Muro de silencioGabrielle Goldsby |
A la mañana siguiente me levanté horas antes de que sonara el despertador. Me duché despacio, dejando vagar la mente mientras disfrutaba de los chorros de agua caliente, cosa para la que ya rara vez tenía tiempo. Después de salir de la ducha, dar de comer a Bud y vestirme, decidí ir al trabajo temprano. Smitty se había tomado el resto de la semana libre para pasar un poco de tiempo con su mujer y su hijo de cuatro años. Estoy segura de que la capitana se esperaba que llegara más tarde de lo habitual, al no tener a Smitty para llamarme y asegurarse de que me había levantado. Merecería la pena perder unos minutos de fingir que estaba durmiendo con tal de ver su cara de pasmo cuando no sólo llegara a la hora, sino encima con antelación.
Una de las razones por las que elegí el edificio de apartamentos donde vivía era porque era muy tranquilo, gracias a que los inquilinos eran en su mayoría ancianos, y por lo cerca que estaba de la comisaría. Tardaba menos de cinco minutos en llegar a la librería de mujeres del barrio, a Secretos, a la comisaría, a Old Navy o al supermercado. Prescindía de cualquier cosa que estuviera más lejos. Por lo general, cuando entraba en la comisaría había un follón tremendo. Pero en esta mañana concreta no. A excepción de unos pocos agentes uniformados que salían del turno de noche, el lugar estaba casi desierto. Al echar un vistazo al despacho de la capitana, vi la hora que era. Las cinco y media. Joder, no recordaba haberme levantado tan temprano en toda mi vida.
Cuando estaba donde la máquina del café esperando a que se llenara mi taza, vi a un agente uniformado detrás de mí que me resultaba conocido.
—No tardo nada.
—Oh, no, mm, tómese el tiempo que quiera, detective Everett.
Maldición, pensé. Así que este tío sabe cómo me llamo. Luego se supone que yo tengo que saber cómo se llama él. No se me dan bien los nombres, pero jamás olvido una cara. Levanté la mirada, le eché al tipo una sonrisa falsa y volví a contemplar mi taza de café mientras se iba llenando. Por fin terminó y metí la mano en la máquina para coger con cuidado el brebaje caliente. Con otra sonrisa cortés, me volví para marcharme.
—Mm, detective, ¿puedo hablar con usted?
Me encogí por dentro al oír esas palabras tan familiares. Llevaba tres años en esta comisaría y en ese tiempo, prácticamente todos los hombres solteros y no tan solteros del lugar me habían invitado a salir. Tengo una norma que sigo estrictamente y que es: no salgo con policías, y menos varones. Punto. Sé que parece un poco drástico, pero en mi vida sólo hay sitio para una gilipollas narcisista y ese puesto ya lo ocupo yo. ¿Veis a qué me refiero?
Me di la vuelta y me pegué en la cara esa sonrisa falsa que dice "quién demonios eres tú" mientras esperaba a que hablara el uniformado. Advertí el anillo de casado que llevaba en el dedo y pensé: Más vale que me equivoque con respecto a la conversación que estamos a punto de tener, señorito, porque no me hace ninguna gracia que los hombres casados intenten ligar conmigo, sobre todo los que son tan bobos que ni siquiera se quitan el anillo.
—Mm, sólo quería darle las gracias.
Vale, ¿de qué diablos está hablando este muchacho? Lo miré atentamente, pues, como decía, jamás olvido una cara, y estaba segura de que lo conocía de algo, pero pensé que tenía que ser de verlo por la comisaría. No creía haber hablado nunca con él, eso sí que lo habría recordado.
—Mm, de nada, agente...
—Oh, Goldstein. —Alargó la mano con timidez y se la estreché. Me di cuenta por su forma de comportarse de que todavía estaba bastante verde. No debía de llevar mucho tiempo en el cuerpo para sonrojarse tan fácilmente.
—De nada, agente Goldstein. ¿Me puede refrescar la memoria sobre por qué me da las gracias?
El joven agente se puso colorado de nuevo, luego miró a su alrededor y se acercó más.
—Por el paquete que Smitty... el detective Smith me trajo el otro día. He podido comprarle algo bonito a mi mujer y ropa y juguetes a mi niño y pagar unas cuantas facturas. Ya sabe cómo es esto, no nos pagan mucho. —Se encogió de hombros y debió de notar mi pasmo, porque se movió incómodo—. Escuche, Smitty dijo que ni Grady ni yo debíamos darle a usted las gracias ni nada, pero de todas formas yo quería agradecerle que pensara en nosotros y decirle que nosotros habríamos hecho lo mismo de haber podido. Smitty y usted no tenían por qué tener ese detalle con nosotros, pero se lo agradecemos.
—Mm, de nada. —Me empezaba a resultar imposible seguir con esta conversación. Tenía la boca tan seca que bebí un gran trago de café, agradecida al notar cómo me iba quemando la garganta al bajar. Smitty había comprado el silencio de este muchacho para protegerme el culo. No sabía qué sentir en este momento. Necesitaba hablar con Smitty, porque esto se estaba poniendo cada vez más complicado. Ya había cometido varios delitos para tapar algo que había hecho yo. El muchacho seguía moviendo la boca, pero yo ya no escuchaba. Volví a conectar justo cuando terminaba su perorata.
—...prometí que no hablaría de esto con nadie, incluida usted, pero tenía que darle las gracias. Ha sido una gran ayuda para mi familia y para mí y si alguna vez necesita algo más, puede contar conmigo.
Hice los ruidos adecuados, supongo, porque el agente parecía satisfecho al alejarse.
¿Por qué compraría Smitty a este chico para luego decirle que no me comentara nada a mí? No tenía sentido. El muchacho había dejado claro que se alegraba de haberme ayudado. Regresé a mi mesa, dejé la taza de café que ya se estaba enfriando y me quedé mirando al vacío. Me eché hacia delante y encendí el ordenador.
Aunque el caso estaba cerrado en lo que a nosotros concernía, en homicidios todavía tenían el caso abierto. Por muy asesino de niños que fuese, había que investigar el asesinato de este tipo. Aunque no creía que fueran a dedicarle mucho esfuerzo. Dentro de unos meses, el caso quedaría sin duda inactivo o paralizado, lo cual, casualidades repugnantes de la vida, haría que Smitty y yo pasáramos a ocuparnos de él. Smitty tenía razón. Se había encargado de todo. Una vez nos entregaran el caso, éste quedaría enterrado a tal profundidad que a nadie se le ocurriría investigarlo jamás.
La información de homicidios era desoladora y parca. Harrison Caniff, 34 años, pequeño empresario, muerto de heridas contusas en la cabeza y la cara. Hora aproximada de la muerte: las siete y media de la tarde del 16 de abril de 2001. El informe de la autopsia revelaba que Caniff ya estaba muerto cuando rociaron su cuerpo de gasolina y le prendieron fuego. Tenía casi todos los dientes partidos, lo cual dificultaba su identificación mediante historial dental. Su mujer lo identificó gracias a un tatuaje apenas visible en el hombro derecho y una corona de oro en el bicúspide.
Me hundí en la silla. Ese ser tenía esposa, alguien que seguramente lo echaba de menos y sufría por lo que había hecho yo. Me quedé mirando la pantalla como si pudiera darme las respuestas que necesitaba.
