logotipo

img_google

VENECIA

Vivian "Mambo Italiano" Darkbloom
Revisado por Ellen

 

Vendrías en cualquier caso, ¿entonces por qué no ahora?

La vida es muy dura: Te estoy esperando.

He apagado todas las luces y dejado la puerta abierta

Para ti, tan sencilla y maravillosa.

Asumas la forma que asumas.

Anna Akhmatova, de “Réquiem”

 

1969

El mapa temblaba en las manos de Mel; el viento otoñal creaba remolinos en las esquinas, atenuadas por el paso de los años.

Conocía este sitio muy bien: se encontraba en Fondamente Nuove, era última hora de la tarde y el bajo sol le daba cuchilladas en los ojos…pestañeó, incluso las oscuras gafas de sol frenaban escasamente el poder del la luz italiana…todas las prostitutas, varones y hembras, la observaban audazmente. Las mujeres y las muchachas la miraban con curiosidad, los muchachos la miraban deseosos de que escogiese uno de ellos, seguros de que lo que ella quería era un hombre.

Ella no quería nada. Hasta ni estaba segura de cómo se las había arreglado para vagar todo aquel camino desde Piazza San Marco hasta aquí, la ciudad flotante. Pero, como en los últimos cinco años, todo era oscuro y confuso. Plegó el mapa, se lo guardó en un bolsillo de la falda y caminó a lo largo del paseo. Un hombre joven estaba apoyado contra la baranda, contemplándola con apreciación. Iba demasiado bien vestido para ser un prostituto, a diferencia de la gran cantidad de gente que holgazaneaba por este lugar en particular. Llevaba una mochila de cuero rebosante de libros y papeles. Ocasionalmente sintió los negros ojos puestos en ella…pero entonces él apartó la vista ceñudo, quizá pensando en qué le podría decir a ella, una mujer mundana, para impresionarla apropiadamente. Era vagamente adulador el que los otros aún la encontrasen atractiva. Su pelo negro estaba enhebrado con algunos cabellos grises, pero su figura aún impresionaba. Tenía algunas arrugas en su hermoso rostro. En su juventud, los cumplidos eran agradables y difícilmente inesperados. Ahora le parecían completamente insignificantes.

Muerta en su interior. Cerró los ojos. Algunos días eran mejores que otros. Algunos días no sentía la muerte tirando de ella, no le apetecía ponerse la .38 de Janice Covington apuntando a la cabeza y disparar el gatillo, no quería arrojarse por una ventana o al océano, no quería llorar hasta quedarse dormida y rezar para nunca más volver a despertar.

Hoy no era uno de esos días.

¿Por qué?¿Por qué he regresado a este lugar? Debería haberme quedado en Toscana, debí haberme montado en un tren en la dirección opuesta. Las razones se enredaban en un anhelo masoquista y una deficiente lógica. Volver aquí, donde pasaste una “luna de miel” espectacular…donde te dio un anillo, donde te dijo que nunca te volvería a dejar, donde fuiste feliz. Eso fue…en 1948. El viaje la había llenado de expectativas; no había estado en el país, sola en Venecia, desde que era adolescente. ¿Cómo lo habría cambiado todo la guerra? ¿Existiría aún aquél café? ¿Qué edificios se habrían destruido o perdido? ¿Se marearía Janice y vomitaría por la borda de la góndola? Aún recordaba, lúcidamente, la mirada de disgusto en la cara de Janice la primera vez que se asomó a las tenebrosas aguas del Gran Canal, desde su aventajada posición en el Puente Rialto.

—¿No es maravilloso? —había dicho ella.

—Apesta —replicó Janice con la compacta nariz contraída en sensitivo horror.

—Te va a encantar —le aseguró Mel.

—Tú me encantas —había respondido Janice, con el rostro iluminado desde abajo por el resplandor de las aguas.

Mel había agachado la cabeza con un sonrojo de felicidad, mirando las piedras del puente, negras y húmedas, lentamente curveadas, relucientes. Parecía la espalda de un elefante.

