada expediente está intacto.
—¿Qué pasa si no lo está? —pregunté. La verdad es que me daba igual, para ser sincera, pero Marcus era mi amigo y lo mínimo que podía hacer era fingir que su trabajo me parecía interesante.
—Pues ahí es donde empieza lo bueno. En teoría, no podemos sacar expedientes a menos que estén completos. Aquí está tu mesa. —Señaló una mesa atiborrada de expedientes de casos.
—¿Ahí debajo hay una mesa?
—Sí, y es toda tuya. Lo que vas a hacer es comprobar esos expedientes con ese ordenador. —Estiré el cuello y advertí algo sorprendida que, efectivamente, también había un ordenador en la mesa—. Aquí está todo informatizado, así que lo único que tienes que hacer es escanear el código de barras y así podrás ver quién fue la última persona que sacó el expediente. Como los comprobamos antes de archivarlos, es más que probable que la última persona que lo ha sacado sea la que todavía tiene la documentación.
—Interesante. ¿Y si no sabe qué ha hecho con ella?
Marcus se encogió de hombros.
—Pues lo archivamos aquí durante un tiempo para que críe polvo. A veces aparecen cosas en un expediente distinto y las encontramos, pero la mayoría de las veces se deja una nota en el registro y lo mandamos incompleto al almacén. De todas formas, estos casos rara vez se vuelven a abrir, a menos que sea un caso sin resolver y alguien confiese o algo así. Entonces lo vuelvo a sacar del almacén.
Asentí. Tenía razón, teníamos un plazo de tiempo limitado para resolver un caso. Una vez se enfriaba el rastro, era muy improbable que llegáramos a detener a nadie. Menos mal que los criminales eran unos cretinos y muy a menudo no lograban mantener la boca cerrada. Ahí es donde habríamos intervenido Smitty y yo, pensé con tristeza.
—Éste es el sistema de códigos que creé cuando nos informatizamos.
Aunque el sistema de archivación parecía arcaico, yo sabía que en realidad era de lo mejor. En el pasado todo se hacía a mano. Encontrar algo en la sala de expedientes era casi como jugar a las adivinanzas. Marcus había hecho solicitudes por su cuenta al padre de Monica, al alcalde, al Ayuntamiento y a cualquier otra persona a la que pudiera echar mano para hacerles ver las ventajas de la informatización. Ésa era una de las razones por las que la sala de expedientes podía funcionar ahora con sólo dos personas a jornada completa y alguna a jornada parcial durante casi todo el año.
—Como ves, cada tipo de información lleva un código según la categoría. Por ejemplo, esto es una foto del escenario de un crimen. —Señaló otra serie de números—. Y esto es información de un confidente... todo esto se puede comprobar fácilmente con esto. —Apretó dos veces el gatillo de un aparato parecido a una pistola para recalcar lo que decía. Lo apuntó al código de barras de la carpeta: apareció una línea roja que cruzaba el código de barras y con un pitido, el nombre del expediente apareció en el ordenador.
—Mola —dije, aunque apenas estaba prestando atención a nada de lo que decía Marcus. Observé a mi amigo mientras éste, con gran placer, me explicaba una cosa que me resultaba aburridísima para tener que hacerla a diario. Pero la sencilla alegría y felicidad que le iluminaban el rostro bastaban para plantearme preguntas sobre mi propia felicidad. Yo nunca podría ser así de feliz dirigiendo una sala de expedientes durante el resto de mi vida. Pero, ¿de verdad quería ser detective durante el resto de mi vida?
Marcus se pasó casi una hora explicándome mis nuevos deberes. La mitad del tiempo presté atención de verdad a lo que decía y cuando por fin me dejó a mi aire, estaba segura de que podría hacer este trabajo dormida. Y eso es exactamente lo que hice.
Las dos semanas siguientes archivé, etiqueté y encuaderné durante ocho horas diarias. Vale, a lo mejor eran más bien siete, porque al menos una hora de ese tiempo se me iba sentada en el despacho de Marcus despellejando a su desagradable ex novio. En el curso de una de esas conversaciones, acabé contándole a Marcus lo de Riley.
Observé cómo su lápiz escribía la letra R y luego, inconscientemente, se ponía a garabatear el nombre de Riley.
—¿Entonces no la has visto desde que te marchaste de su casa?
—No.
—¿Y no tienes curiosidad por lo que te pueda contar?
—No.
—No te creo. —Se puso a dibujar una oscura I mayúscula. Yo tenía los ojos clavados en el papel. Él también—. Hace tiempo que no me paso por Secretos, pero hablo con Stacy casi a diario. A ella parece que le encanta.
—Sí, a Stacy le encantaría acostarse con ella.
—¿Y a ti eso te parece mal?
—No, no es asunto mío, pero a la novia de Stacy podría parecerle mal y, además, Riley es hetero.
—No me parece que sea hetero si te devolvió el beso.
Suspiré mientras él dibujaba la letra L y su lápiz rellenaba la letra hasta que la punta debió de atravesar por lo menos cuatro hojas por debajo de la que estaba usando.
—No lo sé, Marcus. ¿Pero qué demonios hacía con mi foto?
—Ella es la única que puede responder a eso, Foster.
—De todas formas, seguro que ya se ha ido a casa —dije y me quedé de piedra al darme cuenta de que me sentía decepcionada por la posibilidad de que se hubiera ido.
—Pues siempre puedes seguirle el rastro. Eres detective, ¿no?
—Me lo pensaré. —Me quedé unos segundos más observando el lápiz que se movía por el papel y me levanté para irme—. Será mejor que vuelva al trabajo.
—¿Te vas a poner en contacto con ella? ¿Para ver qué tiene que decir al respecto?
Me volví. Marcus seguía dibujando. Miraba hacia abajo con la cabeza ligeramente ladeada, como si estuviera creando una obra maestra. Yo sabía por experiencia que el dibujillo seguramente acabaría convertido en cualquiera de las cosas que surgirían a lo largo del día. Me quedé mirando su obra maestra, muy pensativa.
—Sólo lleva una L —dije, y al instante deseé no haberlo hecho.
Su lápiz se detuvo y levantó la mirada.
—¿Qué?
—Que Riley se escribe con una sola L.
Su sonrisa me incomodó, de modo que me encogí de hombros y volví a mi mesa.
La semana siguiente tuve dos evaluaciones psiquiátricas que quedaron en nada y evité todo contacto con los detectives de mi división. Tampoco contesté al teléfono de casa, que ahora había adquirido la desagradable costumbre de no parar de sonar. Con gran placer y/o mortificación por mi parte, dependiendo del momento del día, tampoco supe nada de Riley. A estas alturas, si su historia era remotamente cierta, estaba segura de que ya debía de estar de vuelta en el norte de California a punto de emprender una carrera como especialista en algún tipo de fisioterapia. Cada vez más a menudo me descrubría pensando en ella en los momentos más extraños.
