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CUARTA PARTE
 
(Revisada por Ellen)

—Esto va a ser un circo —dijo Dar mientras se dirigía a la oficina con Kerry caminando a su lado—. Creo que voy a hacer un cartel diciendo lo que me ocurrió y me lo voy a colgar al cuello para ahorrar tiempo. —El frío viento, que acompañaba el frente de temporal que se acercaba esa mañana, se agitó contra la chaqueta de cuero que llevaba sobre la camisa de algodón metida en los cómodos pantalones de carga. Ésa había sido una de las pequeñas iluminaciones de la mañana, a parte de la insistencia de Kerry en “ayudarla” a ducharse, y ahora esperaba aparecer en la reunión del comité ejecutivo y ver a sus compañeros inquietos bajo sus trajes de lana.

Pasaron junto al guardia de seguridad que les saludó con una inclinación de cabeza y asintió positivamente a Dar, la cual hizo rodar los ojos y se dirigió al ascensor.

—Estoy condenadamente agradecida de que sea temprano —comentó secamente la ejecutiva. El ascenso fue tranquilo con Dar apoyada contra la pared y Kerry entretenida con un pedazo de su vestido que llevaba un bonito alfiler con una rosa de filigrana y hojas delicadamente remontadas.

—¿Ya te he dicho lo mucho que me gusta este alfiler? —murmuró.

—Unas seis veces. —Dar dejó que una sonrisa cruzase su cara—. De nada. —El día anterior, después del almuerzo, habían encontrado uno de esos artistas errantes por el paseo entablado y cada una había cogido uno o dos de los bonitos adornos… Dar tenía un pequeño caballo alzado sobre sus patas traseras que no llevaba puesto por andar con muletas. Salieron del ascensor y pasaron por el vestíbulo con Kerry un paso más adelante para abrir la puerta cuando llegaron al despacho de Dar—. Bien, vamos allá.

María las miró cuando entraron.

— * Buenos días… ¡Dios mío, Dar!* —la secretaria se levantó y miró fijamente a su jefa mientras la alta mujer se las arreglaba para entrar en el despacho—. *¿Qué pasó?*

Kerry avanzó y abrió la puerta interna del despacho dejándola abierta.

—Un rudo fin de semana —bromeó ligeramente levantando su mano enyesada—. De hecho, acabó antes de lo esperado.

Dar exhaló.

—Es una larga historia, María… digamos sólo que tenemos que estar preparadas para todas las clases de porquería que van a caer de todos los tipos de dispositivos de movimiento de aire rotatorio hoy —hizo una pausa y a mitad de la puerta se volvió—. Además de los habituales desastres de lunes, estoy segura de que Mariana vendrá aquí en cuanto llegue…, enredamos las cosas. —Se giró y se dirigió a su escritorio. Se sentó en su cómoda silla con una sensación de alivio y dejó las muletas en el suelo a su lado. Encendió el ordenador con un movimiento vivo y se reclinó en el asiento mientras oía la queda voz de Kerry en la otra habitación poniendo a María al corriente del el fin de semana. Apareció su programa de correo e hizo una mueca de dolor observando cómo crecía rápidamente la lista de mensajes nuevos en la pantalla.

Se acordó de que acostumbraba a ser divertido. Hasta solía encontrarse esperando que llegase el lunes, que era cuando la mayoría de los desastres realmente interesantes les hacía levantar sus feas cabezas. Ahora… una oreja se centró en Kerry y suspiró, ahora tenía otras prioridades. El teléfono sonó y pulsó un botón.

—¿Sí?

—Dar.

—Mariana. Buenos días —contestó Dar entrelazando los dedos y reclinándose en el asiento.

—No, no lo son. Tenemos un problema —declaró con un susurro la VP de Personal—. La policía viene de camino. Fabricini ha presentado cargos.

Dar se incorporó apoyándose en los codos.

—¿¿Presentó cargos?? ¿Por qué? ¡No le toqué!

—No contra ti —contestó Mariana—. Contra Kerry. Por agresión. Le rompió la nariz.

