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Hagamos las aclaraciones…

Éstas son las aclaraciones, ¿ves? Sí, ése es el billete: Ésta fue mi entrada para el concurso Pulp Fiction de 2002 celebrado por la Academy of Bards. Mel, Janice y el surtido de personajes XWP/HTLJ pertenecen a Ren Pics y Co. No tiene intención de infracción ni de ganancia (demonios, chicos, ¡ni siquiera ganó el concurso! *sonrisa*). El resto, es todo mío. Contiene algo de violencia y blasfemias (reprochádselo a Janice). Y, ¿qué es una novela Noir sin algo de dinámica sexual entre líneas? Y realmente son dinámicas, es decididamente feminista-centrado-subtextual, nada gráfico. Muchas, muchas gracias a la diosa de los asuntos de Mel/Janice, Vivian Darkbloom, por hacer de esta cosa algo legible… Eres una buena chica. No te metas en problemas, cielo. Comentarios y otros materiales son bienvenidos.

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[Primer post (en la Academy of Bards) febrero 2002; post final en marzo 2002]

¡Bueno! Ahora, vamos a nuestra historia…

BESO MORTAL

(¿En Quién Podría Confiar En Una Ciudad Sin Piedad?)

angharad governal

Revisado por Ellen

Los Ángeles, CA 1947

 

Era una noche oscura y tormentosa.

Sí, sé que es una frase estereotipada, pero, ¿qué puede ser más estereotipado que un detective privado aventurándose por los tugurios en una lluviosa noche en la Ciudad de Los Ángeles? Nada, nena. Ni siquiera aquellos grandes estudios de Paramount Lot con una sala llena de monos entrenados golpeando máquinas de escribir veinticuatro horas siete días por semana podrían constituir el material con el que me las veo en mi día a día. Pero eso viene de añadido si andas en el tipo de negocios en los que yo me muevo.

La ironía de mi actual modo de ganarme la vida no estaba perdida. A veces, cuando me encontraba fuera observando a la mujer de otro ricachón dándose el lote con alguien que no era su marido en el cuarto de un bungalow en el corazón de la peor parte de la ciudad, me pregunto cómo he llegado hasta aquí. Una vez fui alguien. Pero ahora, ahora, simplemente era otra Joe anónima intentando llegar al fin de la mejor manera posible.

Así que está lloviendo y es completamente de noche, la hora en la que la gente decente debe estar a salvo en sus camas. No he tratado con personas decentes desde hace mucho, mucho tiempo. No, los círculos por los que me muevo hoy en día consisten en personas de las sombras, personas en el límite, personas que traspasaron la línea entre la decencia y la ordinariez.

En algún lugar unas manzanas atrás, había dejado mi coche y empezado a caminar. Seguí a la Rubia Esposa a una discreta distancia mientras la lluvia caía sobre mí como una fría manta. Tiré de mi sombrero hacia los ojos y la vigilé escondida en una destartalada choza de una habitación que había en la esquina. Me acerqué y divisé un estropeado camino de acceso que corría paralelo al seto inusualmente crecido que se encontraba a lo largo del muro de la residencia. Como si fuera una mujer afortunada, tuve la suerte de encontrar una ventana que ofrecía una vista perfecta del interior de la alcoba. Había observado este escenario miles de veces antes, pero algo en mí, alguna pequeña parte que aún creía en la bondad innata, la dignidad y la honestidad de mi prójimo, siempre se sorprendía al encontrar traición y mentiras technicolor de carne y sangre.

Escuché voces en el vestíbulo y, mientras me asomaba cuidadosamente al oscuro cuarto, pude ver la luz del recibidor. En un instante, la luz se apagó y el rápido click – click –click de la Esposa se desplomó al ritmo del pitt – pitt – pitt de la lluvia. La luz del cuarto se encendió de repente y rápidamente me agaché bajo la ventana. Lentamente volví a mirar por la ventana mientras un relámpago iluminaba la oscura noche. Era como mil reflectores estuviesen iluminando el horizonte de L.A. Los amantes se encontraban abstraídos y mis ojos se me habrían salido de la cara si fuera uno de esos dibujos animados de la Warner ante la visión que tenía ante mí: la Esposa Rubia se encontraba gimiendo montada a horcajadas en el regazo del contable.

