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¿Qué más sientes de esa manera? Mel dio un sorbo de su bebida. La muchacha se rió de ella.

—Vamos, no eres una vieja dama. Bebe como una persona de verdad.

Bueno, cuanto antes lo acabe mejor. Se encogió de hombros. Lanzó la bebida por su garganta abajo, el ardiente trayecto contrastaba nítidamente con los cubitos de hielo contra sus labios. Casi enmudeció ante el sabor; experimentar el sabor mediante la alquimia de la boca de Janice había sido mucho más placentero…el caliente poder del alcohol poseía entonces la dulzura de la que carecía de otra manera.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Francesca.

—Melinda.

Bella. Bo-ni-ta —dijo arrastrando las sílabas en un inglés cómico y sonriendo coquetamente—. Como tú.

Por primera vez en años…probablemente desde los primeros años en que andaba con Janice…Mel agachó rápidamente la cabeza ante el embarazo del cumplido.

—No necesitas halagarme —murmuró.

¿Che cosa?

Los azules ojos se levantaron hacia ella tajantemente.

—He dicho que no necesitas hablarme así.

—Tonta. ¿No te gusta cuando la gente te dice cosas agradables?

La mujer de más edad la miró echando chispas por los ojos, resistiendo al encanto.

Merda, dama. No actúes como si nadie hubiera dicho “¡Ah, Melinda! ¡Es encantadora!” —dijo haciendo una mueca melodramática, lanzando el antebrazo contra su cara— ¡Me ciega con su belleza!

Aunque molesta por todo aquello, Mel sonrió y rió entre dientes.

—¿Quién es la tonta ahora?

—Yo. Siempre soy tonta. Es lo que dice mi hermano.

—¿Tu hermano?

Si. Trabaja en el café. Ottavio —Mel se sintió insegura durante un momento, sin saber si se refería a su hermano o al nombre del sitio donde trabajaba. Pero la chica sonrió melancólicamente, y Mel reparó en que era el nombre de su hermano—. Estamos ahorrando dinero, juntos. Queremos abrir un café por nuestra cuenta. Pronto.

Mel se sentó, indicando a la chica para hacer lo mismo, pero Francesca permaneció de pie, apoyada contra la repisa de la chimenea, mirando fijamente al espacio vacío.

—Por eso hago lo que hago —murmuró, casi para sí misma, como consuelo, como un rezo.

—Hay otras cosas que podrías hacer —la contrarrestó Mel.

La joven resopló burlonamente.

—No por este dinero —incómoda, decidió centrar el foco de atención en Mel, y lo hizo con una notable falta de delicadeza—. Siempre follas mujeres, ¿verdad?

El vaso, húmedo, se resbaló entre las manos de Mel, pero lo atrapó justo a tiempo para evitar que se estrellase en el suelo y, por consiguiente, cerró herméticamente su agarre.

—Eres muy brusca —contestó evadiendo la pregunta.

¿Scuzi?

Mel suspiró y rebuscó en su fatigada mente por una traducción apropiada.

Esplicito eso servirá , pensó.

—No pretendía ofenderte —aflojó Francesca en su bruto asalto con un tono de disculpa gateando por su voz—. Estoy curiosa.

Mel se aclaró la garganta con nerviosismo, sintiéndose como si estuviera siendo interrogada por el IRS.

—Está bien. Sí, he hecho el amor con mujeres antes — ¿Puedo definirlo así?

—Ah. ¿Y con hombres? ¿Alguna vez has…?

—No —respondió Mel—. Juntos, pero no revueltos.

¿Cosa…? —Francesca frunció el entrecejo de nuevo, su limitado inglés se enfrentaba a otra extraña expresión.

—No importa —posó el vaso en el filo de la mesa. Sus ojos se encontraron. Involuntariamente, sintió como sus labios se separaban y se le abría la boca con incredulidad; era un silencioso llanto, un dolor que esta doble le había traído y tumbado a sus pies, como un presente. Francesca se levantó, con una mano en la prominente cadera, en una pose tan recordativa de Janice que no podía creer que fuese verdad. Justo abajo del pelo color de ocaso y los claros ojos, tan puros como la luz de la mañana.

