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El silencio volvió a inundar la habitación, hasta el momento en que Kerry se aclaró la garganta con un leve carraspeo.

—¿Sabes lo que quiero yo?

Dar levantó una ceja.

La mujer rubia se acercó y se apoyó en el borde del escritorio.

—Una ducha —dijo, señalando al otro lado de la habitación—. Justo en esa esquina. Así podré ir y lavarme cada vez que tenga que hablar con ese rastrero montón de estiércol. —Y formó una mueca improvisada—. ¡Me hace sentir tan pegajosa! —dijo estremeciéndose—. ¡Ugh! ¡Dar! ¡Puaj!

Aquello provocó una cansada risa en la otra mujer, que agitó la cabeza y lanzó un suspiro.

—Es todo un personaje, te lo puedo asegurar. —Pulsó el botón del teléfono una vez más—. Mike, ¿sigues ahí?

— Sí… —respondió una voz apagada—. Estaba empezando a comer.

—De acuerdo… dame el nombre de algún mandamás de ese equipo y veré si puedo acelerar un poco las cosas. —Dar dejó caer la cabeza sobre una mano—. Sesenta días… Mi perro tardaría menos en arrancar esa maldita red.

— Y seguro que lo haría bastante mejor que ellos —concordó la voz—. Te mandaré un e-mail con algunos nombres… Gracias Dar.

—Sí, sí… —suspiró Dar tan pronto como hubo cortado la llamada, y se giró para encararse con Kerry—. ¡Ey!

Ésta levantó la cabeza y sonrió.

—Ey… —Señaló la bolsa—. Atún con pan de pasas… Y será mejor que te comas las patatas antes de que se filtren a través de la bolsa.

La expresión de Dar se ablandó y agarró la mano de Kerry apretándosela cariñosamente.

—Gracias… ¿Cómo fue la reunión? Has debido estar impresionante para que este memo te haya mencionado.

Kerry le dirigió una mirada de incredulidad.

—Me parece que lo único que quiere es acabar contigo a toda costa… Pasó de ser condescendiente y agresivo a acosarme de una forma realmente descarada —dijo haciendo una mueca—. Quiere que almorcemos juntos mañana. —Observó cómo la ceja derecha de Dar se alzaba en un gesto de expectación y sospecha—. Aquí… en la cafetería —añadió compensándola con un guiño cariñoso. Aun así, el gesto no desapareció del rostro de la ejecutiva—. Oooh… ¿Son celos eso que siento crecer en tu cabeza?

—Hmfh —rezongó Dar suavemente—. No… no es eso… Puedes ir a almorzar con quien quieras, Kerry… No estoy… em…

Una mano cubrió su mejilla inesperadamente.

—Me siento halagada —susurró Kerry.

Dar cayó en silencio. Luego carraspeó un poco.

—Tengo un lado posesivo bastante desarrollado —admitió con cierta vergüenza—. Pero ten cuidado, ¿vale? Ese tipo es muy astuto.

La mujer rubia se acercó un poco más.

—No tanto como tú —murmuró—, a pesar de lo que él crea. De todas formas, ¿qué problema tiene contigo?

Dar suspiró.

—Fuimos juntos a la universidad… Éramos buenos amigos, aunque nunca tuvimos mucho en común… Estábamos juntos en artes marciales, salíamos con gente del mismo grupo… Todo empezó cuando le gané en los nacionales aquel año.

—Ah… —Kerry levantó una mano—. Déjame adivinar, ¿tenía un don natural para el kárate?

—No —replicó Dar de forma tajante—. En realidad no era demasiado bueno, y tal vez ese fue el problema… Nunca habría conseguido pasar las rondas preliminares, y fui yo quien lo mando al banquillo de los perdedores… por pura casualidad. —Volvió a suspirar conforme los recuerdos acudían a su mente—. Según él, yo debía haberle dejado ganar… porque en aquel momento estaba tratando de impresionar a una de las chicas del equipo contrario que le gustaba desde hacía años. Ese fue el detonante.

