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Mel sonrió y tomó otro bocado de huevos.

—¿Cómo os conocisteis? ¿Aquí o…?

—Durante un caso —interrumpí al tragarme el café—. Era solo una cría que había acabado en el sitio errado con las personas erradas. La ayudé a salir de un apuro. Ahora vuela recto. Fue sólo una de aquellas cosas, ya sabes. Siempre fue una buena chica. Ahora lo está haciendo genial.

Evie trajo otro plato humeante.

—Aquí tienes, Janice. Señorita —hizo una inclinación de cabeza y se fue a otra mesa.

Alcancé el bote de ketchup.

—¿Qué ocurrió?

Observé mientras el brebaje rojo salpicaba los huevos.

—Ella era de una pequeña ciudad de Ohio. Su padre estaba en el ejército, pero lo mataron un año antes de que acabase la guerra. Unos cuatro meses más tarde, su madre… se suicidó.

Mel abrió la boca.

Asentí con la cabeza.

—Se metió una bala en los sesos. Continuando, Evie no tenía a nadie más y legalmente era demasiado joven para cuidar de sí misma, así que la metieron en un orfanato. No sé exactamente cuánto tiempo estuvo allí pero, un buen día, se escapó. Se las arregló para llegar hasta aquí. Montones de chicos acaban aquí, ¿sabes? La mayoría con sueños de convertirse en estrellas de cine —meneé la cabeza y comí otro poco de mis huevos—. Pero esta ciudad… esta ciudad no es fácil, Mel. Es una ciudad sin piedad si es que hay alguna que la tenga. Aloja a las personas, las mastica y las escupe fuera. Di con Evie hace un año y medio, aproximadamente, en el trabajo que estaba haciendo. Me las arreglé para sacarla de esa mermelada, tensarle algunas cuerdas y ahora lo está haciendo bien. No se mete en problemas.

—Es maravilloso que hayas podido ayudarla, Janice.

Empujé el sombrero por encima de mis ojos.

—Nah. No soy yo quien merece el crédito, es Evie. Y Eli, en realidad. Es quien más la ayudó. La metió aquí. Es el dueño del Café Ambrosia.

Mel pestañeó confusa.

—¿Eli? ¿Te refieres a ese tramposo que conocimos en el transporte cuando salíamos de Macedonia en 1942?

Sonreí.

—Sip. El mismo tipo. Eli Josef. Ha cambiado, Mel. Ahora es un ciudadano honrado. Un hombre de negocios.

La voz de Mel sonaba dolida.

—Era un mentiroso y un ladrón. ¡Intentó propasarse contigo!

Reí entre dientes suavemente.

—Sí, lo hizo. Yo ya estaba por er…derribarlo cuando llegaste rápida como el viento y le golpeaste en la mandíbula —silbé—. Recuérdame que no te haga enojar. Fuiste mi héroe, Mel. Si alguna vez decides dejar el Instituto, puede que te contrate como mi musculitos.

Mel se ruborizó con una creciente sombra de rojo y pareció momentáneamente abochornada. Sonrió suavemente cuando me recliné en el asiento y le sonreí abiertamente. Nuestros ojos se encontraron.

—Lo tendré en cuenta, Janice Covington.

* * *

Nos quedamos en el restaurante más o menos una hora discutiendo los detalles del robo de los pergaminos. Por lo que me había dicho Mel y por lo que yo sabía sobre el funcionamiento interno del Instituto, el robo parecía haber sido llevado a cabo por alguno de los altos cargos de la organización, posiblemente algún miembro de la Junta que guardase rencor contra lo que estaba haciendo el Instituto. De repente, la repugnancia de la Junta sobre acudir a la policía y el que Mel me buscara tomó sentido.

El Instituto Pappas fue fundado mucho antes de que el padre de Melinda iniciase sus investigaciones sobre la existencia de los Pergaminos de Xena y “permitiese”, aunque renuentemente, la “afición” de Melvin Pappas como una extravagancia personal de uno de sus más distinguidos miembros. Después de que el Doctor Pappas ganase el Premio Nobel de Arqueología en 1923, incluso su asociación con mi padre hizo levantar muchas cejas de los Directores de la Junta aunque no su ira y disgusto. Harry y el Doctor Pappas nunca encontraron los Pergaminos de Xena, por supuesto; la disputa sobre la “afición” de Melvin Pappas fue puesta en descanso silenciosamente mientras el Instituto continuó persiguiendo otras áreas más “legítimas” de los Estudios Clásicos de Arqueología. Todo cambió en 1942, cuando Mel y yo encontramos los Pergaminos de Xena en una caverna de Macedonia. Fue un hallazgo significativo, una estupenda revelación que cambiaría para siempre nuestra manera de ver el pasado. Decir que nuestros hallazgos eran polémicos era una forma de decirlo a la ligera, pero había bastante apoyo dentro del Instituto para cuando Mel y yo regresamos, de hecho se creó un pequeño pero entusiasta departamento de Estudios de Xena dentro del propio Instituto.