Marcus decía que yo era una de las mejores trabajadoras que habían tenido en años. La razón era que me gustaba ese trabajo lento y anestesiante. No tenía que pensar ni sentir ni utilizar nada que no fuera el sentido común. Uno va antes que dos, A va antes que B, ya os hacéis una idea. Estaba precisamente inmersa en esta clase de trabajo cuando me encontré una cosa que me obligó a detenerme.
—Oye, Marcus, ¿puedes venir un momento?
—¿Sí?
—Mira esto. —Abrí el expediente que tenía en la mano y se lo mostré.
Faltaban varios de los documentos que deberían haber estado incluidos en el expediente y, por lo que parecía, quien se los hubiera llevado ni se había molestado en sacarlos como era debido. Todavía quedaban trozos desgarrados de papel en el doblez de la carpetilla de donde habían arrancado las hojas.
—¿Quién demonios ha hecho una cosa así? —preguntó Marcus enfadado.
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. A lo mejor tenía prisa.
—Ya, pues quien haya sido, me va a oír. —Marcus cogió rabioso la carpeta, levantó la pistola electrónica que estaba en mi mesa y escaneó el código de barras. Bajé por la pantalla pulsando la tecla unas cuantas veces e hice clic en la última fecha en la que se había sacado el expediente. El nombre del culpable apareció de repente en grandes letras rojas. No pude contener la exclamación que se me escapó.
—Ah, maldita sea. Lo siento, Foster.
Me quedé un momento contemplando el nombre ciegamente y rezando para que el dolor no me afectara tanto como pocas semanas antes.
—Tranquilo, Marcus, no lo sabías. —No tuve suerte. El dolor que me inundaba el pecho era tan agudo como antes.
Detective Joseph Smith nos miró parpadeando acusador hasta que Marcus salió de la ventana y me sacó de mi estupor.
—¿Estás bien? —La preocupación era evidente en el tono de Marcus.
—Sí, estoy bien. —Ésta era mi respuesta automática desde la muerte de Smitty. Pero, ¿sabéis qué? No estaba nada bien. Me sentía como si hubiera estado envuelta en una niebla y me hubieran pasado cosas sobre las que no tenía el menor control. Me sentía incapaz de parar lo que estaba ocurriendo, así que me quedaba sentada dejando que ocurriera—. Oye, me voy ya a comer, ¿vale?
—Sí, cómo no, Foster, adelante. No estaré aquí cuando vuelvas. Me voy a tomar medio día libre para prepararme para el espectáculo.
Asentí ciegamente, cogí mis llaves de la mesa y salí por la puerta. Dado como me sentía, no estaba muy segura de que fuera a regresar. ¿Es esto lo que se siente al tener un colapso emocional? Subí en el ascensor y avancé por el pasillo, cerciorándome de que no miraba a nadie directamente a los ojos. Fue un alivio llegar por fin a la salida y me adentré agradecida en el aire frío. La lluvia había dejado el suelo mojado y de un color grisáceo y el cielo hacía juego. Por desolador que fuera, hacía que me sientiera menos sola. Me metí las manos en los bolsillos y eché a andar, con la cabeza gacha, mientras mis pensamientos de las últimas tres semanas flotaban por mi mente. Todos ellos no paraban de indicar dos cosas que no cuadraban.
Smitty no parecía el tipo de persona capaz de suicidarse. Los policías no hacían cosas como saltar con el coche por un acantilado. Las cosas no se hacían así. Era la clase de cosa que haría una reina del drama. Me gustaría decir que nunca había pensado mucho en ello, pero bueno, estoy segura de que todos los que se dedican a mi desagradable oficio lo han pensado en algún momento. Me atrevería a apostar a que la mayoría de los policías preferirían meterse una bala antes que saltar con un coche por un acantilado. ¿Y si sobrevivías y te quedabas paralítico o algo así? Me detuve de golpe y tomé aliento, lo cual me resultó doloroso por el frío del aire.
—Dios santo. —Un vaho blanco salió despedido delante de mí y se desvaneció, mientras yo me quedaba paralizada en medio de la acera—. A lo mejor no lo hiciste. A lo mejor... a lo mejor fue un accidente. ¡A lo mejor te pasó algo en los frenos o te quedaste dormido! —Dejé de hablar sola, puesto que ya estaba a un paso de que me encerraran, en opinión de muchos. Aquí había algo más. Llamémoslo instinto, llamémoslo ilusiones, pero lo sabía con una certeza que no lograba explicar: aquí había algo más que la historia de un hombre que había decidido matarse porque odiaba su trabajo o porque su matrimonio se tambaleaba.
La humedad del día se posó alrededor de mi corazón, haciendo que me sintiera un poco mareada. Me di la vuelta y regresé corriendo a la oficina lo más deprisa que pude. No hice ni caso de las miradas que recibí cuando crucé el vestíbulo a la carrera y bajé por las escaleras en lugar de en ascensor hasta la sala de expedientes.
—Everett, ¿y esas prisas? ¿Alguien se ha olvidado de devolver un expediente a tiempo?
Saqué el dedo corazón y seguí corriendo, sin molestarme en volverme para ver quién había dicho eso. Casi grité de alegría al ver la sala de expedientes vacía. Me senté a mi mesa y me eché hacia delante antes de conectarme.
—Vamos, vamos —susurré mientras el sistema comprobaba si tenía permitido el acceso a la base de datos—. Eso es.
La pantalla soltó un pitido y entré. Ahora tenía delante el informe del accidente de Smitty. Pulsé varias teclas más e imprimí los documentos. Gracias a Marcus, en cada página aparecía el número de las fotos originales del escenario. La investigación parecía de libro. Por la razón que fuera, al parecer Smitty se había tirado con el coche por el acantilado. Casi de pasada, cogí el expediente que Smitty había estropeado y lo repasé. ¿Por qué arrancaría las hojas? Era el caso de una red de pornografía que se hacía pasar por un culto. Según el sistema de códigos y el registro de la parte delantera de la carpeta, la parte del expediente que faltaba tenía que ver con información de testigos. Intenté ver el expediente en el ordenador, pero me quedé pasmada cuando apareció Acceso denegado. El caso era de hacía más de cuatro años, pero todavía debería estar en la base de datos.
—¿Dónde demonios está?
Abrí otra ventana y obtuve el código de investigación de Smitty. Efectivamente, el agente investigador había abierto un expediente físico. Hice clic en el número para ver su situación.
El parpadeante mensaje rojo de Archivo no disponible me sorprendió, aunque a estas alturas me lo esperaba. Me recosté en la silla con los ojos clavados en la pantalla del ordenador.
—¿Qué demonios ha pasado aquí, Smitty?
No sólo alguien había manipulado el expediente, sino que además parecía que lo habían eliminado del ordenador por completo. Me levanté de un salto y fui a la larga pared de expedientes y me quedé contemplándolos un momento. Al poco encontré el lugar donde deberían haber estado los demás expedientes, pero no estaban.