La joven lo sabía…Sofía se lo había dicho muchas veces…a pesar de que era aceptable sentir cariño por algunos clientes, no podía permitirse verse seriamente atraída por ninguno. Ella era de blando corazón, y Sofía lo sabía, lo que hacía que aumentase la cantidad y la histeria de los avisos. Y Francesca, de esa manera, había hecho caso de las advertencias de su mentora. Pero sentía una empatía por esta alta y adorable mujer que estaba sentada frente a ella, casi llorando. Sentía una emoción que nunca antes había experimentado con otro cliente. Sentía aprensión ante el poder del amor que había traído a esta orgullosa mujer aristócrata al borde de las lágrimas, que le había hecho pagar una bucaiola , que hacía que sus bonitos ojos azules relampagueasen con dolor y recuerdos. Es una miseria. Quería conocer la historia de la mujer.

—¿Y qué hay sobre mí…? —empezó a decir lentamente la prostituta con una voz amable y maravillosa.

—Tú… —Mel dejó caer su cabeza, incapaz de decir nada más.

—Me parezco a alguien que conoces —dio un paso en dirección a Mel—. Alguien a quien amaste, ¿ si ?

—Sí —la sureña no podía creer el ronco y áspero tono de su propia voz.

Otro paso.

—¿Ella no te amaba?

—No, no, lo hizo. Pero ahora se ha ido.

—¿Ido? —repitió la joven. Ahora estaba sentada en el reposabrazos de la silla y Mel pudo sentir el calor de su cuerpo, pudo oler el sol en su pelo y en sus ropas.

Finalmente, Mel levantó la vista hacia ella.

—No me hagas más preguntas. No puedo…

Fue silenciada por la mano de la muchacha en su rostro. Los dedos delineaban las líneas de su mandíbula, aún fuerte y firme. Su toque viajaba y se zambullía por las sombras a lo largo de su cuello. La respiración de Mel golpeaba el pulgar que permanecía demoradamente cerca de sus labios. El hecho de que estaba sintiendo algo…deseo…además de dolor constituía un temporal refugio, pero recordó a aquella a la que había deseado por mucho tiempo…y aún deseaba. Las lágrimas que se habían encaramado en el canto de los ojos acabaron por caer. Estaba llorando mientras la joven la arrastraba a su regazo y procedía a atrapar las trémulas gotas tanto con los dedos como con la boca.

Francesca le estaba diciendo shhh, tranquilizándola como una niña, besándole la frente y tirando de ella hacia su pecho, por lo que su rostro mojado estaba empapando la camiseta de rayas.

—¿Mel?

¿Eso fue hace 24 años?

—¿Estoy viva?

Apenas se las había arreglado para responder antes de echarse a llorar. Se levantó de la silla pero después cayó de rodillas en el suelo junto a la cama de Janice, odiándose a sí misma por ser débil y venirse abajo mientras jadeaba y sollozaba en las blancas sábanas, su cuerpo convulsionaba. Los fuertes dedos de Janice excavaron por su pelo.

—Mel. Mel. Melinda. Está bien. Estoy aquí. Estoy aquí —decía su ronca y adorable voz una y otra vez.

El beso era inseguro, sintiendo todo lo más íntimo para esta fragilidad, el tierno toque de los labios. El siguiente fue más fuerte, como el que vino después. Mel se arqueó, saboreando el whisky y la sal de sus propias lágrimas.

Estoy aquí.

******

La mañana se dejó ver gradualmente, como un si una venda de gasa le fuera tirada de los sentidos. Primero, los sonidos de la calle de abajo, el murmullo del agua siempre presente, los altos clamores y cantares de las golondrinas, las campanas de una iglesia, otras voces, como fantasmas, en el viento. Entonces, Mel fue consciente del cuerpo que estaba junto a ella, la profunda respiración, la cálida piel.