—Aún no te has acostumbrado, ¿huh? —remarcó Janice irónicamente, con una tonta sonrisa que indicaba que ella, tampoco se había ajustado al concepto: Estaban vivas, la guerra había acabado, estaban enamoradas. Habían acontecido demasiadas cosas. Pero en aquel momento, se trataba únicamente de ellas. La historia había sido olvidada. Estaban en Venecia a la búsqueda de otro pergamino…la pista había surgido de un noble italiano que había poseído uno durante la guerra…pero el tiempo parecía lánguido, y esta empresa parecía secundaria, como la conferencia de arqueología a la que estaban asistiendo.

Idiota , se regañó a sí misma. Te has arrastrado hasta aquí, sabiendo que es Venecia, sabiendo que es aquí donde fuiste más feliz con ella…¿Qué esperabas?

Pensaba que me haría sentir mejor de algún modo.

Maldita tonta.

¿Signora?— dijo el muchacho .

Aquello la sacó de la oscuridad. Lo miró, sobresaltada.

—¿No tiene frío? —le preguntó en italiano.

—No, gracias, estoy bien —respondió con voz baja y cortés.

Los muchos años que habían vivido en el extranjero y en el norte de los Estados Unidos habían doblegado el acento de Mel, a parte de ocasionales términos propios del sur; no obstante, mantenía una ligera lentitud en el habla, como un delicado perfume, y el muchacho pudo detectarlo incluso en su impecable e impresionante italiano.

—¡No eres italiana! —exclamó.

Ella sonrió brevemente.

—No.

—¿Inglesa? —aventuró.

—Americana —dijo abstraídamente mientras observaba el agua.

Él estaba sorprendido.

—¿En serio? Todos los americanos son gordos y feos, y visten malas ropas, ¿no?

—No todos —lo corrigió amablemente.

Apartó la vista de él, en otra dirección. Hacia el largo paseo.

—Entonces, ¿estás de vacaciones? —le preguntó. Se acercó a ella, el pelo mecía los caracoles de su largo pelo castaño. Ahora los jóvenes llevan el pelo largo. Pensó Mel. Apenas se había acostumbrado a ello. Sintió que la presión volvía a crecer en su cráneo. Un dolor de cabeza. Estaba cansada, muy casada, de las conversaciones de las otras personas. De preguntas. Las mismas viejas preguntas. ¿Quién eres, de dónde eres, por qué estás aquí? Todo poseía una repetitiva cualidad que hacía tiempo la reconfortaba, la apaciguaba, incluso la divertía…los arquetipos de la vida. ¿Ahora? La aburría, la exasperaba. La hacía imaginarse el misterio de la muerte. Y hablando de Venecia y muerte, meditó. Ahí está un libro que no he leído desde hace años. Era tan deprimente.

Janice, por supuesto, nunca tenía tiempo para leer novelas. O eso es lo que ella decía. En su lugar prefería ver un partido de baseball, beber una cerveza, cortar el césped… ¿Cómo hemos estado juntas tanto tiempo sin matarnos la una a la otra?

Él colgó las manos de las correas de cuero de su mochila, y el movimiento la trajo de vuelta al presente.

—Estás muy lejos —su voz era grave y su sonrisa descuidada.

—murmuró.

—Si —empezó a decir cautelosamente— quisieses quedarte en este mundo un rato…

Ella lo miró con sorpresa.

—…podría invitarte a tomar algo.

Tonto, pensó, es tonto asumir que simplemente porque era tan joven que podía ser su hijo no podría detectar estas cosas: una amargura que colgaba de ella como un manto. Como mugre.

¿No sería agradable estar con el joven? ¿Vivir? Aún estás viva, Melinda.

De nuevo, apartó la mirada hacia el paseo. Tenía deseos de moverse. La fiebre del andar errante la había consumido durante muchos años. De alguna manera…puede que en un beso, o en una caricia…Janice le transmitiese ese deseo. La arqueóloga de cabellos dorados nunca se quedaba sentada mucho tiempo. Incluso cuando estaba sosegada, o dormida, su cuerpo relucía con movimiento, una vibración apenas controlada… cada uno es libre, de citarse con Herrick.