—Mierda, ¿qué diablos significa esto? —Apoyé la cabeza en los expedientes y me devané los sesos para decidir qué hacer a continuación. No me apetecía pasearme por arriba y hurgar en la mesa de Smitty... por lo menos hasta que la zona estuviera despejada, lo cual quería decir que tendría que esperar hasta altas horas de la madrugada. Pero mientras, tenía que haber algo que pudiera hacer.
El sonido de la risa de Chandra me sacó de mi trance. Salí rodando en la silla de detrás de la pared de expedientes que más que nada servía para proporcionarme mi propio cubículo privado. Me quedé mirando a Chandra hasta que me miró y su sonrisa desapareció al tiempo que decía algo en el pequeño teléfono con cascos que siempre llevaba puesto. Me pregunté distraída cómo lograba nadie mantener una conversación con ella por teléfono o como fuera. Tenía la molesta costumbre de hacer pompas con el chicle mientras lo masticaba. La verdad es que me daba mucha envidia que fuera capaz de hacerlo. Todavía me acordaba de mí misma sentada en mi habitación durante horas masticando un chicle de menta tras otro sin lograr nada más que me doliera la mandíbula. Sí, es un poco hortera, pero eso decídselo a una niña de trece años cuyo único deseo era encajar con los demás niños del barrio.
—Ven aquí —dije en voz baja, haciéndole un gesto con el dedo.
Se me quedó mirando un momento con desconfianza y luego dijo que no con la cabeza. Sonreí. Jo, qué difícil era ganarse a esta tía. Yo no había hecho otra cosa más que ser agradable con ella desde que pasé por la puerta y hasta me había ofrecido a invitarla a comer unas cuantas veces, pero ella seguía sin ceder. Me crucé de brazos y la miré con aire patético un momento, luego hice un puchero y dije sin voz:
—Porfaaaaa.
—Chiiica... —la oí decir en voz alta en su micrófono antes de darme la espalda. Con muchos suspiros de exasperación por fin se quitó los cascos y se acercó a mí contoneándose. Observé cómo andaba e intenté no sonreír. La tía hasta caminaba con insolencia. Sus caderas se mecían de un lado a otro dentro de su larga falda envolvente y su camiseta ceñidísima no dejaba nada libre a la imaginación—. Y ni se te ocurra echarme el ojo.
Mis agradables reflexiones se detuvieron con un chirrido mientras ella me fulminaba con una mirada severa.
—¿Q... qué?
—He dicho que no me eches el ojo, no eres mi tipo.
Farfullé y me incorporé en la silla. Hacía mucho tiempo que no me pasaba una cosa así. Rara vez me pillaban echándole el ojo a alguien.
—¿Y por qué diablos te crees que tú eres mi tipo? —pregunté enfadada.
—¿Pretendes decir que no lo soy? —La pregunta era probablemente una que yo misma me habría hecho en una situación parecida, pero viniendo de Chandra resultaba desconcertante. Hasta consiguió que se me olvidara lo que iba a decir.
—Sí... o sea, no.
—Ya. —Hizo varias pompas con el chicle y luego se inclinó por encima de mi hombro para mirar mi pantalla—. O sea, a ver si me entiendes, eres mona y tal, pero ahora estoy casada. Llegas como dos años tarde. Bueno, ¿qué estás intentando hacer aquí?
Cerré la boca de golpe y me volví para mirar la pantalla, parpadeando a toda velocidad. Las mujeres hetero son taaan... no sé qué son, pero creo que me voy a mantener lejos de ellas. Asintiendo levemente y con la resolución firmemente calada en su sitio, carraspeé y le dije lo que necesitaba.
—¿Hay alguna forma de ver todos los casos que haya consultado un detective... digamos el año pasado? Marcus me enseñó cómo averiguar quién había sacado un expediente, pero no me ha enseñado a hacer nada más.
—¿Para qué necesitas ver eso?
—Ahhh, vamos, Chandra, échame una mano.
Se irguió, se cruzó de brazos y se me quedó mirando con aire avieso durante un momento. Lo de niña mona no me estaba funcionando hoy, de modo que me inventé rápidamente algo que me pareció una excusa creíble.
—Mira, sólo quiero asegurarme de que esos idiotas de arriba no están echando a perder los casos míos y de Smitty, ¿vale? —Seguí mirándola con aire suplicante y tratando de parecer inocente.
—Escúchame, Lily... —A veces me llamaba Lily, no me preguntéis por qué. Le había dicho cómo me llamaba en varias ocasiones, pero ella prefería Lily, por alguna razón. Coño, a lo mejor me parezco a alguien que conoce—. Si me metes en un lío por esto, te voy a partir el culo, ¿comprendes?
Bueno, no me gustó su tono de voz, pero estaba intentando lograr algo y discutiendo con Chandra no iba a conseguir lo que quería.
—Vale, vale, lo comprendo. ¿Me lo enseñas, por favor?
—Está bien, primero tienes que...
La observé atentamente mientras pasaba rápidamente por tres pantallas hasta que llegó a un menú desplegable que le permitió entrar en una búsqueda de la actual base de datos. Escribió Foster Everett. Así que sí se sabe mi nombre, pensé muy ufana.
Me quedé mirando cuando todos los casos que había solicitado yo a lo largo de mi vida aparecieron en la pantalla de mi ordenador.
—¡Caray, es fantástico, Chandra, gracias!
—Ya. —Me di cuenta de que seguía sin tener muy buena opinión de mí—. Puedes ordenarlos por fechas, pero no te permite sacar sólo los del año pasado. Pero los más recientes están abajo del todo.
—Pues muy bien. Gracias por la ayuda, Chandra. Te lo agradezco de verdad.
Sus caderas ya se contoneaban de vuelta a su mesa. Levantó una mano como para que me callara.
—Ya, pero recuerda lo que he dicho, Lily, si estás planeando alguna guarrada, yo no te he enseñado nada...
Me volví hacia la pantalla, sin oír las últimas palabras de Chandra, y entré en la pantalla de la base de datos e introduje el nombre de Smitty. Imprimí las últimas páginas de la larga lista de expedientes. Miré la fecha de unos cuantos. Algunos llevaban una marca al lado, lo cual indicaba que Smitty había solicitado un expediente que ya no estaba en el edificio. La marca era lo que le permitía a Marcus saber que tenía que sacar los expedientes del almacén. El proceso solía durar unas dos semanas. Por las fechas de la solicitud, como una semana antes de que Smitty muriera, no era probable que hubiera llegado a recibir los expedientes. Lo extraño era que aunque se trataba de mi compañero, yo no reconocía algunos de los casos que había solicitado. Estaba casi segura de que no eran casos nuestros.
—¿Para qué los querías, Smitty?