Abrió los ojos, completamente incrédula. La joven estaba en posición fetal, aferrada a la almohada supletoria. Desnuda, por supuesto. Como ella. Y si restaban algunas dudas sobre las actividades que habían decorrido durante la noche…el olor a sexo, la humedad entre sus piernas, el dolor en sus músculos no acostumbrados y el violento torbellino de las sábanas las despacharon con prontitud.

Mel intentó sentarse, pero cayó de espaldas sobre la almohada.

—Oh, dios —gimió en voz alta. Esta particular cualidad de mañana…la luminosidad que descontaba los elementos misteriosos de la noche, la cruel realidad que rebelaba los detalles dolorosamente…tenía un efecto vigorizante, como echarse agua fría a la cara. Eres una mujer de mediana edad en la cama con una prostituta adolescente. Probablemente la cosa más deplorable que has hecho en tu vida. Este es el material del que se hacen los escándalos.

Pero sabe bien, ¿no es cierto?

Examinó la bronceada espalda que tenía al alcance. Lentamente, en cuanto luchaba con el deseo de tocarla, se aproximó y dejó que sus dedos rozasen la firme y cálida carne. Esta piel, este cuerpo, era todo tan similar a aquél con el que había dormido durante veinte años. Similar, pero no el mismo. Las curvas eran más suaves, los brazos y los hombros carecían de los duros músculos que acechaban bajo la bronceada piel. Su mano vagaba y trazaba líneas imaginarias a lo largo del descubierto muslo. Aquí . Pensó Mel, la yema de los dedos se deslizaron sobre un trozo de piel no deteriorado, era donde Janice tenía dos cicatrices irregulares que se entrecruzaban, de unas heridas de bala durante la guerra. Otra cicatriz en la pierna de puñal SS. Y aquí…los dedos continuaron su viaje hacia abajo…más allá de la rodilla hacia la pantorrilla…es donde se partió la pierna, al caer de la parte trasera de un camión, en Marruecos, en 1938 (Y Harry le había dicho…¿cuántas veces?...que nunca se levantase en un vehículo en movimiento).

Y en el estómago…eludiendo el viaje de las puntas de sus dedos…estaba un recuerdo casi fatal de una herida de bala. La guerra y su generosa gratificación. Las cicatrices que nunca se van, los llantos por las pesadillas que la asediaban por la noche. Mel deslizó la palma a lo largo de la parte superior del brazo. Y aquí estaba una fina cicatriz blanca, por la caída de unas rocas durante la excavación de un túnel en 1956. Su mirada fue a las manos…jóvenes y sin callos…que agarraban la almohada. Dos dedos de la mano derecha de Janice estaban ligeramente torcidos, habían estado partidos, y un nudillo estaba permanentemente achatado bajo la superficie de la piel…cortesía de un puñetazo que dejó fuera de combate a un arqueólogo belga durante una conferencia… ¿Dónde fue?¿Londres?¿Cairo? No, Ámsterdam, 1951. El desafortunado joven había insistido en que Xena era un mero mito, creado por una “sociedad de intereses matriarcales”…en una palabra, Amazonas. Todo hubiera estado bien si él hubiese parado ahí…ella y Janice no eran tan rígidas como para no respetar el derecho de los demás para creer de manera diferente…pero un cierto comentario lascivo dirigido a la arqueóloga incitó a Mel a arrojarle la bebida (agua mineral con lima) en la cara. Indignado, abofeteó a la traductora, aunque no fuertemente, y no vio el puño que fue volando hacia él procedente de la pequeña rubia por la que suspiraba.

Acto seguido, en el taxi en el que se dirigían al hospital, Janice estaba regocijada y relajada, como siempre después de una pelea, y Mel se sentía malhumorada y culpable por haber empezado una. No me puedes echar la culpa de esta, Mel.