Pude sentir una dura sonrisa formarse en las comisuras de mi boca mientras observaba la escena. Saqué la cámara de mi gabardina. Supe tres cosas con toda seguridad: Uno – la Rubia tenía un par de piernas que parecían no tener fin, dos – el cochino bastardo rico que me había contratado para este trabajo tenía su cornamenta confirmada, y tres – cuando me alojé en el décor del dormitorio del contable, supe que la Rubia no estaba haciendo el cuchi-cuchi con el Sr. Contador por dinero. Ese viejo rico hijodeputa, incluso con todos sus millones, no podía competir con lo que este pobre contable de andar cansado podía darle a su esposa con creces

Dos semanas más tarde…

El insistente golpeteo en la puerta acabó por despertarme de mi sueño teñido de whisky. Por un feliz momento, no supe dónde estaba ni quién era. Todo lo que existía eran las imágenes, que se estaban marchitando lentamente, de un sueño que nunca podría recordar. El golpeteo continuó hasta que mi consciencia finalmente fue pataleada. Me sentí un poco vacilante cuando consulté el reloj. Apenas eran las 8 am, lo que significaba que Doris aún no estaba en el escritorio delantero para dejar entrar a quienquiera que estuviera aporreando la puerta de mi oficina. Solté una maldición. Había pasado la noche aquí y se me ocurrió de repente que a esta hora estaría durmiendo profundamente en mi cama si la pasada noche me hubiera ido a casa. Empujé la silla de cuero donde me encontraba sentada hasta detrás de mi escritorio, abrí el cajón y agarré mi 45 y la goma del pelo. Examiné la cámara de la pistola y me la enfundé mientras me levantaba y recogía mi chaqueta de cuero de la silla en donde la había dejado caer la noche pasada. Me recogí el desordenado pelo con la goma, me coloqué el sombrero que yacía en el escritorio y me puse la chaqueta. El golpeteo continuaba.

—Sí, sí. Tranquilo —grité a la puerta con poco entusiasmo. Antes de dirigirme a la parte delantera del despacho me examiné en el pequeño espejo que estaba colgado en la pared cercana. Tenía unos círculos oscuros bajo los ojos, pero fuera de eso seguía con bastante buen aspecto, considerando todo lo que había visto y hecho en mi corto período en la Tierra. Me encaminé hacia la puerta con intenciones de destrozar al tipo que estaba confundiendo mi puerta con un par de tambores conga. Cualquier persona decente estaría aún en la cama a estas horas de la mañana. Casi río en voz alta cuando comprendí que en este negocio, encontrar personas decentes era como intentar encontrar una virgen en una casa de prostitutas. No me molesté en levantar la mirada hacia el zoquete cuando abrí la puerta.

—Mira tío, no abrimos hasta las 9:30, así que vuelve más tarde. No me importa si eres el Presidente de los Estados… —levanté la vista. Cualquier comentario inteligente o estúpido que fuera a hacer murió en mis labios.

Era ella.

—Mel —me oí decir.

Era ella, muy bien. Sin ninguna duda. Sus ojos de color cobalto chispearon tras los marcos de las gafas. El largo pelo color ébano estaba recogido elegantemente. Llevaba un sombrero a la moda. Vestía un vestido entallado que se aferraba a sus curvas igual que mi viejo coche Buick viajaba agarrado a las curvas a lo largo de Mulholland. Estaba exactamente como la primera vez que la había visto…una señora de principio a fin incluso en un lugar que hacía recordar al infierno en la Tierra, como siempre la quise ver. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos? Sentía como si hubiese sido en otra vida. Y era otra vida, por lo menos para mí, una que quería olvidar. El verla ante mi puerta lo trajo todo precipitadamente de vuelta junto con su presencia, un torrente de emociones rebosó el dique que yo les había puesto hacía muchos años.

Mel. Melinda Pappas.