Me recosté en mi silla y cerré los ojos, intentando no hacer caso de la protesta de mi estómago por no haberle dado de comer. Hoy era jueves, tocaba chile en Secretos y yo solía ser la primera en la cola cuando se abría la pequeña cocina. No me pasaba por allí desde que dejé el coche de Riley. Estaba segura de que ya se había marchado, pero seguía resistiéndome a volver al club.
—Riley Medeiros.
Por curiosidad, introduje mi código en la base de datos de historiales criminales y escribí su nombre. Lo único que obtuve fue una dirección de Oakland, California, y un HAS codificado, lo cual quería decir que tenía algún tipo de historial como menor y que dicho historial estaba sellado. También se hacía referencia a un expediente del Servicio de Protección de Menores de doce años antes. Sin embargo, ya no aparecía en la base de datos. Introduje mi nombre y la dirección de la división por costumbre. Dentro de tres semanas tendría los expedientes de Riley Medeiros en mis manos. Sólo tenía que pulsar el botón de enviar.
—¿Pero a mí qué me importa? —Salí de la pantalla y miré el reloj. Vi que pasaban de las seis y que aún no había comido. Como tenía por costumbre, Chandra se había ido a casa sin decir ni adiós—. Parece que no nos hemos hecho amigas como yo creía, ¿eh, Chandra?
Me levanté y estiré los músculos agarrotados de la espalda. Me desconecté de mi ordenador y apagué la lámpara. Las puertas se cerraron automáticamente cuando salí y me dirigí al ascensor. Pulsé el botón y miré hacia atrás. Nunca fallaba, tenía de punta los pelos de la nuca. Por alguna razón, este pasillo siempre me espeluznaba. Siempre tenía que volverme para asegurarme de que no había nadie detrás de mí. Siempre era un alivio cuando las puertas se cerraban por fin y me quedaba en la relativa seguridad del reducido espacio cerrado.
Acorté por una anodina calle lateral y entré en un pequeño restaurante igualmente anodino. Empujé la puerta marrón para abrirla y las campanillas sonaron cuando se cerró detrás de mí.
—Hola, Emilio, ¿qué tal? —saludé al chico que estaba detrás del mostrador. —Hola, Foster, ¿dónde has estado metida?
—Por ahí. Ya sabes cómo es.
—Sí, ya lo creo, ¿quieres lo de siempre?
—Sí, me parece estupendo.
Lo de siempre era un inmenso burrito de carnesada, una enchilada de queso, cinco tacos, una porción de patatas fritas con salsa y una Coca-Cola... para llevar. Llevaba viniendo a Talk of the Town desde que vivía en esta ciudad. Ya no se molestaban en tomarme el pelo diciendo que no tenían comida suficiente al verme entrar. Es una pena, la verdad, me hacía gracia. Mientras esperaba la comida, apoyé la silla contra la pared hasta que se me quedaron los pies colgando sobre el suelo. Nunca me había fijado en lo cuidado que estaba este pequeño restaurante tan desapercibido.
Emilio era el menor de cinco hijos, todos los cuales habían ido a la universidad gracias al esfuerzo de sus padres. Seguramente estaba pasando en casa las vacaciones de verano, ganándose un poco de dinero extra a base de trabajar en el restaurante. Los Vázquez mayores aprovechaban los veranos para hacer algunos de los viajes que no habían podido hacer cuando su prole era más joven. Eran una familia muy unida. De ésas a las que yo soñaba pertenecer cuando estaba sola en mi habitación leyendo los misterios de Trixie Beldon y fantaseando con ser detective privada. Eso era mucho antes de que acabara decepcionada con el mundo. La ignorancia tiene cierta dulzura, ¿verdad?
—Aquí tienes.
Pegué un respingo y mi silla cayó de golpe al suelo cuando me levanté. Cogí la gran bolsa y aspiré el aroma a tortillas calientes y salsa. Se me estaba haciendo la boca agua.
—Gracias, Emilio. ¿Qué tal la universidad, por cierto?
—Muy bien, Foster. Ya sólo me quedan dos años, me muero por acabar.
Sonreí.
—Sí, lo sé, pero oye, no tengas tanta prisa en salir ahí fuera, ¿sabes? Créeme, ahí fuera no hay nada por lo que merezca la pena correr.
Me di cuenta de que no tenía ni idea de qué demonios le estaba contando, así que le sonreí y me encogí de hombros.
—Nos vemos, Emilio. No dejes de saludar a tus padres de mi parte. ¿Vale?
—Nos vemos, Foster, y se lo diré. Sentirán no haberte visto.
Mientras me dirigía a casa con la comida, me aseguré de mirar hacia atrás al doblar las dos esquinas que me llevarían hasta mi apartamento. Tenía más que cuidado desde que me atacaron al salir de Secretos. La manida historia de palizas a homosexuales no se sostenía, en realidad. Fueran quienes fuesen mis atacantes, me buscaban a mí concretamente y alguien les había dicho que no me hicieran daño. Bostecé al entrar en mi edifició y sacarme las llaves del bolsillo. El plan era dejar que Bud se diera unas carreras por el apartamento mientras yo me comía la cena/almuerzo y luego los dos nos íbamos a acostar pronto y con suerte a dormir un poco.
¿Qué es lo que se dice sobre los mejores planes?
Bam, bam, bam.
—¿Quién es? —grité al tiempo que buscaba mi Glock debajo de la almohada.
Fui en silencio y descalza hasta la puerta, con cuidado de no situarme justo delante, y atisbé por la mirilla con cautela. El pasillo estaba vacío. Sentí una oleada de alivio, sustituida por la desconfianza. ¿Quién demonios se pone a dar golpes en mi puerta a... la 1:30 de la mañana?
Al darme cuenta de que seguía sujetando la pistola junto a la oreja derecha, la bajé. Esperé unos segundos más y cuando la llamada no se repitió, decidí que me iba a vestir para echar un vistazo alrededor del edificio. A quien hubiera llamado a mi puerta se le iba a caer el pelo si llegaba a encontrarlo. Para una vez que estaba profundamente dormida. Dejé la pistola en la cama y alargué la mano para encender la lámpara astrosa que había heredado de uno de mis vecinos.
Un ruidito en la ventana me hizo agarrar la pistola al instante. Me quedé sentada totalmente quieta, con el corazón acelerado. Cuando casi me había convencido a mí misma de que me lo había imaginado, lo oí de nuevo. ¡Alguien estaba intentando subir mi ventana! El ruido que había oído era el chirrido de unos dedos sobre el cristal al empujar. Vale, esto no había manera de interpretarlo de otra forma. Alguien había subido deliberadamente y en silencio por mi escalera de incendios e intentaba meterse en mi apartamento.
Medio agachada, me acerqué a la ventana con cortina sin apartar la vista de ella. La adrenalina corría por mis venas, lo cual me hacía sujetar la pistola con fuerza. Me obligué a relajarme. Por fin llegué a la pared, me coloqué como lo había hecho junto a la puerta y esperé a que mi pretendido intruso asomara la mano.