Incluso con huesos rotos y amenazas de encarcelamiento (el belga estaba realmente cabreado e implacable sobre el hecho de presentar cargos), hicieron el amor, rápido y riendo, de vuelta al hotel, antes de la recepción.

Cinco años sin sexo. Sin este placer. Tras pasar veinte años con alguien, raramente pasaba una semana en que no… Excepto en las excavaciones. Sonrió ante el recuerdo: Nada de follar durante una excavación, había declarado Janice. O tendremos el gafe. Eso era superstición. Todas las armas del arsenal de Mel carecían de poder ante aquella irracionalidad: intentó con un perfume diferente, ostras, ajustada lencería de color negro (con la que, se alegraba de saber, que casi la hace picar el anzuelo), varios ligueros…pero, para su inmensa sorpresa, Janice no había caído.

—Las damas siempre dan problemas sobre el terreno —recitó Janice descuidadamente procedente de la cuestionable sabiduría de su padre olvidando el irreversible hecho de que ella propia era una “dama”.

—Nos conocimos sobre el terreno —masculló Mel en protesta, con su fervorosa lengua luchando con el lóbulo de la oreja y sus manos agarrando con fuerza la hebilla del cinturón, antes de que Janice diese un rápido salto fuera de sus atenciones.

—Claro que lo hicimos. Y mira lo que pasó. Resucitamos un dios maligno y casi nos matan.

No pasó mucho más tiempo hasta que la arqueóloga admitió otro factor motivador: el miedo a que las apañasen algún trabajador. Y, en un país musulmán (donde estaban la mayoría de las veces), no sería sólo un mero escándalo ni tácitamente aceptado.

Renuentemente, Mel se incorporó. Una sensación de vergüenza ardía a través de ella, algo que no había sentido en años. Vistió rápidamente la bata sobre su cuerpo desnudo, la familiar frescura de la seda la apaciguó. Sus piernas se sentían inseguras y había un débil palpitar en su temperamento… ¿será que me estoy volviendo una vieja majadera como para que un vaso de whisky me haga perder el control?

Se gratificó en una larga ducha. Se lavó cuidadosamente, pensando que las huellas de la pasada noche se iban por el remolino de agua hacia el tubo de desagüe. Pero había un pequeño resentimiento entre sus piernas que mantendría como recuerdo de la noche. El dolor se mezclaba continuamente con el placer y discurría por el vacío que tenía dentro de ella. Había incitado a la muchacha: Más fuerte. Más rápido. Más profundo. A veces en italiano, otras veces no.

Posteriormente, se secó, un súbito temor la invadió en cuanto se secaba el pelo. Tomo la forma de una vocecilla práctica, sonando como Janice: Veamos…has dejado a una prostituta desconocida sola en tu cuarto, con tu dinero, tu pasaporte, tu reloj, tu anillo…

Los dedos de los pies se asieron con fuerza a la suave alfombra que estaba por debajo de sus pies desnudos.

Eso no fue inteligente, cielo.

No es que se importase mucho por el dinero, incluso por el pasaporte…a más tardar, y lo sabía por experiencia, podría ser reemplazado lo bastante pronto. El reloj Cartier, sin embargo, era viejo, y había sido un regalo de su padre, y el anillo, de espirales celtas imitando el diseño de la armadura de Xena, era, por supuesto, de Janice. Puede que no me pueda casar contigo, pero puedo darte un condenado anillo por lo menos. Eso no es un crimen.

Se vistió la bata rápidamente. Con un concertado esfuerzo para no aparecer melodramática ni acusadora, todavía no había echado nada en falta, abrió la puerta del cuarto de baño de un tirón y acechó el cuarto.

Francesca estaba sentada, desnuda y de piernas cruzadas, en el medio de la cama, consumiendo el complementario frutero del hotel. Había una cáscara de plátano cerca de una suave y arrugada pata de la cama. Había pedazos de cáscara de naranja esparcidos por la cama, como flores. Ante la repentina entrada de Mel ella levantó la vista, alarmada, pero después, sin darle importancia, deslizó un trozo de naranja en su boca. Masticó mientras observaba a Mel muy atentamente y con expectación. Se limpió la boca con el dorso del brazo.