Todo aquello no era como dar un paseo por el parque, claro. Aún existía una minoría vocal que afirmaba que la hija de Harry Covington lo había elaborado todo… que los Pergaminos de Xena eran un gran bulo con el objetivo de salvar la cuestionable reputación de Harry dentro de la comunidad arqueológica. Para empeorar las cosas, los rumores flotaban alrededor del hecho de que yo había corrompido y coaccionado a Mel para ayudarme en la farsa. Mel no hacía caso de nada de aquello, descifraba los pergaminos quedamente y escribía unas notas para presentar en la conferencia del siguiente año. Llegué a mi tope cuando me encontré con aquellos rumores. Me hubiera importado menos si hubieran sido sobre mí, pero la idea de que estaba arrastrando la reputación de Melinda con la mía me enfurecía. Mel me convenció para esperar y ver cómo iban a ser recibidos nuestros resultados en la conferencia. Digamos que las cosas se avivaron . La controversia creció en esa fría tarde de marzo de 1943, una división entre aquellos que creían en la autenticidad de los Pergaminos de Xena y aquellos que pensaban que se trataban de expertas imitaciones desde el principio.

Tras nuestra charla, pedí un taxi para Mel y regresé a mi oficina. Tenía mis sospechas sobre quién se encontraba detrás del robo. Le dije que buscaría por ahí alguna pista y que se lo haría saber si encontraba algo. Conocer quién había provocado los robos sería de gran ayuda, pero pensé pasarme por algunos lugares para descubrir cualquier porquería sobre el paradero de los pergaminos, ya que por ahora eso era lo único que podía hacer. El tráfico de antigüedades robadas tenía un mercado en auge en Los Ángeles. Esta ciudad tenía montones de millonarios que querían llenar sus mansiones con arte y artefactos que sin ser demasiado exigentes sobre quién, lugar y modo de adquisición.

Abrí la puerta principal de la oficina y encontré a Doris colgando el teléfono, y me habló en cuanto me vio.

—La señora no está contigo, ¿eh?

—Hola para ti también, Doris —me quité el sombrero en su dirección.

Ella movió sus grandes ojos castaños ante mí.

—Hice averiguaciones sobre tu señora amiga.

Me incliné sobre el escritorio y me saqué el paquete de cigarrillos del bolsillo.

—¿Sí? Ya me lo suponía. Probablemente por eso estabas tan ansiosa por echarnos a las dos de aquí —extraje un fósforo y encendí un cigarro—. Y bueno, ¿qué has encontrado?

Doris dio golpecitos con el lápiz en el papel que tenía frente a ella.

—Es legal, como dijiste.

Escondí una sonrisa de “te lo dije”que supe que se debería estar formando en mi cara quitándome el sombrero y colgándolo por el borde.

—¿Y?

Doris dudó por un momento antes de contestarme en un tono manso y preocupado.

—¿Covington? Ella… es aquella Mel, ¿verdad? La primera vez que la vi no estaba muy segura, pero después de haber hecho algunas llamadas…

Tomé el cigarrillo entre mis dedos y lo apagué con fuerza en el cenicero que Doris tenía sobre la mesa.

—Cuando te dispararon en el trabajo de César y Mike te encontró en aquella calleja, él dijo que estabas murmurando algo sobre una tal Mel. Janice…

Me erguí.

—¿Sabes una cosa, Doris? Estoy hambrienta.

Doris pestañeó sorprendida.

—¿Otra vez?

—Sí —volví a ponerme el sombrero y le hice una reverencia respetuosa antes de dirigirme a mi despacho—. ¿Qué tal si comemos algunos rollitos de huevos?

Suspiró y encogió los hombros a modo de derrota.

—Claro. Me encanta la comida china.

Sí, Doris me conocía demasiado bien.