Supongo que debí quedarme allí de pie parada como una tonta porque ella habló súbitamente.

—Janice.

Dios. Si fuera de las que se desmayan creo que habría caído a sus pies al oír el dulce tono de su voz. Se produjo una breve pausa mientras nos embriagábamos mirándonos la una a la otra.

—Doctora… doctora Covington. Me alegro de volver a verla.

Bueno, Srta. Pappas , pensé para mí misma, estamos siendo bastante formales considerando todo lo ocurrido entre nosotras. Siempre una señora. Siempre, por encima de todo. Por el ligero temblor en su melodioso y cadente hablar sureño, supe que el verme de nuevo le afectaba de alguna manera. Sentí una sensación de satisfacción por no ser la única fuera de lugar ante este encuentro. Nivelé el campo de juego lo suficiente para poder quitarme toda esta maldita cosa de encima sin deshacerme en pedazos.

Incliné mi sombrero a modo de saludo y le indiqué por señas a la morena patilarga que podía entrar en los confines de mi diminuto despacho. Intenté mantener el tono lo más ligero posible mientras cerraba la puerta aparentando indiferencia.

—Yo también me alegro de verte, cielo. Entra en mi oficina, Srta. Pappas . Y, por favor, llámame Janice. Nadie me llama Doctora desde hace mucho. Ya hace mucho que no juego a la arqueología. Ahora soy una simple detec… —me giré para mirar a Melinda Pappas mientras entraba en la habitación. Era un regalo de señora, una verdadera dama, y, por lo menos, tenía que procurar buenas maneras aunque no tuviese nada de qué hablar— …detec…tive privado.

Le ofrecí una silla. Ambas tomamos asiento. Asentí con la cabeza en su dirección y cuando empezó a hablar fue cuando cruzó sus largas, largas piernas. Sentí que la boca se me secaba. Me alegré de estar sentada, porque de haber estado de pie mis piernas hubieran cedido. Me lamí los labios súbitamente secos y le eché una lastimosa mirada a la botella vacía de whisky que tenía sobre el escritorio. Cuidado, chica , me dije a mí misma. Sólo es otra dama. Sí, cierto. Sólo otra dama con las piernas más largas y más bien contorneadas a este lado de Burbank. Con un rostro y un cuerpo que me hacía desear arrastrarme hasta su regazo, hacerme un ovillo y ronronear como un gatito que acababa de comerse un bol lleno de nata. ¿A quién intentaba engañar? Ella era más que una simple dama…lo supe entonces y lo sé ahora. Había estado enamorada perdidamente todos estos años y en cuanto se sentó esta mañana en mi despacho, supe que todos esos sentimientos que había intentado enterrar y olvidar seguían dentro de mí y más fuertes que nunca.

Respiré profundamente y me saqué el paquete de cigarrillos del bolsillo delantero de la camisa. Le ofrecí un cigarro, que ella rechazó. Saqué uno del paquete.

—Espero que no te importe —dije mientras señalaba con la cabeza el cigarrillo que tenía en la mano. Estaba tan nerviosa que me había olvidado de que ella no fumaba.

—No. Está bien. Por favor, adelante —comentó tranquilamente.

Deposité el cigarrillo en los labios mientras volvía a colocar el paquete en mi bolsillo. Había empezado a buscar el mechero cuando ella, repentinamente, se levantó y se inclinó hacia delante sobre el escritorio.

—Ten, permíteme. —Sacó un mechero de plata de su pequeño bolso y me ofreció una desnuda llama ahuecada entre sus manos. Lo reconocí inmediatamente. Era el viejo mechero de su padre. Ella me había dicho una vez que lo guardaba porque le daba buena suerte.

—Gracias —me incliné hacia ella, colocando una mano contra la calidez de las suyas extendidas mientras ella mantenía la diminuta lengua de fuego encendida. Me resistí al impulso de acariciar la suave piel bajo mis dedos mientras chupaba para encender el cigarro. Levanté la vista hacia ella y atrapé toda su belleza… bien. Nuestros ojos se encontraron brevemente, y si ella se había dado cuenta de que yo me la estaba comiendo con los ojos con rebosante libertad, no me siguió el juego. Bien, mi querida Mel. Ella, ante todo, era de primera clase. Me empecé a sentir como un tacón de segunda clase. Me senté rápidamente y tomé una ávida calada del cigarrillo en cuanto ella se volvía a sentar en la silla frente a mi escritorio.