No era posible que le hubiera pegado un rodillazo tan fuerte a Caniff como para partirle todos los dientes. De eso sí que estaba segura. Los huesos de la nariz se rompen con facilidad, y lo sé bien porque se me han roto dos veces forcejeando con sospechosos. Pero para romperle todos los dientes a alguien... para eso hace falta mucha fuerza. La única explicación posible era que Smitty le hubiera pegado un repaso al cuerpo cuando me marché. Intenté controlar la bilis que amenazaba con inundarme la garganta. Smitty dijo que había hecho una serie de cosas para encubrirme antes de tirar el cuerpo, concretamente que lo había quemado. Me explicó que lo había tenido que hacer para asegurarse de que ninguno de los dos habíamos dejado pruebas sin querer en el cuerpo. ¿Pero darle de leches? Sin duda, eso había prolongado el proceso de identificación, pero ¿con qué propósito? Parecía algo tan brutal. Pero, por otro lado, Smitty intentaba que pareciera un ataque.
Apenas tardé unos minutos en empezar a echarme la culpa por lo que estaba haciendo Smitty para protegerme. Jamás podría perdonármelo si ocurría algo y él acababa jodido por mi culpa. Hacía años que no me sentía tan hecha mierda.
Salí rápidamente de la información sobre Caniff y me levanté justo cuando entraba la capitana.
—Vaya, detective Everett, debo decir que me sorprende gratamente verla aquí tan temprano. ¿A qué debo el placer?
No estaba de humor para aguantar sus chascarrillos sobre mi habitual tardanza. De hecho, no estaba de humor para aguantarla, punto, de modo que me encogí de hombros y traté de parecer lo más ocupada posible, con la esperanza de que se fuera. Pero no se fue, por supuesto.
—Detective, ¿puedo verla en mi despacho un momento? —preguntó antes de desaparecer en su guarida.
Mierda, mierda, mierda, se acabó el buen día. La encontré sentada ya detrás de su mesa. Me senté en la silla bastante incómoda que estaba delante de ella, sintiéndome como una niña enfadada a la que han llamado al despacho de la directora.
—¿Le pasa algo, detective?
—No, ¿por qué lo pregunta?
—He notado que últimamente no es la misma de siempre.
Me dieron ganas de decirle que ella no tenía ni idea de cómo era yo misma en realidad, por lo que cómo iba a saber cuándo no lo era. Una vez más, me encogí de hombros. Lo sé, me estaba comportando como una cría, pero detestaba sentirme acorralada y esta mujer hacía que me sintiera justamente así.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —Se echó hacia atrás en la silla y juntó las manos con esmero encima de la mesa—. ¿Cómo es que usted y yo no hablamos? Las dos somos mujeres. Lo lógico sería pensar que nos llevaríamos mejor, pero desde el momento en que llegué, he sentido su animosidad.
¿Pero de qué demonios va?, me pregunté, mirándola sin dar crédito. En el pasado nunca había mostrado la menor preocupación por mi posible animosidad contra ella. Contemplé su traje de Armani y su peinado perfecto. Esta mujer no era policía: era una chica de póster. Era una persona que se iba a pasar y debía pasarse toda la vida detrás de un escritorio.
—¿A qué se refiere, capitana? Si yo siempre he pensado que nos llevábamos genial. —Fantástico, esto de mentir empezaba a ser demasiado fácil. Puse cara de desconcierto total y la observé atentamente mientras ella intentaba que no se le notara el asombro.
—Bueno, vale, a lo mejor es que no lo he interpretado bien, pero sólo quería que supiera que si alguna vez necesita hablar del trabajo o de lo que sea, siempre puede contar conmigo.
—Lo tendré presente, capitana... gracias. —Salí de su despacho, resistiendo el impulso de mirar atrás para asegurarme de que no se había transformado en algo horrendo.
Ahora bien, no soy idiota. Sabía que no había ni un ápice de sinceridad en esa declaración de amistad. Por lo general, a la capitana le importaba dos pitos y un tambor si me daba por tirarme por un puente, siempre y cuando le dejara todos los informes terminados antes de lanzarme. ¿Y ahora quería ser mi mejor amiga?
Me derrumbé en mi silla y me devané los sesos. Por fin, decidí que no podía esperar a que Smitty volviera la semana siguiente. Tenía que averiguar qué demonios estaba pasando. Pasé horas organizando mis papeles y siguiendo, por teléfono, varias pistas.
Eran casi las doce y media cuando terminé. La mitad de la comisaría ya había bajado a la cafetería. Hasta la capitana se había ido, así que decidí ir a ver a Smitty a su casa.
Como Smitty estaba de vacaciones, la capitana cedió y me permitió sacar un coche. Pero no me hacía mucha gracia tener que conducir uno de esos gigantescos Crown Victoria, habría preferido algo menos... corpulento. Detesto no ver el suelo cuando conduzco y estos trastos eran como barcos. Suspirando, me metí en el camino de entrada de Smitty y miré a mi alrededor con satisfacción. Mi compañero vivía en un barrio estupendo. Muchas parejas jóvenes, simpáticas y trabajadoras que se esforzaban por mantener sus jardines bien arreglados y todas esas cosas. Es muy distinto de vivir en el centro. Si alguna vez sentaba la cabeza...
Al acercarme a la minifurgoneta Ford de Monica, se me pusieron de punta los pelos de los brazos, como siempre. Me pregunté difusamente si se sentía rara al transportar cadáveres de niños y a su hijito en el mismo vehículo. Siempre me imaginaba que los ojos de los bebés muertos me observaban por las ventanas tintadas de la Aerostar. Pasé rápidamente al lado de la furgoneta, reprimiendo las ganas de mirar atrás. Llamé al timbre de Smitty y admiré el felpudo, que no había visto la última vez que había venido de visita. A los pocos momentos, Monica abrió la puerta y soltando un chillido, se me lanzó a los brazos. Me abrazó con tal fuerza que casi me dejó sin respiración. Y a continuación me plantó un buen beso en los labios. Allí mismo, en el porche de entrada... y al diablo con los vecinos.
Monica me saludaba así desde el primer día que nos conocimos. Confieso que no tenía muchas ganas de conocerla cuando Smitty y yo empezamos a trabajar como compañeros, porque era hija única Herbert James, el jefe de policía de Los Ángeles. Personaje de lo más inamovible, seguro que no pisaba las calles desde hacía por lo menos veinte años. Sus ideas sobre el funcionamiento de la policía eran anticuadas e ineficaces.
Sin embargo, descubrí que Monica era una mujer inteligente, atractiva y afectuosísima... por lo menos conmigo. Mierda, todas las buenas están ya comprometidas. Sonreí cuando ella se puso a hacerme fiestas. Siempre le tomaba el pelo a Smitty con este tema, pero por dentro me encantaba.
—Dios mío, cada vez que te veo es que estás más rica. Mira qué pantalones, pero si se te caen, estás como si tuvieras dieciséis años, ¿y llevas un nuevo pendiente? Dios mío, ¿cuántos llevas ya en esa oreja?