Con algo de alivio, la mujer de más edad reparó en que el reloj y el anillo aún estaban en la mesita de noche, donde los había dejado la pasada noche. Después de quitar el reloj Francesca atrapó su brazo y le dio un húmedo beso en la clara piel, succionando delicadamente, como intentando deshacer el nudo de nervios que pulsaban en su interior.

Su muñeca sintió un hormigueo ante el recuerdo.

—Tengo mucha hambre —declaró la muchacha.

Una luz en la cabeza alcanzó a Mel. Se sintió mareada, quizá por lo irreal de la situación, todo parecía tan divertido y tan extraño. Y, al mismo tiempo, por lo parecido del comportamiento que estaba teniendo la chica con el de Janice.

—Te pediré el desayuno —contestó.

—Gracias —continuaron mirándose la una a la otra. Entonces Francesca comió el resto de la naranja—. ¿Disfrutaste de lo que hicimos durante la noche? —Sonrió burlonamente, con los labios brillantes.

—¿No sabrías decirlo?

—Quiero oírlo.

—Bueno, yo…sí.

—Saliste corriendo esta mañana. ¿Tienes prisa?

—No —admitió Mel.

—Pero te sientes mal. Quisiste quitarte todo de encima lavándote —Francesca se encogió de hombros—. Muchos son así. No pasa nada, lo entiendo.

Pero quiero más.

Una irónica sonrisa de conocimiento surgió en los labios de la chica. Se tumbó hacia atrás, apoyándose en un codo, casualmente exhibiendo su cuerpo: los pechos firmes, el terso y levemente redondeado estómago, el sexo camuflado por un triángulo de dorado pelo rizado.

—Así que ahora estás limpia —sonaba divertida.

Si —Mel sintió su lujuria arrastrándose y haciéndole escocer la piel, al tiempo que su corazón se embalaba. Sabía que el deseo era visible en su cara, por lo visto Janice Covington no era la única que la podía leer así.

—¿Quieres de vuelva a hacer sentirte sucia? —dijo medio burlándose, medio seductoramente.

Oh dios, sí.

******

Aún jadeaba, dejó posar la cabeza sobre el terso vientre, resbaladizo por el sudor.

Non sono io stesso —parecía oportuno decir esto… no soy yo misma …en un idioma que no era el suyo.

—Pero dijiste que ya lo habías hecho antes —dijo la chica sin aliento.

—No todo es sexo. No es de eso de lo que estaba hablando.

—Dime de lo que estabas hablando.

Mel se preguntó por qué la muchacha no podría simplemente relajarse… pero esto es un negocio para ella, si importar lo placentero que sea.

—Eres muy misteriosa, Melinda —sintió a la prostituta juguetear con su pelo—. Creo que… —Empezó a decir Francesca.

Mel la miró expectante, acariciándole una cadera abstraídamente, casi de un modo posesivo.

—…Sofía no me lo ha enseñado todo.

La traductora rió, y ello la asombró en su interior. ¿Desde cuándo no me río de verdad?

—Tienes muchas habilidades —le dijo la joven.

—Dímelo a mí —murmuró Mel, temporalmente saciada y feliz en el cielo de una piel suave y bronceada. Sabía lo bastante sobre el cuerpo femenino como para saber que su joven compañera no estaba alcanzando el orgasmo.

Francesca se deslizó de debajo de ella con gracia; Mel se tumbó de espaldas y la chica se sentó sobre ella a horcajadas.

—Me gustas. Eres diferente de los demás.

Ovviamente —obviamente.

—No, no es eso. Pero nadie de los que me he follado se ha preocupado con mi placer. Excepto tú —la rubia sonrió—. Eres amable, inteligente. No eres repugnante, como algunos hombres viejos.

No, soy una repugnante mujer mayor.