Me mantuve ocupada, rebuscando en el cajón del escritorio.

—Ponte cómoda —ofrecí mientras sacaba un lápiz y un pedazo de papel. Levanté la vista en el momento justo en que ella se reclinaba hacia atrás y volvía a cruzar las piernas. Cristo . Supe a la primera que en cuanto acabase la visita tendría que ir corriendo a casa y tomar una ducha muy fría. Eso o hacer algo que no hacía desde mucho tiempo… dar un garbeo hasta La Rosa Roja para ver a Meg por la picazón que necesitaba rascar.

—Y bueno —coloqué el cigarro en un cenicero cercano—, ¿en qué te puedo ayudar?

Pensé que sería mejor averiguar por qué se encontraba aquí que arreglar lo que había entre nosotras. Era condenadamente temprano y estaba demasiado sobria para una conversación. Parecía que la Srta. Pappas estaba con similares inclinaciones.

—He venido a pedirte ayuda porque me han robado una cosa, nos la han robado. Los pergaminos, Janice. Han robado los pergaminos del Instituto.

Los Pergaminos de Xena. Pensaba que lo había dejado atrás después de todos estos años, que me había lavado las manos al respecto. Ahora, tres años más tarde, viene a mi puerta y me encuentro de nuevo en medio de todo. Meneé la cabeza suavemente.

—Mel… Srta. Pappas, ya he dicho antes que me encontraba fuera del juego de la arqueología. Si se trata de una propiedad robada, creo que será mejor que la policía se haga cargo.

Ella se levantó abruptamente.

—Janice, por favor. Eres la única persona a la que puedo recurrir, la única persona en la que puedo confiar en este asunto. El Instituto quiere tratar de ello sabiendo sólo lo necesario. No quieren publicidad, no quieren involucrar al sistema legal. Quieren que sea tratado tan silenciosa y discretamente como sea posible. Esperaba que tratándose de los pergaminos de Xena y Gabrielle, que nos pertenecen directamente a nosotras, a nuestra familia, estarías más que dispuesta a ayudarme.

El Instituto. Me preguntaba si la Junta Directiva habría convencido a Mel para mantener en secreto el robo de los pergaminos. No parecía que Mel pensase algo así… al menos la Mel que conocía.

El Instituto Pappas de Arqueología, inaugurado por el abuelo de Mel, Alexandros Melvin Pappas, formaba parte de la razón por la que había dejado la arqueología, de por qué me había dirigido al oeste y dejado Nueva York. Yo era una excavadora por comercio y por tradición, las demandas de trabajo sobre el terreno eran con las que me sentía más cómoda, no en los consagrados claustros de la universidad. Los pormenores de la vida académica se hallaban lejos de todo lo que encontraba en el terreno, donde tenía que negociar con ladrones, contrabandistas y asesinos. Hombres y mujeres eruditos acechando entre la hiedra, abrigados claustros, tés formales y conferencias, eran mucho más peligrosos para mí que correr entre personas despreciables por las callejas oscuras de las ciudades más peligrosas. Todo aquello me dejaba un mal sabor de boca. Pero sabía que mi incomodidad con el entorno académico no era la verdadera razón por la que lo había abandonado. La verdadera razón era que mi peor pesadilla había cobrado vida. No tuve otra opción que dejarlo todo atrás; hice planes de volver a trabajar haciendo excavaciones pero, de alguna manera, nunca conseguiría abandonar el país. Creo que en algún rincón remoto de mi mente sabía que si me marchaba, si daba ese paso final, perdería de verdad a Mel. Si continuábamos en el mismo país, podría haber una oportunidad; de algún modo, de que pudiésemos volver a estar juntas.