—Sólo tres —sonreí cuando por fin conseguí meter baza. Me sacó la cadena de plata por fuera de la camiseta y se puso literalmente a colocarme bien la ropa. Sus manos iban ya derechas a mi cinturón cuando vi a Smitty por encima de su hombro. Le rogué en silencio que la detuviera antes de que me desabrochara los pantalones e intentara meterme la camiseta por dentro. Smitty sonreía de oreja a oreja y me di cuenta de que tenía intención de dejar que continuara. El muy listo. Si quería jugar, jugaríamos. Pues que me abra los pantalones si quiere. La camiseta no es muy larga y no llevo bragas desde que estaba en el instituto, colega. Se me debió de notar que empezaba a disfrutar, porque Smitty intervino por fin.
—Oye, oye, vosotras, que estoy aquí, cortad el rollo. —Smitty sonreía alegremente: estaba acostumbrado a los exuberantes recibimientos de Monica. Creo que le gustaba ver lo incómoda que me ponía.
—Hola, Smitty, siento invadirte en tu día libre.
—Ah, por favor, ya sabes que siempre eres bien recibida —contestó Monica por él y luego me cogió de la mano y me llevó a la cocina. Noté que Smitty se estaba preparando para soltar un comentario chistoso, de modo que lo miré con los labios fruncidos mientras su mujer me arrastraba tras ella. Vale, reconozco que estaba un poquito quedada con Monica. Jo, ¿quién no lo estaría? Es guapa y no hablemos ahora de sus entusiastas recibimientos cuando se trata de mí. Antes de que penséis cosas raras, la respuesta es no. Jamás le haría eso a Smitty. Es mi mejor amigo y mi compañero... Pero sólo había que mirar a Monica y nadie podría culparme por soñar.
—Bueno, ¿qué te trae hoy por aquí, Foster? —Me depositó en una silla en el jardín trasero, donde era evidente que habían estado sentados relajadamente antes de que yo llegara.
—Tenía que hablar con Joe de unas cosas del trabajo, Mon. —Siempre pasaba a llamarlo Joe: a Mon no le gustaba que lo llamaran Smitty. Alguien debería decirle que la idea era de su marido.
—¿Ah, sí? ¿De qué? —preguntó Smitty, sentándose en la silla que había al lado de la mía y pasándome un vaso de limonada.
Bebí un poco e hice una mueca, antes de tragármelo.
—¿Quién ha hecho esto?
—Yo, ¿por qué? —preguntó él, tras lo cual bebió un buen trago y se reclinó, exclamando—: Aaahhhh.
—Mm, Smitty, sabes que hay que ponerle limones también, no sólo azúcar, ¿verdad? —Coloqué mi vaso en la mesita que estaba entre los dos. No era de las que se quejaban por tomar cosas dulces, pero hasta yo tenía mis límites.
—Oye, que le he puesto limones, pero odio la limonada ácida. Me gusta dulce.
Monica meneó la cabeza. Advertí que ella estaba tomando té frío y no el agua con azúcar que estábamos bebiendo nosotros. La próxima vez tendría que acordarme de pedirle a ella la bebida.
—Oye, Monica, ¿te importa si hablo con Joe a solas?
—Claro, de todas formas tengo que ocuparme de la comida. —Monica se levantó: no llevaba el tiempo que llevaba casada con un policía sin haber aprendido cuándo debía desaparecer. Otra cosa estupenda que tenía. ¿Qué pasa? Sólo digo que la mujer es estupenda.
—Bueno, ¿qué ocurre, Foster?
—Pues, mm...
Era raro, yo era siempre la que interrogaba y hablaba con los sospechosos. Smitty decía que tenía un pico de oro, pero ahora mismo me había quedado sin habla. Estaba segura de que era un estado temporal, pero desconcertante, de todas formas.
—Mm, escucha, Smitty, tengo que preguntarte unas cosas. Siento haber venido cuando estás de vacaciones, pero llevo todo el día mosqueada por una cosa.
—Claro, Foster, ya sabes que puedes preguntarme lo que sea.
—Vale, bueno, tú sabes que lo estoy pasando mal con... lo que ocurrió, ¿verdad?
—Sí, pero irás mejorando. ¿Hablaste por fin con tu padre?
No hice caso de la rabia que me inundó el pecho al oír esa pregunta.
—Sí, ya lo he hecho. Dijo prácticamente lo mismo que tú.
Asintió satisfecho y se arrellanó en la silla. Fingí hacer lo mismo, pero tenía la mente aceleradísima.
—Smitty, esta mañana me he encontrado en la comisaría con el agente Goldstein. —Esperé a ver cómo reaccionaba, pero parecía que seguía mirando a Monica, que estaba dando la vuelta a unas hamburguesas en la parrilla.
—¿El agente Goldstein? ¿Quién es? —Su tono sonaba despreocupado, casi demasiado. Podría deberse a lo mal que lo estaba pasando con todo esto, pero me estaba dando la impresión de que en esto había más de lo que me decía Smitty.
—Uno de los policías que estuvieron allí esa noche.
Smitty me miró un momento y luego siguió mirando a su mujer.
—Creía que ya no íbamos a hablar más de ese asunto. La idea era eliminar las pruebas, apartar todas las sospechas de ti y seguir adelante con nuestra vida. ¿Por qué sacas ahora el tema, Foster? Por lo que yo sé, estás limpia de polvo y paja.
—Lo sé y ahora mismo no estoy en la cárcel gracias a ti y te lo agradezco muchísimo. Es que... Goldstein dijo una cosa que me resultó extraña.
—¿Qué dijo? —Smitty todavía parecía tranquilo, y eso hizo que me sintiera aún más incómoda por lo que estaba a punto de preguntarle.
—Dijo que le diste algo que a mí me parece que era dinero para comprar su silencio.
—Eso dijo, ¿eh?
—Sí, dijo que les diste dinero a él y a Grady, la otra agente. En realidad vino para darme las gracias, creyendo que era cosa mía.
—¿Y qué? Me ayudaron con el cuerpo, se lo merecían.
—Vale, ¿pero de dónde salió todo ese dinero, Smitty? Mon y tú tenéis un niño pequeño y ella no trabaja fuera de casa. Eso supone un solo sueldo. Tenéis esta casa y la hipoteca no puede ser tan baja. Y dos coches, ambos de menos de tres años, lo cual quiere decir que estáis pagando las letras.
—¿Qué insinúas, Everett? —Smitty era un hombre maravilloso. Le había visto perder los estribos con algunas personas y a menudo había pensado que no me gustaría ser nunca objeto de su ira.
—Escucha, no insinúo nada. Sólo quiero saber de dónde ha salido ese dinero y por qué has hecho una cosa así sin decírmelo. No quiero que tu familia pase apuros por mi culpa. Joder, antes preferiría entregarme.
Smitty se puso tenso y se volvió rápidamente hacia mí. Echó un vistazo para asegurarse de que Monica no nos oía y luego se inclinó hacia mí.
—Escúchame, Foster. No te vas a entregar, así que olvídalo, ¿me oyes? Les di dinero a esos dos agentes, pero no fue para comprar su silencio, fue por echarme una mano. A los dos les habría encantado tener una oportunidad de acabar con ese tipo.
Recordé que Goldstein había dicho prácticamente lo mismo horas antes. Estaba tan ansiosa de creer que no estaba fastidiando la vida de nadie salvo la mía que asentí enérgicamente.