—Estupendo. Además, necesito hacerle unas cuantas preguntas a Lao Ma. Así matamos dos pájaros de un tiro.

* * *

Durante el desayuno, Mel me había informado de que el Instituto había rastreado el paradero de los pergaminos robados durante varias semanas, pero el rastro se enfrió cuando alcanzó la costa oriental. Afortunadamente, aún tenía contactos dentro de la comunidad arqueológica, así como en los círculos más sombríos donde se trataba el comercio ilegal de antigüedades robadas. Dependiendo del tipo de objetos que fueras buscando, se trataba con ciertas personas. Asombrosamente, la comunidad que crecía alrededor del tráfico de antigüedades saqueadas y robadas era tan compleja y llena de capas como sus legítimos colegas. Abundaban las especialidades. Había expertos en egiptología, arte chino y objetos, el creciente tráfico de artefactos mayas, objetos griegos y romanos, y todo lo que lo rodea. Había gente que participaba en los dos bandos de juego, participando de un lado o del otro dependiendo de la atmósfera y las oportunidades. Lao Ma O'Bannon era una de esas personas, un agente de doble naturaleza, pretendiendo tratar en el comercio ilegal de antigüedades mientras ayudaba secretamente a las autoridades a capturar los delincuentes y meterlos en prisión, devolviendo así las mercancías a sus legítimos dueños y países.

La especialidad de Lao Ma eran los objetos chinos, y más raramente las antigüedades griegas. Había heredado las antigüedades ocultadas por su padre, que había vendido arte chino, muebles y otros objetos en el corazón de Chinatown. De su madre, había heredado uno de los lugares más antiguos de tallarines en Los Ángeles. Nuestros caminos se habían cruzado varias veces en anteriores trabajos que había tenido. El restaurante proporcionaba una buena tapadera para nuestros encuentros y, tenía que admitirlo, aquel lugar tenía la mejor sopa wonton y los mejores rollitos de huevo que había comido en mi vida. Era una buena idea el hecho de ir allí lo mirase por donde lo mirase.

Me encontraba comiendo mi sopa de pollo mientras Doris comía su chow mein cuando Lao se unió a nosotras. El lugar estaba medio vacío, la hora punta del almuerzo aún estaba lejos y el gentío del desayuno había amainado hasta dos caballeros de edad que charlaban mientras bebían té y comían dulces bolas rojas de frijoles y ajonjolí. Conversamos un poco mientras Doris y yo acabábamos nuestros platos. Cuando Ming Tien, el hijo de Lao de diecinueve años, me trajo la cuenta y puso en la mesa el plato con las galletitas de la suerte, me giré a Lao y fui al grano del motivo de nuestra visita.

Bebí un sorbo de té.

—Lao, uno de estos días me tienes que dar la receta de esa sopa.

Sonrió y entendió a dónde quería llegar.

—Covington, tú no cocinas.

Reí entre dientes suavemente.

—Ah, te sorprenderías. Cuando estaba con mi padre en Grecia, solía cocinar platos de souvlaki. A veces deseaba que hubiese algún restaurante Griego decente en la ciudad.

—¿Tanto te gusta la comida griega, Janice?

—Ya me conoces, me como lo que sea que se le pueda poner ketchup. Pero lo que más hecho de menos es el ouzo y una buena restina.

Lao rió dulcemente.

—Es difícil encontrar restina en un restaurante chino, Covington, pero eso sí, puesto que eres una vieja amiga, puedo ofrecerte un cuenco caliente de mi provisión privada de sorgo rojo.

Sonreí delicadamente.

—Trato hecho —me giré hacia Doris—. Doris, ¿te unes?

Doris, que había entendido el subtexto de la conversación, rechazó la oferta.

—Nah, Janice. Ya me conoces… la cerveza es la única cosa que soporta mi estómago. Además, le prometí a Howard que me dejaría caer por la tienda a verlo.

Pagué la cuenta mientras Doris cogía una galletita del plato.

—Vale. Te veré en la oficina, Doris.

Se despidió de ambas con un movimiento de cabeza.

—Luego nos vemos, Janice. Adiós Lao.

Cuando me dirigía al despacho privado de Lao, sentí una mano en mi brazo. Levanté la vista.

Lao, con una misteriosa sonrisa grabada en la cara, apuntó a nuestra mesa ahora vacía.

—Janice, no te olvides de tu galletita.