Tap, tap, tap. Qué coño, dije sin voz. La persona que trataba de colarse en mi apartamento tenía la osadía de llamar. Como si le fuera a abrir la ventana y decirle que pasara. Cuando estaba a punto de moverme, un ladrillo entró volando por la ventana. Oí más que vi una mano que se colaba por la ventana y la abría. La ventana que siempre se atascaba tercamente cada vez que yo intentaba abrirla, se abrió sin dificultad. Apartándome de la cortina que ahora se agitaba con el viento, me preparé para un tiroteo en el momento en que una figura oscura se deslizó por mi ventana tan deprisa que casi solté una exclamación.
—Ni respires, capullo —dije con un tono que se podría haber tomado por tranquilo.
El intruso se quedó paralizado y le apunté con la pistola, dispuesta a disparar en un instante.
—¿Foster? —La voz, brusca y conocida, era grave, pero claramente femenina.
—¿Riley? —pregunté sin dar crédito.
—Sí, soy yo —contestó, al tiempo que se le relajaba el cuerpo y empezaba a levantarse.
—¿Pero qué demonios...? —Casi bajé la pistola por la impresión, hasta que recordé que había entrado en mi casa sin invitación—. Quédate donde estás. No hagas un puto movimiento.
Retrocedí para apartarme de la figura oscura arrodillada en el suelo de mi cuarto de estar. Cuando por fin me choqué de espaldas con la pared, pequé un respingo, aunque me lo esperaba. Encendí la luz y vi a Riley arrodillada en el suelo, vestida con ajustados vaqueros negros, un gorro de punto que le tapaba todo salvo la coleta, una chaqueta negra de cuero y una camiseta negra.
—Foster, tenemos que...
—¡Cállate, maldita sea! —La apunté con la pistola y me acerqué un poco—. ¡Cómo te atreves a venir aquí! ¿Qué demonios quieres, Riley? Tienes suerte de que no te denunciara la otra vez.
—Foster, escúchame. No tenemos tiempo...
—¿No tenemos tiempo para qué? ¿Quieres acabar lo que estuvieras intentando hacerme cuando me llevaste a ese maldito cine en ruinas?
Se le contrajo la cara y apretó la mandíbula con todas sus fuerzas.
—¿Qué demonios te traes entre manos, Riley?
—Yo no te he mentido, Foster. Esto es todo un malentendido. Estaba intentando esperar a que te calmaras para explicártelo.
—Explicármelo, ¿eh? ¿Has entrado por mi ventana para explicarme algo?
Asintió y empezó a hablar.
—Escucha, Foster, yo...
—¿Tú qué? Primero da la casualidad de que me estás siguiendo. Luego da la casualidad de que me atacan en un callejón. Tú apareces por casualidad cuando casualmente me están dando una paliza. ¿No es así? —No dejé que contestara porque me daba igual lo que tuviera que decir. Esto, fuera lo que fuese, iba a acabar ahora mismo—. Y encima, para colmo, da la casualidad de que tienes una foto mía en tu escritorio. ¿Lo he resumido bien?
—No tenemos tiempo. —Ahora Riley sí que parecía preocupada—. Por favor, ven conmigo, te lo explico todo en el coche, ¿vale?
—¿Que vaya contigo? —Tuve que hacer un esfuerzo ímprobo para no dejar la pistola y tirarme encima de esta mujer. El hecho de ser una agente del orden público... y el hecho de que no era dada a meterme en una pelea que bien podía perder me impidieron hacerlo—. Ponte las manos detrás de la cabeza y túmbate en el suelo.
Se puso pálida al caer en la cuenta de que no lo decía en broma.
—Sabes, si esto es por lo de ese beso, no deberías ser tan picajosa. Ademas tampoco fue para tanto —le dije con malicia y sentí una punzada de culpabilidad al ver la expresión dolida que se le puso antes de que pudiera disimular.
—Si me tumbo, ¿me escucharás? —rogó con calma, como si fuera ella la que estuviera enfrentándose a una chiflada y no yo.
—Sí, te escucharé si te tumbas. —No tenía la menor intención de escuchar las mentiras que quisiera contarme. En cuando estiró su largo cuerpo en el suelo, volví a mi cómoda y saqué un juego de esposas. Dejé caer las esposas al suelo con estrépito y las lancé de una patada hacia mi prisionera, pidiéndole disculpas mentalmente a la señora Krychowski de abajo al mismo tiempo—. Alarga la mano derecha y coge las esposas. Quiero que te esposes la muñeca izquierda y luego pon las dos manos a la espalda.
—No tienes por qué hacer esto —dijo suavemente.
—Sí que tengo. Si quieres que te escuche, haremos las cosas a mi manera. No me fío de ti.
Alargó la mano, cogió las esposas, luego se puso una en la muñeca izquierda y por fin se colocó las dos manos a la espalda. La rodeé con cautela.
—¿Ahora me vas a escuchar?
—No te muevas —le gruñí y con la pistola todavía en la mano derecha, me senté encima de sus piernas y le puse con torpeza la otra esposa en la mano derecha. Su leve quejido me indicó que se las había apretado mucho y me levanté a toda prisa de encima de ella y la rodeé de nuevo para quedarme de pie ante su cabeza—. Ahora dime lo que quiero saber o te arrastro hasta la cárcel por allanamiento de morada.
—Estás perdiendo el tiempo —bufó enfadada—. Tenemos que salir de aquí o... —Lo que decía quedó interrumpido cuando alguien se puso a golpear mi puerta.
—¿Qué es lo que pretendes, Riley?
—Policía, abra, Everett.
—Foster, no respondas... —susurró Riley ferozmente al tiempo que intentaba ponerse de rodillas.
La tiré al suelo y volví a apuntarla con la pistola.
—Que no te muevas, maldita sea. Yo no los he llamado, pero son muy oportunos. Cuéntale tu historia a quien meta tu culazo en el calabozo de comisaría. Yo no tengo tiempo para eso.
—Foster. —Empezaba a sonar auténticamente desesperada mientras me acercaba a la puerta—. No abras la puerta, no lo comprendes.
Atisbé por la mirilla y reconocí a los dos cretinos que habían cogido los casos que llevábamos Smitty y yo.
—¡Genial! —rezongué mientras quitaba la cadena de seguridad y abría la puerta—. ¿Qué hacen aquí?
El Coleta pasó a mi lado y entró en mi apartamento seguido de su compañero del culo fofo crónicamente rosa.
—¿Pero qué demonios...? —Estaba a punto de exigirles que se largaran de mi apartamento cuando por el rabillo del ojo vi que el suelo donde momentos antes había estado tumbada Riley Medeiros ahora estaba vacío. La cortina blanca se agitó en ese momento y por la ventana rota se oyó la estridente sirena de la alarma de un coche—. ¡Me cago en la leche! —grité y corrí a la ventana. Pero cuando apenas había dado un paso, acabé volando hacia delante y aterrizando de golpe en el suelo. La pistola que sujetaba en la mano salió rodando hasta el otro lado de la habitación.
