Enrique Lihn
(Santiago de Chile, 1929 - Santiago de Chile, 1988)
Hoy murió Carlos Faz Porque un joven ha muerto pido que me demuestren, una vez más, el valor de la vida, antes de que este cielo de octubre me haga bajar los ojos hacia una tierra en ruinas y el canto de los pájaros y el canto de los niños se confundan en un mismo lamento en lo alto del coro y las flores de octubre sean los incensarios que me envuelven con su perfume húmedo y oscuro. Tú y yo lo conocíamos, no tenía el deseo de morir, ni la necesidad, ni el deber de morir, era como nosotros o mejor que nosotros: un hombre entre los hombres, alguien que día a día hizo lo suyo: reflejar el mundo, amar a la mujer, intimar con el hombre, dar cuerda a su reloj, transfigurar el mundo. Obsérvense sus cuadros; he aquí los espejos que retienen el aire del ausente, su imagen en imágenes, lo que de él permanece despierto en su vigilia absoluta de objeto, en su fácil vigilia; allí todo está en orden, en un orden secreto que no irrita, en un orden que asombra: caprichoso y exacto, hostil y vivo vivo, delicado, luminoso como una sola estrella.
Monólogo del viejo con la muerte Y bien, eso era todo. Aquí tiene la vida, mírese en ella como en un espejo, empáñela con su último suspiro. Éste es Ud. de niño, entre otros niños de su edad; ¿se reconocería a simple vista? le han pegado en la cara, llora a lágrima viva, le han pegado en la cara. Allí está varios años después, con su abuelo frente al primer cadáver de su vida.
Llora al viejo. parece que lo llora pero es más bien el miedo a lo desconocido. El vuelo de una mosca lo distrae. Y aquí vienen sus vicios, las pequeñas alegrías de un cuerpo reducido a su mínima expresión, quince años de carne miserable; y las virtudes, ciertamente, que luchan con gestos más vacíos que ellas mismas. Un gran amor. la perla de su barrio le roba el corazón alegremente para jugar con él a la pelota. El seminario, entonces, le han pegado en la cara, Ud. pone la otra; pero Dios dura poco, los tiempos han cambiado y helo aquí cometiendo una herejía. Véase en ese trance, eso era todo: asesinar a un muerto que le grita: no existo. Existen Marx y el diablo. Recuerde, ese es Ud. a los treinta años; no ha podido casarse con su mujer, con la mujer de otro. Vive en un subterráneo, en una cripta de lo que se le ofrece, sin oficio, esqueléticamente, como un santo. Del otro mundo viene ciertas noches a visitarlo el padre de su padre: -Vuelve sobre tus pasos, hijo mío, renuncia al paraíso rojo que te chupa la sangre. Total. si el mundo cambia a cañonazos. antes que nada morirán los muertos. Piensa en ti mismo, instala tu pequeño negocio. Todo empieza por casa. Mírese bien, es Ud. ese hombre que remienda su única camisa llorando secamente en la penumbra. Viene de la estación, se ha ido alguien, pero no era el amor, sólo una enferma de cierta edad, sin hijos, decidida a olvidarlo en el momento mismo de ponerse en marcha. Ud. se pone en su lugar. No sufre. ¿Eso era el amor? Y bien, sí, era eso. Tranquilo. Una mujer de cierta edad. Tranquilo Mírela bien. ¿Quién era? Ya no la reconoce, es ella, la que odia sus calcetines rotos, la que le exige y le rechaza un hijo, la que fInge dormir cuando Ud. Ilega a casa, la que le espanta el sueño para pedirle cuentas, la que se ríe de sus libros viejos, la que le sirve un plato vacío, con sarcasmo, la que amenaza con entrar de monja, la que se eclipsa al fin entre la muchedumbre. Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo entre otros viejos de su edad, sentado profundamente en una plaza pública. Agita Ud. los pies, le tiembla un ojo, lo evitan las palomas que comen a sus pies el pan que Ud. les da para atraérselas. Nadie lo reconoce, ni Ud. mismo se reconoce cuando ve su sombra. Lo hace llorar la música que nada le recuerda. Vive de sus olvidos en el abismo de una vieja casa. ¿Por qué pues no morir tranquilamente? ¿A qué viene todo esto? Basta, cierre los ojos; no se agite, tranquilo, basta, basta. Basta, basta, tranquilo, aquí tiene la muerte.