Suspiré, agarré la galletita de la fortuna y me la metí en el bolsillo de la chaqueta. Mel tenía razón. Yo me familiarizaba con las personas más raras que alguna vez hubieran pisado la faz de la Tierra.

* * *

Lao Ma vertió un poco de té mientras yo daba vueltas por su despacho. Estaba amueblado bellísimamente, muebles de madera de cerezo de buen gusto, elegantes jarrones llenos de flores frescas, un gran cuadro con un bonsái en una colina al ocaso que cubría la pared y tiras de papel y madera que cruzaban un lado de la habitación. Distaba mucho del desordenado espacio de mi despacho.

Me senté en una silla frente al escritorio mientras ella posaba la humeante taza de té delante de mí. Agarré la taza y bebí un pequeño sorbo.

—¿Sabes?, a veces me pregunto si de verdad tienes aquí guardada una botella de sorgo.

Lao sonrió y se sentó frente a mí.

—De verdad, Janice, la tengo. ¿Quieres un trago?

Negué con la cabeza y deposité la taza en la mesa.

—Nah. Pero, gracias. Sólo tenía curiosidad, supongo.

—Y ahora, ¿en qué te puedo ayudar, Janice?

Empujé mi sombrero hacia arriba para despejarme los ojos.

—Me estaba preguntando si habrías oído algo sobre los últimos artículos que han estado saliendo en las ventas de garaje durante las últimas semanas. ¿Hay algún vecino nuevo en la ciudad?

En el despacho privado de Lao Ma O'Bannon, sabía que podía hablar tan franca y libremente como quisiese. Las charlas con doble sentido no eran necesarias en este santo lugar. Pero a veces, no hacía mal ser discreta.

Lao asintió sabiamente y complació mi necesidad de ser paranoica.

—¿Algún barrio en particular?

—Cerca de la biblioteca.

Un silencio pensativo envolvió la habitación. Lao sacó varios papeles del cajón de su escritorio.

—Sí, creo recordar haber oído rumores hace unas semanas sobre algo que se estaba moviendo a través del país.

Asentí mientras ella continuaba.

—La primera vez que oí hablar de ello, no me pareció nada fuera de lo normal, por lo que no pensé mucho en ello. Sin embargo…

—Sin embargo… —repetí.

—La manera en que se estaba moviendo me pareció extraña. No estaba yendo por los círculos normales. ¿Dijiste biblioteca?

Asentí.

—¿Valioso?

—Mucho.

—¿Y tus clientes? ¿Puedes dar la cara por ellos?

—Sí. Son legales. Sólo quieren los objetos de vuelta. Sin alborotos ni trifulcas.

Puso los papeles delante de mí.

—Bien, por lo que he recopilado de mis contactos, todo se está desarrollando aquí. Pero va bastante profundo y le perdimos el rastro.

—¿Cuánto de profundo?

—Es difícil de decir. Como he dicho, está siendo movido por los caminos más discretos. Si no supiese que los objetos estaban calientes, habría jurado que era un movimiento legal —dio golpecitos en mi mano con los papeles—. Puedes llevarte esto, es toda la información que tengo.

—Lao, no puedo llevármelos…

—No te preocupes, niña. Tengo los originales. De alguna manera, supe que acabarías envuelta en esto tarde o temprano —rió ante la mirada de confusión que cruzó mi cara y señaló los papeles—. Lee el resto del documento y lo entenderás, Covington.

Tomé los papeles y me quité el sobrero ante ella.

—Gracias, Lao. Te debo una.

Negó con la cabeza.

—No hay problema, chica.

Fui hasta la puerta.

—Y Covington… —me giré hacia donde ella estaba sentada—, vigila tus espaldas esta vez, ¿eh? Hay algo que no cuadra.

* * *

El documento contenía información del Instituto Pappas. Una detallada lista de las actividades concernientes a la venta y transporte de antigüedades griegas, junto con los currículum de quien se había asociado con el Instituto durante los últimos 20 años. Llamé a Mel unos días más tarde y le hablé sobre la información que había obtenido de Lao Ma. Me dijo que había estado buscando algunas pistas por su cuenta y me dijo que había conseguido marcar un encuentro con un viejo amigo suyo que daba clases en la Universidad de California del Sur. Acepté verme con ellos aquella tarde ante la estatua de Tommy Trojan en la plaza central del campus.