—No tiene sentido… ¿por qué tenías que sacrificarte por él? —preguntó Kerry—. No te imagino haciendo semejante cosa, ni en esa situación ni en ninguna otra.

Los claros ojos azules de Dar pestañearon unas cuantas veces antes de que ésta contestara.

—Es complicado… Él pensaba que le debía ese favor. Pero no era así, no lo hice y él quedó expulsado del torneo de kárate después de aquello. —Se detuvo de nuevo, tratando de ordenar sus pensamientos—. Estaba en la especialidad de Diseño de Sistemas… casualmente la misma que estaba haciendo yo, cuando descubrí que había robado la idea del diseño matriz de su profesor.

—Oh… —Kerry hizo una mueca de disgusto.

—Sí… bueno, yo era una moralista empedernida por aquel entonces, así que me faltó tiempo para ir a contarlo al Departamento. El caso es que le expulsaron de la Universidad. —Dar suspiró una vez más—. Nuestro último encuentro no fue lo que se dice agradable… Me dijo que se las pagaría algún día, y por eso está aquí.

—Jesús… Debería olvidarlo y seguir con su vida… ¿Cuánto hace de eso? ¿Diez años? Qué pérdida de tiempo… —Kerry cruzó los brazos sobre el pecho—. Me produce escalofríos.

—Mmm… —se reafirmó Dar—. En fin, el caso es que no nos queda otro remedio que lidiar con él. Si continúa presionándote puedes decirle que no te interesa… o que estás comprometida con otra persona.

—Ambas excusas son completamente ciertas —sentenció Kerry—. Se te está enfriando el sándwich —añadió asestándole un leve golpe en el hombro.

La mujer sonrió, abrió la bolsa, sacó la comida y devoró de un bocado la primera patata.

—Mmmmmm… Apuesto a que la expresión de María al ver esto no fue precisamente agradable. —Dio el primero mordisco al pan antes de continuar—. Ella suele traerme ensalada de pollo en pan de pita.

Kerry la observó complacida durante un minuto. Después se levantó.

—No, no lo fue… Pero nada comparado con la que puso cuando la vieja víbora de Steve se puso a flirtear conmigo. —Tocó el hombro de Dar, ésta vez cariñosamente—. Creo que ella también tiene un lado protector.

—Mmhmm… —Dar asintió, con la boca llena—. Es que piensa que eres una especie de reencarnación de la Virgen María por conseguir que haya cambiado los frutos secos por mi habitual surtido de chocolate.

Kerry resopló suavemente.

—Tampoco fue tan difícil… Vamos, cualquiera podría haberlo hecho.

Dar estudió su sándwich durante un momento, antes de darle un bocado.

—Nadie lo había intentado antes —comentó casualmente mientras masticaba a dos carrillos, disfrutando el agradable sabor del pan tostado—. Hasta mi madre desistió en su momento.

—Ya veo… —Kerry se movió ligeramente a un lado, lo justo para dejar un bombón errante fuera de la vista de Dar—. Puedo llegar a ser muy cabezota, sin mencionar también mi pequeño lado posesivo —añadió sonriendo—. ¿Tu madre era de los verdes?

—Vegetariana —le corrigió Dar, limpiándose la boca—. Lo intentó conmigo durante un tiempo… pero mi padre me dijo que incluso de bebé tiraba fuera del plato los guisantes y me lanzaba a por la hamburguesa que él se estaba comiendo. Debía sacarla de quicio con eso… —Se acabó las patatas y metió todos los restos en la bolsa hasta que todo quedó tal y como estaba al principio—. Gracias… Ahora tengo tiempo de sobra para repasar este maldito informe antes de la reunión del Comité Ejecutivo… Y tengo que ver a un nuevo cliente a las cuatro… No creo que esté libre antes de las siete.

Kerry asintió.

—He quedado con algunos de los chicos en el gimnasio para hacer una sesión de escalada a las seis… ¿Habrás acabado para nuestra clase?

—Oh sí —respondió Dar positivamente—. Estaré lista para entonces… El día se me está haciendo eterno, y sólo es la hora de comer.