Oh, cómo esa reluciente luz se apoderó de mí.

—Quizá… —empezó a decir mientras él se erguía de feliz anticipación—. Quizá en otra ocasión.

Él inclinó la cabeza, en un gesto respetuoso, hizo acopio de su sonrisa fácil y su ligeramente herido amour progre , y se marchó, deseándole quedamente unas buenas noches.

Permaneció allí sola de pie durante algunos minutos. Después, se encaminó en la dirección del agonizante sol.

¿Es demasiado temprano para regresar al hotel? Se preguntó. ¿Piensan que soy rara porque salgo antes del alba y regreso antes del ocaso, justo cuando la ciudad empieza a vivir, y siempre sola? ¿A quién diablos le importa?

Después de vivir con Covington durante tantos años, los juramentos le salían naturalmente. Aunque sólo en sus pensamientos.

Había cuatro mujeres agrupadas alrededor de un banco. Dos estaban vestidas con llamativas minifaldas y unos tops con ridículos estampados que revelaban los desnudos diafragmas. Otra estaba vestida con unos vaqueros y una camiseta blanca. Y la última, que estaba sentada sobre el respaldo del banco, estaba tapada de la visión de Mel. Pero su ojo capturó una corona de luminoso naranja, disminuyó sus pasos en cuanto comenzó a caminar en esa dirección. Se detuvo.

Una muchacha, de unos 16 ó 17 años, más alta en medio de aquellas mujeres. Obviamente estaba entreteniendo a sus amigas con una historia. Su italiano rápido y lleno de vulgarismos junto con el dialecto veneciano hacía que para Mel fuese casi imposible entender lo que estaba diciendo. No es que le importase. El lenguaje caía por ella en familiares corrientes y remolinos mientras la miraba fijamente sin poder creérselo: la muchacha era casi exactamente como Janice Covington…una Janice muy joven, como la primera vez que la vio Mel. La juventud de aquel rostro…había sido su pensamiento inmediato tras aquel desafortunado encuentro, 30 años atrás, cuando el notable Dr.Covington disparó una pistola contra su cara: Dios santo, es igual a como cuando tenía 18 años.

Es extraño. El pelo con el mismo tono dorado rojizo, la bronceada piel, la sonrisa, los ojos.

Su pulso cayó pesadamente, el batir casi la ensordecía… en el rugido de la sangre nadando y azotando, su corazón se ahogaba. Cerró los ojos por un momento, deseando que el espejismo desapareciese. Se quitó las gafas de sol y se pasó una mano por la cara, la fría humedad de la palma se encontró con la caliente y seca mejilla.

Por entre dos dedos, podía ver la escena como una cámara. Mel vio cómo todas se la quedaron mirando fijamente, la muchacha que le recordaba Janice estaba justo en el centro. Locura . Sus dedos se cerraron, tapando la imagen.

No puedo. No quiero. El afán…de morir, de gritar, de correr, de hacer algo…la estaba estrangulando.

Escuchó el sonido de unos tacones acercándose rítmicamente por el pavimento, creciendo hasta que sintió la presencia.

¿Signora? —una áspera voz de mujer demandaba su atención.

Mel deslizó la mano hacia abajo por su cara. Una de las mujeres del banco estaba en frente de ella. Una morena, y desgastada por los cosméticos con una máscara aferrada a los delgados tallos de sus pestañas. Los ojos marrones, oscuros y duros, la miraban con curiosa compasión. Inesperadamente, se le ocurrió a Mel que la prostituta se asemejaba a un hombre intentando…y fallando miserablemente…personificar a Maria Callas.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó la mujer solícitamente, en italiano— ¿Quiere sentarse?

Los ojos de Mel se movieron rápida y nerviosamente hacia el banco, hacia la muchacha, que la observaba con evidente curiosidad. A diferencia de las otras, que enmascaraban su interés con miradas de desdén.

—No —balbuceó Mel. No se permitiría a sí misma acercarse demasiado.

La prostituta le tocó el brazo.