Mientras pasaba por la plaza, descubrí a Mel al instante. Su altura y su traje de diseño la hacían destacar como una luz comparada con los estudiantes esparcidos por el área. Un hombre alto y fornido de pelo castaño se encontraba con ella. Me resultaba familiar, pero cuando me detuve frente a él no pude recordar dónde lo había visto antes. Él se giró y me saludó extendiéndome la mano.

—Bueno, pero si es la infame Doctora Janice Covington. Es un honor conocerla finalmente. Melinda me ha hablado mucho de tí.

Estrechamos las manos mientras miraba a Mel. Lucía un ligero rubor, no estaba segura de qué parte la embarazaba más, este zoquete llamándome infame en la cara o el que hubiese revelado que ella hablaba de mí con otras personas. Mel señaló al árbol de pelo castaño que estaba de pie junto a ella.

—Janice, éste es John Finchley.

Sentí que mis cejas se dispararon hacia arriba como las persianas de las ventanas baratas. Sabía que Mel tenía contactos en la comunidad arqueológica, pero nunca comprendí el alcance de esos contactos. John Finchley era el arqueólogo más famoso del planeta. Era bien respetado entre los colegas y había hecho mucho por educar al público sobre el campo. Incluso tuvo su lugar de honor en la revista Time cuando se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel en 1941. Era una leyenda, un dios. Escondí mi asombro ajustándome el sombrero.

—Hola. Yo también me alegro de conocerte.

El grandullón nos dedicó a ambas una tonta sonrisa y señaló a uno de los edificios cercanos.

—Señoras, permítanme llevarlas a mi oficina. Allí estaremos más cómodos.

* * *

Por alguna razón, me sorprendí de lo modesta que era la oficina de Finchley. Supongo que al saber lo famoso que era y el prestigio de sus logros, me esperaba un palacio. Su oficina tenía un aspecto cómodo y práctico. Me sentí menos nerviosa por la situación cuando me senté al lado de Mel.

Pensé que una pequeña charla me proporcionaría más tiempo para adaptarme a las circunstancias.

—Y bueno, ¿cómo os conocisteis? —aparté el sombrero de mis ojos cuando John se sentó frente a nosotras.

—Bueno, hum —miró preocupado a Mel.

Me giré hacia la mujer que estaba sentada a mi lado.

—¿Mel? ¿Ocurre algo?

Melinda rompió su contacto visual con John y empezó a juguetear con el pequeño bolso que tenía en el regazo.

—No, Janice. Todo está bien —volvió a mirar al Profesor Finchley—. John… John y yo estuvimos prometidos, Janice.

Estaba atónita y mi voz se quebró al hablar.

—¿Para… para casaros?

John se aclaró la garganta.

—Sí. Fue… fue hace mucho tiempo, Janice. Antes de que tú y Melinda os conocierais. Hace años, cuando estudiaba con el padre de Melinda, pensamos que le haría feliz al viejo. Nunca lo llevamos a cabo, claro.

Mel permanecía sentada en silencio mientras Finchley me observaba expectante. Me sentía como si él quisiese que lo perdonase, como si, por alguna razón, ambos quisiesen que les perdonase. Me pregunté qué le habría contado Mel, me pregunté cómo se habían conocido Mel y este John Finchley. ¿ Sabía sobre Mel, sobre mí, sobre nosotras ? Decidí ser neutral con todo aquello y no prestar demasiada atención a lo que se me pasaba por la mente.

—Bien, es bueno saber que aún sois amigos después de todos estos años. Vamos a los negocios, ¿ok? ¿Mel dijo que tenías alguna información?

John dejó salir un respiro. Parecía genuinamente sorprendido y aliviado ante mi reacción. Casi parecía que hubiera estado esperando que le partiese la boca tras lo que había revelado. Eché una mirada furtiva a Mel. Sus hombros estaban menos tensos, pero, a parte de eso, no se apreciaba ningún otro cambio en su semblante. Suspiré tranquila. Siempre tuve dificultades en descifrar a Mel. Era todo un enigma tanto ahora como cuando la conocí.

John se reclinó en el asiento, su compostura estaba más relajada que unos minutos antes.