—Oh, cómo caen los poderosos —dijo alguien detrás de mí y cuando me tiraron del pelo y de la camisa me quedé mirando a unos ojillos grises—. No te me ibas a escapar, ¿verdad?
—¿Qué demonios está haciendo, gilipollas? —Estaba demasiado conmocionada para luchar. Primero Riley, una mujer a la que apenas conocía, había entrado por la fuerza en mi apartamento, y ahora, apenas cinco minutos después, dos detectives a los que había atacado acababan de hacer prácticamente lo mismo.
—Pues mira, me parece que nos debes una disculpa.
Los miré iracunda, todavía demasiado pasmada para saber qué estaba pasando.
—No les debo una mierda. Voy a conseguir que les quiten la placa a los dos —bufé.
—Ah, ¿no me digas? Pues veamos. ¿A quién piensas que van a creer? ¿A una asesina que intentaba salvar la vida? ¿O a dos detectives intachables que se ofrecieron voluntarios para arrestarla?
—¿De qué demonios habla? —conseguí decir, aunque la culpa que sentía estaba a punto de salírseme por la garganta en forma de confesión—. Yo no soy una asesina.
—¿No? No es eso lo que hemos oído —dijo el Coleta, agarrándome de la camisa con más fuerza—. Al parecer, uno de tus últimos sospechosos fue asesinado. Misteriosamente, tú no fuiste a detener al sospechoso y tu compañero informó de que se escapó antes de que él pudiera arrestarlo. Lo único es que se ha hallado una de tus huellas dactilares dentro de una bolsa de plástico con que le habían envuelto la cara al muerto. A mí todo eso me parece extraño.
—¿Qué bolsa de plástico? —Apreté los dientes para no gritar. Esto tenía que ser una broma o una especie de truco para que reconociera mi culpabilidad. No había habido ninguna bolsa, de eso estaba segura. El Coleta sacó la pistola y por primera vez en toda mi carrera, supe lo que era encontrarse al otro lado de un arma. No me gustó. No me gustó ni un pelo—. ¿Me quieren decir de qué va todo esto de verdad? —pregunté, intentando parecer tranquila.
—¿Es que no has escuchado, zorra? ¡Te tenemos! Se te busca para interrogarte sobre el asesinato y la mutilación de un tal Harrison Canniff. ¿Y sabes qué? A lo mejor queremos saber dónde estabas cuando tu compañero de repente se tiró con el coche desde la carretera. A mí me parece que tú tenías mucho que ocultar y tal vez estabas intentando que él guardara silencio.
—Sabes, tío, es posible que tengas razón —intervino Culo Fofo.
—Oigan, ¿por qué no se callan de una puta vez y me llevan a comisaría para que pueda arreglar todo esto?
—Oye, sabes, se me acaba de ocurrir que no sabes cómo me llamo. Yo soy Alvin Wilson y ése de ahí es Dan McClowski. Y me da la impresión de que no te das cuentas de que no eres tú la que dirige el cotarro.
—Escuche, deje de hacerse el macho y vámonos ya —exigí.
El de la espinilla dolorida se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pañuelo. Se arrodilló y cogió mi pistola.
—Oye, seguro que esto tiene todas las huellas que necesitamos y fíjate, además está cargada.
Los dos me sonrieron y en ese instante me di cuenta de que corría un grave peligro. Mi reacción, aunque probablemente no fue la más inteligente, fue la que más tenía por costumbre: me enfurecí.
—Vale, capullos, ¿de qué va esto? ¿Es porque os he herido en vuestro orgullo de hombrecitos?
Estaba asustada, pero también furiosa. Que hubieran mencionado a Canniff me horrorizaba, pero que estuvieran buscando mis huellas me daba aún más miedo. Estaban intentando encasquetarme algo. Daba igual que lo hubiera hecho de verdad.
—Tío, deja de perder el tiempo y acabemos de una vez. Le prometí a mi mujer que estaría en casa dentro de media hora.
Ésa era toda la confirmación que necesitaba. El Coleta se volvió para mirar a su compañero y aproveché la oportunidad para luchar de la única manera que sabía. Sucio.
—¡Ay, mierda, puta! —Le salió sangre a chorros por la boca a causa del impacto de mi cabeza contra su barbilla, lo cual hizo que se mordiera la lengua o el labio. Seguí con lo que esperaba que fuera un golpe demoledor a la laringe. Me giré para encargarme de su compañero, pero algo duro me golpeó por detrás y caí al suelo.
—Maldita sea —dijo—, ¡no le hagas nada más! ¿Cómo vamos a explicar que tenga un golpe en la cabeza?
Lo oí mientras intentaba parpadear, tratando de seguir despierta. Una parte de mí sólo quería cerrar los ojos y dejar que me mataran. Qué diablos, si de todas formas ya estaba muerta, lo había estado desde el día en que maté a ese tal Canniff. Sólo quería que todo acabara. Cerré los ojos y aguardé a que el fin viniera a visitarme como un viejo amigo.
No hubo ni fuerte estampido, ni dolor, ni apacible olvido. En cambio, oí un grito que se cortó y un fuerte golpe. Abrí los ojos y vi a Riley con la cara contraída de rabia plantada con el pie encima de la nuca de Culo Fofo. El Coleta estaba tumbado boca abajo con el brazo pillado debajo del cuerpo en un ángulo extraño.
—No lo mates —dije débilmente. No porque me importara el idiota llorica del suelo, sino porque ella no merecía sentirse como yo. Apartó el pie de su cuello y con una buena patada en la sien, lo dejó sin sentido. Con una mueca de dolor, intenté levantarme cuando oí que se acercaba. Se arrodilló a mi lado, pero yo estaba tan confusa que no sabía si abrazarla o huir de ella. Como no estaba en condiciones de echar a correr, opté por estrecharla con todas mis fuerzas.
—Qué harta estoy de que me den palizas —dije para evitar echarme a llorar.
—Lo siento —murmuró en mi pelo cuando la abracé. Su cuerpo, mucho más grande, temblaba mientras la abrazaba.
—¿El qué? —pregunté, medio temiendo que tuviera algo que ver con todo este asunto y medio sabiendo en el fondo de mi corazón que no era así.
—Lo siento, he vuelto a llegar tarde. Te han hecho daño.
—No, has llegado —le dije mientras seguía estrechándola y sus temblores iban en aumento—. Eso es lo único que importa.
Por fin pareció recuperar el control del cuerpo y con un esfuerzo se puso de pie. Yo conseguí levantarme sin ayuda.
—¿Por qué has vuelto? —le pregunté mientras ella contemplaba al detective inconsciente, en cuya sien ya estaba apareciendo un punto oscuro de la patada que le había dado antes.