—¿Hombres viejos? ¿Has hecho eso?

—¡Bah! Algún viejo fascio . Me hacía llevar un uniforme alemán. Tira seghe, me pagó mucho dinero, nos quedamos todos contentos —se estremeció involuntariamente. Mel arrugó la frente, extraña con aquella expresión, pero demasiado avergonzada como para preguntar qué significaba; si significaba lo que ella creía, entonces él…se alivió—. Me alegro de no haber tenido que tocarlo.

Mel notó que se sentida consolada…ante el hecho de que en realidad la chica no se hubiera tirado al viejo chocho. ¿Por qué? ¿Celosa? Momentáneamente loca: se imaginó intentando hacer su vida con esta muchacha. Tengo 53 años, si duda soy unas buenas tres veces más mayor que ella. No sé nada de ella.

Cerró los ojos por un instante. La memoria le hacía rayas sobre el tiempo, la edad, pero no sobre el nombre de aquella que había amado.

—Dímelo otra vez —Janice le había pedido en un susurro, con el cuerpo moviéndose impacientemente contra ella, incesantemente, como intentando romper la barrera de sangre, piel y músculo que había entre ellas para reptar por su interior. La calidez y humedad del rostro de la arqueóloga presionada contra la mejilla de Mel.

Sus dedos rasgaban la parte final de la espalda, tocando un glissando en silencioso alborozo. Adoraba esta parte del cuerpo de Janice, la cordillera de músculo equilibrada y lista para zambullirse en las suavemente dilatadas caderas.

—¿Que te diga el qué? —preguntó, confusa aun sabiendo que en ese momento no diría nada ni haría nada.

—Lo que dijiste…en la entrada —dijo Janice jadeante. Había una hebra de súplica en el tono, tangible para ella, que podía comprender y seguir a través del laberinto de defensas y rechazos, de rudas palabras, de otros obstáculos…hacia su corazón, al descubierto, no para tomarlo, sino para ofrecerlo.

Antes había estado de pie ante el umbral del dormitorio de Mel, y, sin atreverse aún a confesar su amor, Mel había optado por otra verdad sobre sus labios ansiando soltarse.

Y ahora volvió a decirlo.

—Eres preciosa, Janice.

En la oscuridad pudo sentir las suaves cejas contraerse con fuerza y el asombroso y fresco salpicar de una lágrima. Pudo oír el nudo en la voz de Janice.

—Nunca nadie me había dicho eso antes.

Cuánto había odiado al mundo por dejarte creer aquello, y cuánto adoré ser la primera persona en decírtelo.

Abrió los ojos, tras haberse quedado dormida. La chica estaba encrespada contra ella, casi protectoramente; un esbelto y bronceado brazo le agarraba la cintura.

Un débil rugido vibraba contra ella. No era un ronquido, pero, parecía venir de más abajo, del abdomen. Sabía que no era su propio estómago; había perdido el apetito hacía mucho. Al menos creí haberlo hecho: el apetito por la comida, por vivir…puede que no el apetito para esto.

Tocó la coronilla del pelo rubio. Francesca se desperezó.

—¡Ach! —clamó con un gruñido estirándose—. Ahora tengo mucha hambre —Se retorció en el abrazo de Mel, pasando una caliente lengua a lo largo de la arteria carótida que pulsaba en el cuello de la traductora, obteniendo como fruto un agudo jadeo de Mel.

—Me alimentarás —murmuró a Mel—. Y luego me follarás otra vez.

—Le tienes un terrible afecto a esa palabra —se las arregló Mel para responder. Y Janice también lo tenía.

—¿Qué? ¿Follar? Es una buena palabra. Follar, follar, follar… —cantó suavemente contra la oreja de Mel.

Mel se encontró a sí misma sonriendo. Ciertos elementos de su admitida meticulosidad y exagerada formalidad se habían ido por la ventana hacía años, junto con el sentido común y su vida pulcramente ordenada, cuando se enamoró.