—Por favor, estás blanca como la nieve. Debes estar enferma. Ven y siéntate en el banco. Te haremos sitio —agarró el brazo de Mel y, antes de que ésta pudiese aferrarse con los tacones como una tozuda yegua, guió a la alta sureña junto con las otras—. ¡Francesca! ¡Mueve tu culo gordo! —Ladró a la muchacha de pelo dorado, que inmediatamente se apartó de un salto del respaldo del banco.

Francesca. Tenía aproximadamente la altura de Janice, puede que unas pulgadas más. Llevaba una camiseta con rayas marrones y azules, unos vaqueros cortos y harapientos. Los pies desnudos apretujados dentro de unas sandalias hippies de piel. Cuando Mel caminaba hacia el banco se detuvo y miró fijamente a la muchacha, que le devolvió su franco interés con claros ojos de un verde grisáceo.

Así que se sentó en el banco la prostituta de pelo negro le palpó la frente con una áspera mano.

Si, ¡estás ardiendo! —declaró.

Signora —comentó otra mujer…rubia platino…en un venenoso tono bromista—. ¡Le juro que no hemos visto a su marido! —La tercera, una chica con vaqueros azules, más o menos de la edad de Francesca y con pelo marrón enmarañado, rió.

Francesca continuó mirando fijamente a Mel. Tenía una sonrisa en los labios y desconcierto en los ojos, mientras dudaba en unirse a sus amigas en la broma.

—Ah, callaos —gruñó la prostituta, que defendía a Mel como si fuera una niña— ¿No veis que pasa algo malo? Signora , ¿necesita algo? ¿Agua? ¿Una aspirina?

—¡ Dottore, Sofia! —se jactó la rubia postiza.

Finalmente, Mel consiguió hablar.

—Por favor, estaré bien. Sólo estoy un poco cansada.

—Si estás buscando chicos, ellos están más adelante —le dijo la rubia apuntando en la dirección por donde había venido Mel. Volvieron a reírse, excepto Francesca y Sofía.

Mel extrajo el pañuelo del bolso y se limpió la frente.

—No quiero un chico —murmuró, más para sí misma que para las otras.

No obstante, Sofía la escuchó. Y alzó una ceja.

—Bueno —preguntó ingeniosamente—. ¿Qué quieres?

—No quiero nada —respondió con desgana. Sin embargo, su mirada seguía aferrada en la bronceada muchacha. Oh, no mires… Pero no lo podía remediar.

Francesca le estaba sonriendo. Casi como si lo supiera. Imposible. ¿O no?

Mel bajó la cabeza con intenso embarazo.

Pero era demasiado tarde. La mirada había pasado entre ellas…un reconocimiento de deseo, una oferta de servicios…y la fulana devoradora lo había percibido. Sus pobladas cejas estaban enarcadas por la sorpresa.

—¡Bueno! —dijo lentamente. Y rió.

A las otras les llevó un rato darse cuenta.

¡Mamma mia! —dijo la rubia platino en un alarido.

—Los ingleses son muy divertidos en ese sentido. Tanto los hombres como las mujeres, supongo —dijo filosóficamente la chica de pelo castaño.

Mel hizo poco caso al error en su nacionalidad, en cuanto Francesca fingía sorpresa tocándose el pecho coquetamente en una mueca de incredulidad.

—¿Yo? —dijo con voz aguda y con una risilla nerviosa.

¿Tú? He pasado los últimos cinco años buscando tu cara encarnada en viejas fotografías, ansiando volver a oír tu voz, tu risa, añorando tus caricias, tus besos, el olor de tu cuerpo…el sentirte, tumbada junto a mí…el cuero, los puros, los cigarrillos, las bromas, tu pelo sobre la almohada, el modo en que acariciabas un libro antiguo, el sabor del whisky en tus labios, el verte lanzar una bola de baseball, montando una tienda, empuñando un pico, arreglando un coche, discutiendo conmigo, llorando en mi hombro, entregándote a mí…me dijiste una vez que si me volvías a dejar seguro que regresarías.

Pero no eres tú, ¿verdad, Janice?