—Oh, debes de estar bromeando —la interrumpió enfadada—. No puede ir en serio.

—Dar, no estoy bromeando y va en serio, acabo de hablar con él y no va a ceder. Va a presentar cargos por agresión y una demanda por daños y perjuicios —la voz de Mariana sonaba muy tensa—. No sé qué anda buscando, pero…

Dar miró el despacho silenciosamente.

—Yo sí lo sé —contestó—. Sé lo que está buscando. —Exhaló y asintió una vez—. De acuerdo…gracias Mari…le diré a Kerry lo que ocurre. —Colgó la llamada y se guardó la noticia cuando Kerry asomó la cabeza en la oficina.

—Voy al piso de abajo a por café, ¿quieres? —le preguntó la mujer rubia.

—Claro —Dar se obligó a sonreír—. Me encantaría. —Observó a Kerry salir y se quedó estudiando la superficie de su escritorio durante un momento. Quince años. Sus ojos se desviaron hacia el reloj dorado que reposaba en el estante que atravesaba la habitación, su conmemoración de los diez años. Quince años. Tomó una respiración y marcó un número. Esperó a que atendiesen—. Sube aquí —declaró calladamente cuando contestaron y colgó. Esperó.

No tardo mucho tiempo. Fabricini entró en su oficina con media cara tapada por una venda blanca y con la piel cubierta por manchas y embadurnado de loción. Se sentó sin que se lo pidieran y lanzó una carpeta sobre el escritorio con aire silenciosamente triunfante.

Dar lo abrió y observó el contenido con un rostro inexpresivo, seguidamente lo miró.

—¿Qué quieres?

Él ni siquiera hizo como que no la entendía.

—Te quiero fuera de aquí —contestó con viciosa satisfacción.

Dar lo contempló silenciosamente.

—De acuerdo —respondió simplemente—. Llama a la policía, retira los cargos y lo tendrás.

—Oh, no Dar…quiero cobrarle mi libra de carne a esa prostituta tuya —contestó Steve con una sonrisa.

—Retiras los cargos o no hay trato —contestó Dar—. Tienes una demanda en contra por acoso sexual.

La mantuvo esperando por un largo momento.

—¿Sabes lo dulce que es esto? —ronroneó—. Es perfecto, tú estás ahí sentada, completamente desvalida, y yo estoy aquí saboreando cada segundo. —Hizo una pausa—. De acuerdo, Dar…dejaré en paz a tu pequeña…pero te quiero fuera de aquí hoy.

Dar miró de lado el correo que acababa de bajar, cuatrocientos nuevos mensajes.

—De acuerdo —accedió ofreciéndole el mango del teléfono—. Llama.

Lo escuchó hablar de modo encantador con la policía y colgar.

—Adiós, Dar…ha sido un placer trabajar contigo —se levantó y se marchó.

Dar cerró los ojos brevemente. Ahora venía la parte difícil. Cogió el teléfono y marcó la extensión de Mari. La VP de Personal atendió inmediatamente.

—Mari.

—Dar…oh, bien…me alegro de que seas tú…escucha, he estado discutiéndolo con Duks, quizá podamos encontrar una manera de…

—Ya lo arreglé —la interrumpió Dar—. Ha retirado los cargos.

Silencio.

—Oh… —Mari estaba obviamente sobresaltada—. Bien…yo…yo no pensé que se fuera a echar atrás, Dar…yo…

—Y no lo hizo —declaró quedamente la mujer de pelo negro—. Tan sólo le di lo que quería. —Tomó aire—. Dimito. —Un suave sonido la hizo levantar la vista y vio a Kerry de pie en la puerta mirándola en estado de choque—. Voy a hacerlo por escrito… hazlo, Mari —concluyó Dar y colgó—. Cierra la puerta.

Kerry obedeció y se encaminó al escritorio, donde posó el café. Se arrodilló al lado de Dar y apoyó una mano en su brazo.

—¿Qué quieres decir con que dimites? —le preguntó absolutamente confundida—. Dar, ¿qué está pasando?