—Hace mucho que no es de noche —le recordó Mel a la prostituta cautelosamente. Mi tiempo se ha acabado, ¿no es cierto?

—Sofía te cobró demasiado —entonó Francesca solemnemente.

—Ya veo. Tal vez…ya que te estoy enseñando cosas nuevas, entonces, ¿no deberías pagarme? —replicó Mel con rostro impasible.

Los ojos de la chica se abrieron por completo. Por un momento intentó imaginarse diciéndole aquello a Sofía. Tengo que pagarle Sofi…sabía muy bien lo que estaba haciendo, mejor que yo… conociendo a la vieja fulana le daría un bofetón por necia y la perseguiría por toda la calle, maldiciéndola peor que un marinero…después reparó en el travieso destello en los ojos de Mel. Y se echó a reír.

Su risa era algo basta, voluptuosa, llena de vida. Para nada inmunda. Concordaba con la ciudad donde vivía. El error que cometían todos los visitantes era que daban por sentado que la ciudad galanteaba de muerte y decadencia, pensó Mel. Era fácil pensar eso, dentro de las veteadas ruinas, manchadas y viejas, las lóbregas lagunas, lo canales putrefactos. Pero entre todo aquello, la vida seguía, la vida estaba aquí. Las ruinas estaban aquí porque habían sobrevivido, eran un testamento para la vida. Vivían. Vivo.

La blanca cortina de la puerta de la terraza revoloteaba. Acarició la mejilla de la joven mujer. En pocas horas volvería a estar sola. Lo aceptó. Es lo mejor que podía hacer.

* * * * *

1948

La ciudad tenía una embaucadora quietud que crispaba los nervios de Janice. Era bien experimentada en los ritmos de las ciudades a lo largo y ancho del mundo, y siempre aguardaba alguna especie de ruido sin importar qué hora fuese, pero esta era extraña: era tranquila, había un constante zumbido, un murmullo que no podía identificar.

Deben ser los canales, pensó. Ésta era una ciudad en el agua. Era una isla dentro de sí misma.

Equilibró su barbilla sobre el ancho y terso hombro de Mel. La traductora, aún dormida, emitió un leve gemido. Sonrió. Podría ser divertido despertarla…otra vez…y hacer el amor…otra vez…pero entonces, Mel solo tendría un par de horas de sueño, y Janice quería que por lo menos estuviese coherente para la reunión de mañana.

Pero la tentación le hacía señas. Disparó un ligero y sagaz beso entre los omoplatos de Mel, alcanzando el sensitivo blanco…automáticamente una firme parte refunfuñó entre sus muslos. ¿Pavlov usó un perro o una mujer sureña? Janice sonrió. ¿Qué pasaría con un beso más alto, en la nuca? ¡Dra. Covington investiga!

—Chuleta de tártaro —masculló Mel.

Obviamente su compañera aún no se había recuperado de la decepción de no haber tenido vaca para cenar…el café no tenía chuletas. Esto es demasiado fácil. Se deslizó fuera de la cama y se vistió la bata de Mel. Por lo que llevaba la fragancia de su amante con ella…no le bastaba llevarlo en los dedos, en la cara, en el abdomen…en cuanto fue a la terraza.

Era un bello amanecer. Los colores de la aurora se esparcían por el cielo. Los pájaros se abatían salvajemente en el cielo con débiles clamores. Soy feliz , pensó. ¿Sería capaz de admitirlo ante alguien más? Manoseó las elaboradas formas de la decorada baranda de hierro, una se arremolinaba en la otra, aparentemente interminable, un mundo interlineado dentro de otro mundo.

Se apoyó sobre la baranda, sonriendo. Incluso el canal empezaba a olerle bien. Quizá sea sólo la bata. El agua parecía imitar los movimientos de sus dedos agarrados a los negros bordes de hierro. Con una mano libre se echó hacia atrás el dorado pelo suelto y miró, fascinada, el movimiento del agua, con sus misteriosas ondas, retrocediendo y regresando después.

FIN

 

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