La visión… no, tonta, es real, dios santo, es real… se asemejaba a las sonrisas de su amante, la sonrisa lasciva y atrevida. Cruzando astutamente los brazos sobre el pecho.

—No, no es para eso — dijo Mel rápidamente. ¡Mentirosa!

Francesca alzó una ceja con expectación.

—Es sólo para hablar —dijo Mel.

La ronca risa de las cuatro mujeres era casi ensordecedora.

—Hablar, ¿eh? —dijo Sofia finalmente sin aliento a través de su risa nerviosa—. Sigue costando lo mismo, Signora …no, espera… —Alzó una mano autoritariamente en cuanto continuaba—. Es el doble, ya que se trata de una situación especial .

Mel se encogió de hombros. Sabía que fuera el precio que fuese, podía pagarlo. ¿Qué demonios estás haciendo? Le dijo una molesta voz entrometiéndose en sus pensamientos. ¿Comprando una prostituta?¿Estás loca?

Es sólo…para estar un poco con ella. Eso es todo, se consoló a sí misma…y a la voz.

Pero, como en un accidente de coche, la situación había escalado rápidamente a algo más allá de su control, a algo en lo que ella no había pensado en realidad. Todo lo que sabía era que quería pasar un tiempo con la muchacha. Repentinamente, no quería estar sola.

—Bien, Francesca, ¿qué opinas? —preguntó Sofía. La prostituta inspeccionaba francamente a Mel con los ojos—. Es guapa, está claro que tiene dinero y… —se dobló y olfateó rápidamente con cómica vulgaridad el cabello y la nuca de Mel—…está limpia. No creo que encuentres nada mejor.

A pesar de que Mel no era exactamente experimentada en este tipo de interacciones, se preguntó si, tal vez, no era un poco raro que el pagador estuviese siendo examinado a fondo por el producto.

La boca de Francesca formaba una “o” de asombro, en cuanto ni ella misma se podría creer la rápida transacción que contradecía la super-confidente fachada que llevaba hacía tan sólo un momento. No puede haber hecho esto con mucha frecuencia. Pensó Mel. O más bien tenía la esperanza de ello. La muchacha se detuvo, alternando el peso sobre una cadera y, de alguna manera, se las arregló para meterse las manos en los apretados bolsillos de los pantalones cortos.

—De acuerdo —dijo tenuemente.

El trato estaba hecho. Mel pestañeó, como si estuviera despertando de un extraño sueño. Su cabeza estaba bañada por la baja luz del sol.

Sofía levantó una mano, meneando los dedos casi obscenamente; la fulana del corazón de oro había sido substituida por la práctica mujer de negocios.

—100.000 liras —pidió.

*****

El ocaso. El cielo estaba de color violeta, con rasgos de escarlata y naranja, como una herida.

—Para alguien que quiere conversar, no hablas mucho —dijo Francesca rompiendo el silencio, en un lento pero preciso inglés.

Mel alzó una ceja.

—Hablas inglés — y bastante bien, ya que estamos . Estudió el perfil, tan asombrosamente familiar. Se estremeció ante el repentino dolor que le provocaron los arqueados y modelados labios, recordando muy bien cómo Janice, con los ojos cerrados, suspiraba, llevando los dedos hasta su boca, en un gesto de deliciosa sumisión. ¿Qué más sabes hacer bien? Cuéntame.

—Sí, lo hago. Podemos hablar en inglés, si quieres. Me gusta practicar —el acento de la chica era complacientemente pesado. Las vocales arrolladas se suspendían en su lengua, amenazando con caer como peras maduras.

—Está bien —dijo Mel.

—Pero, por favor, no me entiendas mal. Tu italiano es muy bueno.

—Gracias.

De repente, la prostituta dejó de andar.

—¿Por qué? —dijo Francesca abruptamente.

Mel también se detuvo y se la quedó mirando.

—¿Por qué qué? —su enronquecida voz se encrespaba por el deseo y los punzantes latidos de su corazón.

Las cejas de la muchacha colisionaron mientras intentaba deshacer a Mel con el poder de su mirada.

—¿Por qué quieres…”hablar” conmigo?