—Tranquila. —Las manos de Kerry encontraron el cuello de su jefa, sintiendo la tensión de sus hombros. Se situó detrás de la silla y comenzó a obsequiarle con un agradable masaje, disfrutando a su vez de la tibieza de su piel bajo la fina blusa de seda—. Estás muy tensa, ¿verdad?

—Mmm… —Dar cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia delante, rindiéndose plácidamente al contacto de su compañera—. Sí… wow… vaya, es fantástico…

Reconoció entonces la bondad de aquella sensación. No sólo por el masaje y la distensión que causaba en su cuerpo, sino también la calidez y la preocupación que prácticamente podía sentir surgiendo a través de Kerry. Aquello hizo que todo lo malo del día hasta entonces se desvaneciera, y la dejara en un estado mucho más propicio para encarar su inminente reunión. Por fin, cuando la joven hubo acabado, se irguió y levantó la vista hacia ella.

—Gracias

Kerry volvió a sonreír.

—De nada… Será mejor que me vaya. ¿Lo de los contratos era verdad o sólo una excusa para retenerme aquí?

Una leve carcajada.

—No soy tan mala… Ten. —Dar le alargó las carpetas—. Son tres nuevos… y, por si no te lo había dicho antes, hiciste un gran trabajo con la estructuración de los dos de la semana pasada. —Y era verdad, ya que los planes de negocio y las cláusulas iniciales se habían revelado realmente bien consideradas y eficientes—. Recibí una nota de Eleanor sobre la reunión del New England Power… Al parecer quedó muy impresionada por cómo lo manejaste.

Kerry irradiaba alegría. Una gran sonrisa cubrió su rostro y sus ojos parecieron brillar con luz propia mientras asimilaba aquel cumplido.

—Wow… gracias… —De alguna manera, cuando Dar hablaba de negocios con ella conseguía olvidarse de su relación y simplemente reaccionaba como cualquier otro lo haría para conseguir el beneplácito de sus superiores. Era una sensación extraña, casi como si Dar y ella fueran dos personas diferentes: compañeras de trabajo por un lado, y una pareja, a secas, por otro—. Me alegro de haberlo hecho bien.

En ese momento, el teléfono de Dar rompió el encanto con su sentido de la oportunidad habitual.

— ¿Dar? —resonó la voz de María al otro lado con aire resignado.

—¿Sí? —respondió la ejecutiva, apoyándose en un codo sobre la mesa.

— Personal, línea uno .

—Apuesto a que sé de qué se trata —suspiró Dar—. Gracias… —y pulsó el botón—. Dar Roberts.

— Eres una fuente constante de problemas, ¿lo sabías? —La voz de Mariana surgió a medias entre irritada e irónicamente divertida—. ¿Intentas batir el récord de quejas o qué?

Dar levantó las manos dejándolas caer después pesadamente.

—¿Qué he hecho esta vez?

— Oh… déjame ver… —Se oyó un ruido de papeles, pasados uno tras otro—. Ser desagradable, obstruccionista, poco cooperativa, en detrimento del progreso del negocio…

—No es cierto, Mari —dijo Kerry por encima de los hombros de su jefa—. Yo estaba aquí. En realidad se comportó con bastante educación.

Mariana suspiró.

— ¿Qué es lo que quería?

—A mí —contestó Kerry—. Que yo y otro miembro del equipo fuésemos asignados a su mando durante dos meses mientras él… nos ponía directamente de patitas en la calle.

Lo siguiente que oyeron una leve y fluida maldición.

— Y tú te negaste, ¿no es eso?

—Le dije que no tengo tiempo ni empleados para dedicarle en su estúpido juego… y que si lo que quería eran perros a los que poner a escarbar en la basura, te los pidiese a ti —replicó Dar—. No voy a ceder a mi gente, y mucho menos a mi valiosa y eficiente ayudante, a ese montón de m…

— Ya me hago una idea —le interrumpió justo a tiempo la Vicepresidenta de Personal—. En fin… le ha mandado una copia de la queja a Les, junto a un montón de estadísticas… El asunto no me gusta, Dar… Te guardaré una copia.

Dar tamborileó con los dedos en la mesa.