Hubo un ruido en la otra habitación y ambas miramos hacia la puerta. Un bulto en la puerta empezó a moverse. Me levanté y empecé a echar mano a la 45 que tenía alojada en el bolsillo de la chaqueta. La puerta se abrió y escuché el sonido de unos tacones sobre el linóleo suelo. Solté la respiración al reconocer el familiar sonido.

—¡Hey, Janice! Soy yo…

Era mi secretaria, Doris.

—¿Covington? ¿Has pasado otra noche en este vertedero? Sabes, podías haber dicho que sí anoche y haberte venido a casa conmigo…

Robé una mirada a Mel. Tenía en la cara una expresión de lo más extraña. Si no la conociera bien, podría haber jurado que estaba celosa.

El amplio contorno de Doris de casi seis pies llenó la puerta de mi despacho al echar una ojeada dentro.

—…te perdiste una cena buenísima y excelente compañ… —Doris dudó por un momento al descubrir la delgada figura de Mel— …o puede que hayas tenido algo de compañía después de todo.

Las miré a ambas, deseosa de escaparme de este enredo. El modo en el que Doris y Mel se observaban la una a la otra no aliviaba exactamente la tensión que repentinamente había llenado la habitación.

—Mel…Srta. Melinda Pappas, ésta es mi secretaria, Doris Minya —dije señalando a Doris—. Doris, no te quedes ahí. Saluda a nuestra invitada, es nuestra nueva cliente.

—Hola —Doris le lanzó una sospechosa mirada a Mel—, encantada de conocerte.

Me moví desde detrás del escritorio, agarré el brazo de Doris y la escolté hasta la puerta.

—¿Me disculpas un momento, Melinda? Tengo que hablar con Doris de un asunto.

—Sí, claro, Janice. Ha sido un placer conocerla, Srta. Minya.

Tiré de Doris hacia la otra habitación.

—Sí. Cualquier amiga de Janice…

Cerré la puerta tras nosotras y me encaré con mi secretaria.

—¿Qué demonios fue eso, Doris? ¿Desde cuándo tratas de esa manera a los clientes que pagan ?

—¿Oh? ¿ Ella está pagando? ¿No suele ser al contrario?

—No empieces con insolencias, Doris. Ella es legal y una vieja amiga. Es más señora que nosotras dos juntas. ¡Y es una heredera, maldición!

Doris meneó la cabeza. Sus rizos castaños oscilaban de izquierda a derecha con obvio desagrado. Yo no sabía si estaba molesta porque le había dicho que Mel era una vieja amiga o porque había puesto en duda su estatuto de señora atreviéndome a ponerla al mismo nivel en el que yo estaba. Admito que estaba bastante bajo, pero me enfurecía ante la idea de que alguien, incluso Doris, pensase mal de Mel y de sus intenciones.

Levantó las manos en un gesto de rendición y las coloco en mi mandíbula. Me conocía lo suficiente para saber que saldría perdiendo en una discusión, sin importar lo persuasiva que pensaba que estaba siendo.

—De acuerdo, Janice. Me comportaré. Es sólo que…

—¿Qué?

—Hay algo sospechoso en ella. Eso es todo.

Meneé la cabeza con indignación.

—¡Sólo la conoces desde hace cinco minutos!

—Llámalo intuición femenina, Janice.

—¿Y qué pasa con mi intuición? ¿Qué soy yo, un trozo de hígado?

—No creo que puedas ser objetiva en esto, considerando...

La puerta de mi despacho se abrió repentinamente y Mel se asomó.

—¿Janice? ¿Está todo bien?

Doris lanzó una mirada crítica a Melinda. Considerando la conversación que había mantenido hacía menos de un minuto, no estaba segura de cómo responder a la simple pregunta de Mel.

—Y hablando de hígado —dijo Doris suavemente mientras pasaba su mirada de Mel a mí—, conociendo a Janice, probablemente aún no habrá desayunado. Janice, por qué no llevas a la Srta. Pappas al Ambrosía. Así podrás saber más sobre el caso y hablar de nuestros honorarios.

Allí estaba yo, de pie, aún atónita ante el súbito cambio de actitud que mi secretaria estaba exhibiendo ante Mel. Me dio una palmada en el brazo y me empujó gentilmente hacia la puerta.