Casi funciona.

—Me recuerdas a alguien.

Observó cómo la chica procesaba aquello, el cuerpo inquieto en sus movimientos, el movimiento de la juventud.

—Cuéntame más —dijo con suavidad, ávida, intuyendo una historia fantástica.

Tuvimos una vida maravillosa juntas, ¿verdad? Tenemos una historia que contar. No fue sólo la historia de Gabrielle y Xena, abarcaba mucho más.

—Puede que más tarde —Mel miró a otro lado y empezó a caminar de nuevo. Francesca la alcanzó y caminaron al mismo paso.

—¿Vamos a tu hotel?

—Sí —Mel ignoró estudiadamente el mirar a la muchacha, manteniendo la mirada fija en el paso de sus zapatos a lo largo de los adoquines. ¿Qué estás haciendo?¡Dile que se marche!

Francesca interpretó como inexperiencia la embarazosa tensión que fluía de Mel.

—No te preocupes —le anunció, acariciando amablemente la mano de Mel—. Ya he hecho esto antes.

La alta mujer dio un respingo cuando los dedos frotaron sus nudillos, esperaba que ella no se hubiera dado cuenta. Cuando las palabras se asentaron, miró a Francesca con sorpresa.

—Tú has estado…

—¿Con una mujer? Si. Sofía me lo ha enseñado todo —respondió con orgullo, como si Sofia fuese la encarnación de Sappho ( nota de la traductora: poeta griego del siglo VI a.c.) .

—Ya…veo —Mel se detuvo, aturdida—. No vamos a hacer nada. Sólo…

—¿Hablar? —respondió la muchacha, con una sonrisa irónica—. Como quieras. Soy tuya para toda la noche —le dijo en un tono como el de un padre indulgente.

La calle estaba llena de tiendas, restaurantes y gente. Francesca dejó de andar y tocó el brazo de Mel.

—Espera aquí —dijo la chica, y se lanzó rápidamente por entre la multitud.

Mel sintió una estocada de pánico. ¿Estaba siendo abandonada? ¿Habría decidido la chica que era demasiado para ella, demasiado extraño, y que no quería seguir adelante con ello? Es lo mejor. Estúpidamente, permaneció allí de pie durante varios minutos, la gente que pasaba le daba empujones, hasta que avistó la cobriza cabeza moviéndose entre la muchedumbre en dirección a ella.

Francesca llevaba un saco de papel marrón modelando lo que parecía una botella.

Andiamo —dijo. Mel asintió con la cabeza. Mientras caminaban por la calle, intentó luchar con la sacudida de sorpresa y deseo cuando la muchacha la cogió de la mano. La calidez era abrumadora: volver a ser tocada era como una droga. Pero luchó contra ello, con perseverancia, queriendo entregarse pero sin confiarse, ni quererlo…a menos que fuese Janice. Pero eso era imposible.

—¿Te molesta? —preguntó Francesca.

—No —mintió Mel apretadamente.

—Sí que lo hace —carcajeó la chica—. No te preocupes. Todos pensarán que eres mi madre.

El recuerdo de su edad frustró a la mujer.

—No nos parecemos.

—Diles que salí a papá —respondió la fulana.

Mel no dijo nada en cuanto un rubor viajaba por su rostro.

La fachada del Hotel Cavalletto se hizo visible. Un brillante ocre resplandecía aún más ostentosamente bajo la decadente luz. Mel tomó una profunda respiración al tiempo que la puerta se le abría para entrar, confió en el drama de su estatura, su porte, y su aún considerable belleza para distraer a quien fuera del hecho de que esta joven y andrajosa mujer iba la acompañaba y la seguía hasta el ascensor. Pero el portero, pasó discretamente cerca y detuvo a Francesca con su brazo. Mel se detuvo abruptamente en cuanto sintió que no llevaba a la chica pegada a sus talones.

El portero estaba para armar jaleo (o su equivalente en italiano) con la joven prostituta, cuando Mel dijo, en tono cortante.

É con me.