—¿Le envió algo a José?

Un momento de silencio.

— Em… ahora que lo dices, no —respondió Mariana.

Dar sonrió.

—De acuerdo… gracias. Ya me las veré con Les si se decide a meter las narices. —Atrajo hacia sí una de las carpetas que abarrotaban su escritorio—. ¿Te veré en la sala de conferencias?

— Cuenta con ello —afirmó Mariana, colgando el teléfono.

—Parece que va en serio, Dar —expuso Kerry, frunciendo el ceño en señal de preocupación—. ¿No sería más fácil darle simplemente lo que quiere? Quiero decir… de todas formas no va a encontrar nada, por mucho que investigue nuestro departamento.

Los pálidos ojos azules de la ejecutiva recorrieron la habitación antes de volver a caer sobre el rostro de Kerry con significativa intensidad.

—Sí, eso sería lo más fácil —convino con sequedad—. Pero no pienso hacerlo. —La ferocidad de su voz sorprendió a Kerry—. ¿Quiere pelea? Pues la va a tener.

***

Dar miró el reloj al tiempo que entraba en su despacho. La reunión con el cliente se había alargado casi una hora más de lo previsto, pero había acabado en un punto bastante alentador, por lo que no consideró aquello como tiempo perdido. Faltaban pocos minutos para las siete, pensó, y sacó su teléfono móvil al tiempo que presionaba las teclas de memoria. Tres toques… cuatro… y el agudo sonido de la línea dejó paso a una voz infinitamente más agradable al oído, aunque con la respiración entrecortada.

—Hey…

— Oh… —Kerry se detuvo para coger aire—. Hey… ¿qué tal?

—¿Dónde estás? —quiso saber Dar al sentir en su oído la agitada respiración de su ayudante.

— Más o menos a la mitad del muro, colgando de una mano —respondió la mujer rubia—. Oye… sabes que adoro hablar contigo, pero podrías…

—Lo siento —se disculpó Dar—. Acabo de llegar de la reunión… Estaré ahí en unos diez minutos.

— Vale… se lo diré a los demás —respondió Kerry—. Ooooop… espera… vale. —Suspiró—. Así está mejor… Me has pillado como quien dice cabeza abajo y tratando de subir a pulso… Vaya, que casi me disloco el brazo.

La ejecutiva rió entre dientes suavemente.

—Vale… Bueno, vuelve a poner las dos manos en esos agarres, ¿de acuerdo? Te veo en un momento. —Esperaba con ansiedad aquella clase, así como pasar algo de tiempo con Ken—. Y ten cuidado.

— Vale… nos vemos… —Kerry colgó el teléfono y busco la manera de devolverlo a la parte trasera de sus pantalones cortos—. En momentos como este me alegro de haber comprado el modelo pequeño —comentó al muro irregular que se alzaba frente a ella—. Bueno, hora de bajar.

Deshizo lentamente la ruta que había seguido en la subida, yendo de agarre en agarre hasta que estuvo a la suficiente distancia del suelo como para dejarse caer sin peligro. Sintió las hasta entonces invisibles huellas del esfuerzo en las caderas y los hombros, los estiró con cuidado y se recostó contra el muro para recuperar la respiración.

—Whoo… —Agitó y flexionó las manos para recuperar el dominio total de los músculos y seguidamente salió de la sala de escalada para echar un vistazo a la multitud que llenaba el gimnasio—. Ah —exclamó localizando a Ken de pie junto a su pequeña oficina y encaminándose hacia él.

Él levantó la vista al verla y le obsequió con una radiante sonrisa.

—Hola.

—Hola, Ken… —La mujer se secó la frente con la toalla que llevaba enganchada al cinturón—. Dar viene para acá… Al parecer la reunión se alargó más de lo que esperaba.

Ken se frotó el cuello.

—Aún estoy dolorido de la última noche —comentó avergonzadamente. Dar le había sorprendido con una patada lateral directa a la mandíbula que hizo que su cabeza saliera disparada hacia un lado con más brusquedad de la recomendable—. ¿No podríamos ir simplemente a tomar un café o algo así?