—Mira, te lo voy a decir porque sé que todo este asunto te tiene muy preocupada. Pero cuando te lo diga, no quiero volver a oír hablar de ello. Lo digo en serio, Foster. Esta vez el que se juega el cuello soy yo. No estoy dispuesto a poner en peligro a mi familia porque a ti te remuerde la conciencia.
—Estoy de acuerdo, Smitty, ahora dime qué está pasando.
—El dinero es de alguien que conozco... un amigo.
—¿Un amigo?
—Sí. También estaba en las fuerzas del orden. Echa una mano a los policías cuando tienen problemas para llegar a fin de mes o cuando ocurre una cosa como ésta. El caso es que creó un grupo especial con unos cuantos policías jubilados. El fondo se creó hace unos años, cuando varios policías se metieron en problemas y no podían permitirse una defensa adecuada. Cuando la prensa empieza a mover a la opinión pública, es casi imposible que un buen policía sobreviva al escarnio público, así que siempre que es posible, interviene esta coalición. Si podemos, intentamos evitar que la cosa pase a mayores, como en tu caso. En los casos en los que no podemos evitar que el asunto llegue a los tribunales, ofrecemos donativos anónimos para pagar los gastos de la defensa. Dentro del departamento, esto sólo lo conocen unas pocas personas selectas. El único fin es ayudar a resolver situaciones que no constituyen exactamente un delito. Como tu situación. No eres la primera que se carga a un canalla, Foster, y no serás la última.
—Oye, Foster, ¿quieres un perrito caliente o una hamburguesa? —gritó Monica desde el otro lado del patio, lo cual me dio la oportunidad de reflexionar sobre lo que acababa de decir Smitty.
—No, gracias, no tengo hambre —grité a mi vez. Ella me miró extrañada un momento y luego volvió a su parrilla.
—Deberías haber aceptado la hamburguesa, Foster. Ahora va a pensar que algo va mal cuando en realidad no es así.
Miré a Smitty y luego a Monica de nuevo.
—Dile que me dolía el estómago.
—Te conoce muy bien, Foster, tienes un estómago de hierro. Ya se me ocurrirá algo.
—Lo siento, Smitty, últimamente parece que me estás sacando de muchos líos.
—Sí, ése es mi trabajo, sacar de líos a la gente que quiero. —Sus ojos se posaron en Monica y luego bebió un trago de su agua con azúcar.
—Gracias.
—No hay de qué.
Me recosté en la silla unos momentos, aturdida por lo que había averiguado. Algo en mi interior se rebelaba contra la existencia misma de ese fondo. No quería ir a la cárcel, pero, de la misma forma, había jurado dedicar mi vida al servicio de la ley. La idea de que yo, y otros como yo, necesitáramos a alguien que nos ayudara cuando violábamos la ley me desalentaba.
—Smitty, tengo que volver a comisaría. Ya sabes cómo se pone la capitana cuando cree que no estás velando por mí.
—Sí, lo sé —dijo con tono apagado. Me di cuenta de que lamentaba haberme contado tanto, pero no logré hacer acopio de la energía necesaria para animarlo. Era como si el mundo se estuviera torciendo sobre su eje y yo tenía el vago deseo de ver si lograba caerme de él.
Monica salió de la casa sosteniendo en brazos a Erick, muy enfurruñado y todavía medio dormido. Le acaricié los suaves rizos rubios y sonreí cuando escondió la cara en el cuello de su madre.
Después de recibir el obligatorio besuqueo de despedida por parte de Monica, seguí a mi compañero hasta la puerta de entrada. Normalmente, disfrutaba de ese morreo amistoso: las mujeres hetero son muy graciosas. Pero esta vez, estaba pensando en lo que me había contado Smitty. Éste me siguió por un pasillo que yo siempre llamaba "el santuario", porque en él sólo había fotografías colgadas primorosamente por Monica de su madre fallecida. Smitty y yo nos detuvimos en la entrada y él se volvió hacia mí, ahora con expresión muy preocupada.
—Escucha, Foster, lo que quería al contarte esto era que te sintieras mejor, pero comprenderás que hay mucha gente que se hundiría si no dejas correr todo este asunto. Tienes que considerarte afortunada y olvidarte de ello. Estas personas van muy en serio y si les parece que no estás dispuesta a seguir el juego, podrían no sólo retirarte su apoyo, sino ponerte las cosas muy difíciles.
Miré a Smitty con los ojos entornados. No me gustaba el giro que había tomado la conversación.
—No me estarás amenazando, ¿verdad, Smitty?
—Maldita sea, Foster, ¡a ver si sacas la cabeza del culo y escuchas lo que te digo! Esto es algo que nos supera con creces a ti y a mí. Ha intervenido mucha gente para conseguir que tú quedaras libre de culpa, pero no se la van a jugar ni por ti ni por mí.
De repente, vi algo en sus ojos que no había advertido antes. Había estado tan metida en mi propia culpabilidad que no había visto lo que había tenido delante todo el tiempo. Tenía la cara casi dos veces más pálida de lo normal y una ligera capa de sudor en la frente. El detective Joseph Smith, mi compañero, tenía miedo de algo.
—Joder, Smitty, escucha, lo siento. Nunca hemos tenido esta conversación, ¿vale? —Se había jugado el sustento por mí. No merecía sentirse así. Iba a tener que encontrar una forma de superar esto por mi cuenta.
Respiró hondo temblorosamente y asintió agradecido. En lugar de sentirme aliviada, me sentía cada vez más angustiada. Esto no estaba bien. Smitty no era un cobarde y, desde luego, jamás me había dejado ver que tuviera miedo de nada. No, si algo le daba miedo, tenía que ser muy gordo.
—Gracias, Foster. Creo que eso sería lo mejor.
Dejé a Smitty en la entrada de su casa perfecta con su mujer perfecta y su hijo perfecto. Esperaba que no se sintiera tan sucio como yo.
—No sé yo, Smitty, esta movida no me huele bien. ¿Este tío no se presenta a la reunión con su agente en el último día que le queda de la condicional? Lo único que se me ocurre es que o cree que va a dar positivo en la prueba de drogas o está muerto.
—Ya, bueno, ésta es su última dirección conocida antes de mudarse a vivir con la novia actual, así que a lo mejor ha decidido volver con su ex o algo así.
Hice una mueca. Eran puras conjeturas y los dos lo sabíamos.
Esquivé varios juguetes rotos y una botella de cerveza al subir por el camino de entrada hacia la ruinosa casa. Llevaba todo el día sintiéndome agotada. Era un típico lunes. Me alegraba de que Smitty hubiera vuelto de sus vacaciones, pero ahora me parecía que la que necesitaba vacaciones era yo. Jo, si hasta me entraron tentaciones de sentarme en una de las sillas rotas y destartaladas que había en el desvencijado porche de entrada. Smitty y yo teníamos un mal día. Ya sabéis, uno de esos días en que todo parecía acabar en un callejón sin salida. Estábamos siguiendo pistas sobre un secuestro ocurrido hacía casi un año y todas apuntaban a Michael Stratford como posible fuente de información. Smitty y yo estábamos bastante seguros de que a estas alturas nos enfrentábamos ya a un homicidio. Por lo general, no aparecen vivos cuando ya han pasado unos días.