—¿Vuelto? —Su voz sonaba desorientada e indistinta.
—Sí, ¿por qué has vuelto después de cómo te he tratado.
—No me había ido, estaba escondida al lado de la cama.
—¿Estabas escondida...? ¿Entonces por qué demonios no me has ayudado antes, maldita sea? Me podrían haber matado. —Por la rabia, no había tardado en olvidarme de que apenas unos momentos antes la había acusado de ser uno de los malos. En ese momento, se me ocurrió pensar que sólo porque me había salvado el pellejo, eso no quería decir que fuera uno de los buenos.
—Me habías esposado.
—Yo...
—¿Te acuerdas? —Se dio la vuelta para que viera las esposas que seguían sujetándole las muñecas. Había podido ayudarme únicamente porque se había escondido. Por fuerte que fuera, yo sabía que no habría podido con los dos del suelo sin la ventaja de un ataque sorpresa.
—¡Oh!
Se volvió para mirarme por encima del hombro, con una ceja enarcada.
—¿Me las quitas, por favor?
—Ah, sí, claro —Fui a la cómoda y abrí el cajón para buscar las llaves. Mientras le abría las esposas, mis dudas surgieron de nuevo y eso me llevó a expresar mi incertidumbre—. Sabes, se te da muy bien eso de aparecer justo cuando te necesito —dije por lo bajo mientras me peleaba con la llavecita.
No dijo nada, de modo que le di un golpecito en el hombro.
—¿No vas a responder?
—¿A qué?
—Maldita sea, ¿es que estás sorda o qué? Te he preguntado que cómo demonios te las arreglas para aparecer justo cuando me están atacando.
Vi que se le formaba un ceño feroz en la frente.
—Sólo intento ayudarte. —Se frotó las profundas e irritadas marcas de las muñecas y me miró con rabia—. Vamos, te llevo donde quieras.
Se dirigió hacia la puerta y se volvió para mirarme, como para ver qué decisión tomaba.
—¿Vienes?
—¿Cómo sé que no es una trampa? Quiero saber cómo te las apañas para aparecer cuando tengo problemas y qué diablos hacías con una foto mía en tu escritorio.
—No tenemos tiempo. Puede que esos dos hayan pedido refuerzos. Tenemos que irnos.
Miré a los dos hombre tirados en el suelo de mi apartamento y luego volví a mirarla a ella. Había conseguido sobrevivir a base de fiarme de mi instinto, que nunca me había engañado. Ahora mismo me decía que si tenía que elegir entre fiarme de esos dos del suelo o de la mujer de pelo negro que tenía delante, debía fiarme de ella... sin dudarlo.
—Vale, espera que me vista —le dije aturdida.
Me agarró de repente por los brazos y tiró de mí hasta que me quedé mirando sus tempestuosos ojos azules.
—No... no entiendes que no queda tiempo. Tenemos que irnos. Ya. —Me cogió del brazo y tiró de mí hacia la puerta.
—¡Espera, Bud! —Me daba igual lo que dijera. Bud se venía conmigo. Volví a entrar corriendo en el apartamento y busqué frenética su jaula.
—¡Vamos! —dijo desde la puerta y cuando estaba a punto de renunciar a buscarlo, vi el trasto de plástico naranja medio tapado por una de mis camisas. Lo recogí con una mano y corrí hacia la puerta. Cuando ya casi estaba allí, vi un montón de ropa sucia mía en el suelo y lo recogí también. Salimos corriendo de mi apartamento, dejando la puerta abierta y a los dos hombrers tirados en medio del suelo.
—He aparcado delante —dijo ella mientras bajábamos a la carrera los dos tramos de escaleras y cruzábamos el vestíbulo.
—¿Qué diablos está pasando, Riley? —dije entre dientes.
—En el coche te cuento lo que sé.
Oí al perrillo de la señora Krychowski que no paraba de ladrar. La señora K se asomaría a su puerta dentro de nada para fulminar a quien había tenido la osadía de despertarlos tanto a ella como a su tesoro. Los iba a echar de menos.
—Lo siento, señora K —murmuré al salir por la puerta y meterme en el viejo Land Cruiser de Riley.
Riley puso en marcha el coche y se apartó del bordillo, sin dejar de mirar por el espejo retrovisor.
—Agáchate —me ordenó de repente.
—Oye, ¿me vas a decir qué...?
Me empujó bruscamente la cabeza hacia abajo. Desde donde estaba lo único que vi fueron las luces azules y rojas reflejadas en el salpicadero. Condujo en silencio y con calma hasta el borde de la calzada.
—Estate quieta. Dejaremos que pasen.
—¿Qué diablos ocurre? ¿Dónde van? —pregunté al tiempo que intentaba incorporarme en el asiento, cosa que su manaza encima de mi cabeza me impidió. Estuve a punto de reaccionar con rabia, pero lo que dijo a continuación me hizo callar al instante.
—A tu casa, probablemente.
¿A mi casa?, pensé atónita.
Agachada en el asiento del copiloto, vi cómo tenía cuidado de señalar con el intermitente y volvía a la calzada. Por primera vez me fijé en que tenía una ligera contusión debajo del ojo y que su cara parecía tensa. Tenía los labios muy apretados y no dejaba de mirar por el retrovisor cada pocos segundos.
—¿Estás bien? —No apartó los ojos de la calzada, pero su tono era más suave.
—No lo sé. ¿Me puedes decir, por favor, de qué va todo esto?
—Esperaba que me lo dijeras tú a mí.
—¿Cómo que te lo dijera yo? Has dicho que me lo contarías todo cuando me metiera en tu coche.
—Me refería a que podía contarte lo que sé, que no es mucho.
Me estaba empezando a helar, por lo que hurgué en el montón de ropa que aún sujetaba entre mis brazos.
—Vale, maldita sea, pues cuéntame lo que sepas, Riley.
Riley puso el intermitente y luego miró por el retrovisor. Yo estaba a punto de repetir lo que había dicho por miedo a que no me hubiera oído o estuviera pasando de mí. Entonces se puso a hablar.
—Te he dicho la verdad, Foster. —Me miró un segundo y luego volvió a posar los ojos en la calzada y continuó con su historia con tono tenso—. Estaba preocupada por ti... parte de mi trabajo es asegurarme de que los clientes llegan a casa sanos y salvos. Normalmente me mantengo a distancia, para ver que llegas a casa y poder volver al club rápidamente. La noche en que te atacaron, me costó encontrar a Chrissie. Llegué demasiado tarde para impedir que esos tipos te hicieran daño.
Vi que las manos que rodeaban el volante se ponían muy tensas.