Kerry rió suavemente.

—Disfruta mucho de vuestras sesiones… pero no creo que le importe si se lo pides. —Levantó la vista cuando Colleen entró en escena, ya ataviada con su habitual equipo de entrenamiento—. Eh, Col… dame unos minutos. Dar está a punto de llegar.

La pelirroja sonrió.

—Bien… Pensaba que llegaba tarde… Dos de los cajeros han tenido problemas y nos hemos pasado una hora tratando de ver qué pasaba. —A continuación tiró de los pantalones cortos de Kerry—. Vamos a beber algo mientras.

—Sí… aún tengo que ir a por mi equipo —informó Kerry—. ¿Tú quieres algo, Ken?

—No… —El agente del gimnasio negó con la cabeza— Id vosotras… Tengo que darme una vuelta por aquí —afirmó señalando a un pequeño grupo de mujeres con aire desorientado—. Nuevos miembros.

Kerry asintió y echó a andar detrás de Colleen hacia la barra donde servían los zumos.

—Pídeme uno de fresa y plátano, ¿quieres? Voy a cambiarme. —Dirigió sus pasos hacia los vestuarios, saludando con la mano a tres sudorosas mujeres que pasaban por allí—. Hola chicas…

—Hola Kerry —dijo la que estaba más cerca, una especialista en programación que trabajaba en el departamento de Mark—. ¿Y la jefa?

—Viene de camino. —La mujer rubia sonrió alcanzando el cuarto forrado de taquillas, que resonaba reproduciendo el siseo de las duchas y los chasquidos de las cerraduras contra las puertas de metal. Abrió la suya y sacó sus pantalones de algodón, un top y un cinturón, todos ellos del mismo tono de blanco. A continuación se deshizo de las mallas cortas y la camiseta que había usado en la escalada, junto con las rodilleras, eficientes a la hora de evitar que se dejara las rodillas destrozadas contra la áspera estructura de hormigón.

Casualmente dirigió su mirada hacia la derecha y se encontró mirándose a sí misma en el espejo, deteniéndose un momento para evaluar el reflejo. Giró sobre sí misma a derecha e izquierda para apreciar la firme curvatura de su cadera, cuyos músculos lucía ahora bastante más pronunciados de un tiempo a esta parte. Deslizó una mano sobre su cintura, descubriendo con satisfacción que la formas de sus abdominales empezaba ya a adivinarse bajo la piel que los cubría.

—Hmmm… —Alzó una ceja ante sí, contemplando ahora el movimiento de los músculos de su hombro acompasados con su brazo. La verdad es que le había llevado un tiempo conseguirlo… Estaba demasiado acostumbrada a su propia idea de sí misma, y aquel cambio no le había hecho sentir precisamente cómoda al principio.

“De acuerdo”, pensó suspirando mientras se enfundaba en los pantalones de algodón,. “Muy incómoda”. Su mente regresó a los tiempos en que se veía condicionada por las ideas de su madre acerca de lo que una mujer podía y no podía ser. Y desde luego, no debían parecer atletas de lucha libre. Delgadas… elegantes… serias… Eso sí.

En fin…

Y la verdad es que había un montón de personas en el gimnasio que encajaban perfectamente con las ideas de su madre, limitándose estrictamente a los ejercicios de aeróbic y a las saunas hasta dejar su cuerpo como el de un galgo y huyendo de las máquinas y la musculación como de la peste.

Dar se había empleado a fondo en demostrarle que había otro modo de ver las cosas. La mujer consideraba que el desarrollo de la fuerza era una parte muy importante en el cuidado de la salud, se mostraba orgullosa de cada músculo que formaba y torneaba su cuerpo y explicó a Kerry con un toque de timidez que ella lo prefería así, puesto que éstos se encargaban de consumir una buena parte de los excesos de alimentación que cometía más que de vez en cuando.