Smitty estaba casi tan frustrado como yo por lo poco que habíamos avanzado. Nuestro informador era bastante fiable, por lo que esperábamos encontrar a la chica, pasara lo que pasase, esa misma semana. No fue así. Este tal Michael Stratford llevaba días sin aparecer por casa y no se había presentado a su última reunión con su agente de la condicional. Nada insólito, pero según todos los informes, parecía que le iba bien. Tenía un nuevo trabajo, una nueva novia y un nuevo bebé en camino. Lo más revelador era que su propio agente de la condicional parecía sorprendido por su desaparición y los agentes de la condicional son cínicos como ellos solos por naturaleza.
Como último recurso, decidimos ir a casa de su ex novia para ver si estaba escondido allí. Smitty estaba ahora descargando su frustración contra la puerta.
—Eh, Smitty, cálmate. Esa puerta no parece muy resistente.
La puerta se abrió de golpe y una mujer blanca y flaca con el pelo revuelto y rubio oxigenado se plantó allí con una sábana alrededor de su cuerpo al parecer desnudo.
—¿Qué coño quieren? —gritó.
—Mm, ¿Alicia Alexander? Soy el detective Smith y ésta es la detective...
Abrió más la puerta y nos hizo un gesto para que entráramos en su casa. En algún lugar del fondo lloraba un bebé, pero ella no parecía darle importancia, de modo que intenté no preocuparme tampoco.
—Aparta, Fee Fee.
Una niña de unos cuatro años, piel oscura y rizos negros saltó al instante del sofá con su muñeca a rastras, mirándonos de hito en hito como si fuésemos el diablo hecho carne, y luego se sentó a jugar en el suelo.
—Ya era hora de que llegaran. ¡Joder, denuncié ayer a ese capullo hiiiijo de puuuuta!
Me encogí y miré a la niña, que seguía jugando tan contenta con su muñeca, al parecer sin dar la menor importancia al lenguaje.
—Mm, señora, ¿de quién está hablando? ¿De Michael?
—¿Michael? ¿Michael? ¿Pero qué dice de Michael? Si lo veo, le voy a partir los huevos por la manutención de la niña. Llega tarde otra vez. A Michael no le veo el careto desde el cumpleaños de Fee Fee. He oído que se cree demasiado bueno para venir por aquí. Se ha salvado gracias al Señor y a una novia que se ha echado que es secretaria en uno de esos bufetes de abogados del centro. Se ha olvidado de su hija mayor, ¿verdad, Fee Fee? Estamos solas tú y yo, cariño, ven a darle un beso a mamá. —Observé vagamente asqueada mientras madre e hija compartían un momento obviamente ensayado para Smitty y para mí—. Ahora ve a darle el chupete a PJ, que no me oigo ni pensar.
Me quedé mirando a Fee Fee cuando salió corriendo y a los pocos segundos los llantos del fondo cesaron. De repente sentí mucha lástima por esta cría.
Smitty estaba a punto de darle las gracias por dedicarnos su tiempo, pero lo detuve. Sentía curiosidad por una cosa que había dicho.
—Entonces, ¿para qué nos ha llamado?
—Ese capullo hiiiijo de puuuuta de Popeye Jenkins me ha robado una cosa. ¡Por eso los he llamado, panda de lentos!
Yo conocía a Paul, o "Popeye", Jenkins. Lo había detenido por lo menos cinco veces cuando era patrullera. Creo que por entonces tenía doce años. Los delitos alternaban entre hurtos menores, tenencia de drogas y robo de coches. Cuando me ascendieron, oí que había empezado a escalar puestos dentro de las filas de los camellos, hasta que cometió el pecado definitivo de cualquier hombre de negocios, ya sea legal o ilegal. Empezó a disfrutar demasiado de sus propios productos. Me daba pena por su madre.
—¿Qué le ha robado?
La rubia esquelética dudó un momento y nos miró a Smitty y a mí con desconfianza.
—Ya se lo dije a la del 911. No puedo decir lo que me ha quitado.
—¿Cómo que no puede decirlo? ¿Cómo lo vamos a recuperar si no sabemos lo que es? —preguntó Smitty, dejando ver parte de su irritación.
Ella se lo pensó y entonces habría podido jurar que vi cómo se le encendía una bombilla encima de la cabeza.
—Vengan, tengo una cosa.
Antes de que Smitty o yo pudiéramos protestar, pasó por una puerta y se alejó por un pasillo lleno de juguetes rotos y ropa de niño.
—Miren —dijo, señalando con aire de triunfo—. Miren lo que me ha hecho ese capullo en el váter. ¿Qué les parece? Quiero denunciarlo por eso. Seguro que entonces me devuelve lo mío, ¿a que sí?
—Señora, ¿está diciendo que Popeye le ha roto el retrete? —preguntó Smitty sin dar crédito.
—Claro que lo estoy diciendo. Se subió y se lo cargó. Tenemos que ir a mear a casa de la vecina hasta que pueda pagar a alguien para que venga a arreglarlo. Joder, y no recibo el siguiente cheque hasta el quince.
Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme de la mujer que estaba ahí plantada en el cuarto de baño, envuelta en una sábana que apenas la tapaba, intentando convencernos de que detuviéramos a un conocido yonqui por romperle el retrete. Estaba tan enfadada que se olvidaba de sujetarse la sábana y le asomaba el culo flaco. No sé si Smitty se daba cuenta de por dónde iban los tiros, pero yo sí y me hacía muchísima gracia.
—Bueno, a ver si lo entiendo bien. Popeye estaba subido en el retrete... ¿haciendo qué?
Intenté darle un codazo a Smitty para que se callara. Esto no era trabajo nuestro. Podíamos enviar más tarde a unos patrulleros. Smitty no me hizo ni caso. Me di cuenta de que le había picado la curiosidad, de modo que decidí callarme y dejar que siguiera.
Me metí la mano con el mayor disimulo posible en el bolsillo y pulsé el botón de grabación. La pequeña grabadora que usaba en lugar de ir cargada a todas partes con un cuaderno de notas estaba a punto de salirme rentable. Pensé que Smitty pagaría un buen dinero en forma de cafés para evitar que yo pusiera esta cinta delante de la gente. Tal vez la próxima vez me haría caso.
—Supongo que intentaba salir por esa ventana.
—¿Y por qué iba a hacer eso? —continuó interrogándola Smitty.
Yo sabía por qué, pero quería ver cómo intentaba escabullirse para no contestar a la pregunta. Mi trabajo me daba muy pocos placeres.
—Pues es que se quería escapar por la ventana con lo que me había robado.
—Ajá, ya, bueno, señora, estoy seguro de que Popeye va a decir que lo del retrete fue un accidente. No podemos detenerlo por eso, a menos que lo hiciera a propósito, y si usted no nos dice qué es lo que le ha robado, tampoco podemos arrestarlo por eso —le dijo Smitty amablemente. Lo miré muy sonriente y luego la miré a ella de nuevo para ver cómo reaccionaba. Ahh, joder, se le está cayendo la sábana.
—¿Quieren saber lo que me ha robado? —Ahora sí que estaba alteradísima: se le veía el pecho izquierdo. Recé para que no decidiera hartarse de la sábana y tirarla. Ojo, no tengo nada en contra de ver jóvenes desnudas, pero paso de las drogatas.
—Me robó la puuuuta pipa. —Tenía talento para alargar los tacos, puuuuta e hiiiijo de puuuuta; suena mucho mejor cuando se dice así.