Mayor El hijo único sería el mayor de sus hermanos y en su orfandad algo tiene de eso que se entiende por la palabra mayor. Como si también ellos hubieran muerto sus imposibles hermanos menores. Mucho más riguroso que el luto repartido es el suyo; la muerte lo cortó a su medida, lo cosió, lenta, con extrema finura mientras el padre se iba transfundiendo en el hijo, lo envejecía a fuerza de crearlo a su imagen -niño otra vez el hombre, hombre otra vez el niño- en noches tan oscuras como el luto que llevan. Y el hijo tiene algo de un hermano mayor como si lo rodeáramos, nonatos, mientras él nace por segunda vez a una vida más grave que la nuestra. Alguien se mira en él con los ojos cerrados, gravita su silencio sobre nuestras palabras sin objeto.
Elegía a Carlos de Rokha No hubo dolor en el momento justo de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que solías hacer a tus amigos: una broma sangrienta. Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la cigarra de una voz chirriando en la paja seca del día. No hubo dolor por sí, Carlos, la inmediata certeza de que contigo se eclipsaba la noche sobre el desierto de un día estable y es como si cayera un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas. Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas, todas estas pobres historias diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas. Si la vida no es más que una locura lo que importan son los sueños y aun el delirio, la mentira piadosa de las palabras en libertad arrojadas al millar de los vientos nocturnos, como en tu poesía: la oscuridad vidente: palabras como brasas, balbuceos del fuego. Tenías que morir acaso así, como quien despierta de sí mismo en un acceso de sangre; es sorprendente, pero natural, la poesía ha muerto, entre nosotros, fue un sueño tú sabes qué difícil de conciliar entre otros: palabras y, en el fondo sigue a la exaltación un cansancio profundo. sólo una rabia negra que tiende a confundirse con la oscuridad. Así todo era destrucción para ti a ciertas horas tan fácil recaer en la locura aullando por un poco de paz en el exceso del bosque. "Vuelvo al bosque" -escribiste a tu familia a una edad que tendrías para siempre- hijo el más pródigo de todos, tan dócil como Isaac pero irrecuperable. Abraham fue el victimado y el ángel de la poesía enzarzado en las alas mal te pudo salvar del autosacrificio si el mismo era un temblor de hojas, un grito pánico. Oveja negra como todas las noches de una misma soledad de cuarenta y dos años. No es verdad que extraviaras el camino, sólo cabía girar sobre tus propios pasos en un desierto espeso. Ella -la poesía- al menos fue tu sombra. No iba a encender en el hueco de la mano temblorosa, a la siga de un ciego blasfemante ninguna luz que no fuera tempestad.
Del país de los sueños
Cientos,
cientos de veces te encontraré a la vuelta
de la memoria abundante en esquinas
en la enrarecida atmósfera del país de los sueños
en que no hay cosa que no esté hecha de nada
Me harás, sin verme, un saludo con la mano, pues de los dos yo seré
el único
en vernos y no tú la buena amiga de los años reales.
Además
allí, en la nada, encuentros y desencuentros
¿en qué se diferencian? El diálogo es su simulacro
hecho de las palabras recordadas. La que esté allí
es sólo una visión a la espera de un taxi de hace diez o quince
años
Sin haber envejecido porque en ese país
no se vive ni se muere, con tu vestido pasado de moda
remedo de algunas escenas que habríamos podido vivir juntos si todavía
fuéramos reales
Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera
el amor
el recuerdo vacío de estas lágrimas.