Todo aquello sonó tan lógico a Kerry que decidió que, si iba a compartir su vida con Dar, lo mejor era hacer un esfuerzo para que la rutina de comidas de la ejecutiva no acabaran con ella. Descubrió que le gustaba el ejercicio a medida que iba desarrollando su capacidad física, y le complació darse cuenta de que había disfrutado del rato que había pasado escalando tanto como lo haría con el medio kilo de fresas y la taza de espeso y oscuro chocolate que esperaba en casa. Como si hubiese oído sus pensamientos, su estómago eligió aquel momento para rugir con fuerza.

La mujer sacudió la cabeza y, con una sonrisa, cerró con llave la puerta de la taquilla y se dirigió a la salida ajustándose el cinturón.

—Te lo has tomado con calma… —dijo Colleen empujando amablemente el vaso de zumo hacia ella—. Bueno, ¿qué tal tu semana?

Kerry suspiró.

—Personalmente, fantástica. Profesionalmente también, excepto por el tipo nuevo del que te hablé… No ha parado de dar problemas. —Bebió un largo sorbo de la espumosa bebida de fruta, disfrutando de su ligero sabor amargo—. Quiere hundir a Dar.

Colleen echó también un gran trago y jugueteó con la servilleta.

—Vaya… Ten cuidado con eso, cariño… No te quedes atrapada en la línea de fuego —le aconsejó—. Dar es perfectamente capaz de cuidarse sola.

—Me temo que ya estoy en medio —dijo la mujer rubia con un cierto aire pesaroso—. El asunto apesta… pero sabremos manejarlo. —Sus ojos fueron hacia la puerta justo en el momento en que ésta se abría dejando paso a una silueta familiar. Dar aún llevaba su traje de negocios, pero traía la bolsa de deporte colgada del hombro, y la recolocó contra su espalda al tiempo que sus ojos recorrían el interior del gimnasio.

Le llevó menos de cinco segundos, según las cuentas de Kerry. Solían jugar a ese juego con regularidad: ver el tiempo que tardaban en localizarse en medio de una habitación atestada de gente. Para cuando el número cuatro se dibujó en su mente, unos ojos azules encontraron los suyos, y los labios de Dar formaron la más sincera de las sonrisas. A continuación, echó a andar hacia donde ellas estaban, esquivando graciosamente un par de cintas de carrera apuntaladas en medio del área de máquinas.

—Hey —dijo Kerry ofreciéndole un trago de su bebida—. ¿Cómo te ha ido?

Dar se encogió de hombros.

—Igual que siempre. —Aceptó el vaso y tomó un sorbo—. Hola, Colleen.

La pelirroja sonrió.

—Hola, Dar… ¿Podemos trabajar en series de puñetazos hoy?

—Claro —respondió Dar devolviendo el vaso a su dueña—. Voy a cambiarme… os veo en el tatami. —Acto seguido, se dirigió a los vestuarios, hacia la taquilla contigua a la de Kerry, y la abrió. Dejó su bolsa dentro y se cambió rápidamente, deleitándose en la sensación de aquel incómodo traje, la camisa, las medias y los zapatos abandonando su cuerpo y siendo sustituidos por unos pantalones de algodón y unas zapatillas de corte flexible.

Colgó la ropa de trabajo y se acomodó la camiseta larga antes de sacar un cinturón negro de la bolsa, darle un par de vueltas y ceñirse la cintura con él. Llevarlo, al principio, había resultado extraño. Estaba acostumbrada a trabajar con el entrenador de la isla en pantalón de chándal y camiseta corta, pero cuando empezó a dar ella las clases, Ken le aseguró que sus alumnos se sentirían menos impresionados si de hecho se vestía con su propia ropa. Así, se encontró rebuscando en los viejos baúles que contenían todos sus artículos personales hasta dar con aquella indumentaria. De hecho, le sorprendió de que aún le valiese. Y de hecho también había tenido sus dudas sobre si ir vestida así, pero se disiparon como la niebla tan pronto como Kerry dijo que le gustaba su aspecto.

Está bien, está bien… En realidad sus palabras exactas fueron que estaba muy atractiva, y desde aquel momento ni se había planteado vestir de otro modo.

—¿Egocéntrico? —se preguntó a sí misma un poco avergonzada—. Bueno… tal vez un poco. —Cerró la taquilla y salió del vestuario.