Smitty me miró en busca de ayuda, pero yo estaba demasiado ocupada mirando al suelo. Arréglatelas tú solito, colega, pensé mientras me partía el culo de risa haciendo como que tenía tos.
—Estás de coña, ¿verdad?
Me bebí el pezón mantecoso gratis, me tragué el dulce potingue y sonreí cuando el calor me golpeó el pecho.
—Es la verdad. Llamó a la policía porque Popeye le robó su pipa de crack.
—La leche que le han dado.
Chrissie y Stacy se miraron boquiabiertas. Les había contado varias anécdotas, desde la del sospechoso que había intentado disfrazarse con la ropa de su madre para pasar desapercibido hasta la del viejo Jim de los Apartamentos Liberty, que estaba harto del helicóptero que pasaba sobrevolando bajo y haciendo mucho ruido y había decidido pegarle un tiro con un rifle. Pero el plato principal, Alicia y su retrete roto, me había hecho merecedora del pezón mantecoso y de las miradas asombradas de las que ahora era objeto por parte de Chrissie y Stacy.
—¿Y qué hicisteis? —preguntó Chrissie, que seguía atónita.
—Pues no pudimos hacer nada. No podíamos perseguir a Popeye por robar una cosa que para empezar es ilegal.
Chrissie se alejó meneando la cabeza. Llevábamos más de una hora de charla. Las dos me estaban haciendo compañía mientras me iba bebiendo pezones mantecosos hasta dejar de sentir esa molesta duda interna en el fondo de mi corazón.
—Oye, ¿nunca pasas miedo ahí fuera? Porque yo me paso la vida escuchando la radio y algunas de las movidas que oigo dan miedo.
Stacy era lo que normalmente se conoce como una colgada de la radio de la policía. Escucha la frecuencia de la policía en la radio día sí y día también. Algunas personas eran adictas a Internet y el rollo de Stacy era la radio de la policía. Llegaba al punto de llamar y corregir a la gente cuando usaban números de código incorrectos. Los agentes a cargo de los avisos no le tenían mucho aprecio.
—Qué va. —Hice un movimiento despectivo con la mano—. No puedes ser una buena poli si te dan miedo las movidas. Serías una poli muerta.
—¿Pero no te dan miedo esos tipos inmensos a los que te tienes que enfrentar? O sea, ¿y si tu compañero no está?
—Muy propio de una auténtica mujer moderna, Stacy. —La saludé con el vaso vacío de mi chupito—. Además, yo no tengo miedo de nada. Cuanto más grandes son, más fuerte les tienes que dar. —Vale, parezco gilipollas, pero estaba borracha y probablemente era víctima de un ligero complejo de Napoleón.
—¿Y ésa? ¿Ésa no te da miedo? —Stacy señaló con la barbilla y cruzó los brazos por encima de sus grandes tetas. Las miré parpadeando un momento y luego me giré en la banqueta para ver a quién se refería. Cuando el mundo me alcanzó y estuve segura de que no me iba a caer de la banqueta, concentré mi atención en mi blanco desprevenido. La callada portera. Como tenía por costumbre, estaba sentada en la entrada comprobando identificaciones y cobrando la entrada a partir de las ocho. Siempre me hacía un gesto para que pasara sin pagar, aunque yo siempre llevaba el dinero preparado cuando entraba por la puerta.
—Ésa... ¿quieres que pegue a ésa? —pregunté, levantando excesivamente la voz y señalándola con el pulgar. Algunas de las clientes habituales sentadas en las mesas más cercanas a nosotras oyeron mi pregunta y se pusieron a escuchar descaradamente.
—Tía, ¿estás chalada? Te pondría la cara del revés, me da igual lo dura que seas. No, ¿qué tal algo un poco más interesante, ya que te crees tan valiente y tan guapa?
—Vale, ¿qué propones? —Apoyé borracha los codos en la barra, sin inmutarme por el agua que me iba empapando la camisa y mojándome los codos.
—Vale, a ver si te atreves a ir y besarla —dijo Stacy con una sonrisa muy ufana.
—¿Qué?
—Tienes que besarla, y no me refiero a un besito en la mejilla. Me refiero a un morreo largo y caliente en los labios. Y que dure por lo menos cinco segundos o no vale.
—Oh-oh, Foster, yo no lo haría. Tía, ni siquiera entiende y a lo mejor intenta matarte —intervino Chrissie amablemente.
—Ah, y eso además, pásame la pistola, no la vayas a sacar cuando intente arrancarte la cabeza. —Stacy alargó la mano mostrando la palma y agitó los dedos.
—Ni hablar, no le voy a dar mi pistola a una civil —dije, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué pasa, enana? ¿Tienes miedo de la amazona feroz? —se burló Stacy.
Me arranqué la pistolera del cinturón y la dejé de golpe en la barra.
—No me la manches de huellas ni líquidos.
Me giré en mi asiento. La mayoría de la gente del club no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo hasta que eché a andar hacia la entrada. ¿Sabéis esa forma de andar que dice "Voy a mojar"? Bueno, no sé cómo empezó, pero las chicas se pusieron a entonar una especie de cántico.
Estaba sentada en una banqueta del bar junto a la entrada. Llevaba el pelo recogido en la habitual trenza bien hecha y estaba pulcramente vestida con vaqueros planchados y una camiseta también primorosamente planchada. ¿Pero quién demonios plancha las camisetas haciéndoles la raya en las mangas? Parecía estar leyendo una especie de revistilla cuando me acerqué a ella. Por un instante me pregunté cómo no se había percatado del cántico que nos rodeaba, pero lo relegué al fondo de mi mente y me puse delante de ella. O pasaba de mí o de verdad estaba metidísima en su revista, porque ni siquiera levantó la mirada. De modo que alargué la mano y le di un golpecito en el hombro. Pegó un respingo, bajó la revista y me miró con curiosidad.
—Hola —dije con la sonrisa más sexy que pude dado lo borracha que estaba, y me coloqué entre sus piernas abiertas.
—Hola... —respondió y antes de que pudiera terminar lo que fuera a decir, la agarré por la nuca y cubrí su boca con la mía. Los labios le temblaron un poco cuando abrí despacio los míos para obtener acceso. Le sujeté el hombro con la otra mano y me acerqué más a ella, hasta meter las caderas con fuerza entre sus muslos. Qué cosa más dulce, pensé mientras seguía besando los labios más suaves que había probado en mi vida. Mis manos, con voluntad propia, bajaron por sus fuertes brazos hasta las manos que no me había dado cuenta de que me sujetaban las caderas. Subieron deslizándose por sus brazos y no se detuvieron hasta que llegaron a su cara. Sentí que me había perdido y había vuelto a encontrar el camino todo a la vez. Como si me estuviera ahogando pero respirando por primera vez. Está temblando, fue lo último que pensé cuando los dulces labios soltaron de golpe los míos y me apartó de un empujón. Miré interrogante su rostro pétreo. Estaba mirando algo detrás de mí.
Al parecer el cántico se había hecho ensordecedor mientras yo estaba embelesada con el beso. Stacy hacía girar un paño por encima de la cabeza y el resto de la gente aplaudía o vociferaba.
—¿Qué coño...?
—¡Has ganado! Dios, tía, qué huevos tienes. Todas las copas de Foster corren por cuenta de la casa.