—Llegaste a tiempo. Me podrían haber arrastrado a otra parte o algo peor, yo no estaba en condiciones de defenderme. —Me costó confesar eso ante ella o ante mí misma. Si no hubiera estado tan empeñada en anestesiarme para no notar los golpes que el mundo no paraba de darme, seguramente habría podido ocuparme de esos tipos yo sola. Bueno, o al menos habría podido atizarles un poco.
—Cuando fui a buscar tus llaves, encontré esa foto en el suelo. Supuse que se te había caído durante la pelea. Me llamaron por teléfono o algo así y se me... se me olvidó, no pensé que fuera importante. Supongo que la metí por accidente en el cajón con la factura del móvil y el resto de mi correo. Lo siento.
Me quedé mirando las luces de freno de los vehículos que teníamos delante. Su explicación era tan puñeteramente sencilla que hasta podría ser cierta. Pero había algo que seguía preocupándome.
—Vale, eso explica lo de la foto, supongo. Pero ¿cómo es que has aparecido esta noche?
—Me envió Stacy.
—¿Stacy? ¿Cómo que te envió Stacy? ¿Quieres decir que ella te dijo que entraras a la fuerza en mi casa? Y por cierto, ¿tú no tenías que haber vuelto ya al norte de California?
—Una pregunta a la vez.
Abrí la boca para contestarle de malas maneras, pero vi que alzaba la mano para tocarse con cuidado el moratón que tenía cerca del ojo.
—Deberías dejar que te mire eso.
Me miró con desconfianza y luego volvió a mirar la calzada.
—Ya me ocupo yo cuando lleguemos a mi casa —dijo con tono apagado—. Acababa de llegar al club y Stacy salió corriendo y gritando no sé qué de un 6AP en el apartamento 312 de la 3ª Norte. Reconocí la dirección de cuando fui a buscar tus cosas. Stacy dijo que 6AP es el código para el arresto de un delincuente.
Me recosté y cerré los ojos.
—No exactamente. Quiere decir que vas a arrestar a un delincuente al que se cree armado y peligroso. Un 6D es el código para la detención de un simple delincuente. Un 6AP les indica a los agentes que se acercan al lugar que es muy probable que haya un tiroteo. Esos hijos de puta me estaban tendiendo una trampa —bufé.
—Fui corriendo en cuanto me enteré, pero no abrías la puerta. Supuse que estabas ahí y que no abrías porque era yo, así que fui por detrás para entrar por la ventana.
—No fue muy buena idea, Riley. Te podría haber pegado un tiro. No tenía forma de saber que eras tú.
—Tenía miedo de que me pegaras un tiro de todas formas —dijo.
—Probablemente tenías razón.
Entramos en el aparcamiento de detrás del cine y mi puerta protestó enérgicamente cuando la abrí. Con cierto esfuerzo, saqué la jaula de Bud del coche junto con la única prenda de ropa que no me había puesto. Una camiseta donde ponía Propiedad del DPLA. Ya no, pensé lúgubremente.
—¿Qué tal tus costillas?
—Todavía me duelen cuando respiro hondo —le dije de mal humor.
—¿Has ido a que te las vean?
—No. ¿Para qué? De todas formas, nadie puede hacer nada cuando se tienen las costillas magulladas.
No contestó, de modo que no dije nada más mientras ella abría la puerta del cine y encendía una luz de dentro. Me asomé y luego la miré a ella.
—No voy a intentar nada —dijo.
Asentí, pasé a su lado y eché a andar por el pasillo mal iluminado. Toda esta situación se me estaba escapando de las manos. No conseguía comprender el alcance pleno de lo que me estaba ocurriendo. Necesitaba tiempo para pensar y alguien en quien pudiera confiar.
—Siento haberte hablado tan mal —le dije mientras subía con cuidado las estrechas escaleras hasta el espacio donde vivía. Como la última vez que estuve allí, sentía mucha aprensión, pero igual que entonces, en realidad no tenía elección. Estaba dolorida, cansada y confusa. Ella me ofrecía un salvavidas, por temporal que fuera. Mañana la obligaría a contarme la verdad, pero esta noche sólo quería acurrucarme en su cama y dormir.
—¿Dónde vas a dormir? —le pregunté cuando entré en la alegre habitación, mirando su cama con anhelo.
—En el mismo sitio que la otra vez.
—¿Y dónde es? —A lo largo de las dos últimas semanas se me había ocurrido pensar que tal vez había dormido en la cama conmigo. Yo estaba tan drogada por lo que me había dado que ni me habría enterado de ser así.
Me miró rápidamente y señaló la habitación donde estaban sus pesas.
—Ahí dentro, en las colchonetas.
—Ah —asentí y bostecé, demasiado cansada para decir ay cuando el dolor ya conocido de las costillas magulladas me atravesó el costado.
—¡Estás herida! —Avanzó y yo retrocedí un paso inconscientemente, lo cual hizo que se quedara inmóvil, con una expresión insegura en los ojos.
—No. A veces todavía siento un pinchazo en las costillas por los golpes de ese día. Lo siento, es que estoy un poco... —Me encogí de hombros y ella asintió y se apartó de mí.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
Dije que no con la cabeza. En realidad, tenía mucha hambre, pero no me apetecía nada de esa verdura que la había visto cortar la última vez que estuve aquí. Ahora, que si me hubiera ofrecido una hamburguesa con queso o algo así, habría estado en el séptimo cielo.
—Vale —Fue a la cama y hurgó debajo y luego en uno de los cajones. Sacó una manta verde oscura y unos pantalones cortos negros y cogió una almohada de la cama—. Si tienes que irte, ¿me dejarás una nota o algo?
La miré atentamente, pero su tono parecía vacilante, como si creyera que me iba a enfadar con ella por pedírmelo.
—Me gustaría pasar aquí la noche, si no te importa.
Levantó la vista y se quedó mirándome un momento de esa forma tan desconcertante que tenía, luego asintió y entró en la otra habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido al pasar.
Me senté con la cabeza entre las manos. Alguien me había atacado... otra vez. Y no estaba totalmente convencida de que la mujer de la otra habitación no tuviera algo que ver con ello.
Me quité los vaqueros y me contemplé los pies descalzos. Estaba demasiado cansada para que me importara que me vieran tal y como vine al mundo. Me quité la camiseta por encima de la cabeza y me metí desnuda entre las sábanas de algodón y el edredón con un profundo suspiro.
Al cerrar los ojos, aspiré el olor de Riley y me pregunté por qué me resultaba tan familiar. Realmente, era única. Lo único que lamentaba era no haberme dado cuenta cuando a lo mejor podría haber hecho algo al respecto. A partir de ahora, no me hacía ilusiones sobre mi futuro. Mi vida tal y como la conocía había terminado y a Riley le quedaba mucho por delante. Es decir, si no tenía nada que ver con quien estuviera persiguiéndome. Decidí dormir unas horas, lo suficiente para despejarme la cabeza, y luego me marcharía de aquí. Ella no se merecía estar metida en los problemas que me esperaban. Qué digo, nadie se lo merecía.