—Hace unos dos días, me contactó un conocido común de Mel y mío. Quería que viese unas piezas que iban a ser vendidas a una colección privada, muy por lo alto… transacciones generales de una colección privada a otra. Ya sabes, lo común. Nada ilegal. Todos los bandos eran de buena reputación. Se daba por supuesto que yo les iba a asegurar que se trataba de originales en vez de imitaciones. Durante el curso de la conversación, encontré que había varias piezas del Instituto Pappas. De nuevo, nada inusual. Las ventas privadas no son nada nuevo. Obtuve el manifiesto de los que iba a evaluar esa mañana. Uno de los objetos me llamó la atención —empujó hacia mí un documento que tenía sobre el escritorio—. Sabía que Melinda se encontraba en la ciudad y la llamé.

Examiné el documento.

—La descripción del manifiesto me pareció peculiar así que llamé a Mel y le pregunté sobre las piezas que iban a ser vendidas en esa sesión por el Instituto Pappas. Le describí lo que estaba en el documento. Tengo una razón para creer que éstos son los Pergaminos de Xena desaparecidos, Janice.

Silbé suavemente al volver a poner el documento sobre la mesa.

—Bueno, Mel, parece que no necesitas mis servicios después de todo —negué con la cabeza—. Caso cerrado. Felicidades, doctor Finchley. Tengo que admitir que tenía pistas sólidas, pero había algo que se me escapaba —reí por lo bajo—. Tal vez debía cambiar su profesión de profesor a detective privado. —Me levanté y coloqué una mano en el hombro de Mel, que levantó la vista hacia mí—. No te preocupes poron mis honorarios, cielo. Probablemente Doris me arrancará la piel, pero sólo tendré que sacarla a cenar y se le pasará todo —extendí mi mano hacia John Finchley—, ha sido un placer, doctor. Lo veré en las caricaturas.

Mel se levantó cuando me estaba dando la vuelta para marcharme.

—Janice, espera.

Me giré mientras John se desplazaba al lado de Mel. Parecían la pareja perfecta, como una portada de Norman Rockwell con vida propia.

—Aún necesito tu ayuda, Janice.

—No entiendo.

—El Instituto no quiere que se sepa del robo de los pergaminos.

—Sí. Ya me lo dijiste.

—Por lo que John sabe, sólo él y el vendedor tienen acceso a lo que está en el manifiesto. Ninguno de los compradores sabe qué es lo que va a ser vendido por nuestra parte. Mientras todos están interesados, los pergaminos aún están en la caja fuerte de Nueva York. Yo… John y yo te necesitamos…

—Me necesitáis para que os ayude a volver a robar los pergaminos antes de la venta.

John asintió con entusiasmo.

—Melinda cree que nuestra amiga común no podrá decir que los pergaminos fueron robados, sin
primero dejar entrever que se trataba de una transacción ilegal . Todo el mundo sabe que el Instituto nunca dejaría marchar los pergaminos, tanto en una venta privada como no. Son demasiado valiosos. Ella está intentando pasarlos como otra cosa. No sabe que yo estoy familiarizado con los pergaminos, que puedo identificarlos a simple vista.

—Pero qué pasa con vuestra amiga común, como la llamáis vosotros. Parece lo bastante intrépida como para intentar vender los pergaminos en primer lugar. ¿Qué os asegura que no girará los tableros y descubrirá el pastel? —pregunté empezando a dar pasos por la habitación—. Así que… quizá las cosas estén demasiado calientes para vuestra amiga. Quiere librarse de los pergaminos sin que el Instituto sepa de la venta… ¿pensáis que estará haciendo doble juego? ¿Sobornar al Instituto, ondeando ante sus caras que tiene los pergaminos? ¿Tal vez les revenda falsificaciones quedándose con los originales para sí? Mel, sabes que eso es imposible. Tú y yo somos las únicas que hemos estudiado los pergaminos tan extensamente. No me importa lo buena falsificadora que seas…

Mel me bloqueó el paso y me agarró por los hombros. Levanté la vista hacia sus ojos.

—Janice, la amiga común de la que estamos hablando…

—¿Sí?

—Es Callie. Callista Hamilton.

Cristo.

* * *

Estaba sentada en un canto apartado de La Rosa Roja, con una bebida en la mano. No había bebido una gota y no estaba segura de cuánto tiempo llevaba allí. El tiempo parecía detenerse cuando entraba en la semi-oscuridad del club. A decir verdad, no estaba segura de cómo había llegado a este lugar. Tras el encuentro con John Finchley y Mel, fui a la cabina de teléfono más cercana y llamé a Doris a la oficina. Le di el resto del día libre y colgué el teléfono. Me metí en el coche y empecé a conducir. Aún me sentía abstraída. Todo había ocurrido demasiado rápido. No podía respirar y el mundo parecía que se estuviese echando sobre mí.