—Ve, Covington. Aseguraré el fuerte mientras estés fuera.

Cerré la puerta de mi oficina tras nosotras. Mel y yo caminamos silenciosamente hacia el ascensor. Pulsé el botón para bajar y Mel se giró hacia mí.

—¿Janice?

Un suave ping hizo eco en el desierto vestíbulo cuando el ascensor se detuvo en nuestra planta. Las puertas se abrieron con un atenuado whoosh .

—¿Sí, cielo? —le pregunté a Mel mientras ella entraba con garbo en el ascensor. Irguió la cabeza hacia un lado cuando entré en el ascensor y me puse junto a ella.

—Doris trabaja para ti, ¿cierto? —dijo con tono distraído en cuanto las puertas se cerraban ante nosotras.

* * *

El Café Ambrosía, bullicioso por la muchedumbre que se encontraba tomando el desayuno, tenía un zumbido constante de conversaciones que competía con los tintineos y resonar de choques de cuchillos, tenedores y tazas de café. Flotando sobre el fragor general, destacaba el pequeño sonido de una radio encendida. Mientras Mel y yo nos dirigíamos hacia el cubículo vacío del fondo, pude oír los sonidos de Billie Holiday crujiendo desde la radio del mostrador.

¿Quién creéis que viene a la ciudad?

Nunca lo adivinaríais.

La adorable y estimable Emily Brown.

Srta. Brown para vosotros.

Y qué si la lluvia viene farfullando

Mi cielo es azul

Tennessee me envía a Emily Brown.

Srta. Brown para vosotros.

Sé que sus ojos son brillantes.

Pero id despacio. Oh, oh.

No os familiaricéis demasiado.

¿Por qué creéis que viene al pueblo?

Esperad y lo veréis.

La adorable pequeña Srta. Brown para vosotros

Es nena para mí.

Nos sentamos una enfrente de la otra y le alargué uno de los menús que había sobre la mesa. Levanté la vista. Au, infierno. Estaba siendo un desastre de mañana. Tiré del sombrero para taparme los ojos.

—Janice, ¿ocurre algo malo? —inquirió Mel asomando por encima del menú que tenía en las manos.

—Nah, cielo. Todo está bien y en calma —suspiré suavemente y empecé a contar bajo mi respiración—. Tres, dos, uno…

—Hola Janice. ¿No es muy temprano para ti?

Ni me molesté en levantar la vista a la figura se había detenido ante nuestra mesa. Me arriesgué a apostar que le estaba dando a mi compañera de desayuno la gota que colmaba el vaso. Oí el estallido de su globo de chicle de una manera casi ensimismada.

—O quizá esté siendo apenas una noche muy larga.

Cristo.

Melinda capturó mis ojos por encima de la mesa. Una elegante ceja se elevó tras la montura de sus gafas a modo de pregunta.

Me aclaré la garganta.

—Evie, Melinda Pappas. Mel, Eve de la Roma.

—¿Qué tal? —saludó Evie volviendo a explotar otro globo con su chicle. Levanté la mirada cuando ella pescaba un lápiz entre su masa de enmarañado pelo castaño y taladraba el bloc que tenía en la mano.

Mel dijo un cortés hola a la flaca camarera. Evie le asintió con la cabeza con una intencionada sonrisa en la cara, pero volvió a centrar su atención en mí.

—¡Jo!, Jan, no sabía que tus citas durasen tanto. Pensaba que las echabas a puntapiés fuera de la cama después de…

—¡Evie! —rechiné furiosamente los dientes—. Cierra tu boca de urraca, ¿vale? No es nada de eso. La Srta. Pappas es una vieja amiga y una cliente .

—¡Oh! Jesusín, lo siento Janice, señorita —se giró y le dirigió una sonrisa de disculpas a Mel—. Sólo pensaba que, bueno, al verla a usted y a Janice, pensé que…

Solté una respiración de frustración y la interrumpí antes de que sus esfuerzos en disculparse causaran más problemas y vergüenza a mí y a ella misma.