Unos tristes ojos azules la observaron.

—La policía venía hacia aquí, Kerry…él presentó cargos contra ti por agresión y una demanda por daños y perjuicios.

—¿Y? —a Kerry le saltó saliva al hablar—. ¡Déjale que lo haga! Dar, no me digas que dimitiste por eso…yo le…yo le…¿qué problemas puedo tener por haberle pegado? ¿Que van a hacer…condenarme a prisión? ¿En el condado de mi Dade? No lo creo…aquí tienes que matar a alguien para que por lo menos te metan en una jaula.

—Kerry…no voy a dejar que eso aparezca en tu expediente ni que tengas que pasar por toda esa porquería con la policía, ser acusada y echada abajo…e ir a las cortes…dios sabe que él probablemente consiga un jurado que le dé la razón por no se qué daños y perjuicios… —acarició la mejilla de la mujer rubia—. No…no puedo quedarme quieta mirando sabiendo que es por mi causa…y que lo podía haber impedido.

—Dar, no puedes dejarle ganar así —protestó Kerry furiosamente—. No te voy a dejar hacerlo.

Dar suspiró y le acercó la carpeta.

—No tenemos otra opción —tocó la carpeta con el codo—. De todas formas una de nosotras tendría que salir.

Kerry la miró fijamente y abrió la carpeta. Sus ojos cayeron en una pila fotografías de 8 por 10'. Ella y Dar. Paseando, comprando…de pie en el paseo entablado abrazadas. Ella dándole a Dar de su cangrejo de río. Una llamativa fotografía de ella mirando a su amante, con una expresión que incluso Kerry no podía explicar de otra manera que no fuese adoración.

—Oh —cerró la carpeta—. Bien, entonces, me iré yo, Dar…vamos, tú eres mucho más importante para la compañía que yo…esto es ridículo. —Miró a Dar—. ¿Puedes llamar a Les? ¿No puedes hacer nada?

Dar estudió sus dedos entrelazados.

—No estoy segura de que quiera hacer algo —admitió.

Kerry la miró fijamente.

—¿Entonces te estás rindiendo? —ondeó una mano—. Después de quince años, ¿así de simple? —Agitó su cabeza—. No me lo puedo creer.

—Vamos, Kerry…no me arrepiento del tiempo pasado aquí, pero quizá sea momento para moverse…se me está haciendo cada vez más difícil mantener el perfil que necesito para esto —objetó Dar para que la entendiese—. Sin hablar de las repercusiones en mi vida personal, y no quiero eso en absoluto.

Kerry guardó silencio por un momento.

—¿Y qué se supone que debo hacer yo? —inquirió finalmente—. No pensarás que me voy a quedar en este agujero del infierno sin ti, ¿verdad? —Se levantó y pasó una mano por su pelo—. No me puedo creer que estés rindiéndote y dejándole ganar —repitió suavemente—. Yo… —Agitó su cabeza y se encaminó hacia la puerta interna, la abrió y salió sin una palabra.

Dar estaba silenciosamente aturdida. Aquí estaba ella, había sido bastante noble, a su parecer, poniéndose entre Kerry y una mala situación. Pero Kerry no lo veía en absoluto de esa manera…y en lugar de agradecérselo se iba defraudada. Dar se sentía muy desconcertada, pero no tuvo tiempo de considerar sus opciones antes de que la puerta se abriese bruscamente y entrase Mariana con su rostro perturbado y enfadado.

—¿Tú también vienes a gritarme? —le dijo a la defensiva.

Mariana se detuvo y se la quedó mirando.

—Estoy aquí para intentar hablar contigo y meterte algo de sentido común. Dar, no puedes irte así sin más.

—¿Por qué no? —Dar apoyó la barbilla en una mano—. ¿Tengo un contrato de por vida?

—No…no, Dar, ya sabes a lo que me refiero —Mariana tomó asiento.