Viene conmigo . Las cejas de él se dispararon hacia arriba. Miró a Francesca con incredulidad; ¿esta pequeña mujerzuela hippie? Se recompuso, asintió, y permitió pasar a Francesca.

En el ascensor, la chica rió nerviosamente. Mel estaba avergonzada. Aún no es demasiado tarde, le advertía la voz interior al tiempo que se abrieron las puertas y caminaron por el sereno corredor.

Sus manos temblaban en cuanto extraía la llave del bolsillo y abría la puerta de su cuarto, todo el tiempo consciente de los verdes ojos de la chica clavados en ella. Es ridículo, pensaba, traer una común prostituta aquí. Y encima una menor de edad. Le echó un rápido vistazo a Francesca, que mostraba una voraz y lujuriosa sonrisa. Las arrugas se profundizaron alrededor de sus ojos, líneas que…ya no estaba segura y eso le dolía…probablemente Janice sólo las tuvo a partir de los 40. Eres demasiado joven para tener ese tipo de arrugas. Le vino un recuerdo a la mente, de la última excavación: Janice, inclinando su sombrero negro, entrecerrando los ojos por el sol, riendo con Fayed, el capataz. Su pelo aún dorado. A menudo había bromeado con Mel sobre ello…el hecho de que la traductora de pelo negro ya tenía el pelo gris y ella no. Los cabellos grises había aparecido el año en que salio aquella horripilante película…aquella de dibujos sobre Los Dálmatas…Janice había comentado que Mel le recordaba a la villana, Cruella DeVille. Tras aquel comentario, había estado “frita como el infierno para recompensar a la sureña” (como lo denominaba Janice).

El cuarto era grande y bien ventilado, simple y elegante, con tonalidades rojas y doradas. La literatura del hotel lo refería como “clásicamente veneciano, con indicios de orientalismo”. Mel no tenía ni idea de lo que aquello significaba. Dejó el bolso sobre una mesa y se giró hacia la chica con la mano extendida. Sin una palabra, mientras miraba embobada el cuarto, Francesca alargó la botella a Mel.

Mel quitó la envoltura sin saber la botella que tenía en la mano. Era wisky, la bebida de elección de Covington. No sabía si reír, llorar o estampar la botella y cortarse las muñecas con los cascos rotos. Inesperadamente, una imagen del chakram cortando una garganta irrumpió en su mente. Yo no. Irónico. Después de tantos años, Janice se sintió cómoda con la idea de ser descendiente de la bardo. Pero yo, más que nunca, luchaba contra mi propio linaje. Xena.

—Wis-ky —dijo la joven fulana—. ¿Te gusta?

No soy una asesina. No soy una heroína. Pero soy una vagabunda errante.

Detestaba el whisky fuese del tipo que fuese. Pero Janice…¿no había comenzado con una botella de aquella cosa?¿aquella botella de Bushmill de la cual Janice se bebió la mitad en su casa?

—Excelente —Mel fingió despreocupación. Puso la botella sobre la mesa. Una llamada abajo proporcionaría un cubo de hielo y vasos en cinco minutos. Mientras colocaba el recibidor del teléfono contra su hombro, Mel observó a la chica merodeando por el cuarto, inquieta, tocándolo todo desde las estéticas ilustraciones enmarcadas hasta el sofá nuevo, la cara alfombra, la mesa de caoba. Fancesca estaba medio sobrecogida y medio contrariada de cómo este tan extravagante modo de vida pertenecía a la esfera de muy pocos. Janice también era así, pero solía disimular cuán impresionada estaba con sus astutos comentarios. ¡Jesús, Mel, otro vertedero!

Una llamada a la puerta anunció la llegada del hielo y los vasos. Con un gemido y una rápida propina, el botones desapareció. Mel preparó la bebida automáticamente, habiéndolo hecho incontables veces para su amante, sin pensar en preguntarle a Francesca cómo le gustaba. Pero la prostituta no dijo nada cuando le ofreció la bebida; la aceptó con agradecimiento y se la bebió de un trago.

—¡Bah! —clamó Francesca con gutural deleite y los ojos lacrimosos—. Lo detesto tanto como me gusta.

 

Menú