Callista Hamilton. Nunca pensé que volvería a oír ese nombre. Maldita sea . Sospechaba que Mel no era consciente del tipo de persona que Hamilton era en realidad y que se encontraba sorprendida al descubrir que la joven rubia entusiasta que la había seguido por el Instituto como un cachorro enfermo de amor era capaz de decepcionarla tanto. Yo la conocía mejor, por supuesto, y había avisado a Mel de que mantuviera los ojos abiertos sobre la pequeña fulana. No me hizo caso, decía que Callista era sólo una inocente cría que necesitaba que la encarrilasen, que la rubia era completamente inofensiva y que lo que de verdad necesitaba era un modelo a seguir. Desde que había mujeres en el mundo masculino de la arqueología, era natural para la talentosa joven señorita Hamilton girarse hacia nosotras en busca de orientación. Al principio le di la razón a Mel, pero supe que Hamilton era un mal huevo desde que le puse los ojos encima. Estaba segura de que el apego de Callista a Mel era por algo más de lo que parecía, algo como una peligrosa obsesión. No le dije a Mel lo que pensaba sobre su joven protegida. Supuse que Mel se reiría y bromearía con que yo no era objetiva cuando me encontraba con alguien que le lanzase algo más que una mirada de paso. Lo dejé ir. Mel habría tenido razón. Yo era un poco corta de miras cuando me la encontré, cuando me encontraba con quien fuera que mirase a Mel con algo más que interés profesional. Pero había otras cosas que me molestaron de mala manera cuando conocí a Callista Hamilton. Yo sabía que ella estaba de algún modo involucrada en la aparición de varios robos insignificantes que habían ocurrido por el Instituto… relojes robados, dinero, objetos personales y demás, pero nunca pude ponerle la mano encima, nunca la pillé con las manos en la masa en ninguno de ellos.

Mi corazonada se hizo realidad en el verano de 1944. Finalmente la pillé en un descuido. Descubrí entonces que Hamilton era mucho más peligrosa y manipuladora de lo que había sospechado. Me plantó cara en un caluroso día de julio, había insistido en que tenía algo sobre Mel y yo. Me burlé de ella cuando sacó un montón de fotografías que mostraban con abundante claridad que mi relación con Melinda Pappas iba más allá de la amistad y el común interés intelectual. Amenazó con hacerlas públicas, no sólo a la Junta Directiva del Instituto, sino también a la prensa. El escándalo habría destrozado la reputación del Instituto y habría destruido la floreciente carrera de Mel. La pequeña puta me había atrapado. No me hubiera importado nada lo que le hubiera ocurrido al Instituto o a mí, pero Mel… no podía dejar que toda la vida de Mel se fuera a pique. Accedí a sus peticiones y abandoné todo tras de mí un mes más tarde. Tuve una pequeña alegría, una pequeña dosis de venganza antes de dejar por las buenas la vida que adoraba y a la mujer que más había amado en mi vida. Me las arreglé para hacer que la brillante y joven protegida fuera trasladada a Chicago. Era todo lo que podía hacer con aquel pequeño poder que había dejado, estaba autorizada a mandar a aquella arpía tan lejos de Mel como me fuera posible bajo aquellas circunstancias.

Ahora se había completado el círculo. Callista Hamilton había vuelto a mi vida, a nuestras vidas. Bebí la bebida que tenía en la mano, disfrutando del calor del whisky que bajaba por mi garganta. Una figura se detuvo frente a mi mesa.

—Sabes, Janice, Pete Cara de Niño tenía razón. Desde un cierto ángulo, puedes pasar pon un hombre muy guapo.

Resoplé mientras la mujer se sentaba frente a mí. Delicadamente, me quitó el vaso de la mano y colocó otro lleno.

—¿Sabes que Pete bebía los vientos por ti hasta que se enteró de que eras una chica? —dijo riéndose sonoramente—, deberías haber visto su cara. Fue la cosa más graciosa que he visto en mi vida.

Levanté la vista desde el vaso que tenía en la mano.

—¿Sabes Meg?, desde un cierto ángulo… —solté una respiración de frustración. Sentía mi cabeza un poco borrosa—. ¿Has pensado alguna vez pintarte el pelo de negro y ponerte gafas? — Dios . ¿Había dicho aquello en voz alta? ¿Qué diablos había en aquella bebida?

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