—No, no lo sé —la alta mujer sacudió su cabeza—. Estoy en un estado de voluntad, no tengo ningún contrato firmado, la compañía no me posee, y no hay ninguna razón por la que no pueda simplemente coger y marcharme por esa condenada puerta. —Dar se levantó agarrando sus muletas y dando pasos por la habitación—. Es lo que él quiere, es lo que José quiere, es lo que Eleanor quiere…dios sabe que quizá estoy en su camino.

—¿Qué? Claro que lo estás, tú… —balbuceó Mariana—. Alguien tiene que hacerles frente, Dar, o ellos hundirán la compañía, tú y yo lo sabemos.

—¿Por qué yo? —Dar se giró y golpeó su pecho con un dedo—. Todo lo que hago es ser un blanco, Mari…no importa lo que haga, no importa cuantos jodidos conejos me saque del culo, no importa cuántas cuentas salve, o cuántos puntos haga que suban las acciones, siempre soy la maldita perra Dar Roberts…¿no crees que ya estoy enferma y jodidamente cansada de eso algunas veces? —Su voz rozaba el alarido—. Ahora tengo a ese jodido anormal que contrataste que lo único que hace es ponerme las cosas condenadamente difíciles y no te oigo decirle alguna maldita palabra, ¿no es así?

Mariana la miró fijamente.

—No no…dejádselo a esa perra…ella lo hará tan bien como lo sabe hacer y lo callará…¿cierto? —Dar la rodeó—. ¿Cierto? ¿Tengo que quedarme quieta y aguantar un evidente ataque personal por medio de otro empleado y me dices que no me puedo marchar? ¡Que te zurzan, Mari! —Ahora el temperamento de Dar saltó—. ¿Por qué diablos no le planteaste cargos por acoso? ¿O por jodida insubordinación? —Se inclinó sobre el escritorio—. Permíteme decirte una cosa…fue condenadamente afortunado que fuese Kerry quien le pegase, porque si hubiera sido yo, tendría algo más que una jodida nariz rota.

—Vale…vale…Dar…tranquilízate —Mariana levantó sus manos cautamente—. Tienes razón.

La mujer de pelo negro se giró y fue hacia la ventana apoyándose en ella con una mano.

—Sé que la tengo…he estado luchando todas las batallas aquí durante mucho tiempo, todos los demás se han olvidado cómo —declaró sosegadamente—. Bien, tendréis que encontrar a otro que luche por vosotros. —Dejó su cabeza descansar sobre el vidrio calentado por el sol—. Yo estoy cansada de hacerlo.

Silencio.

—Entonces…esto es sólo una excusa, ¿verdad? —preguntó Mariana quedamente.

Dar contempló las olas verdes y azules.

—Quizá.

Una suave exhalación.

—¿Qué te ha pasado, Dar?

Era casi cómico.

—Me he dado cuenta de que ahí fuera hay más para vivir que en el próximo e-mail, Mari —Dar resopló suavemente—. Desgraciadamente para la compañía. —Se giró—. No me voy a quedar mirando mientras ese bastardo ataca a Kerry…y puesto que tú no hiciste nada al respecto, lo haré yo. —Una pausa—. Lo he hecho—. Incluso si la propia Kerry protestaba. Tan sólo esperaba que la mujer rubia la perdonase.

Mariana se reclinó en la silla y exhaló.

—Sé que piensas que todo esto es por mi culpa, Dar…y lamento que pienses eso. —Levantó la vista pero la mujer alta no hizo que sus ojos se encontraran—. Tal vez tengas razón…debería haber saltado encima antes…deteniendo todo esto cuando comenzó…simplemente pensaba que lo tenías bajo control, y que si yo interfería, se volvería peor. —Hizo una pausa para darle a Dar la oportunidad de hablar. Al ver que la otra mujer no lo hizo suspiró—. De esta manera, también debería haberos separado a ti y a Kerry cuando me di cuenta de cómo os mirabais la una a la otra.

Continuó sin responder.

—Pero eso lo deberías haber hecho tú misma —continuó Mariana—. Y si lo hubieras hecho, no estaríamos sentadas aquí ahora.