Todos la estaban esperando: un grupo de diez, contando a Kerry y a Colleen. Dar les dirigió durante el calentamiento habitual, aprovechando para desperezar sus propios músculos. Siguió desarrollando unos cuantos conceptos que sólo habían tenido tiempo de ver por encima la semana anterior y de ahí enlazó con la lección específica del día. Como de costumbre, Kerry la observaba con aire de profunda concentración, el ceño fruncido y la lengua asomando apenas entre los dientes y los labios mientras repetía el ejercicio. Al principio con cierta indecisión, y después con creciente confianza.

—Genial —la elogió Dar—. Vale… ahora tú y Colleen, una contra otra. —El resto de la clase observó mientras la rubia y la pelirroja se tanteaban manteniendo la distancia, y Kerry se adelantó agarrando el brazo de Colleen y la mandó por los aires, dejándola caer a plomo y sentada en el suelo con aire aturdido—. Eso es.

—Ugh. —Colleen miró de soslayo a su amiga—. Si sigues así tendré que estar sentándome sobre almohadones el resto de la semana.

Kerry sonrió y le ofreció una mano.

Dar no esperaba disfrutar enseñando. Se ofreció voluntaria en un impulso inconsciente y más tarde casi se había arrepentido de ello, pero con el paso de las semanas se encontró a sí misma esperando impacientemente el momento de dar su pequeña clase.

—Vale… Muy bien. —Asintió con la cabeza, y dos de los hombres del grupo se dispusieron a enfrentarse a modo de demostración—. De acuerdo… esa patada un poco más alta… tienes que impactar justo sobre la rodilla. —Se acercó y tocó al hombre en el muslo—. Aquí.

La clase terminó sin problemas y Dar se reclinó contra la pared, observando cómo Ken se acercaba lentamente con una mirada de disculpa en su rostro.

—Buenas noches, Ken —le saludó—. ¿Cómo tienes el cuello? —En realidad, no había pretendido golpear al pobre chico de aquella manera… Sólo intentaba probar un movimiento que se le resistía de un tiempo a esa parte, no esperaba que le saliese… Y le salió, lo cual sorprendió a ambos. Mejor dicho, ella se sorprendió. Ken para ese momento estaba demasiado ocupado contando estrellas con la espalda pegada a la lona.

—Duele como un demonio… —admitió—. Creo que voy a tomarme la noche libre.

Dar se mordió el labio.

—Lo siento —le dijo sinceramente.

—Bah, olvídalo. —Chasqueó la lengua para restarle importancia al tema y alzó la mirada hacia ella—. Oye, Dar… ¿has pensado alguna vez en volver a competir?

La pregunta le pilló desprevenida.

—No, yo… —empezó, dudando por un momento qué decir—. No… Vamos, Ken… Han pasado diez años. Ya no estoy para esos trotes.

El hombre agitó negativamente la cabeza.

—Siento no estar de acuerdo… Quiero decir que no sé si te interesará, pero me pasé por la competición el fin de semana pasado y tengo que decirte que, sinceramente… Dar, habrías salido de allí con el trofeo en la mano. —Se metió las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros—. Sé que es sólo a nivel local, pero podrías volver si quisieras. Controlas todos los movimientos. Sólo te supondría un poco más de preparación física.

Su primer impulso fue decir que no. Definitivamente no. Su vida ya era complicada de por sí, no tenía tiempo para planteárselo en serio… o al menos no para aportar toda la dedicación que requería algo así.

Pero…

Una seductora sensación, que ella creía enterrada y olvidada desde hacía tiempo, empezó a abrirse paso de nuevo en su interior, recordándole lo mucho que se había divertido en sus días de competición. Lo mucho que había disfrutado ganando. Quizás el haber visto de nuevo a Steven había hecho vibrar aquella parte de sí misma atrayéndola a la superficie, pensó abstrayéndose por un momento. Después, sus ojos se clavaron en el expectante rostro de Ken.

—Lo pensaré —le dijo con serenidad—. No sé… La verdad es que no me lo había planteado hasta ahora.