La amplia sonrisa de Stacy se fue apagando mientras yo la miraba, horrorizada. Sentía su presencia detrás de mí. Me di cuenta por la expresión de Stacy y de prácticamente el resto de la gente de que la cosa no le había hecho gracia. Cerré los ojos antes de volverme despacio, preparada para aceptar la soberana paliza que estaba a punto de caerme encima y que sin duda me merecía.
Levanté la mirada y me quedé de piedra al ver dolor, no rabia, en los ojos azules de la portera. Dejó caer su revista, se bajó a toda prisa de su banqueta y salió del club. Me encogí cuando la puerta se estampó contra la pared y luego se fue cerrando despacio. El club estaba casi en completo silencio detrás de mí: la docena aproximada de mujeres que habían presenciado mi intento de ganar el premio a la capulla más estúpida del año parecían estar tan aturdidas como yo.
—Ahhh, mierda, ¿Riley...? —oí que decía Stacy detrás de mí. Nunca en mi vida había sentido una cosa así. Ese beso era todo lo que siempre había deseado. Era cálido y reconfortante, además de erótico y sensualmente tímido. Me agaché aturdida y recogí su revista.
—El Increíble Hulk conoce a los Cuatro Fantásticos. ¿Un cómic? ¡Estaba leyendo un cómic! —me dije a mí misma.
—Foster, lo... —No hice caso de Stacy, que me había puesto la mano en el hombro, y salí corriendo por la puerta para ir en busca de Riley. Doblé el cómic y me lo metí en el bolsillo de atrás mientras corría.
Ya estaba a mitad del aparcamiento y sus largas zancadas devoraban la distancia a toda velocidad.
—Riley, por favor, espera —la llamé, pero ella siguió andando y por su postura supe que estaba más que enfadada. Tragué saliva nerviosa—. Riley, deja que hable contigo.
Riley no se volvió para mirar ni se detuvo, por lo que tuve que seguir corriendo tras ella. Nunca bebáis cinco chupitos si tenéis que salir corriendo detrás de alguien. No sienta nada bien: me daría con un canto en los dientes si la alcanzaba sin echar las tripas.
—Te lo puedo explicar todo. —Bueno, en realidad no, pero iba a hacer todo lo posible por intentarlo. Me sentía como una gilipollas. Qué digo, soy una gilipollas.
Por fin la alcancé, alargué la mano y la agarré del hombro. Se giró en redondo, blandiendo un puño, y retrocedí de un salto y levanté las manos, como lo había hecho ella en nuestro primer encuentro.
—Lo siento, ¿vale? No quería...
Se le hundió la expresión ante mis ojos y luego pareció que lograba controlarse.
—Lo siento, Riley —le dije suavemente, pero ella se quedó mirándome furiosa, apretando los dientes, con los puños tensos a los lados.
—¿Por qué? Yo no le he hecho nada. —Su voz sonaba aún más profunda que la última vez. Dios, recé para que no se echara a llorar: ya me sentía como una capulla de primera categoría.
—No lo sé. Ha sido una estupidez... Por favor, vuelve conmigo. Quiero intentar explicártelo.
—¡No!
—¿Por favor? —Intenté sonreírle, pero ella siguió mirándome, con el rostro tan impasible como siempre.
—No voy a volver ahí dentro.
Se volvió para echar a andar de nuevo y la agarré del brazo. No sé en qué estaba pensando cuando decidí jugar con esta mujer, pero a juzgar por la masa de duro músculo que estaba tocando, seguro que podría arrancarme la cabeza con las manos desnudas y, con lo culpable que me sentía, seguro que yo no opondría mucha resistencia.
—Vale, ¿entonces podemos hablar aquí, por favor? —le pregunté con tono apagado, ya que no parecía querer darse la vuelta. Nos quedamos así unos segundos hasta que por fin se volvió y me miró furiosa.
—¿Qué quiere?
—Por favor, ¿me dejas que te lo explique? No tienes que volver dentro, sólo quiero hablar contigo.
Se encogió de hombros y yo le hice un gesto para que se sentara en el bordillo conmigo, cosa que, sorprendentemente, hizo.
Nos quedamos ahí sentadas unos cinco minutos, sin decir nada. Un camión se detuvo delante de un almacén que teníamos enfrente y tocó la bocina. Me volví y me la encontré mirándome fijamente, así que volví a mirar al frente, fingiendo estar fascinada con el alboroto que había delante de nosotras mientras ponía en orden mis ideas.
—Siento muchísimo lo que he hecho. No pensé en cómo podrías sentirte tú. He bebido demasiado. Ya sé que no es excusa, pero no tenía intención de herir... —No quería arriesgarme a que se enfadara, de modo que cambié lo que iba a decir—. No tenía intención de ponerte en evidencia de esa manera. Fue una apuesta estúpida y normalmente no la habría aceptado, pero...
—Ha estado bebiendo —terminó por mí.
Su voz profunda tan cerca de mi oreja y la brusquedad de sus palabras me sobresaltaron.
—Sí.
—La he estado observando —dijo.
Me volví para mirarla y descubrí que estaba sentada muy cerca de mí, un poco demasiado cerca. Así que me apresuré a concentrar la mirada en el bullicio del otro lado de la calle. Unas puertas inmensas se deslizaron hacia arriba con un estruendo que parecía el estallido de un trueno. Salieron unos hombres que se empezaron a gritar por encima del ruido del motor del camión. Fingí observar mientras se ponían a descargar el camión, haciendo un ruido que habría resultado ensordecedor si hubiéramos estado más cerca. Tenía la esperanza de que Riley esperara a que hubiera silencio para continuar hablando, porque así tendría la oportunidad de poner en orden mis ideas revueltas.
—Ha estado bebiendo mucho. —La afirmación llegó con poca o más bien ninguna inflexión. Ni siquiera se molestó en elevar la voz por encima del estruendo causado por el camión, aunque no le hacía falta: estábamos sentadas tan pegadas que la oí perfectamente.
—Ya lo sé. —Apoyé la cabeza en las rodillas, intentando aliviar la tensión que sentía.
Noté su mano en mi hombro, me levantó la cabeza delicadamente y me miró con sus penetrantes ojos azules.
—¿Qué le ocurre? ¿Qué intenta olvidar?
Os juro que creo que en ese momento se me paró el corazón. No la conocía en absoluto, pero ella se daba cuenta de que me pasaba algo. Me moría por contárselo todo. Quería contárselo a alguien. No había sabido nada de mi padre desde que lo llamé para contarle mi problema. Me dolía que no me hubiera llamado para ver cómo estaba. Smitty había dejado claro que el tema estaba zanjado. Me sentía tan sola que estaba cayendo en algo que había jurado que a mí no me iba a pasar.
—Es un rollo que voy a tener que solucionar yo sola, supongo.
Bajé de nuevo la mirada, pero ella me levantó delicadamente la barbilla y siguió mirándome profundamente a los ojos. Por un instante de locura, pensé que me iba a besar. En términos generales, no me gusta que me toquen. Vale, he pegado a gente por menos que esto, pero ella era... distinta. Me gustaba cómo me sentía en ese momento y de repente me di cuenta de que no me opondría a otro beso.
—¿Lo que ha pasado ahí dentro le ha parecido gracioso?