La cara de Dar no mudó su expresión.

—Sigue. Échame todas las culpas —murmuró la mujer de pelo negro—. Ya lo hice…y ahora estoy haciendo algo al respecto ¿Cuál es tu problema?

Ella no tuvo oportunidad de responder porque la puerta se abrió y José entró.

—¿Qué es eso que he oído? ¿Dimites? —preguntó José con voz incrédula.

—Sí —contestó Dar—. Ya puedes encomendar la comida para la fiesta, José…felicidades. Ganaste —escribió un mensaje en su programa de correo y lo envió—. Ya está…acabo de comunicárselo a Les…eso lo hará definitivo. —Se levantó y agarró su maletín, sacó su portátil y lo dejó en el escritorio… —No tengo muchos objetos personales aquí. —Tomó sus delfines y miró sus peces luchadores—. Veré si María quiere quedarse con esos dos. —Puso su insignia y su busca encima del portátil.

—Espera…espera… —dijo José levantando una mano— ¿Qué quieres decir con que gané?

Dar lo miró fijamente.

—¿No era esto lo que querías? Contrataste un tipo que sabías que era un antiguo enemigo mío y le diste instrucciones explícitas de encontrar mi punto débil y explotarlo. Lo hizo. Me marcho, tú ganas —su tono era frío y sarcástico—. Felicidades y buena suerte…espero que fastidies la compañía de mala manera, tendrán que revocar la oficina entera.

—Yo no hice…

—Por supuesto que lo hiciste —Dar disparó de vuelta— ¿Quieres ver el e-mail que le enviaste?

El teléfono sonó.

—Dar, Mark en la línea *número uno* —la voz de María emergió.

—Gracias, María… ¿puedes llamarme un taxi por favor? —contestó Dar crispadamente.

—*Sí* —la secretaria sonó confundida.

—Gracias —Dar pulsó el botón—. ¿Qué pasa, Mark?

—La línea central nororiental está abajo —declaró el jefe de MIS—. No consiguen localizar el problema.

Dar tomó aire.

—Encuentra a otro para arreglar eso, Mark. Ya no es mi problema —contestó con tono uniforme—. Dales más o menos una hora para encontrar a alguien que me sustituya.

Hubo silencio durante casi treinta segundos enteros.

—Entendido —respondió finalmente Mark y colgó.

Dar colgó su cartera del hombro y miró alrededor.

—Bien, me voy a casa —declaró rotundamente—. Que os lo paséis bien. —Cojeó hacia la puerta, la abrió y desapareció tras ella. Mariana estaba de pie junto al escritorio con el rostro arrugado por la preocupación—. María…

La mujer cubana rodeó el escritorio y se le acercó.

—¿Te vas? ¿Por las buenas? —le preguntó visiblemente perturbada.

—Eso me temo —contestó amablemente—. Gracias, por todo, María, eres una buena persona y aprecio todo lo que has hecho.

María retorcía sus manos. Se acercó más y abrazó a Dar.

—Que dios te bendiga, Dar…este lugar no te merece —miró a Dar que salía del despacho en ese momento—. Y tú eres un pedazo de *caca*. Y espero que dios te mande atropellar ahí fuera con un autobús. —Fue hasta su escritorio, cogió su bolso y salió dando un portazo.

Dar la siguió en silencio. Se dirigió por el silencioso corredor hacia el ascensor cuyas puertas se abrieron cuando de acercó. Entró y se giró apoyando la espalda contra la pared posterior cuando se cerraron las puertas y empezó a moverse.

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Kerry volvió a su despacho y se sentó. Estuvo mirando fijamente su escritorio durante mucho tiempo sin moverse.

—No me puedo creer que haya hecho esto —suspiró finalmente—. No me puedo creer que lo halla hecho sin ni siquiera hablar conmigo sobre ello…como si fuese una especie de cría que necesite ser protegida o algo así —Se levantó y comenzó a dar pasos de un lado a otro.

—No puedo dejar que lo haga.