—Tomaré huevos, tostadas y café… solo.

Evie asintió con la cabeza y tomó nota de mi pedido. Se giró hacia Mel.

—Señorita, lo siento mucho. No quería decir que…

Mel se enderezó, le dio unas palmaditas a la camarera en el brazo y le dirigió a Evie una sonrisa amistosa que le transmitió, efectivamente, que Evie de la Roma estaba perdonada por sus pecados.

—No hay problema, Srta. de la Roma. Tomaré lo mismo que Janice.

Sip. Mel era de primera clase por encima de todo.

Evie le devolvió la sonrisa.

—Vuestros pedidos estarán aquí en un plis —se dio la vuelta y fue hasta el mostrador para comunicar nuestros desayunos.

Suspiré. Mujeres. Quería enterrar mi cabeza entre las manos. Sentía como si fuera a ser un día muy largo. Oí a Mel reír entre dientes y levanté la vista a tiempo para verla menear la cabeza, con una divertida sonrisa grabada en el rostro.

—Conoces gente de lo más interesante, Janice.

—Sí. Parece que las atraigo como moscas.

Permanecimos sentadas en silencio esperando nuestros pedidos, aunque los ojos de Mel parecían estar llenos de preguntas. Unos pocos minutos más tarde, Evie regresó con nuestros desayunos.

—Señorita —colocó un humeante plato ante Mel y se giró hacia mí—. Janice, quiero disculparme por todo. No quería decir que…

Miré el plato que había colocado delante de mí. Mi estómago rugió. Supongo que estaba más hambrienta de lo que pensaba.

—No te disculpes, chica. Sin daños ni porquerías, ¿vale? —levanté la mirada y le dediqué una sonrisa que ella me devolvió.

—Gracias, Janice. Eres la bomba.

—Está bien, chica. No te metas en líos, ¿eh?

Evie asintió alegremente.

—Disfrutad de vuestros desayunos, señoras —se dio la vuelta y fue hasta otra mesa.

Puse azúcar en mi bebida y alcancé el bote de ketchup. Melinda, finalmente, rompió su silencio.

—Parece una buena chica.

—Sí. Evie es una buena chica —dije ahogando mis huevos en ketchup.

—No parecía sorprendida de que…

Me encogí de hombros.

—Bueno, ella sabe que traigo a mis clientes al Ambrosia para conversar de vez en cuando —agarré el recipiente de la pimienta.

—No es a eso a lo que me refiero, Janice.

Me volví a encoger de hombros. Era una historia demasiado larga y aún me sentía fuera de sitio. Comencé a mezclar los huevos por todo el plato intentando que no fuera demasiado evidente que no le iba a dar explicaciones adicionales sobre cómo había estado pasando el tiempo durante estos últimos años.

Mel suspiró.

—Había olvidado cuánto te gustan los huevos con ketchup y pimienta.

Levanté la vista, sonreí, y me metí un tenedor lleno de huevo en la boca. Mel dio unos cuantos bocados a su comida.

Evie regresó unos minutos más tarde.

—¿Quieren que les caliente sus tazas, señoras? —ambas afirmamos con la cabeza—. ¿Os puedo traer algo más?

—¿Qué tal otro plato? —dije rebañando el plato con mi último trozo de tostada.

—Vaya, Janice. Tienes que trabajar tus modales. Lo siento, señorita. A veces puede ser una cerda.

Agarré mi taza.

—No hay problema. Mel ya me ha visto comer antes.

Una sonrisa asomó al rostro de Mel mientras alcanzaba su taza de café.

—Es verdad, Evie. He tenido el placer de ver los legendarios modales de Janice en la mesa. Creo que la primera vez que la vi me quedé tan espantada como tú. Pero ahora creo que forma parte del encanto Covington.

Ambas rieron.

—De acuerdo, vosotras dos, dejadlo ya —les disparé una mirada venenosa a las dos—. ¿Qué pasa con esos huevos, Evie?

La camarera rodó los ojos.

—Ya vienen —dijo mientras recogía nuestros platos y llenaba nuestras tazas una vez más.

 

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