La pregunta debería haberme dejado sin habla, pero no fue así. Contesté con sinceridad, sin intentar apartarme, aunque quería hacerlo.
—No —dije, levantando la voz casi en exceso porque el camión estaba pasando ante nosotras—. No, no me lo ha parecido. No pensé en absoluto en tus sentimientos, me imaginé que pensarías que estaba loca o que incluso podrías cabrearte, pero ni se me ocurrió pensar que te podrías sentir herida. Por favor, créeme. —Me desconcertaba un poco su forma de mirarme, pero seguí mirándola a los ojos con firmeza. Pareció tomar una decisión y suspiró, soltándome la barbilla.
—Está bien, lo comprendo. Gracias por disculparse.
—¿Vas a volver dentro?
—No, no lo creo.
Vi cómo arrastraba un palito por una grieta del suelo, removiendo de paso varios hormigueros.
—De todas formas, el domingo que viene iba a ser mi último día. Mañana vendré pronto y hablaré con Stacy. No quiero volver.
Me dio la impresión de que sentirme subhumana se iba a convertir en un estado permanente.
—¿Es por lo que he hecho?
Me estaba mirando fijamente de nuevo y me entraron ganas de zafarme de sus penetrantes ojos azules. Pensé que iba a ver todos mis defectos y juzgarme indigna.
—En parte —contestó con sinceridad.
—¿Entonces no puedo hacer nada para convencerte de lo mucho que lo lamento?
—Sí que creo que lo lamenta. Es que... —Siguió escarbando en el suelo, flexionando rítmicamente el músculo del bíceps mientras torcía y giraba el palito como si quisiera encajarlo en la estrecha grieta—. Detesto que se rían de mí.
—No creo que nadie se vaya a volver a reír de ti, Riley. —Siguió escarbando en la grieta como si no me hubiera oído. Le toqué el hombro y noté que el sólido músculo se movía bajo mi mano mientras ella seguía arrastrando el palito por el suelo. Esperé hasta que nuestros ojos se encontraron y entonces dije con firmeza—: Si se ríen de ti, les meto un tiro a todas.
Se me quedó mirando un momento con los ojos muy redondos como una niña. No pude evitar sonreírle para que supiera que lo decía en broma. La sonrisa que le había visto sólo cuando hablaba por teléfono con su novio iluminó su cara y me dejó sin aliento. Jo, Riley, eres una auténtica rompecorazones, pensé conmocionada.
Vi que su cuerpo se estremecía en silencio. Nunca había visto a nadie que se riera sin hacer ruido: me pareció maravilloso. Me levanté y le ofrecí la mano con algo de duda. La aceptó y la ayudé a levantarse. Regresamos despacio al club, sin decir nada. Stacy debía de haber puesto la música cuando nos marchamos, porque el bajo sonaba tan fuerte que mi corazón se iba adaptando a su ritmo. Al menos esperaba que se tratara del bajo: no podía permitirme pensar en una mujer hetero de esta forma. Ya tenía suficientes problemas para encima tener que vérmelas con mi corazón.
—¿Detective Everett?
—Ah, no, Foster y de tú, por favor. —Me volví para mirarla y me la encontré mirándome otra vez fijamente. Aparté la mirada. Jo, seguro que no tiene ni idea de lo desconcertante que resulta. Maldita sea, Foster, recuérdalo, no entiende y seguro que encima piensa que eres una capulla.
—No me gustan las pistolas.
La miré bruscamente. ¿Una broma? Joder, en mi libro eso era una oferta de paz. Sonreí de oreja a oreja y asentí con confianza.
—No te preocupes, las meteré a todas en la cárcel. Mucho menos ruido.
Se echó a reír de esa forma silenciosa tan graciosa que tenía, meneó la cabeza y me abrió la puerta. Me apresuré a fulminar con la mirada a todas y cada una de las presentes al entrar. Quería que supieran que cualquier bromita supondría tener que vérselas conmigo. Stacy parecía a punto de salir de detrás de la barra, pero le clavé la mirada y ella sonrió con aire de disculpa antes de volverse para atender a una cliente. Solté el aliento que no sabía que había estado aguantando y me volví hacia mi alta amiga.
—Ya lo ves, no se ha reído nadie.
Sonrió.
—No, parece que no.
—Voy a hablar con Stacy y a pagar la cuenta. ¿Necesitas algo?
—Sí, agua me vendría bien.
—Vale, pues agua.
Regresé a la barra y me senté. Ahora que estaba de espaldas a la alta portera, resoplé y cerré los ojos. Jo, qué estupidez. Tenía que empezar a controlarme. No debería haberme dejado pinchar para hacer eso.
Stacy me devolvió la pistola y me la puse al cinto.
—¿Está bien?
Asentí.
—Sí, eso creo, aunque no gracias a mí.
—Jo, lo siento, Foster, ha sido culpa mía.
—No, no es cierto. Es culpa mía. No tendría que haberlo hecho.
—Joder, Foster, todo el mundo sabe que te pasa algo. Has estado viniendo prácticamente todas las noches hasta que echamos el cierre.
Fruncí el ceño al oír aquello. No sabía si me gustaba la idea de que todo el mundo supiera que me pasaba algo. Olvidémonos de que Riley lo supiera, eso hasta me parecía tierno, pero el resto de la gente podía no meter las narices en mis putos asuntos.
—Antes venías y apenas bebías dos cervezas en total y ahora fíjate cómo estás, mezclando licor del duro y cerveza, lo cual, por cierto, es andar buscándote una resaca. No debería haberte pinchado en el estado en el que estás. Yo también debería disculparme con Riley.
Suspiré y meneé la cabeza.
—Dale un momento, Stacy, estaba muy molesta por mi gracia. Creo que quiere olvidarlo y volver a lo de siempre. —Me bajé de un salto de la banqueta y me saqué un fajo de billetes del bolsillo—. Dame una botella de agua y quiero pagar la cuenta.
—Guárdate el dinero, invito yo, ¿recuerdas?
—No, ni hablar. —La miré a los ojos con firmeza—. Quiero pagar.
Stacy pareció comprender lo que estaba pensando, porque por una vez no me dio la lata al traerme el agua y cerrar mi cuenta. Mierda, con las propinas y el agua de Riley era algo más de treinta pavos. Dejé todo el dinero en la barra y le dije que el agua de Riley era gratis.
—No hay problema. —Nos sonreímos con aire de disculpa y volví a la entrada. Me acordé de que tenía el cómic de Riley en el bolsillo de atrás, de modo que lo saqué y se lo di junto con el agua.
—Una lectura muy enjundiosa para una licenciada. —Levantó la vista bruscamente. Estoy segura de que me falló la sonrisa antes de que ella misma sonriera. Jo, muy hábil, Foster. Hoy estás que te sales—. Siento haberlo doblado... estaba corriendo y ni lo pensé.
—No pasa nada, es una reedición, así que no es raro ni nada. —Miró el cómic—. Ya sé que parece un poco extraño, pero es que de niña no los tenía. —Se encogió de hombros.
—A mí no me parece extraño para nada. En realidad, me parece una monada —dije antes de retroceder hacia la puerta.
Intercambiamos otra sonrisa cohibida.
—Buenas noches, Riley —dije, luego me volví y cuando la puerta de Secretos se iba cerrando, la oí responder:
—Buenas noches... Foster.