Pasos, pasos, pasos.

—Sé que piensa que lo está haciendo por las razones adecuadas —suspiró—. Sé que quiere protegerme de toda esa porquería legal…pero lo que ella no comprende es que yo estoy políticamente mucho más a salvo de lo que ella piensa…se olvida de quién es mi padre.

Ojos verdes contemplaron la ventana.

—De acuerdo…entonces, ¿qué diablos es lo que voy a hacer? —tamborileó el escritorio con sus dedos— La primera cosa que necesito es encontrar aliados —Consideró el teléfono. Lo cogió y marcó un número. Tocó al otro lado varias veces saliendo a seguir un buzón de voz—. Maldita sea, Mark…¿dónde estás?

Su pregunta fue respondida de una manera inesperada al abrirse la puerta y entrar Polenti con una mirada de enfado en su rostro.

—Oh…me oíste.

—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Mark poniendo las manos en sus caderas— ¿Lo ha dejado?

Kerry se sentó en su escritorio.

—Es complicado, pero esencialmente, sí…lo ha hecho —cruzó los brazos—. La cuestión es, ¿qué vamos a hacer al respecto?

—Espera un segundo…¿podemos empezar por un “por qué”? —Mark levantó una mano— No quiere decir que no esté contigo en eso de hacer algo, pero me gustaría saber que libro me estoy leyendo antes de saber la página por la que vamos.

Kerry frunció los labios.

—¿El contexto? Lo ha hecho porque Steve Fabricini me iba a causar grandes problemas y ella lo cambió por su puesto de trabajo.

Mark la miró con curiosidad.

—Lo sé…pero no la voy a dejar irse así —reconoció Kerry—. Por eso…primer punto, ¿cuántos problemas puedes crearle?

Mark se sentó y puso las manos entre sus rodillas.

—¿Problemas? Bueno…puedo expulsarlo de la red y reencaminar su mapa de navegación para que no pueda encontrar sus archivos.

Kerry se inclinó hacia delante y atrapó su mirada.

—No, Mark…no ese tipo de problemas. Los de verdad —sus ojos verdes centellearon—. Esos en los que sé que eres muy bueno.

Él se aclaró la garganta y pestañeó ante ella sorprendido.

—No pensé que tú…bueno, vale, puedo causarle muchos problemas, ¿por?

Kerry sonrió.

—Me gustaría que le causases tantos problemas como humanamente puedas, ¿vale? —contó con los dedos— Estoy hablando de tarjetas de crédito, impuestos, carné de conducir, legales, utilidades…todo.

El maxilar de Mark se descolgó.

—¿Estas hablando en serio?

Ella asintió.

—Estoy hablando en serio.

—Uau —se frotó la nariz—. Juegas sucio —La miró con una jovial sonrisa—. Eso me gusta —Se levantó— ¿Qué vas a hacer tú?

La cara de Kerry se endureció y sus ojos se volvieron fríos y calculadores.

—Voy a hacerles entender lo indispensable que ella es —le dijo la mujer rubia rodeando su escritorio y buscando algo en su pantalla—. Veamos, donde estaba…oh, vale, sí, aquí está —Marcó un número en su teléfono que fue atendido al segundo toque—. Sí, soy Kerry Stuart del departamento de Operaciones en Miami …necesito hablar con Les Roesenthal, por favor —Una pausa—. Es urgente —Puso el teléfono en espera—. Comienza por cortarle la electricidad, Mark…me gusta la idea de él caminando por el sensible moho.

Mark sonrió.

—Si, señora —salió trotando por la puerta cerrándola al salir.

Kerry asintió hacia la puerta sonriente.

—Te las verás conmigo. Eres una lastimosa muestra de medio asado de perro.

—¿Perdone? —preguntó una voz de hombre desde el teléfono— Creo que no la entendí…¿Srta. Stuart?

—Lo siento…estaba hablando con otra persona —dijo Kerry con una embarazosa sonrisa—. Sí, ¿es el Sr. Roesenthal? Creo que tenemos que hablar.

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