Él se limitó a sonreír.

—De acuerdo, piénsatelo… —le dijo golpeándole suavemente en el brazo—. Hablaremos en un par de días.

Dar cruzó el ajetreado gimnasio, con expresión pensativa.

***

Kerry se relajó en el suave asiento de cuero y respiró profundamente.

—Dios, me muero de hambre… Suerte que metí aquel bol de pollo satay en el frigorífico antes de salir de casa.

—Mmm… eso suena bien —afirmó Dar con la vista fija al frente.

La joven giró la cabeza hacia ella, estudiando su perfil.

—Estás muy callada esta noche —dijo después de un momento de silencio—. ¿Va todo bien? ¿Aún sigues dándole vueltas a lo del señor bola de estiércol?

Sus claros ojos azules abandonaron la carretera y se dirigieron a ella por un momento.

—No se merece ni que me preocupe por él —declaró, aun sabiendo que era mentira—. Me las arreglé para tocarle un poco las narices a José… Le di una copia de ese e-mail. —Rió entre dientes con suavidad—. Nunca le había visto llegar a semejante tono de rojo en tan poco tiempo… Aunque he de admitir que suelo tener ese efecto sobre él.

Kerry se estiró reclinándose sobre el reposa-brazos.

—¿Qué es lo que espera conseguir, Dar? Me refiero a Fabricini.

—¿Su objetivo? —Dar giró hacia la terminal del ferry y metió el coche en la embarcación que acababa de atracar. Aparcó, y bajó las ventanillas antes de apagar el motor. El gélido aire de enero recorrió el interior del automóvil, impregnándolo con el olor salado del mar y se recostó, con una rodilla sobre el volante—. El puesto de José y mi cabeza —afirmó—. Y si consigue probar que perdimos dinero por algo que yo haya hecho tendrá una buena oportunidad de conseguir ambas cosas.

Kerry pestañeó.

—Pero… ¿cómo va a hacerlo? Tú sabes que no ha pasado nada de eso.

Dar desvió la cabeza hacia un lado.

—Nadie es perfecto, Kerry… Tal vez consiga descubrir alguna ocasión en que pudimos haber hecho mejor nuestro trabajo, y que por tanto provocó pérdidas… Hay demasiadas cosas en marcha al mismo tiempo, y muchas de ellas requieren decisiones rápidas y basadas en la mejor información disponible… Podría ocurrir. —Dejó caer las manos sobre su rodilla—. Pero le tengo preparado un buen contraataque… Va a tener que dar con algo realmente escandaloso para hacerme daño, así que no me preocupa demasiado. —Quedó en silencio y observó el agua encrespada que quedaba tras el rastro del ferry y borrada la silueta de la luna de su superficie.

—Entonces… ¿qué es lo que te preocupa realmente? —inquirió Kerry en tono condescendiente—. ¿El hecho de que se lo tome como algo tan personal?

Dar pensó un momento sobre ello.

—Puede ser —admitió—. O tal vez que esté husmeando sobre mí… —Una sonrisa triste atravesó su rostro—. Y si descubre lo nuestro, seguro que lo utilizará como arma.

—Mmph… —Kerry giró su cabeza a un lado, dejándose mecer por las olas mientras atracaban en la isla—. Bueno, sólo tenemos que asegurarnos de que eso no ocurra… ¿verdad?

Dar sacó el coche del barco, atravesando la cortina de agua que lanzaban las olas sobre el muelle, y tomó la carretera que conducía a su casa. Aparcó junto al Mustang de Kerry y apagó el contacto.

—Vamos… A cenar a gusto, hasta que no podamos más. —Salió recogiendo su bolsa y esperó a que Kerry la alcanzara antes de subir corriendo las escaleras y abrir la puerta.

Entraron rápidamente y encendieron las luces. Después Kerry dejó caer su bolsa en el sofá y atravesó la cocina hacia el trastero, de donde surgía toda una serie de agudos chillidos.

—Vale, vale Chino… calma… —Abrió la puerta y dejó salir al pequeño labrador, de tres meses de edad—. ¿Nos has echado de menos?

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